Shangri-La, la frontera de los sueños

Lejos de las ciudades y las aglomeraciones urbanas se encuentra un paraíso de verdes praderas, donde montañas y ríos indomables dejan a veces un hueco a valles asombrosamente bellos, con aldeas perdidas en la noche de los tiempos, callejuelas estrechas y personas amables que parecen salidas del mundo de los sueños. Eso es Shangri-La, el último paraíso en tierras de Asia, la última frontera de los viajeros.

Pedro Ceinos

Shangri-La es en realidad una corrupción de Shambala, el paraíso espiritual de los ascetas tibetanos, la montaña de cristal a la que sólo las almas puras pueden acceder. Shangri-La es la ciudad perdida en la que acaban los protagonistas de la famosa película Horizontes perdidos (Frank Capra, 1937), donde no existen penas ni desdichas y la gente vive la plenitud de la vida alcanzando edades prodigiosas. Shangri-La es también, desde hace unos años, el nombre de la única prefectura tibetana de la provincia de Yunnan; un nombre que toma prestado al mito fraguado con los testimonios de los viajeros occidentales de la primera mitad del siglo XX, que encontraron en las estribaciones orientales del Himalaya un beatífico contraste a las tremendas tensiones de un mundo convulsionado por guerras y revoluciones.

La entrada natural a Shangri-La es la ciudad de Lijiang, donde un pequeño pero ajetreado aeropuerto conecta con una docena de ciudades chinas. Lijiang es una de las urbes más antiguas de la zona, una frontera entre el mundo chino y el tibetano, habitada por los naxi, una de las etnias más sorprendentes de nuestro planeta. La cultura naxi está centrada en la conservación de la naturaleza, pues para ellos todos los seres y fenómenos naturales están animados por un espíritu al que el hombre debe tener cuidado de no ofender, so pena de sufrir su ira y padecer una enfermedad. Como las personas podían ofender a los espíritus de la naturaleza sin darse cuenta -al roturar nuevas tierras, cortar madera o cazar a los animales silvestres-, cuentan con una casta sacerdotal, los chamanes Dongba, que en un lenguaje pictográfico único han preservado cientos de rituales utilizados para compensar a los espíritus por las ofensas sufridas y curar a las personas. Esa ciudad antigua, los sacerdotes Dongba y su escritura pictográfica actúan como un verdadero imán que atrae a los viajeros aficionados a los lugares exóticos.

La ciudad de Lijiang, bajo la imponente tutela de la Montaña del Dragón de Jade, es una joya arquitectónica preservada a lo largo de los siglos. Un entramado laberíntico de callejuelas se va extendiendo desde la Plaza del Cuadrado, situada en el centro, a lo largo del cual se alinean las construcciones naxi. Las casas humildes, las de los nobles y los palacios de la familia real -pues Lijiang estuvo gobernada durante siglos por la dinastía de los reyes Mu- se presentan al viajero a lo largo de sus andanzas. Paralelo a las callejuelas siempre corre un canalito, que de esta forma lleva el agua hasta la puerta de cada casa. El agua es la vida de Lijiang. Los cientos de puentes necesarios para salvar los canales más anchos le proporcionan un panorama siempre cambiante y distinto, que tal vez sólo se pueda observar en toda su magnitud desde lo alto de la Colina del León.

Pero Lijiang es el principio, la base desde la que el viajero desplegará su estrategia, organizará las excursiones que le irán proporcionando una visión global del complejo mundo naxi y el magnífico escenario natural en el que se desarrollan sus vidas. A muy pocos kilómetros se encuentra Baisha, una pequeña aldea desde la que los reyes Mu unificaron por primera vez las tribus naxi. Mantenida como una reserva de su cultura, nos introduce de repente en el mundo rural, en un universo de mujeres ataviadas con sus trajes tradicionales trabajando duramente, hombres de rostros enjutos y ancianos nervudos que pasan el tiempo con los tonos más famosos de su aristocrática música Dongjing.

En Baisha se localizan las únicas pinturas murales que han resistido el paso de los siglos, pues en la dinastía Ming los reyes Mu, influenciados por el Budismo chino, congregaron a su alrededor a los mejores artistas de la época, encomendándoles la decoración de sus templos más grandiosos. Hoy sólo quedan los frescos del Templo Dabaoji, donde la descripción de una prédica de un santo budista sirve como pretexto para mostrar la diversidad étnica de los súbditos de los reyes Mu. Siguiendo la carretera que discurre bajo la montaña se llega a Yuhu, una fascinante aldea con todas sus casas erigidas en piedra. Más allá de la montaña, que se puede cruzar realizando un sencillo trekking, se extiende el lago Lashi.

Los viajeros más osados no deben limitarse a conocer estas aldeas cercanas. A una distancia mediana, capaz de ser cubierta tras varias horas en coche, le esperan otras maravillas, como el sorprendente lago Lugu, a cuyas orillas viven los moso, considerados la última tribu matriarcal; la majestuosa ciudad de piedra de Baoshan, construida sobre una enorme roca a las orillas del río Yangtzé, cuyas casas y hasta la decoración de las mismas están elaboradas con la misma roca; o las terrazas cristalinas calcáreas de Baishuitai, una auténtica maravilla natural en el corazón de la religión Dongba, pues a pocos kilómetros se halla la cueva en la que los nuevos chamanes deberán realizar su iniciación.

Si los atractivos de la cultura naxi bastarían para justificar este viaje, el ambiente natural que les rodea es igualmente único: la propia Montaña del Dragón de Jade, con sus 5.600 metros de altitud, es el glaciar con hielo perpetuo más meridional del hemisferio norte; la Garganta del Salto del Tigre, en la que el Yangtzé, encajonado entre la Montaña del Dragón de Jade y la Montaña Haba, ha creado un cañón de dos mil metros; o la primera curva del Yangtzé, el único paso por el que peregrinos, viajeros o guerreros podían atravesar el cauce del poderoso río.

Lijiang forma con Dali y Shangri-La un triángulo mágico. El camino hasta Shangri-La, aun realizado en un vehículo a motor, constituye toda una peregrinación para los sentidos. Tras la Garganta del Salto del Tigre, la carretera va ascendiendo vertiginosamente hasta alcanzar las praderas celestiales que caracterizan esta región. Son los primeros signos de ese misterioso mundo tibetano, dueño del techo del mundo: enormes casas coronadas por los signos de su religión, alrededor de las que pastan tranquilos los rebaños de yaks. La carretera lleva directamente a la antigua urbe de Shangri-La, conocida como Dukezong. Más calles empedradas, esta vez en una continua pendiente que reafirma el carácter montaraz de sus habitantes, paredes de barro prensado y techos de madera conforman un conjunto indefinible en el que algunos restaurantes y posadas han ocupado las calles más visitadas. Al otro lado de unos barrios modernos sin interés, excepto por ese mercado del que cada día se adueñan las mujeres tibetanas, está el grandioso Templo de Songzanlin, el mayor edificio tibetano de la zona, en el que cientos de monjes estudian los secretos de su religión. Un laberinto de símbolos para el visitante occidental que componen, no obstante, unos paisajes monumentales inolvidables. Recorriendo las abigarradas salas donde los monjes estudian, rezan y meditan, nos salen al encuentro personajes grotescos y otros beatíficos, un completo catálogo destinado a ayudarnos a conocer los aspectos positivos y negativos de nuestra propia naturaleza.

Si en vez de dirigirnos hacia el norte vamos hacia el sur, nuestro destino será Dali. Esta vez no hay que tomar la carretera que va directa -los caminos más cortos son malos compañeros del viajero- sino dar un gran rodeo para llegar a la ciudad de Shaxi. El camino a Shaxi es agotador, pero nada más llegar al casco antiguo se sabe que el esfuerzo ha merecido la pena, pues siendo antaño una de las más importantes paradas de la ruta de las caravanas -cuando el transporte por estas tierras se realizaba exclusivamente a lomos de las mulas o de las mujeres de la minoría bai-, se quedó aislada cuando el progreso se materializó en carreteras y automóviles. Al redescubrirse Shaxi como una joya oculta en medio de las montañas, el gobierno local, escarmentado por las restauraciones apresuradas que estaban sembrando la China antigua de clones de una ciudad imaginaria, contrataron al arquitecto suizo Jacques Feiner para dirigir la restauración. Su gusto queda reflejado en la plaza central, donde se abre el magnífico teatro y algunas de las posadas más originales, así como en cada una de las callecitas que salen de la misma, formando un conjunto urbano único. Un sencillo trekking desde Shaxi llevará a la Montaña Shibaoshan, con unas cuevas budistas que contienen uno de los conjuntos escultóricos más bellos del Reino Nanzhao (738-1253).

El Reino de Nanzhao supuso la época de mayor esplendor de la ciudad de Dali, cuando se convirtió en la capital de un imperio que alcanzaba los últimos rincones de la provincia de Yunnan. Un crisol de culturas en el que los antepasados de las minorías bai y yi crearon un mundo cosmopolita donde se encontraban los viajeros de China, Tíbet y la India. Las Tres Pagodas, que se alzan en medio de la inmensa llanura de Dali, son un testigo permanente de la grandeza de ese reino. La ciudad antigua de Dali, destruida por guerras y terremotos, conserva todavía su estructura original. Aunque la mayor parte de su muralla ha desaparecido, la Puerta Sur, la más grandiosa, testigo de los más solemnes acontecimientos del Imperio, se yergue todavía grandiosa en el extremo de la ciudad.

Nadie debería irse de Dali sin hacer una visita a Weishan y la Montaña Weibaoshan. Weishan fue la primera capital del Reino Nanzhao, el hogar natal de sus reyes. Bien conservado su casco antiguo por la dificultad de las comunicaciones, cuenta en su extremo sur con una de las más importantes montañas taoístas del sur de China, la Montaña Weibaoshan. Sus templos, erigidos en mitad de una naturaleza exuberante para proporcionar un aire sobrenatural a unos reyes que se decían los señores del cielo, presentan al viajero una curiosa mezcla de cultos taoístas con otros dedicados a deidades locales y ancestros deificados.