Tesoros de las dos Medinas sagradas de Valladolid

Durante los siglos XV y XVI, sus ciudades alcanzaron un enorme protagonismo: la Corte se movía de unas a otras, y gozaban de un amplio poder municipal hasta que éste fue cercenado por el emperador Carlos, que tuvo que librar contra ellas la Guerra de las Comunidades.

Carlos Pascual
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Foto: Lucas Abreu

Que una auténtica Edad de Oro para Castilla. Durante los siglos XV y XVI, sus ciudades alcanzaron un enorme protagonismo: la Corte se movía de unas a otras, y gozaban de un amplio poder municipal hasta que éste fue cercenado por el emperador Carlos, que tuvo que librar contra ellas la Guerra de las Comunidades. Aquella autonomía avant la lettre trajo riqueza, ferias, comercio, actividad financiera: banqueros, ricoshombres y ricashembras (como Leonor de Alburquerque) costearon y apadrinaron la construcción de templos, capillas, hospitales, palacios, pósitos, carnicerías... y también atrajeron a los mejores artistas del entorno.

Algunas de sus obras poco vistas van a estar expuestas en la muestra Passio, repartida en sendas iglesias jacobeas de las dos Medinas. El título y tema (la Pasión) resulta apropiado en estas sedes, ya que la Semana Santa de ambas ciudades está declarada de Interés Turístico. En las quince ediciones anteriores de Las Edades... unos diez millones de visitantes han avalado el interés de este evento. La presente edición (la decimosexta) inaugura una nueva etapa que se prolongará hasta el año 2014. Más del 85 por ciento de las obras que van a mostrarse no han figurado en anteriores exposiciones.

También Medina de Rioseco va a ser para muchos una novedad. La ciudad (no villa) que llegó a cobijar a más de 30.000 vecinos tiene hoy menos de 5.000. Que no se cortan a la hora de airear timbres y títulos: la llaman La ciudad de los Almirantes (por los Almirantes de Castilla, once miembros de la familia Enríquez que le dieron casi todo); La de las cuatro catedrales (por el porte catedralicio de cuatro de sus templos); La India chica o de los mil millonarios (por la riqueza y oportunidades que brindaba gracias a la lana, los cereales, las ferias, el canal de Castilla más tarde...). Un apunte de todo eso puede verse y oírse en el Centro de Interpretación que flanquea a la Puerta de Ajújar, una de las tres que restan de la antigua muralla.

Aunque tal vez sea mejor dirigirse, lo primero, al monasterio de San Francisco, donde está la oficina de turismo: allí se organizan visitas guiadas y se brinda material y consejo al viajero. Además, San Francisco es uno de los platos fuertes. Los Almirantes eligieron su iglesia como panteón familiar, y ésta es ahora un museo sacro que se visita a golpe de efectos audiovisuales. Los fondos son extraordinarios (desde el retablo mayor a las terracotas a tamaño natural de Juan de Juni, o marfiles exquisitos), como lo es la propia arquitectura, revestida de guiños mortuorios. El monasterio, cerrado tras la Desamortización, no fue expoliado ni vendido, aunque algunas de sus partes (rejas, coro, claustro) se mudaron a otros puntos.

A Santa María, POR EJEMPLO, llevaron las rejas y el coro. Este templo es una verdadera catedral (sin discusión). Sus proporciones abruman, tanto como sus retablos, sobre todo el mayor, donde trabajaron figuras como Gaspar Becerra, Juan de Juni o Pedro de Bolduque. Pero hay algo único: la Capilla renacentista de los Benavente; unos judíos (conversos, claro), cambistas, que hicieron de su capilla-panteón una pastilla de arte concentrado. Ni un milímetro en blanco; Eugenio D''Ors, tan enfático el hombre, la comparaba con la Capilla Sixtina. Sobre las tumbas familiares se despliega un cosmos de estuco policromado, que es obra de los hermanos Juan y Jerónimo del Corral; en la escena de la Expulsión de Adán y Eva del Paraíso, una muerte cañí toca la guitarra, dando pie a comentarios de gente como Federico García Lorca o Emilia Pardo Bazán. En el altar, Juan de Juni (que tuvo taller en Medina) dejó uno de sus grupos más dramáticos y logrados.

Otra iglesia catedralicia es la vecina Santa Cruz, convertida en Museo de la Semana Santa; dentro hay algunas tallas sublimes. En la iglesia de Santiago Apóstol está la muestra de Las Edades... Aquí las piezas siguen el orden cronológico de la Pasión, según los Evangelios. Al margen de la muestra, el retablo mayor, de Churriguera, supera (por increíble que parezca) a los ya vistos en Santa María y San Francisco. Medina de Rioseco, con título de ciudad y carcasa de pueblo, está vertebrada por una calle singular, la Rúa Mayor, angosta y porticada, con soportales apeados las más de las veces en bastos troncos de madera. La dársena del Canal de Castilla (aquí expiraba el ramal de Campos) parece un paisaje holandés. O un canal del Midi francés, cuando lo surca el barco turístico Antonio de Ulloa. Una fábrica ventruda de harinas que estuvo funcionando hasta 1991 (se visita) evoca días de trigo y gloria, quintaesenciados ahora en la selecta bollería de las tahonas de la Rúa.

La otra Medina no esTÁ muy lejos, pero es que entre la de Rioseco y la del Campo, además de kilómetros, median tentaciones tan golosas como Urueña, el monasterio de la Santa Espina, San Cebrián de Mazote, Torrelobatón o la absorbente Tordesillas... Para captar el alma de Medina del Campo es casi imprescindible pasarse por el Museo de las Ferias. Allí está todo; gracias a una maqueta gigante y las vistas a plumilla de Anton van der Wyngaerde (1565) se colige que todo empezó en el cerro vigilado por el castillo de la Mota, en la prehistoria; de ahí se fue esparciendo la población hasta las riberas del Zapardiel, teniendo como ombligo la actual Plaza Mayor. En ella se celebraban las ferias que trajeron la opulencia de los siglos XV y XVI. En aquellos mercados internacionales se traficaba sobre todo con lana, pero también con telas, cereales y otros productos, incluidos libros (Medina tuvo imprenta) y obras de arte. Tal comercio abonó los mercados financieros y de cambio; banqueros locales (como Simón Ruiz o Francisco Dueñas), junto con agentes apostados en Génova, Florencia, Amberes, Lyon o Lisboa, manejaban efectivo o letras de cambio (que no se inventaron aquí, pero entre las más de 30.000 del archivo de Simón Ruiz las hay fechadas en 1493).

Esta Medina sufrió duro castigo por haberse aliado con los comuneros contra el emperador (al contrario de la otra Medina); a pesar de lo cual conservó bastante, y ha sido capaz de tornar a las cifras antiguas de población (ahora tiene 20.000 habitantes). Además del Museo de las Ferias y la muestra de Las Edades... que ocupa la iglesia de Santiago el Real, la visita debe rendir homenaje a la reina Isabel la Católica, que vivió en el castillo de La Mota y murió en el Palacio Real Testamentario (ahora museo), junto a las Casas Consistoriales de la Plaza Mayor. En esta se agrupaban los feriantes por gremios (placas en el suelo marcan los puestos), vigilados por la mole de la colegiata de San Antolín (impresionante retablo mayor dedicado a las desventuras del mártir).

De los palacios conservados, el de los Dueñas (plateresco, ahora instituto), el del Almirante o el del Marqués de Falces (casa de cultura) están a pocos pasos del Museo de las Ferias. Las Carnicerías Reales, a la vera del río, son un raro ejemplo de lonja renaciente que sigue con tal uso. Pero tal vez el alma de Medina haya que buscarla, más que en las piedras, en la memoria viva de sus lechazos asados, y las gollerías que aún hornean sus obradores con harinas finísimas, casi inmateriales: buen epílogo a las delicatessen artísticas que hasta aquí nos trajeron.