Los Tilos de Moya, naturaleza única en Gran Canaria

Al filo de un barranco, decenas de especies en peligro de extinción sobreviven en el único bosque de laurisilva de toda la isla.

Estela Pérez
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Foto: tupungato / ISTOCK

Una carretera angosta y sinuosa atraviesa las localidades del norte de Gran Canaria. Las curvas de la carretera de montaña llegan a Teror, el municipio que abre la puerta al Parque Rural de Doramas, un territorio natural con más de 100 especies endémicas de la isla, tres de ellas exclusivas del parque: la Cresta de gallo, la rejalgadera de Doramas y la salvia blanca. La vegetación frondosa surge de los profundos surcos de la tierra, desde el Barranco Oscuro hasta el Barranco de los Tilos. Es en este lugar donde se despliega una extensión de 91 hectáreas de bosque de laurisilva y tilos, que crecen en bajo un mar de nubes bajas. Los Tilos de Moya son el último reducto de bosque de Laurisilva de la isla, la pequeña porción que ha sobrevivido a la tala y a la extinción de la llamada “Selva de Doramas”, un ecosistema primigenio que cubría el norte de la isla y que comenzó a menguar progresivamente a partir del siglo XV, tras la conquista de Gran Canaria. De todas las islas de la Macaronesia, este tipo de bosque subtropical encuentra sus análogos tan sólo en algunos lugares de Madeira,Tenerife y La Gomera. 

La ruta de los Tilos de Moya se desvela como un paraje natural exclusivo que invita a adentrarse en su interior con espíritu explorador. La vegetación exótica, que crece formando una red espesa y asilvestrada, se retuerce entre las antiguas construcciones de piedra, formando un escenario tan peculiar y agreste que da la impresión de que en cualquier momento aparecerá el coronel Kurtz con su tribu desde el corazón de Camboya.  

A pesar de su escarpada localización, la Reserva Natural Especial de los Tilos posee una ruta circular muy fácil para el tránsito del senderista, cuyos guías -todos alados- son los mirlos, pinzones, canarios, capirotes y aguilillas. 

El punto de partida de la visita es el Centro de Interpretación, antigua casa forestal, que alberga un jardín, dos salas de exposición y seis paneles que ilustran al visitante sobre la historia, los valores naturales y los usos tradicionales del bosque. A tan sólo 20 metros del Centro, cruzando la carretera, un panel indica el inicio del camino. A continuación, un sendero empedrado asciende entre la vegetación. Poco a poco, el sendero comienza a llanear a su llegada a una de las laderas del Barranco del Laurel, un lugar que ofrece unas vistas privilegiadas sobre las gargantas del barranco y el territorio del antiguo bosque. Esta parte se identifica, además, por el crecimiento de las fayas, los brezos y granadillos canarios, cuyas llamativas flores amarillas son utilizadas tradicionalmente por los vecinos como elementos decorativos. 

En el siguiente tramo es conveniente agudizar la precaución, pues el sendero continua por una zona con riesgo de desprendimiento. Esta es la zona más densa y húmeda del bosque, lo que la convierte a su vez en la de mayor riqueza botánica, con diferentes tipos de árboles de la familia de las Lauraceas y un diverso sotobosque, donde merece la pena parar y guardar silencio, dejando que los sonidos salvajes lo invadan todo. 

En apenas un kilómetro, sobre la pared montañosa se abre una cueva labrada por pastores, posiblemente utilizada como guarida en los días de tiempo revuelto y almacén para los aparejos de trabajo. A continuación, el sendero comienza su descenso y se encuentra una zona con bancos de piedra, perfecta para tomar aliento y recuperar fuerzas antes del último tramo de la ruta. 

El sendero deja atrás el bosque para recorrer antiguas terrazas de cultivo, que se van escalonando bajo los pies del caminante. Poco después, se puede observar una antigua cantonera, una instalación para la distribución hidráulica. La recta final llega al cruzar la carretera, dejando un merendero a mano izquierda. Ahora, el sendero discurre en paralelo a la carretera, con varias veredas que se ramifican desde la ruta principal. Distintos carteles indican el nombre de los árboles autóctonos, de entre los que destaca un bosquecillo de granadillos canarios donde se alza  un ejemplar que da nombre al parque: un gigantesco til, cuyas hojas se asemejan a las del laurel y el aroma de sus flores recuerdan a las del tilo

Los Tilos de Moya se coronan como un paraje donde la naturaleza sobrevive en sus formas más curiosas y delicadas, demostrando que la isla de Gran Canaria es mucho más que sol y playa, sino un compendio de ecosistemas que varían de forma asombrosa en apenas unos kilómetros de distancia.