Templos y aldeas del Mekong

Subirse a una barcaza de madera y dejarse llevar desde Chiang Rai (Tailandia) a Luang Prabang (Laos) por las aguas del Mekong, el río que vertebra el sureste asiático, es una experiencia grandiosa, un viaje entre selvas impenetrables y arrozales infinitos para descubrir los secretos más ocultos de la tradición oriental.

Alicia Arranz
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Foto: Álvaro Arriba

Chiang Rai, la ciudad más septentrional de Tailandia, no es grande ni pequeña. Hubo un tiempo en que el opio atraía hasta aquí los occidentales, hasta que el gobierno tailandés se cansó de ese trajín y puso punto y final a todo ese circo de un plumazo. De eso hace más de tres décadas y, ahora, la Casa-Museo del Opio es uno de los puntos más turísticos de la ciudad, donde se recuerda cuáles eran las tribus que se dedicaban al cultivo de esta planta y cuáles eran los rituales para su consumo. Hoy los occidentales y turistas de todo el mundo vienen a Chiang Rai para coleccionar otras experiencias. Por ejemplo, están los que sienten una fascinación especial por el componente etnográfico, ya que Chiang Rai funciona como la base de operaciones ideal para visitar los poblados de las tribus que habitan este área desde tiempos inmemoriales, como los lanna, los kamu, los akha, los hmong y los karen.

Como la naturaleza que la rodea es un espectáculo, hay quienes vienen también ansiando el momento de calzarse las botas de montaña y echarse a trepar durante días por sus colinas pintadas de verde, recalando de vez en cuando en alguna aldea perdida. De todos ellos, son pocos los que al final del viaje no habrán pasado un buen rato regateando aquí y allá en el mercado nocturno de Chiang Rai, ni tampoco los que habrán dejado pasar de largo la oportunidad de visitar un campamento de elefantes y subirse a lomos de uno de ellos para adentrarse por unas horas en la profundidad de jungla. Menos todavía serán los que se hayan perdido la sorpresa de visitar el Templo Blanco (Wat Rong Khun), un delirio de los 90 que queda apenas a trece kilómetros hacia el sur. En este singular edificio de profusa decoración surrealista, curiosamente la gracia consiste en rastrear los múltiples guiños que su autor, Chalermchai Kositpipat -algo así como el Gaudí thai-, dedicó no sin cierta sorna a los más recientes iconos culturales de Occidente.

Con vistas al Triángulo de Oro.

Pero si hay algo que de veras hay que hacer cuando se viene a Chiang Rai es subir a la cima de Doi Tung, la montaña más elevada de la provincia y en la que se ubica el Wat Phra That Doi Tung. Este es un templo sagrado hasta el que peregrinan cada año miles de fieles budistas para honrar una reliquia de Buda. Pero para los que no profesan esa religión, lo que conmueve el alma son las espectaculares vistas panorámicas que regalan sus 200 metros de altura sobre el llamado Triángulo de Oro, la confluencia de las fronteras de Tailandia, Myanmar (la antigua Birmania) y Laos. Con razón Chiang Rai es conocida por ser la puerta de entrada al Triángulo de Oro. De hecho, para cruzar a territorio laosiano tan solo hay que tomar un tuk-tuk hasta el embarcadero de Chiang Khong y desde allí, en unos 15 minutos, se llega a Huay Xay, el punto fronterizo en el que se realizan los trámites del visado. No hay mucho más que hacer aquí, más allá de elegir la barcaza con la que descender el Mekong, acomodar los bultos lo mejor posible, tratar de encontrar la postura más cómoda en el banco de madera y, a partir de ahí, entregarse sin más a la contemplación y disfrute de unas horas memorables de navegación con paradas en algunas aldeas y puntos de interés, además de hacer noche en Pakbeng hasta llegar al día siguiente a la ciudad laosiana de Luang Prabang.

Es entonces, cuando por fin arranca el motor, con un ruido de mil demonios, y cuando todo alrededor se torna de pronto verde y marrón, cuando de verdad se tiene la sensación de estar entrando en otra dimensión en la que la vida se rige por parámetros muy distintos a los nuestros. A diferencia de la orilla tailandesa, la laosiana se presenta durante todo este recorrido como unterritorio mucho más virgen, en el que apenas se divisan, de vez en cuando, algunos palafitos y aldeas dispersas de pescadores, a menudo incluso sin electricidad, en las que de seguro el concepto del tiempo tiene otro significado. Uno se hace a la cuenta inmediatamente de que eso de que Laos sigue siendo un secreto por descubrir, acaso el país más enigmático todavía de todo el sureste asiático, es muy cierto, aunque quién sabe por cuanto tiempo más.Superados ya los más de treinta años de aislamiento en los que permaneció cerrado a cal y canto al exterior, el número de turistas que visita Laos cada año crece a un ritmo incesante, algo que, como siempre, resulta susceptible de ser interpretado de maneras opuestas. Por un lado está la perspectiva más pragmática, desde la que resulta incuestionable que su economía se está beneficiando a pasos agigantados de esa fuente de ingresos extra, con la consecuente repercusión en la mejora de la calidad de vida de su población. Y, por otro, está el punto de vista más egoísta, desde el que se alerta de la amenaza que eso supone para un país que muchos quisieran que permaneciese impermeable por siempre jamás, convertido en un auténtico baluarte de la tradición oriental.

El río que nos lleva.

De todas formas, aunque la amenaza está ahí, por ahora es bastante pronto para hablar de la existencia de cambios profundos. Y así, el Mekong, el octavo río más grande del mundo con sus más de 5.000 kilómetros de longitud, sigue constituyendo un elemento básico para la riqueza no solo del que antaño se conociese como el reino del millón de elefantes sino también de los otros cinco países por los que discurre desde que nace en las elevadas cumbres del Himalaya: China, Myanmar, Tailandia, Camboya y Vietnam.

Directa o indirectamente, este río proporciona un sustento fundamental para la supervivencia de más de cien millones de personas que viven de la pesca y del cultivo del arroz, a razón de tres cosechas anuales. Y, con los cerca de catorce kilómetros de anchura que llega a alcanzar en la época de lluvias, esta arteria fluvial, a falta de autopistas, funciona también como un importante eje comercial y de comunicaciones. Cuando se navega por elMekong, impresionan especialmente sus violentos remolinos, su fuerte oleaje y los troncos fantasmas que las lanchas rápidas que lo remontan están acostumbradas a esquivar con una sorprendente habilidad. Y cuando se contempla desde la distancia, por ejemplo cerveza en mano desde una terraza una vez que se desembarca en Pakbeng, esa aldea de apenas una calle repleta de restaurantes y guest houses que queda a medio camino entre Huay Xay y Luang Prabang, asombra la belleza amenazadora del atardecer oscureciendo aún más la opacidad de sus aguas.

La ciudad de los mil templos.

Con las primeras luces del día, la barcaza arranca de nuevo rumbo a su destino final: Luang Prabang. Previamente se detendrá para que los pasajeros puedan pasmarse ante el ingente número de esculturas talladas de Buda que guardan las cuevas dePak Ou. Poco tiempo después llega por fin el momento en el que se vislumbran a lo lejos las siluetas de los templos de una de las ciudades más bellas y mejor conservadas de toda Indochina; desde luego, es un instante que no puede calificarse de otra forma que no sea como absolutamente mágico.

Catalogada como Patrimonio de la Unesco en 1995, la antigua capital de Laos es un rosario de templos maravillosos, de ahí su sobrenombre de la ciudad de los mil templos, aunque realmente apenas hay medio centenar, un número más que suficiente dado su reducido tamaño. Como habrá que elegir sí o sí, se puede optar por el de la Ciudad Dorada (Wat Xieng Thong), el más bonito de todos, y el deVat Visounarath, que data de principios del siglo XVI y es el más antiguo. Pero no todo son templos. En medio de una atmósfera tan puramente espiritual, en Luang Prabang quedan también multitud de edificios coloniales que se muestran tan intactos que se diría que los franceses acabasen de marchar. Laos no alcanzó su independencia definitiva hasta 1953, así que abundan todavía los establecimientos que los franceses dejaron como herencia, como cafés y creperías. A la mañana siguiente, será de obligado cumplimiento poner la alarma para despertar antes de que amanezca y, aun sin desayunar, acudir a cualquier templo para asistir a la ofrenda diaria que los locales hacen a los monjes budistas como muestra de respeto y admiración. Este será, sin duda, uno de los recuerdos más valiosos del viaje.

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