Tamil Nadu: Últimas esencias de la India

Con las primeras luces del día empiezan los cantos de adoración al dios Siva en el templo tamil de Arunachaleshvara. Allí fue donde Siva se apareció en forma de "lingam" o falo de ígnea luz. Siva había retado a sus rivales, Visnú y Brahma, a que encontraran su cabeza y sus pies. Pero se burló de ellos convirtiéndose en una columna de puro fuego. Él era el dios supremo, la llama inextinguible, y aún hoy sus fieles creen que rige Tamil Nadu y el universo, las vidas y reencarnaciones.

Luis Pancorbo

Se calcula en 30.000 los templos en Tamil Nadu, con lo cual, sea cual sea el rumbo que se tome, no hay miedo de quedarse sin una bella dosis de arquitectura dravídica o de acendrados rituales hinduistas. Si encima se trata de un periodo como el plenilunio de Karthikai (noviembre-diciembre), el hinduismo saca a relucir sus estampas más vibrantes. En la fiesta de Deepam, cuando las Pléyades alegran el cielo, un cortejo de sacerdotes y sacristanes sube al viejo volcán Arunachala, desde donde se domina el gran templo de Siva. Allí colocan un gran caldero de bronce y echan ingentes cantidades de mantequilla líquida, y ropas usadas como mechas para un fuego que arderá durante días celebrando a Siva. Pero es que cada mañana los bramines escenifican un ritual tan delicado como el del despertar de Siva y su esposa, Parvati. También traen en procesión agua desde un estanque cercano. Agua del Ganges -dicen-, aunque este río fluya a más de mil kilómetros al norte.

Muchos han sido los sabios y santos hinduistas (Vivekananda, Ramana Maharishi, Aurobindo...) que han escogido la tierra tamil para su perfección personal, para encontrar ese momento iluminador de lo imperceptible. Sin ir tan lejos, hay mucha gente que también sabe apreciar ese dejo de santidad que parecen tener rocas y mares tamiles. En el plenilunio de Chithirai (abril-mayo) se va a Kanyakumari, la última ciudad de la India, a ver al mismo tiempo el atardecer del sol y el amanecer de la luna. Miles de personas, apostadas en playas que tienen arenas de colores, contemplan arrobadas cómo el sol y la luna aparecen alineados en el horizonte. ¿No es otra manifestación del poder de Siva, el dios que un día fue a casarse allí mismo con la diosa Kanyakumari? El propio Gandhi dispuso que sus cenizas fuesen aventadas en ese mar donde se juntan las aguas del Océano Índico y del Golfo de Bengala, un buen sitio para otra vuelta de tuerca de las existencias.

En Tamil Nadu los bueyes tienen cuernos pintados de color pimentón rematados con cascabeles, y a las vacas les dibujan mantras en la piel. El clima resulta tórrido por lo general, con lluvias torrenciales y vientos huracanados en el monzón de verano, y la humedad agobia junto al mar hasta la caída de la tarde. Claro que en Nilgiri, las Montañas Azules (por el efecto azulado que produce ver sus picos en la lejanía), el termómetro no suele subir de 25 grados ni bajar de 10. Eso convenció a los ingleses para poner en Ooty la capital de verano de la Madras Presidency, su territorio del sur de la India. Plantaron té en las faldas de los montes azules, tendieron 89 kilómetros para un tren de vía estrecha y Ooty supuso lo que Darjeeling para Calcuta, un lugar donde respirar y no añorar tanto las islas británicas. Todavía se aprecia cierto aire british en las calles y hoteles de la ciudad de Ooty, como si el pasado se resistiera a desclavarse. Ni siquiera falta una iglesia católica, la Kandal Cross Shrine, que tiene como reliquia milagrosa un trozo de la Vera Cruz.

Pero Tamil Nadu representa sobre todo un cogollo del hinduismo popular de la India, y eso se dispara en mil direcciones. Cerca de Anaimallai (Coimbatore) triunfa Mazani Amman, la diosa de la venganza. Los fieles compran chiles rojos en el templo y se ponen a molerlos mientras cantan himnos y rezan. Ese polvo rojo y picante de unas guindillas poderosas constituye su principal ofrenda para obtener salud y justicia. Los fieles saben que la diosa machaca a los diablos y que, en consecuencia, puede desbaratar a los enemigos de quienes muelen guindillas en su honor.

En el templo de Vendanpatti, situado a 40 kilómetros de Pudukkotai, el visitante se sorprende viendo el resultado de las ofrendas de mantequilla clarificada que se dedican a Nandi, la montura divina de Siva. La estatua de Nandi que preside el atrio se esculpió en granito negro, pero a fuerza de grasa la piel de piedra se le ha puesto pálida, y encima hay milagro: no acuden a ella moscas ni hormigas. Es el esplendor de Siva una y otra vez ensalzado en Tamil Nadu, aunque en pocos sitios llegan a tan altas cotas como en Chidambaram. Esa ciudad santa, que se encuentra a 245 kilómetros de Chennai, se ufana del impresionante templo de Nataraja, el Siva Danzante, el que baila y hace temblar al cosmos. Siva ganó sobradamente el reto de danza que le propuso su consorte Parvati. La Creación llegó a peligrar cuando el dios giraba levantando una pierna y moviendo sus cuatro brazos como aspas colosales. Crear y destruir y recomenzar, esa es la cuestión.

Los "dikshitars", los bramines encargados de los ritos de Nataraja, se rapan el cráneo dejándose pelo para hacerse un gran moño en la parte delantera. Otros monjes tamiles se rapan la mitad izquierda de la cabeza y en la mitad derecha se dejan crecer una larga melena, convirtiéndose en una ilustración de la ambigüedad existente en dioses y hombres. Afeitarse la cabeza en la India no es una cuestión de moda sino entregarse al dios de turno ofreciéndole los cabellos, lo más valioso y abundante de lo material que produce una persona.

Bien es cierto que no todo en Tamil Nadu es abandonarse al capítulo de la superstición. En Kavalur, a 145 kilómetros de Chennai, se alza el observatorio astronómico Doctor Vainu Bappu, sede del mayor telescopio de Asia, con un diámetro de 2,3 metros. Una visita al lugar dejará bastante claro que allí, lejos de perseguir dioses como Brahma montado en un cisne, se descubren nuevos planetas y cometas. El astrónomo Vainu Bappu incluso se distinguió por calcular luminosidad y distancia de las estrellas junto al científico Wilson: es lo que se conoce como el efecto Bappu-Wilson. Como hay un efecto Abdul Kalam, entendiendo por ello la admiración que causa este ingeniero nuclear que fue presidente de la India desde 2002 a 2007. La isla santa de Rameshwaram se enorgullece de su ilustre paisano, un hombre sencillo que pasó su infancia en un pueblo con calles de arena, entre ecos de almuédanos y de rezos hinduistas, pero que estudió con esfuerzo y que nunca se ha rendido en su idea de lograr una India desarrollada, capaz de conquistar el espacio exterior.

Otra cosa es que en Rameshwaram la mitología a veces parezca solaparse con la realidad. Se cree que por un sitio llamado Adam''s Bridge, o mejor Puente de Rama, ese dios (no otro que Visnú) cruzó el mar con su ejército de monos. Eso cuenta el Ramayana y la victoria de Rama sobre los diablos de Lanka con la ayuda de Hanuman, su fiel general con facciones de simio. Hay de todos modos una cierta base real en esa historia: un rosario de 19 islas separadas por breves estrechos marinos (el mayor tiene 19 metros de longitud). Hasta el año 1480 debió de existir una ruta terrestre entre Tamil Nadu y Sri Lanka, que fue desbaratada posteriormente por la fuerza de ciclones y maremotos. Sin olvidar que otro mito señala que Lemuria, o Kumarik Kandam, el fabuloso continente que conectaba África y Australia, y donde se habría originado la Humanidad, se hundió frente a las costas de Tamil Nadu.

En su día a día tampoco faltan los portentos en el estado de Tamil Nadu, ni los dioses celebrados a cada poco con fastuosas estatuas y rituales. Si agobiara semejante superabundancia, siempre se puede hacer un viaje hasta el templo Avudayar Koil, a 40 kilómetros de Pudukkottai, que está dedicado al dios invisible, o Atmanatha. Eso es ya un puro concepto, pura alma universal, y por tanto carece de imágenes, incluso del habitual lingam de Siva. En vista de lo cual, las preces se realizan ante un pedestal sin nada encima.

Templos principales y ciudades sagradas
Los Pancha Bootha Sthalamt son centros de adoración del dios Siva según los cinco elementos: Chidambaram (cielo), Thiruvannamalai (fuego), Kanchipuram (tierra), Thiruvanaikkaval (agua) y el quinto, el de Kalahasti (éter), que está en el contiguo estado de Andra Pradesh. Hay también varias ciudades sagradas en Tamil Nadu -Kanchipuram, Chidambaram, Trichy, Madurai- con templos extraordinarios. Además de templos dedicados al dios Siva, como el de Brahadeswara, en Thanjavur, y Arunachaleshvara, en Tiruvannamali, el templo Dhandayuthapani, en Palani, se consagra a Muruga, el hijo de Siva, una de las deidades favoritas de los tamiles. El gran templo de la diosa Minakshi, consorte de Siva, está en Madurai. Notable es también Ramalingeshwara, el templo de Visnú en Rameshwaram.

Parques nacionales y naturaleza salvaje
El Parque Nacional Vedanthangal, cerca de Chennai, es lugar de reproducción de espátulas, pelícanos, cigüeñas, garzas reales... En Kodikkarai (Point Calimere), a 10 kilómetros de Vedaranyam, hay un santuario de flamencos (30.000 a veces). La mejor época es entre noviembre y enero. A 90 kilómetros de Coimbatore, el Parque Natural Indira Gandhi, junto al Santuario de Fauna Salvaje de Anaimalai, se extiende por casi mil kilómetros cuadrados y a una altitud de 1.400 metros. Hay gaures (bovinos salvajes), tigres, panteras, osos perezosos, pangolines (mamífero con escamas parecido al armadillo), ardillas voladoras... y cocodrilos en el estanque de Amaravathi. Las hill stations (balnearios de montaña) no están vinculadas a las aguas termales sino a los paseos por tierras altas y a una temperatura agradable. Yercaud ("bosque bonito" en tamil) está cerca de Salem, a 1.600 metros de altitud, con lagos y cascadas entre plantaciones de café, manzanos y cerezos. A 64 kilómetros de Ooty se visita la Reserva de Fauna y Flora de Mudumalai, que alberga elefantes salvajes, bisontes indios, monos langures y tigres (con suerte).