El sendero del queso manchego

Seguimos los pasos de uno de los productos más valiosos y antiguos del mundo. El queso manchego, de renombre universal, ha obtenido numerosos galardones entre los que destaca la distinción de Mejor queso del Mundo, o el World Cheese Awards. Aunque se miman en Albacete, Toledo o Cuenca, seguimos sus pasos a través de la desconocida Ciudad Real. En ella, molinos de viento, personajes ilustres, parques nacionales e historia se fusionan con el exquisito producto manchego.

Irene González
 | 
Foto: arisun / ISTOCK

Ciudad Real es la provincia más extensa de las cuatro que componen la Denominación de Origen Queso Manchego y quizá la menos frecuentada. Está llena de pequeños y grandes pueblos que generación tras generación han ido pasando sus tradiciones y gastronomía. Esta tierra de secano esconde humedales, un gran patrimonio y mucha historia. Y como no, una cocina ancestral donde el queso manchego es uno de los productos estrella. Valorado y deseado en todos los rincones del planeta, el queso manchego recibe galardones, distinciones y reconocimientos. Desde tiempos remotos, los habitantes de La Mancha se dedicaban al pastoreo del que elaboraban queso, actividad de la que se han encontrado cuencos, vasijas perforadas, queseras y utensilios necesarios para su elaboración. Desde siempre, este alimento artesano ha sido protagonista en citas de documentos históricos y literarios. Y la obra universal por antonomasia, El Quijote de la Mancha, está ligada a este queso.

En tratados sobre leches y mantecas de finales de 1800, aparece en primer lugar el queso manchego como uno de los mejores quesos españoles, que se elabora exclusivamente con leche de oveja raza manchega. Cascos antiguos donde merece perderse, castillos calatravos, estepas, molinos de viento y humedales son algunos de los escenarios donde seguir los pasos de la elaboración de un queso deseado por todo el planeta. Con una corteza dura y un proceso de maduración que puede durar hasta dos años se elabora en Ciudad Real, una de las tierras menos conocidas de la península. De sus ganaderías, sus ovejas, sus pastos y el buen hacer de los pastores y queserías se obtiene un producto único e inconfundible, el auténtico queso manchego.

En este camino se descubre Ciudad Real, una auténtica caja de sorpresas. En ella se encuentra el  Parque Nacional de Las Tablas de Daimiel, uno de los parajes más atípicos del mundo dentro de la estepa manchega. Este humedal, formado por el desbordamiento de los ríos Guadiana y Gigüela, ha creado un ecosistema único conocido como tabla fluvial. Otra localización quijotesca es Alcázar de San Juan, que tiene todas las papeletas para ser ese famoso lugar de La-Mancha del que no se acuerda Cervantes. Campo de Criptana sobresale por su degustación de queso y por su conjunto de molinos que puebla la Sierra de los Molinos. En ella se encuentran Infanto, Burleta y Sardinero, las tres únicas estructuras de la península que conservan la maquinaria original del siglo XVI. En Tomelloso se fusionan el queso y el vino, con la Posada de los Portales, el museo Antonio López, las chimeneas de las antiguas fábricas de alcohol o el museo del Carro y aperos de labranza. Villanueva de los Infantes está repleta de tesoros arquitectónicos y piedras legendarias. La vida de la villa gira alrededor del conjunto monumental de su Plaza Mayor de principios del siglo XVII, donde destaca una escultura de Don Quijote y su escudero Sancho Panza.  Con queso y vino, recorremos una gran joya manchega.