Tahití y sus islas, la huella española

La Polinesia Francesa se compone de 35 islas y 83 atolones de cinco archipiélagos dispersos por cuatro millones de kilómetros cuadrados en el Pacífico Sur. En Tahití y sus Islas hubo una presencia española importante, ignorada por muchos. Y es que hubo un tiempo en que al Océano Pacífico se le conoció como el "Lago español".

Alonso Ibarrola
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Foto: Patxi Uriz

Hay que tener presente que la referencia a Tahití como un mito se debe a los primeros navegantes españoles. Ese mito del paraíso terrenal, del Edén, no lo inventaron ni crearon franceses ni ingleses, porque La Nouvelle Cythère de Bougainville, que tantos estragos causó en Europa entre Émile Rousseau y sus seguidores, ya había sido soñada por Álvaro de Mendaña y Pedro Fernández de Quirós. El primero buscaba las codiciadas minas del rey Salomón en forma de islas y el segundo soñaba con descubrir un nuevo continente, que realmente existía y hoy se llama Australia. Aquí nació el mito y así lo sostiene valientemente la hispanista francesa Annie Baert en el propio Tahití, contra la opinión de muchos detractores.

Si en Estados Unidos se creó el mito de unLejano Oeste que arrastró a miles de emigrantes a su conquista, los españoles, cuatro siglos antes, también tuvieron un Lejano Oeste que les empujó, a partir de Cristóbal Colón, a la conquista de un Nuevo Mundo plagado supuestamente de riquezas. En el Océano Pacífico, marinos y navegantes como Magallanes, Elcano, Loaísa, Saavedra, Grijalva, Villalobos, Legazpi, Urdaneta, Mendaña, Quirós, Váez de Torres, González de Haedo, Bonechea, Tomás de Gayangos, Mourelle, Malaspina y un largo etcétera fueron los culpables de que muchas islas descubiertas para Occidente se bautizaran con nombres españoles que actualmente ya no figuran en los libros de Historia, lo cual resulta un tanto intolerable. De todos los citados, por lo que se refiere a Tahití y sus Islas, cobran un especial relieve Loaísa, Mendaña y Bonechea.

En 1518, Hernando de Magallanes obtuvo de Carlos I de España la autorización de llevar naves españolas a las Molucas por Occidente. Después de muchas penalidades, el 27 de noviembre de 1520 sólo tres naves lograron pasar el estrecho que bautizaron como Todos los Santos, pero al que los historiadores han dado el nombre del capitán de la expedición en recuerdo de su hazaña y que todo el mundo conoce hoy como Estrecho de Magallanes. Separándose de la costa chilena y continuando rumbo noroeste, navegaron por los archipiélagos polinesios de las Tuamotu y Sociedad, descubriendo algunas de sus islas. Continuaron viaje a Filipinas, donde murió Magallanes, sucediéndole como capitán de la expedición Juan Sebastián Elcano, quien culminó la primera vuelta al mundo. De los 240 hombres que comenzaron aquella expedición solo regresaron 18 tripulantes.

Desde el Virreinato del Perú partieron las sucesivas expediciones, como las de Álvaro de Mendaña y su mujer, Isabel Barreto. Mendaña bautizó las islas descubiertas con los nombres de Magdalena (Fatu Hiva), San Pedro (Motane), Dominica (Hiva Oa) y Santa Cristina (Tahuata). Adelantado de esta expedición y piloto mayor fue Pedro Fernández de Quirós, que escribió numerosos memoriales al soberano Felipe III sobre la importancia de estas islas situadas en el Océano Pacífico. En la expedición a su mando se avistaron varias islas del archipiélago de las Tuamotu, como San Telmo (Marutea), la Conversión de San Pablo (Hao), Decena (Tauere), Sagitaria (Rekareka) y Fugitiva (Raroia).

A la expedición de circunvalación de Magallanes-Elcano le siguió la de Jofre de Loaísa en 1525, quien con una flota de siete naves partió de La Coruña. Ninguna llegó a su destino, y de la carabela San Lesmes no se supo nada hasta que en 1929, en el atolón de Amanu, en el archipiélago de las Tuamotu, un capitán francés descubrió unos viejos cañones. Algunos historiadores llegaron a pensar que eran del susodicho barco español.

Ya en el siglo XVIII, siglo de las expediciones científicas, y en franca rivalidad con Inglaterra y Francia, el virrey del Perú, Amat, promovió cuatro viajes a la Polinesia, siendo los más ambiciosos los capitaneados por Domingo de Bonechea a Tahití. En 1774, segundo de sus viajes, Bonechea fondeó su fragataEl Águila en la playa de Taiarapu, en la parte oriental de la isla, y ante las dificultades de mantenerse en la misma por las fuertes mareas y el gran oleaje, buscó un lugar más favorable, la playa de la Santa Cruz de Ojatutira, actualmente llamada la Ensenada de Cook, al oeste de Tautira.

El día 5 de enero de 1775 se celebró una reunión en la casa-misión de Tautira entre los oficiales españoles y los principales jefes de Tahití. En dicho acto se reconoció, entre otros asuntos, la soberanía española sobre la isla y la defensa de sus habitantes, quienes a su vez declaraban lealtad y obediencia al rey de España. El documento se encuentra en el Archivo General de Indias de Sevilla.

El limeño Máximo Rodríguez, nacido posiblemente en el año 1750, fue soldado e intérprete al servicio de España en las expediciones al Pacífico Sur (Pascua y Tahití), al mando de Felipe González de Haedo y Domingo de Bonechea. Tras su año de estancia en Tahití (1774-75), Rodríguez recorrió por mar y tierra toda la isla y en su Diario anotó muchos de los acontecimientos que contempló, además de otros ritos, usos y costumbres. Gracias a él los investigadores de todo el mundo conocen mucho mejor la vida social tahitiana de aquellos tiempos.

La presencia española en Tahití no volvería a hacerse patente hasta el año 1865, cuando la fragata Numancia arribó al puerto de su capital, Papeete, apareciendo mencionados los habitantes de esta isla en la obra literaria que da título a uno de los Episodios Nacionales del escritor Benito Pérez Galdós.

Un siglo más tarde, el buque-escuela Juan Sebastián Elcano, en su quincuagésimoquinto crucero, atracó en visita oficial en los muelles de Papeete. Por vez primera en su historia, el periplo lo había iniciado el 15 de octubre de 1972 y lo finalizó el 19 de julio de 1973. Al parecer, un incidente de los guardiamarinas que estaban de permiso en tierra con las indígenas provocó enfrentamientos que obligaron al barco a zarpar antes de lo previsto. Después, algún que otro navegante en solitario ha atracado en el puerto de yates de Papeete.

En 1988, Tahití registró la llegada del aventurero Kitín Muñoz con su balsa Uru, emulando la hazaña de laKon-Tiki. En la actualidad, de vez en cuando en el puerto de Papeete atraca alguna embarcación de recreo con bandera española. Pero ya es puro turismo. Como también fue puro turismo el viaje de bodas del príncipe Felipe y Letizia, que llegaron de incógnito a un maravilloso hotel en la isla de Tahaa, perteneciente al archipiélago de La Sociedad. Ignoro si el príncipe sabía que siglos atrás un marino al servicio de la Corona española y de su antepasado, Carlos III, pasó por allí.

Una vez en Tahití se ofrecen al visitante numerosos circuitos que siempre incluyen -aparte de Tahití- las visitas a las islas de Moorea y Bora-Bora. Es el triángulo clásico, aunque haya otras muchas opciones según el tiempo disponible.

Para el turista hispano, no obstante, hay una ruta que se inicia, evidentemente, en Tahití y finaliza en las Marquesas. El circuito en torno a Tahití tiene parada obligatoria en Tautira. Aquí se oficia el 1 de enero una misa en recuerdo de la primera misa católica celebrada en Tahití y sus Islas, con un especial recuerdo al comandante de fragata Domingo de Bonechea. Para los tahitianos católicos constituye todo un símbolo la fecha y Bonechea, sobre todo porque los protestantes siempre han ignorado este acontecimiento religioso y celebran y reivindican la llegada del cristianismo con los misioneros protestantes del Duffy.

A los turistas que visitan Tautira siempre les llama poderosamente la atención que en el atrio de la Iglesia parroquial de María No te Hau (Nuestra Señora de la Paz) haya una inscripción tallada a mano y en madera de nogal escrita en cuatro idiomas -francés, castellano, polinesio y euskera- en recuerdo de Domingo de Bonechea. Y sobre la placa, una efigie presunta del guetariano. Ambas obras, talladas a mano en una sola pieza de madera de nogal, fueron donadas en el año 2002 por el artista zarauztarra Braulio Buenetxea Manterola. Entre las numerosas islas que avistaron los españoles, anteriormente mencionadas, donde encontraremos huellas más concretas es en las Islas Marquesas, especialmente en las islas de Nukuiva, Hiva-Oa, Fatu-Hiva y Tahuata, en la que todavía se conserva una lápida en recuerdo de la presencia española y de la primera misa celebrada en tierra firme en el Pacífico.

Pero quizás el recuerdo más entrañable se encuentra en Madrid y es el famoso umete. El origen del mismo arranca cuando en el año 1775 el intérprete de la expedición de Bonechea, Máximo Rodríguez, solicitó al rey local que le regalara el umete para su monarca Carlos III. Esta pieza, una de las más importantes del arte polinesio y única en el mundo, elaborada en dolerita negra, se conserva en el Museo Nacional de Antropología y Etnológico de Madrid. Por fortuna, a nadie se le ha ocurrido reclamarlo...