Soviet Tour en Tiraspol

Es uno de los sitios más remotos... y extraños de Europa. Es la capital de un país que no existe oficialmente. Es la única ciudad del mundo donde conviven bustos de Lenin con cajeros automáticos, material militar soviético y publicidad de tarjetas de crédito occidentales, Business Center frente a la Casa de los Soviets... Bienvenidos a Tiraspol y a los Soviet Tours que la ciudad ofrece a los "queridos camaradas".

Thierry Maliniak

¿Qué diablos se me habrá perdido en Tiraspol? Al llegar, el viajero se queda algo perplejo. ¡Menos mal que está Andrey para aportarle la respuesta! "La mayoría de los visitantes nos ven como una especie de Unión Soviética en miniatura -asegura-. Vienen aquí para ver cómo fueron los tiempos aquellos de la URSS". Consciente de que allí había una buena oportunidad, Andrey Smolensky, 29 años, no se lo pensó dos veces. En 2011 renunció a su puesto bien remunerado en una empresa de móviles local y fundó una agencia de viajes cuyo recorrido más solicitado es hoy el Soviet Tour, que sus folletos ofrecen a los "dear comrades", los "queridos camaradas". Durante tres horas, Andrey lleva a sus clientes paseando entre estatuas de Lenin (la más imponente, como debe ser, frente al Palacio Presidencial), monumentos a los caídos (también de la guerra de Afganistán), galerías de fotos callejeras de héroes con múltiples condecoraciones, y viejos tanques soviéticos oxidados montando guardia en los parques.

Estamos en uno de los sitios más remotos... y extraños de Europa. Y es que primero hay que viajar a Moldavia y su capital, Chisinau, un destino ya de por sí poco habitual. Y de allí cruzar una frontera muy vigilada aunque jurídicamente no existe, para llegar, a menos de 100 kilómetros de Chisinau, a Tiraspol. Es la capital de un país que tampoco existe oficialmente: Transnistria, desgajada de Moldavia en 1990. Aquí, los carteles en caracteres latinos de Moldavia han dejado paso a los cirílicos, y la lengua moldava (una variante del rumano) a la rusa, cuyo uso es generalizado. ¿Será Transnistria un simple parque temático para los nostálgicos de la URSS? No exactamente: al patearla, uno se da cuenta rápidamente que la realidad de esta región (o país, según las opiniones) es más compleja, y llena de sorprendentes contradicciones.

Museo viviente de la URSS

En Tiraspol cohabitan sin guerra fría bustos de Lenin con cajeros automáticos, material militar soviético y publicidad para Visa y Mastercard. Aquí la moneda se llama rublo, pero fluctúa en función del dólar (mientras el leu moldavo lo hace en función del euro). Aquí, frente a la antigua Casa de los Soviets, con su arquitectura típica de tiempos comunistas, se está construyendo un gran y moderno Business Center. Aquí, los símbolos de la hoz y el martillo abundan por las calles, pero los bancos privados son omnipresentes: y si sus publicidades utilizan fotos de ancianos con uniforme soviético y llenos de condecoraciones, es para promocionar mejor sus planes de jubilación. Aquí, el Parlamento se llama todavía Soviet Supremo, pero los partidos comunistas (por más que haya dos) apenas controlan uno de sus 43 escaños. Y es que este aparente museo de la URSS está hoy gobernado por una formación liberal de centro-derecha, Renovación que antes de todo se preocupa por el business. En Transnistria, nada es lo que parece: es como una paradoja permanente.

Vayamos a la conquista de este trampantojo que es Tiraspol. La capital se articula en torno a la 25 de Octubre, la avenida central, demasiado ancha para un tráfico más bien escaso. En ella, edificios grises coexisten con tiendas de moda y grandes almacenes, aunque todo a escala reducida, provinciana. Los viejos coches tipo Lada o Volga todavía echan humo por la calle principal, y adelantan a unos vetustos trolebús que parecen tener medio siglo de antigüedad. Las grandes cadenas comerciales extranjeras están ausentes, así como los McDonald''s y los Burger King, aunque una cadena local ofrece unos Blackburger. Apenas se deja la calle principal y la capital se confunde de repente con un pueblo rural. Enormes espacios baldíos y jardines decorados con mimo se cuelan entre los monótonos edificios. La vida fluye como al ralentí, y es habitual, cuando el tiempo lo permite, ver en pleno centro a los ancianos sacar la silla al porche para ver discurrir el atardecer. Frente al mercado se ha instalado otro, informal: unos ancianos ofrecen, en un revoltijo desparramado en el mismo suelo, ropa de segunda mano, útiles de cocina, viejas condecoraciones, muñecos, zapatos usados, cubiertos...: un rastrillo para redondear algo la jubilación. Y es quela vida no es fácil por estos lares. Aunque ser viejo aquí es menos penoso que en la vecina Chisinau, del otro lado de la frontera, y es que en Transnistria, gracias a los precios subvencionados ofrecidos por Moscú, la energía parece casi regalada. Y muchos habitantes de los pueblos moldavos cercanos a la demarcación con Transnistria la cruzan en lo más crudo del invierno para instalarse provisionalmente del otro lado y aprovechar la calefacción barata. ¡Nada sorprendente, en estas condiciones, si la gente de Tiraspol es resueltamente rusófila! Más que filocomunista, dicho sea de paso.

Pero ser rusófilo no ha sido fácil. Lo recuerda, frente al Palacio Presidencial, el Museo Nacional, que da fe del pasado convulso del país. Aparte de los habituales símbolos soviéticos que adornan las paredes, ofrece fotos de la cruenta guerra civil de 1992, cuando Transnistria afianzó su separación de Moldavia. Son impactantes las imágenes de las batallas callejeras, con niños y mujeres agazapadas detrás de los tanques soviéticos en medio de los tiroteos. Curiosamente, en medio de estas escenas bélicas una vitrina exhibe todo lo que Transnistria produce: textiles y material eléctrico, herramientas y zumos... y el gran orgullo nacional, el (excelente) coñac Kvint, cuya destilería se erige en pleno centro de la capital.

Tras las batallas de los años 90, la situación, hoy, parece relajada, y las autoridades se muestran deseosas de atraer a unos viajeros ayer vistos todavía con recelo. La actitud hacia el foráneo se ha vuelto más abierta, tomar fotos no llama ya la atención, y algunos sitios ayer monopolizados por los militares han abierto sus puertas a los visitantes. Como la fortaleza de Bender, a unos 15 kilómetros de Tiraspol, espectacular con sus techos rojos que coronan unos espesos muros de ladrillos blancos. Fue construida en el siglo XV por el más famoso de los príncipes moldavos, Esteban El Grande, en un sitio estratégico: era el punto más fácil para vadear el río Dniéper. La conquistó un siglo después el sultán Solimán El Magnífico para transformarla en una pieza clave del dispositivo militar otomano. Del alto de una de sus nueve torres uno se pone a soñar con las batallas feroces que libraron aquí antaño turcos, rusos... hasta que la realidad traiga de vuelta al visitante a contiendas más recientes: allí abajo, del recinto de la fortaleza salen de repente a toda velocidad dos tanques que se pierden a lo lejos: lo militar sigue marcando Transnistria. Y entre Este y Oeste, entre Moldavia y Rusia, entre pasado soviético y presente capitalista, Tiraspol sigue en el centro de todas las encrucijadas europeas. ¡Razón de más para visitarla!

Todopoderoso Viktor

Como buena heredera de la Unión Soviética, Transnistria tiene sus oligarcas. O más bien uno solo: Viktor Gushan es, sin duda, el hombre más rico y poderoso de la región. Es casi imposible caminar más de unos centenares de metros en las calles de Tiraspol sin ver el logo de Sheriff, el conglomerado de este antiguo agente del KGB reconvertido con éxito en empresario. Su salto al sector privado, es cierto, se produjo en un momento clave: en 1993, cuando empezaban las privatizaciones con las que unos pocos se hicieron inmensamente ricos de la noche a la mañana en la antigua URSS. Hoy, el grupo de todopoderoso Viktor está presente en la gran distribución, las refinerías y gasolineras, las telecomunicaciones, el tabaco y las bebidas alcohólicas (es dueño de la joya del sector, Kvint, empresa famosa por su coñac). Pero su gran orgullo es su club de fútbol, el FC Sheriff Tiraspol: fundado en 1997, participa paradójicamente en la Liga Nacional de esta Moldavia de la que se separó Transnistria. Y arrasa: se ha proclamado campeón en nada menos que 11 de las 12 últimas Ligas. Viktor Gushan erigió en 2002 un espectacular estadio, y ha emprendido al lado la construcción de un hotel de cinco estrellas. Nada sorprendente si este hacedor de reyes goza de todo el apoyo de las autoridades transnistrias, que le garantizan una posición de casi monopolio. Aunque los entendidos aseguran que no le disgustaría (un tabú todavía por estos lares) un acercamiento con Moldavia que permitiría a Transnistria salir de su aislamiento internacional: los negocios nunca hacen buenas migas con las tensiones militares.

El Estado que no existe

Nadie, ni siquiera Rusia reconoce hoy a Transnistria como Estado, a pesar de que tiene su presidente, su Parlamento, su bandera, su himno, su escudo nacional... Y es que la polémica marcó su nacimiento. Todo empezó en 1990, cuando el Parlamento de la entonces República Soviética de Moldavia aprobó un decreto generalizando, en detrimento del ruso, el uso del moldavo. Una decisión que provocó la ira de los transnistrios, en su gran mayoría rusófonos y con una historia muy vinculada a Moscú desde hacía dos siglos. Se separaron unilateralmente de Moldavia, una decisión ratificada posteriormente por amplia mayoría en un referéndum. Un año más tarde, tras la implosión de la URSS, cuando Moldavia se declaró a su vez independiente, quiso recuperar la orilla oriental del Dniéper, contra la voluntad de los transnistrios apoyados militarmente por Rusia. Empezó en 1992 una sangrienta guerra civil, que duró cinco meses y dejó unos 1.500 muertos. Desde entonces, la situación ha quedado congelada, y una fuerza de interposición tripartita (rusos, moldavos y transnistrios) garantiza el alto el fuego. El futuro es incierto: la presencia rusa excluye cualquier anexión forzada por parte de Moldavia, pero este aislamiento internacional tiene sus desventajas. Así, para poder vender sus productos en el extranjero, Transnistria necesita previamente un certificado que expiden las autoridades moldavas.