Secretos de Lisboa

El Tajo, después de recorrer mil kilómetros desde la sierra turolense de Albarracín por llanuras y barrancos, llega cansado a Lisboa y, como si quisiera echar una siesta antes de entrar en el Atlántico, se abre en un gran estuario al que los portugueses llaman Mar da Palha. Ahí, el río Tajo y Lisboa se abrazan para darle un toque romántico a sus bellezas, y por eso son muchos los cronistas y poetas que nos hablan de amores enloquecidos entre ambos.

Alfonso S. Palomares
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Foto: Alberto Mateo

Tiene razón el escritor Cardoso Pires cuando ve a Lisboa como una ciudad para navegar. Una ciudad nave, una gran barca con calles y jardines dentro, donde la brisa que corre tiene sabor de sal y hay sirenas que cantan fados. A lo largo de un día, en ese Mar da Palha que abraza Lisboa se pueden ver reflejados todos los colores del arco iris y algunas puestas de sol provocan verdaderos incendios en el agua. Por eso, antes de que Lisboa decida levar anclas y perderse con el Tajo en el Atlántico, tenemos que visitarla, recorrerla y disfrutarla.

A la Plaza del Rossio hay que ir siempre, porque al Rossio se llega desde las siete colinas sobre las que se encarama la ciudad. El Rossio es el centro de Lisboa por la ley de la gravedad de la belleza y por la policromía vital que la anima. No necesita estar en el centro para ser el centro. Es una plaza rectangular y geométrica. De una hermosura armónica. Puedes pasearla primero y después sentarte en alguna de las terrazas de los cafés que la rodean, desde las que se ve pasar a gentes diversas y recordar historias conmovedoras.

El café más antiguo es Nicola, tiene más de dos siglos y antes fue librería donde los bibliófilos iban en busca de incunables y de las primorosas ediciones de Miguel de Cervantes o de Luis de Camoens. La decoración de la entrada es de los años 20, art decó. Si te has fijado en los letreros de la plaza verás que ponen Pedro IV, rey de Portugal, pero a pesar de ese bautizo municipal y burocrático nadie logró arrebatarle el nombre y todos le llamamos Rossio. Por ahí pasó la historia portuguesa, la oficial y la popular. En la gran plaza, durante la Edad Media tenían lugar ferias y matanzas de cerdos, aparte de fiestas en honor de las distintas advocaciones de vírgenes marineras y bailes para celebrar las cosechas. En el solar donde ahora vemos el airoso y neoclásico Teatro Nacional Doña María II se levantaba el edificio de la Inquisición portuguesa. A los condenados por brujería y otras herejías se les ejecutaba en ardientes autos de fe en medio del Rossio. Buen sitio para sentarse la terraza del café Nicola. Me senté. El vecino de mesa, profesor de Derecho Civil en la Universidad de Coimbra, me dice que, antes del gran terremoto, alrededor de la plaza había tabernas, cordelerías, zapateros, así como lecherías y otros servicios al lado de casas nobles. Era el lugar más bullicioso de la ciudad, pero un día del año 1755 tembló la tierra bajo Lisboa con una intensidad demoledora y redujo toda la zona de la Baixa a escombros. Decenas de miles de muertos. El terremoto partiría en dos la historia de la capital portuguesa. Pero donde todos veían un desastre irreparable, el marqués de Pombal vio una oportunidad para diseñar la elegante y moderna Baixa Pombalina que ahora tenemos.

En medio de la plaza, don Pedro IV de pie y en bronce, con atuendo militar y capa de rey, permanece inmóvil en lo alto de su columna. Nunca se mueve para que le fotografíen con tranquilidad los turistas. Las palomas que se posan en sus hombros y en su cabeza le sirven de distracción. Pero el profesor de Coimbra me dice que don Pedro no es don Pedro, que ese que está ahí es el emperador Maximiliano de México, según una discutible información en la que se dice que al escultor francés Elías Roger le llegó hasta París el encargo de esculpir en bronce a don Pedro IV para que adornara una plaza lisboeta. Se la encargaron con urgencia y el escultor necesitaba dinero. Había terminado la estatua de Maximiliano de México y, pensando que un emperador bien puede representar a otro, porque don Pedro también lo había sido de Brasil, remitió la estatua de Maximiliano a Lisboa y desde entonces está ahí fingiendo que es don Pedro. Sea historia o leyenda, lo cierto es que contribuye al misterio de la plaza. En el Rossio, el día 24 de abril de 1974 miles de muchachas adornaron con claveles rojos los fusiles de los soldados de la libertad, convirtiéndose en uno de los lugares míticos de la Revolución de los Claveles.

La Plaza del Comercio
Antes de dirigirme a la Plaza del Co-mercio, acompaño al amable profesor de Coimbra a la estación del Rossio, donde tomará un tren para Sintra. Diseñada por Luis Monteiro a finales del siglo XIX, es una versión romántica del estilo neomanuelino. Los dos portales de herradura le dan un curioso aire movedizo a la fachada. Arriba, en medio de una recargada torreta, un reloj clásico marca la hora para saber si llegamos puntuales a la salida del tren. No se quede fuera, entre a los andenes para ver el cruce de hierros como techo mientras contempla a gentes llegar y partir, parece que esos yerros que está viendo los cruzó así la imaginación de Gustave Eiffel, el diseñador de la célebre torre de París.

Vuelvo sobre mis pasos y elijo la calle Augusta para llegar hasta la Plaza del Comercio. No es fácil avanzar, aunque la calle sea peatonal, porque hay mucho que ver en esta rúa cosmopolita calificada como la gran arteria comercial de la ciudad. Tiendas chic y restaurantes con terrazas cubiertas en medio de la calle. Boutiques exclusivas y populares, bancos, galerías de pintura, joyerías... Artistas ocasionales que te ofrecen su arte; cuando paso, un acordeonista toca La vie en rose de Edith Piaf, y más abajo un rapero angolano canta muy convencido las desdichas del reciente rescate monetario de Portugal. En el aire se mezclan las dos melodías. Hay pintores que intentan venderte un cuadro al tiempo que proponen hacerte un dibujo. Una danesa rubia posa para un pintor de Braganza, que logra trasladar al lienzo la clara mirada de la chica. Al final de la calle, y dando paso a la gran Plaza del Comercio, nos encontramos con el arco de triunfo levantado para celebrar la reconstrucción de Lisboa después del terremoto. En él sobresalen dos llamativas esculturas: la del omnipresente Vasco de Gama y la del inevitable marqués de Pombal. Remata el arco una trinidad simbólica: la Gloria, de pie, corona al Valor y al Genio, que están sentados a su lado.

La Plaza del Comercio resulta inmensa y se asoma como el gran mirador del Tajo. Recibe también el nombre de Terreiro do Paço, porque allí, en el antiguo Palacio da Ribeira, instaló el rey don Manuel I la corte, pero la estatua que domina la plaza es la de don José I a caballo sobre un pedestal cargado de alegorías; la rodean edificios ministeriales de dos plantas y con las paredes pintadas de rojo. Me dicen que en los bajos de los ministerios van a abrir tiendas para darle más vida a una de las plazas más espectaculares del mundo. Cuando me asomo sobre este Mar de Paja, debido a la magia de algún efecto solar, de la superficie del agua sale un extraño color verde que se extiende por los edificios de la orilla, incluso resulta verdosa la estatua de don José I. Ahora comprendo el verso de Assis Pacheco donde dice: "Si fuese Dios, pararía el Sol sobre Lisboa". Si fuese Dios, este sería el momento de pararlo.

En los soportales, el café más antiguo de Lisboa, Martinho da Arcada, va camino de los dos siglos y medio de vida y su última remodelación le mantuvo el estilo elegante y decadente. Por él han pasado políticos, escritores y artistas de toda condición, pero el permanentemente recordado es Fernando Pessoa; aquí pasó muchas horas escribiendo su libro Mensagem. Se le sigue esperando y le tienen una mesa reservada en un rincón para cuando llegue. No hace mucho que estuvo porque hay una taza con residuos de café. También a Saramago le esperan con otra mesa desocupada.

El Chiado y Barrio Alto
Pero si quiere hallar el verdadero espíritu de Pessoa tiene que ir al Chiado. Desde la Baixa puede hacerlo subiendo a pie las calles empinadas -en Lisboa existe mucha cuesta arriba-, en los históricos tranvías amarillos o en el ascensor de Santa Justa, que sube hasta casi el comienzo de la calle Garret y que vertebra el elegante barrio. Son muchos los que lo califican como el más elegante de la ciudad. Pero antes de comenzar el recorrido puede subir a la última planta del ascensor y ver un paisaje casi sobrenatural de plazas y tejados con el castillo de San Jorge, en lo alto, al fondo. La calle Garret es la síntesis del Chiado, un barrio renovado sin cambiar sus esencias por el famoso arquitecto Álvaro Siza después del terrible incendio de 1988 que devoró algunos de sus edificios más emblemáticos. La barbarie de la naturaleza ha acosado con frecuencia a Lisboa, pero ella siempre resucita de los golpes del destino.

En estas calles entrecruzadas se citan tradición de vanguardia y posmodernidad, hay talleres de todas las disciplinas creativas, librerías históricas como la de Armand, joyerías con diseños de art nouveau, iglesias y fachadas con detalles modernistas. Y haciendo gala de una paciencia infinita, en la terraza del célebre café La Brasileira, Fernando Pessoa sentado con cuerpo de bronce se deja fotografiar rodeado de turistas y palomas. Dentro de La Brasileira, aromas de buen café perfumando los espejos y las pinturas de la belle époque. Si quiere degustar la nueva cocina en el restaurante más viejo de la capital lisboeta, puede ir hasta la calle de La Misericordia y entrar en el Tavares y allí, en un suntuoso escenario de los felices años 20, saborear los platos más vanguardistas, incluidos los de bacalao crudo rociado con los más variados perfumes.

A pesar de la fama de resignación ante el destino que tienen todos los portugueses, sin embargo son de un optimismo sibarita; solo así se comprende que al cementerio más grande de Lisboa lo llamen Cimiterio dos Prazeres (Cementerio de los Placeres).

Para llegar al Barrio Alto desde el Chiado hay que seguir subiendo y entramos en calles estrechas, íntimamente humanas, con ropas a secar en los balcones; algunas prendas femeninas le añaden una carga de erotismo fetichista. Se suceden las tabernas, los bares típicos, las tascas pequeñas y familiares al lado de tiendas de antigüedades y talleres con nuevas ofertas de diseño. Durante el día es un barrio realmente tranquilo, lleno de gentes con ganas de hablar, de contar historias. Abundan los restaurantes con comidas regionales, hay unos en donde se pueden saborear las distintas partes del cerdo cocinadas con la vieja sabiduría del Alentejo.

Los vecinos hablan de balcón a balcón. Ya al anochecer empieza otra vida; especialmente la víspera de los días festivos se animan con bailes y músicas. Casas de fados para turistas y para devotos ortodoxos. Al entrar en uno sonaba Amalia Rodrigues y oí decir: "esta Amalia cada día canta mejor", lo mismo que dicen en Buenos Aires de Gardel, "este Carlitos cada día canta mejor". Y es verdad, una verdad a la que también contribuye profundamente la nostalgia.

En el barrio también hay miradores con panoramas espectaculares y jardines para pasear. Para pasear, la capital lisboeta se muestra llena de jardines y bosques, aparte del vastísimo Parque Natural de Monsanto.

El Castillo y Alfama
Allá en lo alto de la colina más alta de Lisboa está el Castillo de San Jorge. Se ve desde todos los rincones de la ciudad vieja. Hay que subir, aunque para hacerlo a pie se necesita estar en buena forma. Merece la pena, pues las vistas resultan asombrosas. Le pregunto al guía cuántas flechas se habrán disparado desde estas paredes y almenas; sin dudarlo, me contesta: "Infinitas". Es un castillo como de película y por eso en sus torres y pasadizos se han rodado varias. Todavía conserva el sobrenombre de Castelo dos Mouros, porque los moros estuvieron más de dos siglos y todavía quedan muchas piedras y columnas de aquellos tiempos. Su mayor esplendor vino cuando los reyes portugueses lo convirtieron en su residencia. Recorrerlo es interesante, y la vista del Tajo desde esas alturas resulta increíble.

Bajar es más fácil que subir y podemos hacerlo por la falda del barrio de Alfama, cuesta abajo. Entrar en Alfama es como hacerlo en los variados pasadizos de un laberinto, pero llenos de gentes amabilísimas que desean hablarte o venderte cualquier cosa, desde plátanos a sortijas exageradas afirmando que pertenecieron a antiguos piratas. Hay pequeñas tiendas de todo. Tiendas para charlar y para comprar, pequeños restaurantes familiares donde asan pollos y sardinas al borde de la calle. A una señora que deshila bacalao para hacerlo al estilo dourado le pregunto de cuántas formas se puede hacer el bacalao; me contesta que "se puede cocinar de más de cien maneras".

Al atardecer me invitan a escuchar fados; lo cantan mejor que en cualquier parte de Lisboa, dicen, porque me aseguran que en estas laderas de moros nacieron los primeros quejidos y lamentos desgarrados por amores perdidos, por soles lejanos y por alegrías que se rompieron. Desde entonces y hasta Amalia, se perfeccionaron mucho. Calles, recovecos de calles, pequeñas plazas, escaleras, azulejos decorativos y tabernas, bares y restaurantes de todas las variantes. Y siempre las palabras y las sonrisas de los lisboetas tratando de agradar, de ayudar, de compartir...

Barrio de Belém
En este barrio se reflejan las glorias del pasado, cuando los navegantes lusos descubrían los secretos de los mares y tierras desconocidas. De aquí salían. Donde el estuario del Tajo se estrecha para perderse en el mar, los esforzados navegantes desplegaban las velas en busca de mundos desconocidos. De aquí salió Vasco de Gama con rumbo hacia las Indias después de haber pasado una noche rezando con sus hombres en una ermita que ahora ocupa el imponente Monasterio de los Jerónimos. El rey don Manuel I lo mandó construir para celebrar y agradecer a Dios la hazaña de Vasco de Gama. Es el edificio más emblemático del estilo manuelino intenso. En él se mezclan, con sabiduría armónica, el gótico tardío con el renacimiento que está llegando. En él descansan Vasco de Gama y Camoens, los dos nombres más gloriosos de la historia portuguesa. El claustro es de una belleza impresionante y en una capilla lateral, en una tumba sobria, Fernando Pessoa seguirá eternamente soñando con las distintas almas de Lisboa. No lejos, al alcance de un agradable paseo, se levanta la Torre de Belém, también de estilo manuelino intenso. La torre es una gran dama enjoyada en el exterior con motivos bizantinos, venecianos, góticos, torres de vigilancia con un toque mozárabe y cuerdas enroscadas en piedra como adorno. La vistieron como para ir de fiesta. Fue una torre de defensa, faro, aduana. Es verdaderamente hermosa.

Es curioso lo de Lisboa, una urbe tan íntima, tan señorial, tan cálida y humana, y, sin embargo, muchos de sus monumentos, plazas y edificios merecen los calificativos de espectacular, imponente, soberbio o grandioso. A Lisboa hay que volver siempre.

El origen de los "Pastéis de Belém"
Tras la revolución liberal de 1820, los conventos portugueses se vieron obligados a cerrar en el año 1834. En una tentativa de supervivencia, alguna de las personas que vivían en el Monasterio de los Jerónimos vendieron unos pasteles a una tienda que había justo al lado y que formaba parte de una refinería de azúcar. Este es el origen de los pastéis de Belém, que apenas tres años después comenzaron a fabricarse en este mismo lugar. Aunque existen imitadores, la receta original solo la conocen los maestros del obrador, que trabajan en un taller secreto. Es obligado conseguir sitio en esta pastelería (Rua de Belém, 84), que conserva sus azulejos de antaño, y probar una de estas pequeñas delicias, hechas con crema y hojaldre. www.pasteisdebelem.pt

Las doce visitas imprescindibles de la capital portuguesa
Castelo de São Jorge
El castillo, de factura árabe, es mucho anterior a la Fundación Nacional (1143), aunque su configuración actual data de la primera dinastía portuguesa. Sus vistas sobre el río Tajo y la ciudad, con los cañones apuntando hacia el puerto, son verdaderamente únicas.

Mosteiro dos Jerónimos
Declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, el monasterio comenzó a construirse en el año 1501 por deseo del rey Dom Manuel I. En su interior están enterrados Vasco da Gama, Luís Vaz de Camões y Fernando Pessoa.

Torre de Belém
Pequeño fortín sobre el Tajo levantado a principios del siglo XVI para proteger el puerto de Restelo. Se accede a él a través de una pasarela de madera, destacando también las garitas cilíndricas de sus esquinas.

Elevador de Santa Justa
Este espigado ascensor une los barrios de la Baixa Pombalina y el Chiado. Fue construido en hierro entre 1900 y 1902 por Raoul Mesnier de Ponsard, siguiendo la estética de Eiffel. Mide 45 metros y es de estilo neogótico.

Casa dos Bicos
Situada al este de la Praça do Comércio, data de 1523. Su fachada está revestida de piedras talladas en forma de punta de diamante.

La Sé
A pesar de que resultó dañada durante el terremoto del año 1755, aún conserva vestigios románicos y góticos (es del siglo XII). Su factura es muy sencilla, con un gran rosetón y dos campanarios gemelos.

Puente del 25 de abril
Construido en acero, su parte más vistosa está formada por una estructura metálica colgante de 2.277 metros de longitud, suspendida de dos torres, una en cada margen del Tajo.

Fundaçao Calouste Gulbenkian
Su museo principal cuenta con unas 6.000 piezas que se corresponden con todas las épocas de la historia del arte. Hay máscaras de oro chinas, grabados japoneses, tapices persas... La Fundación también cuenta con un Centro de Arte Moderno que expone la obra de unos 50 artistas portugueses del siglo XX.

Museu Colecçao Berardo
Este centro exhibe más de 800 obras pertenecientes a unos 500 artistas del siglo XX que representan 74 movimientos pictóricos. En sus salas comparten espacio Picasso, Mondrian, Lichtenstein y Warhol, entre otros.

Mude
El nuevo Museo do Design e da Moda acoge unas 2.500 piezas que permiten hacer un profundo recorrido por la interesante evolución de la industria del diseño.

Padrão dos Descubrimentos
Levantado en el mismo lugar desde el que partían las carabelas rumbo a África allá por el siglo XVI, es posible subir a lo alto del monumento para poder contemplar la rosa de los vientos del suelo.

Estação do Oriente
La puerta de entrada al Parque das Nações, donde se encuentra el Oceanário, no puede ser más espectacular. Es obra del arquitecto valenciano Santiago Calatrava. / SILVIA ROBA