Seis paseos a caballo por las playas mas bellas de Andalucía

Hay seis playas andaluzas donde pasear a caballo constituye una tentación irrenunciable estos días de primavera. Aún no están masificadas por lo que es el momento de trotar o galopar sobre su arena.

Carolina Oubernell
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Matalascañas

Desde Matalascañas hasta la desembocadura del río Guadalquivir, frente al caserío blanco de Sanlúcar de Barrameda, Huelva reserva para Andalucía su último gran tesoro. A nadie prohíben verlo, pero no es posible adentrarse en él en vehículo. Sólo existen los pies del viajero, y eso, en estos tiempos que corren, es la mejor arma disuasoria para abandonar cualquier tentativa de masificar este último espacio virgen. Otro modo de entrar en las playas vírgenes de Doñana es a caballo. A lo largo de sus treinta y dos largos kilómetros de fina y blanca arena, Doñana desciende hasta el océano para acariciar su oleaje y dejarse llevar por los vientos de este territorio extremo. El Atlántico ha ido arrastrando la tierra hasta conformar un litoral de incontestable valor medioambiental.

La Barrosa

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La Barrosa es una de las playas más singulares de la costa gaditana. Es una playa mítica, porque queda a la sombra de una fortaleza medieval que contempló grandezas y miserias históricas. Es un marco de valor patrimonial porque está a un paso del malherido cabo de Trafalgar y porque sus aguas acogen los sueños de decenas de pecios que quedaron sepultados bajo el océano por mil y una causas. A espaldas de la playa se extiende un espacio natural protegido, un tupido bosque de pinos piñoneros que son un adelanto de lo que aguarda tierra adentro. Por las tardes pasear a caballo por este arco de arena dorada es uno de los placeres más inenarrables de cualquier viajero que llega hasta el sur. Abundan las cuadras y las empresas de turismo activo que organizan excursiones con caballos de pura sangre andaluza.

Bolonia

La franja costera que se extiende entre las localidades gaditanas de Tarifa y Barbate posee lugares en los que aún domina la naturaleza en estado casi virgen. Se trata de las playas de Bolonia y de Zahara de los Atunes. Ambos espacios están resguardados por las ensenadas que llevan su mismo nombre. Son playas anchas y largas, lamidas por el agua turquesa del océano Atlántico. En ellas, el color dorado de la arena se vuelve blanco al inundarse con la luz del sol, produciendo un bello contraste con el verde primaveral de la campiña que baja hasta las orillas. Unas orillas en las que se remansa tranquilo el océano cuando deja de soplar el viento, para luego, al alzarse el levante o el poniente, encresparse formando grandes olas.

Maro

Acantilados de hasta cien metros de desnivel separan Málaga de Granada. Lo hacen en Maro, en una pedanía de Nerja, que frecuentaron los romanos en aquellos tiempos en que eran dueños del Mediterráneo y fundaban puertos, incluso en recónditas calas en las que consideraban que podían obtener algún beneficio económico o militar. Maro era una de ellas, un lugar abrupto y escarpado, una estribación de la Sierra de Almijara que se asoma al mar y que de pronto frena su ímpetu montañoso cuando tropieza con el mar. Erosionados por la acción de las aguas, los acantilados forman hoy uno de los parajes naturales más valiosos de la provincia de Málaga. También de Granada, porque las paredes rocosas continúan hasta las cercanías de La Herradura y Almuñécar.

La Almadraba de Monteleva

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Lo más sorprendente del Cabo de Gata está precisamente entre la mar y la tierra. El contacto entre ambos elementos propicia paisajes de una belleza inenarrable que se esparcen a lo largo de los 45 kilómetros de costa virgen. En las inmediaciones del centro de visitantes de Las Amoladeras y la cercana colonia de La Almadraba de Monteleva germina a duras penas una vegetación rastrera y almohadillada, plantas espinosas como el azufaifo, el cornical, el áspero esparto o la dulce palma enana. Ocho endemismos adornan el vademécum botánico del Cabo de Gata. Ocho endemismos a los que hay que unir más de mil especies vegetales que convierten este parque natural en uno de los más fascinantes santuarios ecológicos del sur europeo. Se pueden conocer estas y otras especies a caballo sin apartarse de las tentaciones que ofrecen las playas del Cabo de Gata.

La Herradura

Es una recoleta bahía, de aguas tranquilas y cálidas, franqueada hacia el este por la lengua de tierra que es la Punta de la Mona, y hacia el oeste por los acantilados de Cerro Gordo. Estos últimos forman parte de un paraje natural situado justo en el límite que separa –o que une- la provincia granadina de su vecina malagueña. Entre las verticales y rocosas paredes del cerro se esconde la pequeña playa nudista de Cantarriján. En la noche de san Juan hay que cumplir con el rito purificador de bañarse en el mar –desnudos, por supuesto-, y después contaminarse otra vez bebiendo y bailando hasta el amanecer. Pasear a lomos de un caballo por este rincón de la costa granadina es una delicia a primera hora de la mañana y en el último sol de la tarde.