Somalilandia, el país que no existe

Es el país que no existe, aunque se puede viajar por él. Tampoco llega a los extremos virtuosos de la "Utopía" de Tomás Moro. Somalilandia tiene como mayor exportación la de los camellos. Es una de las Somalias visitables, aunque no vayan muchos viajeros a un lugar que parece un espejismo independiente en el Cuerno de África.

Luis Pancorbo

Somalilandia se declaró independiente el 18 de mayo de 1991. Son pues 23 años los que funciona ese país de facto, pero no por eso reconocido internacionalmente. Es una entelequia llena de camellos, su innegable realidad dado que es el país del mundo que tiene más dromedarios (unos seis millones), junto a Puntlandia, una zona rebelde enclavada en la República de Somalia. El matiz diferencial de Somalilandia, y pertinente para el viajero, es que no presenta los peligros del resto de Somalia. Es un país pequeño, lleno de pedruscos, con un litoral vacío frente al Golfo de Adén, y no tan ambicionado por la piratería como otros puntos del Mar Rojo. La gente es pobre y digna, y con un objetivo vital que implica paz: beber leche de camella cada día. Somalilandia bate el récord mundial de la nación que produce más leche de camella, y como los cerca de tres millones y medio de habitantes del país no se la pueden beber entera, la exportan, especialmente a los emiratos del Golfo. Tampoco es que tengan mucho más que vender.

Somaliland, tras sufrir la opresión del régimen de Siad Barre y una guerra civil a partir de 1988, se desgajó de la República de Somalia, la que tiene su polémica capital en Mogadiscio. Los somalíes del norte no se sintieron a gusto en una república que pronto se fragmentó gracias a los deseos de hegemonía de varios señores de la guerra del sur. Para eso, los somalíes de Somalilandia prefirieron tener su propio gobierno y atender a sus propios clanes. Hasta 1960 Somalilandia fue un protectorado británico y, si bien al principio se unieron con los somalíes que habían sido colonizados por Italia en el centro y sur del país, la amalgama no funcionó. Tampoco fue posible la unión con los somalíes de Yibuti, que fue colonia francesa. Y aún menos dieron resultado las guerras en pos de una Gran Somalia que incluyera los territorios habitados por somalíes en Etiopía (el Ogadén). Todo eso llevó a la antigua Somalilandia a buscar su propio camino, aunque no consiguiera reconocimiento diplomático de otras naciones. Y así sigue porque la OUA (Organización para la Unidad Africana) no quiere saber nada de nuevas naciones que se crean sobre la base de descoyuntar las existentes. Pero el país que no existe decidió hacerlo por su cuenta y riesgo. Y así Hargeisa, que quiere decir "sitio para curtir cueros", se convirtió en la capital de un país con su propia bandera, su moneda y sus particularidades. Eso se traduce en algo tan chocante como la imagen de los cambistas de Hargeisa, tipos que van con carretillas cargadas con mazos de shillings (por un dólar dan siete mil chelines). Se sientan en una banqueta en la calle. Ese es su banco o su casa de cambio. Es prudente que el cliente lleve una bolsa de plástico para meter los azulados chelines de papel.

La hora del kat

Cuando el viajero llega a Hargeisa, procedente por ejemplo de Yibuti, apenas ha tardado una hora en un vuelo de Daallo Airlines, donde las azafatas son chicas griegas y valientes, aparte de ser las últimas mujeres que no llevan velo que se van a ver en mucho tiempo. Pero esa hora que emplea el reactor desde Yibuti es suficiente para llegar a un mundo donde desaparecen muchos signos de la modernidad. Se diría que entras en un lugar donde el tiempo se midiera mediante relojes de arena. Es como si en Somalilandia compartiesen el desprecio que sentían por las maquinarias los habitantes de una utopía genial, como la de Erewhon. Su autor, Samuel Butler, ubica esa fantasía en unos montes perdidos de Nueva Zelanda. Especialmente es un delito el reloj que lleva el protagonista, el viajero Higgs. Además en Erewhon van al revés, porque consideran otro delito el estar enfermo: eso significa que la persona no funciona bien. Y también es impresentable fracasar en la vida, en los negocios, en cualquier actividad, o sea, ser un desdichado, o un desgraciado. Esos pueden ir a los tribunales, ¿qué se habrán creído? Somalilandia no es Erewhon, ni siquiera lo es la vecina República de Somalia, agitada entre señores de la guerra, fundamentalistas y piratas. Acaso el viajero ha de poner algunas cosas en cuarentena nada más llegar a Hargeisa. Por ejemplo, la ciudad se para a mediodía. Parecen evaporarse hasta los burros y las cabras que pululan por el centro.Llega la sacrosanta hora del kat, que aquí llaman jaad. Hay que mascar esa hojita de unos efectos levemente anfetamínicos, parecidos a los de la hoja de coca andina. La gente ha comprado sus ramos (el más potente es el Dabo o Double Musbaar) y se recluye en sus casas para compartir el picoteo de hojas, acompañado con abundantes bebidas no alcohólicas. Eso les suelta la lengua y la memoria, se traban amistades y hasta alianzas clánicas, se distraen, se sienten ingeniosos, y luego no tienen hambre y a veces tampoco apetito sexual. Pero sin kat los somalíes no sabrían vivir, como tampoco en Yibuti y en Yemen y otros sitios del Mar Rojo.

El Mig abatido

El monumento más lucido y aparente de Hargeisa es un viejo Mig abatido. Me recuerda Black Hawk derribado, de Ridley Scott, aunque esta película, rodada en Salé (Marruecos), trata de un helicóptero abatido en las calles de Mogadiscio. El Mig de Hargeisa tiene unas pinturas en su base que, con trazos ingenuos y sangrantes, hablan del sacrificio de los somalilandeses durante la guerra civil. Eso está en la Avenida de la Independencia, surcada casi a partes iguales por carretas de tracción humana o asnal que por coches. Cerca de allí, en pleno centro, se abre el laberinto del mercado. Ponen zapaterías en carricoches, bajo una sombrilla, y con suerte se encuentra un par que resista un chaparrón. Y cuanto a uno se le ocurra en el ramo del tomate, la prenda textil barata o cualquier útil destornillador. El mercado es a las bravas, sobre el suelo lleno de baches, y cubierto de arena en muchas partes. Bastantes edificios llevan señales de haber sido acribillados en la guerra civil, o en los atentados que por fortuna han ido pasando poco a poco a la historia. Me llaman la atención las muchas cabras que se cuelan entre los puestos para ver si encuentran algo que llevarse a la boca. Son como los perros randa de otras latitudes. Estas serían las cabras randa, blancas y negras, de Hargeisa, un recuerdo campestre en la capital de Somalilandia, que con eso y todo tiene algún edificio moderno, de cinco o seis plantas, y antenas de telecomunicaciones. Se usa profusamente el móvil, y son infinidad los puestos ambulantes donde reparan y sueldan cualquier modelo. Al lado se pone el tipo que con una vieja Olivetti escribe aún cartas para el personal que lo necesite. Metiéndote por ahí la gente se sorprende al ver que bajo un gorro se pasea un forastero, uno que hasta se permite hacer fotos. Echan una mirada al visitante como si éste fuese un extraterrestre. Es algo que no viene en las guías de viaje como punto de atracción: ser tú el contemplado y no al revés.

Samuel Butler refrendaba lo que decía Aristóteles con este epígrafe: "Toda acción tiene por base un equilibrio de consideraciones". Uno cree encontrar en Somalilandia parecidos ulteriores con la utopía de Erewhon. Hay clínicas que enseñan un cráneo pintado y resulta ser un anuncio de rayos equis. Se anuncian dentistas capaces de enmendar la boca más estropeada por la mascada del kat. Lo que no veo son los que Butler llama enderezadores, los encargados de remediar como brujos los males éticos y existenciales de aquella peculiar sociedad. En Erewhon los estafadores apenas recibían una azotaina. Pero el verdadero crimen en aquel país era ser un fracasado social. Tótem y tabú, diría Freud.

En Hargeisa las mujeres llevan velo, hiyab y algunas hasta el burka. Los colores de los velos son magentas y fucsias, verdes pepino y azules celestes, y amarillos canarios. La somalí bella de por sí -aunque hay que imaginarlo yendo tan tapadas- es mujer alta, flexible, de piel de color café con leche, y unos ojos que taladran. Los cantos de los almuédanos puntúan cinco veces al día los ritmos interiores de la capital. No hay lugar donde no se oigan los altavoces de los alminares. Para no escucharlos habría que ir al campo. Y decir campo en Somalia equivale a una yerma meseta continua.

Un viaje fácil -en taxi supone una carrera de cinco kilómetros- es el de las Tetas de la Doncella, traducción literal de Naaso Hablood. Son dos lomas casi idénticas a 1.420 metros sobre el nivel del mar. Pese a la cercanía de la capital, aquí la tierra es más baldía que en el gran poema de Eliot, pero eso no quita que brinquen de vez en cuando los dik dik, pequeños antílopes. Pero, ¿son lomas, pechos o pirámides? Porque es evidente su forma piramidal, y su composición granítica, y alguna esporádica excavación arqueológica lo asevera. Lo cierto es que las formas de Naaso Hablood tienen un indudable parecido con unas pirámides egipcias. Y algunos se lanzan a suponer que se trata de los monumentos que dejaron los egipcios faraónicos en esta parte de Somalia, tal vez cuando su célebre expedición a la Tierra de Punt de hace 3.500 años.

Sin embargo, el país tiene excepciones a la gran paramera, por ejemplo la sierra Daallo, que se eleva a poca distancia del mar. Un paraje contorneado de bosques y donde se halla la mayor cumbre de esta parte de África. Daallo es como la montaña nacional somalí, si no su montaña sagrada, que eso lo reservan para un islamismo sin imágenes. Luego hay ruinas islámicas medievales en Maduna, cerca del pueblo de El Afwayn, en medio del país, y varios lugares con pinturas rupestres. Eso último fue lo que más me atrajo. No comporta problemas especiales de permisos, aceptando eso sí la escolta de un soldado armado con un Kalashnikov. Se trata de un SPU, un hombre de la Unidad Especial de Protección (Special Protection Unit) para extranjeros. El que me tocó me aseguró que jamás había tenido un incidente en sus acompañamientos. Hay que quitarse la idea recurrente de que Somalilandia es como la República de Somalia, o incluso como Puntlandia, esa parte autónoma y rebelde somalí donde hartas veces han salido los piratas para capturar barcos extranjeros en el Mar Rojo.

La principal ruta es la que va de Hargeisa al mar por Berbera. Ya allí el arrecife coralino es tentador para el buceo, lo mismo que en el parque marino de Sa''ad ad Din, y su archipiélago protegido frente a Zeila, el puerto del norte, cerca de la frontera yibutiana. Todo eso se ha quedado casi virgen para las miradas occidentales. Pero si se pone el punto de mira en el arte, impresiona la riqueza de pinturas prehistóricas de un país que apenas ha sido explorado arqueológicamente. Un lugar importante es Dhagax Koure (Fuente del León), a 43 kilómetros al noroeste de Hargeisa, con cuatro puntos de pinturas donde destaca un formidable panel de roca con 68 vacas y 15 humanos.

Al final fui a Las Geel, un lugar encontrado por el inglés P.E. Glover en 1945, y redescubierto por una expedición científica francesa en 2002. Puse rumbo allí en un coche alquilado, siempre en compañía de mi SUP, con función disuasora o protectora, pues el guía propiamente dicho iba a ser el conductor. Antes de llegar a Las Geel se empiezan a ver poblados con chozas cupuliformes, de los pastores nómadas de cabras y camellos del clan isaaq, el predominante en la región. El asunto es que si antes hacían sus viviendas íntegramente de esteras y materiales vegetales, ahora las recubren con plásticos, dando una impresión de construcciones estratosféricas en medio del pedregal interrumpido por matojos pinchudos. En Las Geel se concentran unas pinturas prehistóricas que resultan entre las más conmovedoras de toda África. No ignoramos las pinturas rupestres de los desiertos del Sahara argelino y del Kalahari de Botsuana. Tampoco, ya puestos, las pinturas rupestres de Quincan, de los aborígenes australianos de la península de York, obra de cazadores recolectores de hace 35.000 años. Las pinturas de Las Geel no son tan antiguas, ni muestran un mundo de tiburones sierra, tortugas de cuello largo y serpientes, sino que expresan una cultura ganadera, de hace unos 5.000 años, pero muy sofisticada para aquel tiempo.

La vaca idealizada

Las Geel se enclava en una meseta granítica, con cuatro acacias espinosas para dar sombra y alimento a los camellos. En la hondonada hay una rambla en la que se estanca una película de agua: hace honor al nombre del sitio porque Las Geel significa en somalí "el abrevadero de los camellos". Por las faldas de las colinas se disemina una docena de refugios, cuevas o repechos con salientes, que están pintados. El número uno tiene una cavidad de 162 metros cuadrados y un techo de 97 metros cuadrados con 350 pinturas. Se ven figuras antropomorfas, hombres de gruesas piernas y con cabezas enanas, de las que sale como una diadema de rayos. Sin embargo, preponderan los bovinos sobre los humanos. Son vacas de cuellos anchos y cuernos de lira. Menos son los perros, antílopes y cabras. Mientras en el refugio nº 7 se han encontrado unos pozos con hachas y otros instrumentos líticos, restos de carbón y huesos humanos. Los dibujos de Las Geel ilustran un mundo de ganaderos, si bien con una evidente tendencia a idealizar a la vaca. La protagonista es, pues, esa evocación constante aunque oblicua de Hathor. La deidad egipcia encarnada en una vaca lleva un sol dorado entre sus cuernos. Las antiguas vacas somalíes eran también de grandes cuernos, pero entre ellos quedaba el aire. La historia mítica se reflejaba en los extraños dibujos de sus anchos cuellos, decorados con una abundancia de festones, de grecas, simulaciones de joyas, signos sin duda de riqueza y poder. ¿Cuál? Ese es otro asunto por aclarar.

Menos de una hora después de Las Geel se llega a Berbera, puerto ambicionado antaño por rusos y norteamericanos, al igual que su aeropuerto. Por fin se ha quedado vacío de extranjeros, y la ciudad se anima por las mañanas cuando las barcas vuelven con sus túnidos a la lonja. Muchas pescaderías anuncian sus establecimientos con pinturas murales de pulpos, atunes y caracolas. Un par de mezquitas encaladas, con los marcos de las puertas y ventanas pintados de verde, son los monumentos que atestiguan mejor el pasado otomano de la ciudad, cuando Berbera constituyó un puerto fundamental en esta zona del Mar Rojo y el Golfo de Adén. Los ingleses, de hecho, se apoderaron de Berbera como cabeza de puente de su dominio sobre Somalia. Hoy si paseas por una playa kilométrica, en las afueras de Berbera, puede que seas el único ser viviente a excepción de una bandada de ibis que pasan fugazmente sobre tu cabeza. Lo cierto es que el mar está lleno de peces y conchas, y lo podrás comprobar en el hotel Man-soor, que significa Victorioso, aunque no haya mucha parroquia, salvo acaso tú.

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