San Miguel de Allende, el embrujo de Guanajuato

El Estado de Guanajuato esconde la, para muchos, postal más bonita de México. Aunque este país atesora tantas joyas que no hay forma de quedarse con una, San Miguel lo pone fácil para que todos la adoren. No es casualidad que tantos norteamericanos hayan fijado aquí su residencia, sumándose al ejército de artistas que, con sus mil y una galerías, añaden aún más color a esta villa Patrimonio de la Humanidad.

Elena del Amo
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Foto: Luis Davilla

Por sus ya más de 100.000 habitantes podría decírsele ciudad, aunque San Miguel no ha perdido sus aires de pueblo. Los barrios más nuevos le crecieron por las lindes, dejando su casco colonial tal cual fue trazado en los días del virreinato. En todos los rojos, amarillos y ocres imaginables, sólidos caserones de los siglos XVII y XVIII se alzan sobre el adoquinado de sus calles, con sus enormes ventanales enrejados y sus patios, frondosos de buganvillas, por los que atreverse a curiosear muy de mañana. Bajo la luz impagable de sus primeras horas, parece más un pueblo que nunca. Luego, a su ritmo, porque ya se sabe que aquí no vale el apuro, se empieza a desperezar. Por la plaza, alrededor de la cual gravita todo y que todos conocen como El Jardín, los vendedores van asomando para ganarse unos pesos con los visitantes que no tardarán en llegar, y las más madrugadoras entre sus vecinas salen de pedirle a los santos en la parroquia de San Miguel Arcángel.

 

A la entrada de esta iglesia con hechuras de catedral, una placa recuerda que En este templo oficiaron los curas Miguel y José Joaquín Hidalgo. Lo que ya no cuenta es que tanto el prócer de la independencia mexicana como su hermano debieron decir misa en un edificio muy distinto al de hoy. Porque, si bien su interior apenas se tocó, a finales del XIX le encargaron al maestro cantero Zeferino Gutiérrez darle un porte más regio a su fachada, y las malas lenguas aseguran que el buen hombre se inspiró para ello en la postal de una iglesia alemana que había caído en sus manos. Cierto o no, su verticalidad pseudogótica, por muy desconcertante que resulte aquí en el Nuevo Mundo, se ha convertido en la postal de este pueblo que la Unesco tuvo el acierto de reconocer en 2008 como Patrimonio de la Humanidad tanto por su arquitectura como por el rol crucial que jugó en la independencia del país. Y es que, al poco de haber sido fundado en 1542 por el franciscano Juan de San Miguel, a este antaño puesto militar que protegía el camino entre las minas de plata de Zacatecas y la Ciudad de México se le decía San Miguel El Grande, sin más. Lo de Allende le cayó bastante después en honor al héroe nacional e hijo predilecto de la villa, Ignacio Allende, uno de los líderes contra la dominación española.

Meca de artistas y de aspirantes a serlo

Bajo el mar de tejas del viejo San Miguel no hay vallas publicitarias, ni pintadas por los muros, ni siquiera un mal semáforo que desluzca su embrujo. Por su fotogénico entramado de caserones coloniales e iglesias de cantería, solo las tiendas que abren por el casco antiguo, sus muchas galerías de arte y todavía mayor cantidad de bares y restaurantes la devuelven al siglo XXI. El Jardín no solo es el mejor lugar desde el que salir a explorar el pueblo sino que, dadas sus dimensiones tan manejables, es fácil que uno acabe recalando varias veces por esta plaza alrededor de la cual gira su día a día desde que aparecen de mañana los jardineros a regar sus laureles prolijamente podados hasta que, con la mejor luz del atardecer, los grupos de mariachis le cantan por unos pesos al enjambre de propios y extraños que congrega a esas horas. En uno de sus costados, frente a la mencionada parroquia de aire medieval, convendrá entrar al Museo Histórico tanto para disfrutar del soberbio palacio que lo aloja como para empaparse del pasado de la villa y de su venerado Ignacio Allende, nacido en este nobilísimo edificio desde el que partiera el primer ejército insurgente contra los españoles.

 

Por todos sus alrededores van saliendo al paso aristocráticas mansiones de dos plantas, como la mayoría en la época, tras cuyas hileras de arcadas y balcones de forja vivían los potentados de la colonia. Desde la Casa del Mayorazgo de la Canal, la más importante de aquellos días, hasta la Casa del Inquisidor o la de los Condes de Loja. También, desde el oratorio de San Felipe Neri y el templo de la Tercera Orden hasta los igualmente barrocos de San Francisco, la Salud o la Concepción, más conocido como Las Monjas, al que el autodidacta Zeferino coronó un siglo después con una cúpula inspirada, en este caso, en Los Inválidos de París.

Con permiso de la Presidencia Municipal, donde en 1810 se instalara el primer Ayuntamiento del México independiente, la Concepción es uno de los edificios a los que más le debe San Miguel. Y es que, cuando a raíz de una crisis las grandes familias criollas se mudaron y el pueblo amenazaba con convertirse en un lugar fantasma, el diplomático peruano Felipe Cossío del Pomar, al poco de enamorarse de su luz en 1927, fundó en su antiguo convento la Escuela de Bellas Artes que tantos estudiantes y tanta bonanza sigue atrayendo. Fue él el primero en imaginar San Miguel como un refugio de artistas.

La otra institución que cambió su rumbo fue el Instituto Allende, que en la antigua hacienda campestre de la familia de La Canal se convirtió ya a comienzos de los años 50 en otro imán para universitarios estadounidenses. Son muchos los que siguen llegando, y no solo de allí, para realizar desde talleres de joyería creativa o cerámica experimental hasta para aprender español.

Lugares especiales

Ya posteriores son otros de los iconos que enorgullecen a los miguelenses, como el de sabor porfiriano Teatro Ángela Peralta, al que diera nombre la adorada soprano mexicana que lo inauguró, o la también decimonónica plaza de toros que, además de la fiesta brava, acoge las bodas de postín de los muchos novios que vienen a darse el sí a este pueblo que se diría un decorado. Comercios de buen tono y alguna que otra cantina con solera abren sus puertas por todo el centro, entre terrazas, hoteles con encanto y también mercados donde chiles y antojitos conviven con fridas y catrinas, las pomposas esqueletas que personifican la desconcertante relación que en este país se tiene con la muerte.

El algo retirado del Nigromante es quizá el mejor donde reencontrarse con ese México auténtico que, buscándolo, también aflora por este artístico micromundo al que algunos recriminan estar tomado por los muchos gringos que han hecho de él su hogar. En este mercado las vendedoras, porque la mayoría son chaparritas de largas trenzas y delantal de colores, despachan tortillas y nopales y mazorcas de maíz entre puestos de fruta, souvenirs y hierbas que todo lo curan. Mucho más exclusivo es cuanto se vende en las estilosas boutiques que, al igual que casi todo lo destinado a los extranjeros, se concentran por los alrededores de El Jardín. Sin embargo cuando uno se va distanciando de él, aflora a la mínima el sabor local que subyace por San Miguel y que reúne a sus familias por las arboladas del parque Juárez, por algunas de las muchas albercas termales de los alrededores del pueblo y los senderos que, desde El Charco del Ingenio, se encaraman a sus mejores puestas de sol.

Villa bohemia y chic

Centros de yoga, restaurantes orgánicos, veladas de jazz o talleres donde hasta japoneses se interesan por los secretos de la joyería o el tejido tradicional. Todo ello convive con la arquitectura colonial de este rincón perdido la región del Bajío que, estando en franca decadencia, empezó a sonar entre los primeros gringos gracias a la GI Bill. Esta beca para veteranos de la Segunda Guerra Mundial patrocinada por el gobierno de Estados Unidos atrajo a puñados de estudiantes hasta su recién creada Escuela de Bellas Artes, dirigida entonces por un intelectual de Chicago, y donde está prohibido perderse la obra inconclusa de su antaño profesor David Alfaro Siqueiros, uno de los grandes muralistas mexicanos junto con Diego Rivera y José Clemente Orozco.

La colonia extranjera no ha dejado desde entonces de crecer. Si el prestigio de la escuela hizo de primer reclamo, enseguida el boca a boca se encargó de darle publicidad a la belleza del pueblo y a su clima de casi eterna primavera. El resto lo hicieron los buenos precios de aquellos días en los que llegar desde el DF suponía cerca de ocho horas por caminos polvorientos y la población no superaba los tres o cuatro mil habitantes. Poco a poco la villa se fue llenando de expatriados que a menudo se quedaron para siempre. La Casa Hyder fue la primera en convertirse en todo un hito al reformarse como segunda residencia para una familia petrolera de Fort Worth (Texas) a finales de los años 50. Sonadas también fueron las parrandas que, atraídos por el mito del México salvaje, escritores como Jack Kerouac, Allen Ginsberg o William Burroughs se corrieron en bares como La Cucaracha, todavía abierto en la calle Zacateros.

Parece que fue justo después de una farra cuando el gurú del desmadre Neil Cassady -el Dean Moriarty de la novela En el camino de Kerouac- moría congelado junto a la estación en una fría madrugada de 1968. Aunque los norteamericanos seguían goteando, aquel San Miguel todavía se parecía bastante a la somnolienta aldea donde Cantinflas protagonizara El padrecitoy cuyas horas marcaba el silbato de vapor de la fábrica La Aurora, para la que tejía medio pueblo, ocupada ahora por galerías de arte, ateliers y hasta algún que otro sushi-bar.

Luego los expatriados se multiplicaron a más ritmo, con hippies de nueva hornada, jubilados y ostentosos millonarios texanos que los primeros no pierden ocasión en afear su nulo interés por aprender el español. Para bien o para mal, unos y otros han cambiado para siempre el pueblo. Por los restaurantes más recurrentes del centro la carta estará traducida al inglés, en sus bares se han hecho fuertes las happy-hours, las bibliotecas y guías del ocio son bilingües y, sí, ahora las salsas pican menos. Aunque la comunidad se ha ido engrosando con alternativos de Europa y chilangos de la capital, es de ley reconocer que fueron sus vecinos estadounidenses y canadienses quienes pusieron el grito en el cielo con cada desmán urbanístico, contribuyendo a que San Miguel se restaurara con ese esmero que encandila. En este próspero Shangri-La se estima que un quinto de la población nació en otro lugar. A estos extranjeros, eso sí, se les distingue rápido de los que están de paso. Porque cuando el cielo amenaza con regalar una de las espectaculares puestas de sol que se gasta el pueblo, se nota enseguida quiénes andan medio perdidos buscando una terraza con vistas y quiénes saben perfectamente adónde van.

Charros, mezcal y buen vino

Basta curiosear por las galerías del casco viejo o las que abren sus puertas dentro de la antigua fábrica textil La Aurora para constatar que San Miguel se ha convertido en una meca para artistas o aspirantes a, llegados de cualquier lugar del globo. A sus afueras, sin embargo, aguarda el plato fuerte de los valientes. En ranchos como Santa Emilia o el Milagro, donde el pasado enero se celebró el Torneo Charro Allende 2016, se vive con pasión el deporte nacional en el que estos cowboys a la mexicana, en traje de gala y sombrero de ala ancha, compiten al galope en el rodeo o lienzo charro en suertes como la cala del caballo o el jineteo del toro. La afición por unos y otros hizo que hace pocos meses el Ayuntamiento apoyara la propuesta de declarar la Fiesta de la Charrería y Taurina como Patrimonio Cultural Intangible de San Miguel de Allende.

Los que necesitan de poca bendición oficial son los gloriosos tequilas y mezcales que animan las noches del pueblo en cantinas con solera como La Cucaracha, El Tenampa o El Gato Negro. Menos conocidos, aunque con tradición desde los tiempos de la corona, los vinos de la región de Guanajuato y el Bajío mexicano también se dejan descubrir en una ruta con cata incluida, e incluso un curso, en bodegas de las inmediaciones de San Miguel como Dos Búhos (dosbuhos.com), Vinícola Toyán (vinicolatoyan.com) y La Santísima Trinidad (lasantisimatrinidad.com.mx) o, ya a las puertas del libertario y distinguido como Pueblo Mágico de Dolores Hidalgo, la de Cuna de Tierra (cunadetierra.com).

El santuario, el cura, la virgen y la independencia

A un cuarto de hora de San Miguel, el santuario de Jesús Nazareno de Atotonilco comparte con el centro histórico del pueblo el galardón de Patrimonio Cultural de la Unesco tanto por los murales que tapizan sus capillas como por su lugar en el corazón de los mexicanos. Fue aquí donde los insurgentes se concentraron para luchar por la independencia, y fue de su sacristía de donde el cura Hidalgo tomó el estandarte con la virgen de Guadalupe que se convertiría en la bandera de la rebelión mexicana.

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