De ruta entre la montaña y el mar: de Santillana a San Vicente

Entre los apenas 50 kilómetros que separan a Santilla del Mar de San Vicente de la Barquera, se solapan algunos de los pueblos más monumentales de toda Cantabria.

Irene González
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Foto: james63 / ISTOCK

Esta increíble franja atesora piedras comidas por la humedad y la hiedra que hablan de indianos, de fortunas amasadas en América, de nobleza y de un patrimonio increíble. Recorremos esta delicia que acumula grandes joyas arquitectónicas entrelazadas con arquitectura urbana, enriquecida con los vivos colores de las flores que adornan fachadas y terrazas. Son núcleos de población, tanto los costeros como algunos del interior, que se han convertido en auténticos exponentes de la perfecta simbiosis entre la naturaleza y la creación del hombre. Estos pueblos encierran una gran riqueza histórica y monumental y cuentan con un patrimonio magníficamente conservado.

Goza de un parque natural de 5000 hectáreas de acantilados, rías, marismas y dunas. Disfruta  de playas insólitas, algunas salvajes, y muchas paradisíacas, todas ellas perfectas para perderse.

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Santillana del Mar

Santillana del Mar ha recibido todos los piropos posibles, desde que es el pueblo más bonito de España, como lo definió un personaje de Jean Paul Sastre, hasta definirla como villa de encantadora fisonomía, tal y como afirmó Pardo Bazán. Los orígenes de Santillana pueden estar en la pequeña iglesia de Sancta Luliana, que en el siglo X ocupaba el sitio donde ahora está la Colegiata de Santa Juliana, el conjunto más importante de Santillana. Si por fuera es arrebatadora, el encanto que le confiere su sencillez interior, en especial el claustro decorado con capiteles con motivos historiados y vegetales, la hace arrebatadora. Sus increíble calles ancladas en el pasado guardan edificios como la el Palacio de Mijares o el de Viceda. Sus casonas nobles, palacios barrocos y balcones atestados de flores, hablan del oro que trajeron los indianos y con el que demostraron su recién adquirido poder. A partir de 1850, la nobleza de Madrid puso de moda el veraneo en la comarca, así que la afluencia de títulos nobiliarios revalorizó sus mansiones y el interés por conservar la Villa, que de hecho se ha mantenido intacta en sus encantos.

Novales

A Novales se le conoce como el pueblo del limón, ya que al parecer su microclima especial ofrece hasta cuatro cosechas al año. Aunque también es muy generosa en naranjas, pomelos, mandarinas y laureles. Esta desconocida villa de casas montañesas, está situada en un valle rodeado de montes y es la proveedora de cítricos de toda la cornisa cantábrica. La producción de limones viene de antaño, ya que en los barcos que zarpaban de Laredo hacia América, cargaban sus bodegas limones de Novales para combatir el escorbuto, por lo que sus propiedades terapéuticas eran muy valoradas. En Novales, además de sus huertas, no hay que perderse la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción del siglo XVI y darse un paseo por la capilla de San Bartolomé, así como por la ermita de San Millán. El pueblo de Novales está cruzado por un red de canales que hacen sumamente agradable el paseo hasta el Palacio de la Isla, construido en XVII por el obispo de Cádiz, y su capilla del siglo XVIII, y visitar la Casa solariega de Díaz Palencia.

Cóbreces

Cóbreces tiene un excelente patrimonio sacro gracias a su agitada historia. En la Edad Media perteneció al señorío de los Nueve Valles de Asturias de Santillana, que se había originado como una tenencia. Luego se convirtió en un pequeño señorío litigado por varios linajes, que originó el Pleito de los Nueve Valles, hasta que en 1581 los campesinos lograron la emancipación del dominio feudal y fue nombrada Villa de Realengo. A la entrada de Cóbreces se encuentra la abadía trapense de Santa maría de Viaceli, de finales del siglo XIX, donación de los hermanos Quirós que se hicieron ricos comerciando en el sur de la península. Los monjes de la Trapa, que llegaron desde Francia, se dedican a la elaboración del queso trapa que venden al público. Muy cerca está la iglesia de San Pedro de Advincula, neogótica afrancesada, donada por los Villegas y a la que añadieron dos colegios. Sobre una loma que domina Cóbreces está la Iglesia de San Felices que conserva la espadaña románica y su puerta medieval. Y muy interesante es el Palacio de Villegas, una antigua casa torre convertida en el XVII en casona montañesa.

Comillas | Irene Gonzalez

Comillas

La historia de Comillas está ligada al indiano Antonio López que tras su vuelta de Cuba, quien dedicó sus esfuerzos altruistas a su pueblo. Alfonso XII le dio el título de marqués de Comillas como agradecimiento de su apoyo a la realeza. Así, Comillas se convirtió en una villa señorial de elegantes casonas barrocas bañadas por su magnífica playa, donde uno de los más ilustres veraneantes era Alfonso XII. Soberbia es la Universidad Pontificia con una fantasía de estilos que sorprenden en cada rincón. Frente a ella, en otra colina, se eleva el palacio de Sobrellano, la residencia oficial del marqués, una mansión señorial desbordante de lujo, tamaño y estilos, construida para la mayor fortuna de España de aquellos tiempos. Junto al palacio está la iglesia, edificada como panteón familiar, donde está enterrado el indiano y su familia. Muy cerca está el magnífico Capricho, encargado por un pariente de López a Gaudí como casa de veraneo, con el "capricho" de que fuera diferente a todas las demás. Interesantes son la Casa Ocejo donde se alojó Alfonso XII, y donde se celebró un Consejo de Ministros, la Casa Duque, y la Coteruca. Precioso es el Ayuntamiento y la plaza donde se alza.

Oyambre

Oyambre es un lugar para disfrutar de la naturaleza, con una espectacular playa de fina arena, dunas y marismas que forman parte del Parque Natural de Oyambre. Con la excepción que supone la zona acantilada, en Oyambre predomina un tipo de costa baja de acumulación arenosa, de ría y de marisma. Parque Natural desde 1998, cuenta con dos estuarios: el de la Ría de San Vicente de la Barquera, formado por dos cuerpos que se corresponden con las marismas de Pombo  y Rubín, y el de la Ría de la Rabia. Es una zona de convergencia e intercambio de aguas dulces y saladas, que sustenta diversas comunidades biológicas. En su interior predominan los sedimentos fangosos, interrumpidos por canales que quedan visibles en las bajamares, y en su desembocadura presenta extensos arenales. Aquí conviven diferentes parajes que van desde la zona acantilada donde sobrevuela el Halcón Peregrino, pasando por las zonas de marismas, dunas o playas abiertas de arena blanca. Ineludible es subir al Mirador Tina Menor.

San Vicente de la Barquera. | Irene González

San Vicente de la Barquera

San Vicente de la Barquera es la villa marinera por excelencia gracias a su ubicación, sus tradiciones, costumbres y fiestas populares. Enclavada sobre un risco, la antigua urbe medieval guarda el bello y austero halo que tuvo hace siglos. Su puebla vieja es un conjunto plagado de interesante arquitectura que le ha valido ser Bien de Interés Cultural de Cantabria. Dentro de ella está el Hospital de la Concepción del XIV, que asistía a los peregrinos que utilizaban la primitiva ruta, y el muy atractivo Castillo del Rey, cuya privilegiada ubicación lo hizo inexpugnable a las incursiones de vikingos y normandos. Magnífica panorámica la del Convento de San Luis, del que los restos de su claustro y su bóveda señalan la importancia que tuvo. Y colosal es la Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles de estilo gótico montañés. Hay que subir hasta el Palacio de la Familia Corro, hoy sede del Ayuntamiento y, como no, disfrutar del Puente de la Maza, que en el siglo XV se construyó en piedra sobre el antiguo de madera. La zona marinera tiene un sabor especial entre barquitas, el mar, el Santuario de la Virgen de la Barquera y, como marco, las cumbres de los imponentes Picos de Europa.