Seychelles, las estrellas del Índico

Sólo con mencionar el nombre de este archipiélago de 115 islas del Índico, ubicado al noreste de Madagascar, la mente se relaja y el pensamiento evoca playas vírgenes, palmeras combadas, hamacas con su bebida exótica al lado, hoteles de ensueño... También, de forma inevitable, la palabra paraíso. Uno de los destinos por excelencia de las lunas de miel sigue haciendo soñar a más de medio mundo. Pero la constelación de las Seychelles encierra algo más en forma de misterios y leyendas.

Ángel Martínez Bermejo
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Foto: Luis Davilla

Playas hermosas de arena blanca, con palmeras y aguas azul turquesa, hay muchas por el mundo. Incluso si le añadimos el requisito de estar situadas en islas remotas y, por supuesto, tropicales, el número es afortunadamente elevado. Proporcionarán una estancia deliciosa al borde del mar y un bronceado luminoso que despierte la envidia de algunos a la vuelta a casa. Sin embargo, muchas son intercambiables. Si vemos las fotos, no sabríamos decir ni siquiera en qué continente se encuentran. Luego están las otras, las inconfundibles. Las que tienen ese algo más que las eleva a otro nivel. Por un detalle u otro, son incomparables. Son diferentes y, por tanto, especiales. Entre ese puñado de elegidas nadie dudaría en incluir a varias de las playas de las islas Seychelles.

¿Qué tienen de especial? Tienen esa fuerza de las rocas pulidas que surgen de las arenas blancas y de los bosques tropicales. Algunas de estas playas adquieren de repente la apariencia de un jardín zen. En cambio, hay quien ve en el mismo lugar un caos mineral y oscuro, la fuerza salvaje de la naturaleza. Al final es un escenario perfecto: lo mismo incita a la voluptuosidad que a la serenidad. Cada uno puede entregarse a su pasión favorita.

Una cierta idea de ecoturismo de lujo sobrevuela en los últimos años como única salida para preservar este bien tan inmaterial como deseado que es la belleza de las islas. Y la certeza, aunque para algunos sea inimaginable, de que hay mucho más que playas en las Seychelles.

Al mirar en un mapa, este archipiélago parece una constelación de estrellas sobre un cielo que es el Océano Índico. Aquí recalaron los navegantes que surcaban estas aguas llevados por la fuerza regular de los alisios: marinos árabes, pero también algunos chinos y malayos, muchos siglos antes de que los portugueses encontraran la ruta marítima hacia la India al doblar el Cabo de Buena Esperanza en el extremo meridional de África.

A pesar de las visitas más o menos regulares que pudieran realizar estos marinos, las islas permanecieron despobladas. La idea del paraíso es mudable en la conciencia de los hombres, y parece que había poco que los atrajera hacia estas costas deslumbrantes. Estas playas, estos bosques insólitos del interior de las islas, estas masas de roca, han existido hasta hace pocos siglos ajenos al ser humano, y no han podido generar mitos. Resulta extraño, porque estos peñascos parecen propicios a generar ensueños, con sus formas pulidas y graciosas, como si fueran una masa líquida que acaba de solidificarse. Al mismo tiempo, tienen algo de especial, de eterno, más allá de lo que de eterno pueda tener la roca madre. Y lo confirma la ciencia: están entre los afloramientos de roca más antiguos de la corteza terrestre. Tal vez tengan 650 millones de años.

Sí ha habido tiempo para las leyendas, para los cuentos de taberna portuaria que hablan de piratas, de los hermanos de la costa, de los tesoros enterrados. Pero para eso estaba la autoridad, que cubría con su pátina imperial la ausencia de historia. Las islas tienen, en buena parte, los nombres de los capitanes de navío que llegaban a poblarlas, o de los gobernadores o ministros que los enviaban, o como mucho de los barcos que recalaban en sus orillas. Mahé, la isla principal, recuerda a Mahé de Labourdonnais, el gobernador de la isla Mauricio, que ordenó el primer poblamiento en 1742. Como había que quedar bien con todo el mundo, cuando doce años más tarde Francia tomó posesión del archipiélago le dieron el nombre del ministro de Finanzas de Luis XV, Jean Moreau de Sechelles. El ministro de Asuntos Exteriores de la época, César Gabriel de Choiseul-Chevigny, duque de Praslin, prestó su título para bautizar a la segunda isla. La Digue, en cambio, era uno de los barcos de los colonos.

Mahé, al ser la isla más extensa, es la que ofrece una mayor variedad de paisajes. La cumbre del Morne Seychelloise sobrepasa los 900 metros de altitud y es el corazón de un pequeño macizo montañoso protegido como Parque Nacional, que muestra lo que muchos se niegan a aceptar: que hay algo más que playas en el archipiélago.

En estas montañas y en sus alrededores se esconde otro Seychelles diferente al de los folletos turísticos: cuestas empinadas, bosques solitarios, manglares, incluso una fábrica de té. Hay que caminar por estas sendas poco transitadas para sentir el pulso del interior de las islas, para observar las aves que revolotean entre las copas de los árboles. Para disfrutar de las vistas desde una cumbre.
Tiempo habrá también para ir a Victoria, la capital, para buscar esas casas la época colonial que dan un punto de historia a las islas. En el mercado, junto a peces y frutas de colores brillantes, se vende la nuez moscada a almorzadas con el macis de color rojo alrededor de la cáscara. Esta imagen, junto a los cuencos de vainilla, cardamomo, clavo, mostaza y pimienta, habría hecho soñar hace siglos al viajero Marco Polo o a cualquier comerciante de especias. Pero en su época no había nuez moscada en las Seychelles; tal vez por eso los navegantes no se detenían en sus costas.

El centro de la ciudad lo marca la copia diminuta del Big Ben, el reloj que se instaló a principios del siglo XX para demostrar la presencia británica en las islas. En las calles alternan los templos cristianos, musulmanes, hindúes y chinos. En el Jardín Botánico, la avenida de palmeras de coco de mar es una visión única, pero el encuentro con las tortugas gigantes es una experiencia que hay que atesorar en el fondo de la memoria.

Y más allá espera una isla entera con su rosario sugerente de playas: amplios trazos de arena blanca bordeados de palmeras, pero también de takamakas retorcidos que añaden algo salvaje al lugar. En algunas de ellas, a la caída de la tarde llegan los pescadores a descargar las capturas del día, y hay que verlo porque hay peces de formas y colores impensados.

Las playas de estas islas graníticas son jardines de roca frente al mar. Pero para buscar el verdadero jardín del Edén hay que ir hasta Praslin, la segunda isla del archipiélago, y llegar hasta el valle de Mai. Allí, en un mundo protegido durante siglos por la distancia y el olvido, crecen los cocoteros de mar, las palmeras que producen las semillas más grandes del mundo. Los cocos de mar, que pueden llegar a pesar hasta 20 kilos, son la especie más conocida del archipiélago, pero en este valle primigenio se da una de las mayores cantidades de plantas endémicas del planeta. El valle está en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco desde 1983.

Aunque es un rincón prácticamente intacto del mundo, en los últimos dos siglos se han introducido varias especies extrañas que empezaban a alterar el ecosistema que durante milenios había permanecido inalterado por el hombre. La Seychelles Islands Foundation controla el valle y ha iniciado la erradicación de especies exóticas, un proceso lento y probablemente interminable, pero que poco a poco está transformando el lugar para devolverlo al esplendor de tiempos pasados.

Es la búsqueda de la perfección, imposible de alcanzar en otros lugares del planeta. Ahora, adentrarse por los senderos en la profundidad del bosque es como sumergirse en un tiempo anterior al hombre, cuando la Naturaleza bullía inalterada. Las palmeras alcanzan los 30 metros de altura y se crea un dosel de hojas gigantescas que dejan pasar los rayos de sol como los focos de un escenario en el que reina la penumbra. Allí, en la sombra, pervive el loro negro, que tiene aquí su único refugio en todo el mundo.

Anse Lazio, justo al norte de Praslin, es una de esas playas de belleza seductora que genera una sonrisa inmediata en todo aquel que se encuentra descalzo en sus arenas blancas. ¿Es la más hermosa del archipiélago? Tal vez, aunque no es un secreto que en la isla de La Digue está la playa emblemática de Seychelles. Casi nadie recuerda su nombre, pero todos sueñan con Source d''Argent, la playa de todas las ilusiones. Las rocas surgen del agua, de la arena, y las palmeras y los matorrales surgen de las rocas.

Los barcos salen continuamente desde Praslin para esta etapa fundamental de un recorrido por las islas. En La Digue el ritmo es lento, como el que marcan los carros de bueyes, que es el principal medio de transporte. El camino principal a Anse Source d''Argent pasa por una plantación de cocoteros, que ya casi no funciona porque han descubierto una fórmula milagrosa para triunfar: cobrar una entrada de diez euros a cada visitante. Los que están dispuestos a caminar un poco pueden buscar otro camino para esquivar a los explotadores de la belleza natural.

Un vuelo de unos pocos minutos lleva desde la isla Mahé hasta Bird Island, a unos cien kilómetros de distancia. La isla es privada, pero eso, lógicamente, no lo saben los pájaros que le dan nombre. O la consideran privada para ellos. Todos los años, unos dos millones de aves llegan en el mes de mayo para nidificar. Charranes, rabihorcados, chorlitos y un par de decenas más de especies convierten este islote coralino en una reserva integral. Las tortugas también lo sienten, y la isla se ha convertido en un refugio de tortugas verdes y de carey. Pero no coinciden: en octubre, cuando emigra la mayoría de las aves, llegan las tortugas. El residente más antiguo es Esmeralda, una tortuga gigante de Aldabra que tiene más de 200 años de edad. Un pequeño hotel permite vivir en este rincón en el que parece que las aves y los reptiles dominan la tierra. Las tortugas terrestres gigantes abundan en Silhouette, otra isla consagrada al ecoturismo de lujo. No hay carreteras, no hay coches, sólo unos pequeños buggies eléctricos. Y aquí también se sueña con la idea de hacer desaparecer toda la vegetación exótica para sustituirla por la original.

Muchas de estas islas menores del archipiélago de las Seychelles -algunas de ellas privadas- tienen algún detalle que las hace diferentes de las demás. Aride, la más septentrional de las graníticas, tiene la mayor concentración de aves marinas de la zona; y Frégate, la mayor densidad de árboles endémicos del Índico y la mayor colonia del mundo del tordo de las Seychelles, una de las aves más amenazadas en la actualidad.

Pero de todas ellas, la más inalcanzable -de momento- es una de las más extraordinarias del mundo. Aldabra es el segundo atolón más grande del planeta, pero, sobre todo, tiene la mayor colonia de tortugas gigantes del mundo. Casi sin presencia humana, se presenta como ese lugar tan extraño que es difícil de imaginar. Entre las aves que anidan allí hay una que nunca emigra. Es el rascón de Aldabra, la única no voladora del Índico. La estirpe del dodo de Mauricio y el solitario de Rodrigues tiene aquí, en este lugar ajeno del mundo, una oportunidad.

El tamaño desproporcionado y las formas sugerentes del coco de mar despertaron durante siglos la curiosidad de los pueblos ribereños del Índico y le otorgaron propiedades afrodisíacas. Porque, por si acaso no fuera suficiente, había un detalle más que añadía un aura de misterio a la semilla más grande del mundo: nadie sabía de qué árbol provenía. Nadie había visto nunca un cocotero del mar, que sólo crecen en algunos enclaves de las islas Praslin y Curieuse. Cuando algún coco de mar llegaba a las costas de la India, de Malasia o de Sri Lanka, o cuando era encontrado flotando a la deriva en medio del océano, era motivo de gran admiración. Seguramente era el fruto de un árbol submarino, se pensaba. Los príncipes pagaban altísimas sumas por un ejemplar. El general inglés Gordon, el de Jartum, no dudó en considerarlo el fruto del árbol del bien y del mal, por lo que la isla de Praslin se convertía en el Jardín del Edén.La mayor concentración de cocoteros de mar se encuentra en el valle de Mai. Sólo la Seychelles Island Foundation (SIF, www.sif.sc), que gestiona tanto el valle de Mai como el atolón Aldabra, puede comercializar las escasas 600 u 800 unidades que se ponen a la venta en un año, con el debido permiso de exportación. La demanda es tan grande, que se hacen reproducciones idénticas en resina. Los fondos generados por estas ventas y, sobre todo, por la entrada al valle de Mai permiten a la SIF afrontar proyectos de conservación de los dos lugares del archipiélago de las Seychelles considerados Patrimonio Mundial por la Unesco.