Sed y memoria de elefante en el Parque Nacional de Chobe

Capaz de beber hasta cien litros de agua al día, el elefante africano necesita desenvolverse cerca del agua para ser feliz. El río Chobe, que discurre entre Namibia y Botsuana, es uno de los mejores lugares para enfrentarse, a una distancia prudencial, a las grandes manadas de elefantes que acuden cada jornada a sus orillas para calmar su sed y bañarse. Prepárese para quedar seducido por los más grandes de África.

Mar Ramírez
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Foto: Juan Carlos Muñoz

En gran parte de África las sequías pueden matar a los elefantes, pero no en el Parque Nacional de Chobe. El tercer territorio protegido más extenso de Botsuana es un paraíso para las grandes manadas de elefantes debido a un río, el Chobe, que fluye desde Angola a través de Namibia y que cambia varias veces de nombre en el camino, como si quisiera despistar. Después de atravesar la región de Caprivi en Namibia, penetra en territorio fronterizo con el norte de río Botsuana. Es allí donde abandona una última denominación que arrastra, la de río Linyanti, para convertirse en el Chobe. Finalizará su travesía fluvial después de atravesar el corazón del occidente africano tributando sus aguas al Zambeze poco antes de quebrarse éste en las bellísimas cataratas Victoria. Pero antes crea una de las fronteras más fascinantes para los aficionados al turismo de naturaleza pues se recorre una región de las más llenas de vida del mundo y que es un paraíso para observar elefantes, ya que alberga la mayor concentración del mamífero terrestre más grande del mundo, con una población actual que ronda aproximadamente los 70.000 ejemplares.

Cuando el sol abrasa las llanuras a mitad del día, al alcanzar su cenit, y cuando a uno mismo le apetecería darse un chapuzón, se escucha un atronador trompeteo, que es como se comunican los elefantes y el aviso a los visitantes de su llegada a las orillas fluviales. Ante lo que se viene encima lo mejor es situarse en el río, pero no dentro de sus aguas, olvídense del baño, sino sobre una de las barcas que cada día recorren el río en busca de la fauna que lo frecuenta. Y de repente ahí llegan los gigantes de Africa (aquí está la subespecie más grande), con manadas de imponentes ejemplares. Lideradas por la matriarca, guía y depositaria de la sabiduría colectiva (la gran memoria), poco a poco van entrando en el agua. Su trompa, formada por el labio superior y la nariz, que se extienden a modo de dos dedos en el caso del elefante africano, les sirve para beber, absorbiendo el agua por ella, y como aspersor con el que remojar el resto del cuerpo y refrescar su piel de varios centímetros de espesor. También la utilizan como apéndice esencial a la hora de jugar con los compañeros en el caso de los más jóvenes.

El peso pesado de la sabana -puede llegar a desplazar hasta siete toneladas- es discreto y no se muestra agresivo, pero no acepta de buen grado la proximidad humana. La tolera siempre que las barcas se mantengan a una distancia apropiada. De ello se encargan los guías expertos que acompañan a los grupos, sin quitar el ojo a cualquier gesto agresivo de algún elefante -normalmente con la trompa levantada y girada hacia la parte superior de su rostro o alguna de sus orejas- o ante el enfado fortuito de algún joven enervado por la impaciencia de la edad. Esto ocurre sobre todo cuando alguna barca se interpone en su paso hacia su rincón preferido del río, donde se solazan revolcándose en el barro para cuidar su piel, que, aunque gruesa y con numerosos repliegues para guardar la humedad, es a la vez delicada, sobre todo ante los ataques de los molestos insectos.

La isla elefante

También aprovechan su visita al agua para acercarse a los taludes próximos a la ribera, donde ingieren las sales minerales que la vegetación de árboles y arbustos de las sabanas herbosas no les proporcionan en suficiente cantidad. Durante los meses secos, el menor caudal del río les permite cruzar hasta el centro de su curso para alcanzar la denominada, en su honor,isla Elefante, donde un sugerente bocado de hierbas les espera siempre y cuando algún hipopótamo de los que también la frecuentan no se ponga impertinente ante la presencia de los paquidermos. Cuando han disipado el calor -a lo que también les ayuda la capacidad termorreguladora de sus enormes orejas-, saciado su sed y disfrutado lo suficiente, la manada abandona poco a poco el río en Serondela, área situada al nordeste del parque, la preferida de los elefantes. En ocasiones se puede contemplar a algún macho joven y solitario que permanece remoloneando al sentirse el amo del cauce fluvial.

El sonido de la manada ya retumba comunicándose a gran distancia, perdiéndose por el interior del Parque Nacional. Si la suerte acompaña, es el momento de deleitarse con la presencia de alguna familia de jirafas, antílopes o leones que se acercan a la orilla para saciar su sed. También será el momento de subir al vehículo todoterreno y emprender la exploración del parque desde la orilla y descubrir a habitantes de la sabana tan bellos y elusivos como el bosbok o antílope jeroglífico, que con su piel moteada y patas con características rayas apenas abandona las zonas más forestadas. También es posible divisar impresionantes grupos de búfalo cafre o de los omnipresentes hipopótamos que difícilmente abandonan el confort del río. Así como disfrutar de la enorme variedad de aves que frecuentan el parque, siendo las aves acuáticas como las garzas, cormoranes, anhingas africanas y jacanas las más habituales visitantes de las riberas del Chobe. Y tal vez se sorprenda ante la belleza de la cabeza y pechos blancos de un tono níveo de algún pigargo vocinglero -que recuerdan al águila calva americana, con la que está emparentada- perchado en una rama antes de lanzarse a la pesca de su bocado en el río, algún pez que nada próximo a la superficie.

En alguna de las excursiones conviene abandonar los márgenes fluviales y ascender hasta las colinas volcánicas de Savute. Localizadas en la zona más seca del parque, son un mirador excepcional de las últimas huellas en la enorme grieta de la superficie terrestre que es el Gran Rift (una vasta erosión de más de seis mil kilómetros de longitud que partió el continente en dos). Cuando cae la tarde se impone el regreso a alguno de los lodges instalados dentro de los límites del parque o, mejor que eso, disfrutar del rumor fluvial si se ha optado por habitar en uno de los magníficos barcos que a modo de lodge navegan las aguas del Chobe, lo que garantiza que a la mañana siguiente se podrá iniciar la exploración del río antes de que el parque abra sus puertas y quién sabe si en el silencio de la mañana se sorprenda y pueda contemplar el sigiloso paso de un leopardo buscando su desayuno.

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