Tailandia secreta: tribus, templos, elefantes y hospitalidad

El antiguo reino de Siam ofrece paisajes vírgenes, hermosos templos de inspiración birmana y culturas milenarias. Ocultas en las montañas, cerca de las fronteras de Myanmar y Laos, tribus seminómadas conservan sus costumbres y tradiciones.

Oriol Pugés

De nuevo en Tailandia. Poseyendo la más antigua de las nuevas civilizaciones -o la más nueva de las viejas culturas- del sudeste asiático, Tailandia es un mundo aparte. Aunque mantiene muchos puntos en común con sus vecinos, se haya alejada al mismo tiempo por un sentimiento muy vivo de superioridad nacional. Con gran capacidad de absorber las aportaciones culturales exteriores, como los objetos de Occidente, con capacidad de atraer a los extranjeros, no por ello deja de ser uno de los países más impenetrables que puedan existir. Pues bajo el barniz del modernismo más de cuarenta millones de campesinos siguen viviendo como lo hicieron siempre en torno al wat (templo), cultivando el arroz al ritmo de las fiestas del calendario lunar budista, que lleva una delantera de más de quinientos años sobre el que rige en Occidente. Todas estas pequeñas reflexiones me dan vueltas por la cabeza cuando bajo del avión en el aeropuerto de Chiang Mai. En ese mismo momento comprendo que he dado con el viaje de mis sueños.

Efectivamente, Tailandia se presenta como el paradigma del exotismo por antonomasia. Enclavado en un área geográfica tradicionalmente convulsionada por la inestabilidad política, el reino de Siam logró mantener la independencia durante la época de las colonias y ha escapado milagrosamente a las guerras que azotaron Indochina durante buena parte del siglo XX. Ello, sumado al carácter sumamente afable de sus habitantes, contribuye a situar al país como uno de los destinos más deseados y visitados por quienes queremos descubrir el exotismo de Asia. ¿Y por qué Chiang Mai?, probablemente se pregunte el lector. ¿Por qué no Bangkok, Phuket o Ko Samui? Muy fácil. Es el punto de partida de uno de los viajes más codiciados entre el tapiz de paisajes arrebatadores que atesora Tailandia. Es a partir de aquí donde se abre un mundo increíble de gentes diversas, un mundo donde las agujas del reloj parecen haberse detenido hace mucho tiempo...

En la Suiza de Oriente. Chiang Mai, la segunda ciudad del país, también conocida como la Suiza de Oriente en clara referencia a las montañas que la rodean, además de sus atractivos templos (Chiang Man, Phra Singh, Chedi Jet Yod, Chedovan...), constituye una magnífica base de operaciones para visitar las tribus del norte y para descubrir algunas de las zonas paisajísticas más bellas del país. Esta pequeña gran metrópoli, cuyo centro ha conservado un recinto amurallado con sus fosos, sigue despertando una gran fascinación por ser la cuna de la cultura tai y por no tener nada en común con el resto del país. De hecho, su arquitectura religiosa, sus artesanías, sus dialectos y la forma de ser de sus habitantes son más propios de los vecinos Myanmar, Laos y de la provincia china de Yunnan.

Antiguo centro cultural, religioso y político del norte, Chiang Mai fue fundada en el año 1292 por el rey Mengrai, que ya había fundado Chiang Rai. La dinastía de los Mengrai gobernó el norte de Tailandia durante doscientos años. Después llegó la decadencia, los dos siglos de invasiones birmanas -de ahí la decoración de los templos de la ciudad-, hasta que volvió a resurgir en el año 1796, permaneciendo semiautónoma hasta mediados del siglo XIX. Este aislamiento y lejanía de Bangkok (dista 700 kilómetros) explica el sabor e identidad propios. Algo que cualquiera puede descubrir enseguida en sus delicadas artesanías y en el carácter independiente y orgulloso de sus gentes.

No cabe la menor duda de que el mayor atractivo de un viaje por el norte de Tailandia son las excursiones para visitar a las tribus seminómadas que pueblan las montañas y ver cómo viven estas etnias. Sin embargo, aprovechando que nos encontramos en estos remotos y mágicos parajes, vale la pena desviarse un pelo de la ruta y dirigir nuestros pasos al sur de Chiang Mai, hacia uno de los recintos arqueológicos más conocidos de Tailandia: Sukhotai. El origen del poderoso reino de Siam se encuentra precisamente en Sukhotai, el conjunto arqueológico más impresionante del país y la cuna de la civilización tai. La ciudad, primitivamente una fortaleza estratégica jemer, fue fundada en el año 1238 por dos príncipes tailandeses deseosos de sacudirse el yugo jemer. Con el tiempo, Sukhotai se convirtió en la nación más poderosa del sudeste asiático.

La edad de oro de Sukhotai tuvo lugar durante el reinado de Ramkamhaeng (1278-1318), famoso en la historia nacional por su gobierno ilustrado y sus notables logros. El reino conservó la prosperidad hasta el año 1378, cuando se inició su decadencia a la sombra de Ayutthaya. Hoy, Sukhothai muestra viejos edificios perfectamente restaurados. Como ejemplos, al caer el crepúsculo sobre el majestuoso buda monumental, rodeado de columnas truncadas, del templo (wat) Mahathat, el sol da a la piedra reflejos dorados. Detrás, un pequeño chedi se refleja en las tranquilas aguas del lago de Plata. En una colina, el buda en pie del wat Saphan Hin domina el paraje. Templos y ruinas se hallan dispersos por el verdor, auténtico museo al aire libre. Hacia las tribus de las montañas. Las tribus de las montañas, como los tailandeses llaman a los diferentes grupos tribales, se han ido asentando a lo largo de los últimos años en el norte del país, sobre las últimas estribaciones del Himalaya. La clasificación etnológica de estas tribus no es fácil de realizar. Multitud de subgrupos y clanes y un complejo sistema de relaciones familiares la dificulta. Además, viven en pequeñas comunidades dispersas, lo que complica enormemente la tarea de los antropólogos. Lo que sí se sabe con certeza es que existen seis grupos étnicos mayores: meo, karen, lahu, lisu, akha y yao. Excepto los karen, todos presentan una fuerte influencia china. En el caso de los meo, aparecen mencionados en antiguas crónicas que atestiguan su presencia en la región china de Yuan, de donde habrían emigrado por causas desconocidas. También los yao remontan su origen a China. Más difícil de precisar es el origen de los karen, que aparentemente no tienen relación alguna con los demás grupos. Se dice que proceden de la vecina Myanmar. Otras tres tribus, akha, lisu y lahu, parecen tener un origen común. Se da entre ellas una relación lingüística clara, ya que provienen de un mismo grupo étnico birmano-tibetano.

Mantenrer las tradiciones. Las tribus de las montañas no siempre reconocen las fronteras estatales y no admiten más vínculos que los derivados de su propia estructura tribal, sin importarles el hecho de que algunas comunidades se hallen situadas en Myanmar, Laos o en territorio tailandés. En el distrito de Mae Chan y Mae Salong, en los alrededores de Chiang Rai, se tiene la oportunidad de acercarse a las aldeas de los akha y de los yao. Hasta hace pocos años estas tribus vivían de la cultura del opio, el cual consumían además de producirlo. Tan fuerte era su dependencia que hubo que hacerle frente mediante programas de integración de las tribus, reducción de la producción de opio y desarrollo sostenible, que se iniciaron en la década de 1970. Hoy estas tribus viven en zonas determinadas por el gobierno, agregadas en aldeas en las cuales intentan mantener sus tradiciones y raíces y donde crean familias, trabajan los campos y viven del comercio con los turistas. Es una vida social totalmente controlada, lo que conduce inexorablemente a la pérdida de su identidad.

Los primeros akha que llegaron a Tailandia eran de origen tibetano y se instalaron junto a la frontera con Myanmar, hace cien años. Allí viven unas 350 personas que se ganan la vida con la agricultura y el comercio de tapicerías y adornos de plata. Las mujeres usan los vestidos tradicionales confeccionados por ellas, pero las nuevas generaciones empiezan a usar jeans.

En la parte noroccidental se extiende el valle de Mae Hong Son. Es la provincia más montañosa de Tailandia y destaca, sobre todo, por la serena belleza de su paisaje. Son apenas treinta minutos de viaje en avión desde Chiang Mai, pero merece la pena llegar por la carretera que discurre a través de una de las regiones más bellas del país, el valle del río Pai y la garganta de Ob Luang, un estrecho desfi ladero de abruptas paredes con unas vistas realmente increíble Bellezas paisajísticas aparte, el mayor interés de acercarse a Mae Hong Son es la visita a las aldeas de las mujeres padaung o mujeres-jirafa. También llamadas kayan, estas singulares mujeres habitan en los poblados de Ban Naisoi y Ban Nampiengdin, situados a unos 50 kilómetros de Myanmar.

El brillo de los aros de cobre. Frágiles y elegantes, cubiertas de espirales doradas en el cuello y las rodillas, cada mañana temprano y antes de que los rayos del sol disipen las brumas que envuelven la aldea estas mujeres pasan horas acicalándose y sacando brillo a sus aros de cobre para recibir sonrientes la visita de cientos de viajeros que hacia el mediodía empezarán a invadir su intimidad.

Al anochecer, cuando los últimos turistas se van, regresa de nuevo la paz a la aldea. Es entonces cuando regresan los hombres, tras una dura jornada de caza por los alrededores, y cuando las familias se reúnen en torno al fuego, recitando cuentos a sus niños y tocando la guitarra. Esa es la imagen que queda grabada en mi memoria, una imagen que, lamentablemente, corre el riesgo de convertirse en un sueño.

Viaje en el túnel del tiempo
Para la mayoría de viajeros, lo mejor del norte de Tailandia lo ofrecen las diferentes tribus que viven en las montañas. Son fáciles de visitar, basta acercarse a Chiang Mai o Mae Hong Son y contratar excursiones con guías expertos en las agencias especializadas. Se calcula que integran una población de 500.000 individuos, entre los que el gobierno tailandés reconoce seis grandes grupos principales:

Akha. Se instalaron hace poco más de cien años. Son la tribu más pobre a pesar de su exótico aspecto. Se distinguen por la vistosa vestimenta de las mujeres, con su blusón negro, falda y pantalón adornados con vivos bordados y un tocado con adornos de plata.

Yao. Originarios de China meridional, se asentaron a principios del siglo XIX, donde se calcula que viven cerca de 30.000. El traje tradicional consta de un turbante negro bulboso y pantalones amplios ricamente bordados. Son adeptos al taoísmo.

Hmong. Poco más de 50.000 hmong viven en pueblos construidos en las cimas de las colinas del norte de Tailandia. Allí donde crece en abundancia la adormidera. A las mujeres se las reconoce por sus voluminosos peinados. Los tailandeses los llaman meo.

Karen. Se instalaron huyendo del ejército birmano. Las mujeres lucen collares de monedas antiguas y gargantillas de plata, y anillos dorados en las piernas. Los hombres destacan por sus tatuajes.

Lahu. Alrededor de 40.000 lahu viven actualmente en el norte de Tailandia, la mayoría en la provincia de Chiang Mai y Chiang Rai. Su indumentaria tradicional es negra con bordados de vivos colores. Muchos lahu se han convertido en los últimos años al cristianismo.

Lisu. Poco más de 20.000 individuos. Se identifican por llevar vestidos de llamativos color rojo y turquesa. Las mujeres adornan sus cuellos con magníficos detalles decorativos de plata. Además de estos seis grandes grupos étnicos, desde hace poco más de 25 años han aparecido los Kayan. Se reconocen por el grupo de aros que rodean sus cuellos, brazos y piernas. Más conocidas como "mujeres-jirafa", viven entre las aldeas de Ban Naisoi y Ban Nampiengdin, no muy lejos de Mae Hong Son. Llegaron a Tailandia huyendo del ejército birmano. La costumbre de deformar el cuello se inicia a los 5 años, cuando en una ceremonia que coincide con la Luna llena se coloca el primer aro a las niñas; a los 7 años se coloca el segundo y así sucesivamente hasta llegar a la edad adulta.