La ruta a caballo que te robará el corazón: se hace por una de las sierras más icónicas de Andalucía
A lomos de un caballo, pocas formas mejores de recorrer la Sierra Norte de Sevilla. Situada en plena Sierra Morena, esta región es uno de los rincones más desconocidos y genuinos de Andalucía. Aquí, donde un día estuvieron los romanos y los almohades, sobreviven aún ese mundo de toros, dehesas y cortijos en el que un día se escondió Curro Jiménez y que muchos viajeros sueñan con descubrir cuando vienen a España.

Lleva un tiempo adaptarse, acostumbrarse a ese bamboleo suave, casi sedante, al asentimiento involuntario del cuerpo al compás de las herraduras, también al cuero duro que, si es la primera vez, despelleja las manos, a las perneras húmedas de jara y rocío… Cuesta normalizar las sacudidas, los sobresaltos y los relinchos. Y, sin embargo, tras un par de horas con las pantorrillas pegadas al animal y la espalda dolorida, llega el bienestar y, tras un trotecillo ligero, el regocijo. Definitivamente, el mundo se ve distinto a lomos de un caballo.
Descendemos por una trocha escarpada. Parece que el bosque Mediterráneo este invierno se ha tomado muy en serio su papel de bosque y la vegetación es exuberante. Las encinas y alcornoques se retuercen en una enredadera de taramas que obliga a pegar la cara a las crines de los caballos para pasar bajo ellas. En el suelo, las últimas castañas de la temporada se desprenden de un reguero de erizos y entre los matorrales se filtran los rayos de un sol tibio. De repente, el grupo se para y George señala el cerro que tenemos enfrente: “¡Mirad, justo allí! ¡Un venado!”.

George Scott es un hombre a caballo entre dos mundos en los que siempre ha permanecido vivo precisamente ese nexo: el caballo. Su padre escocés y su madre española, pero de ascendencia británica, decidieron mudarse hace 40 años a Cazalla de la Sierra, uno de los pueblos de la comarca. Allí rehabilitaron un cortijo semiderruido con cuadras y almazaras abandonadas y lo convirtieron en Trasierra, un hotel rodeado de hectáreas de olivos y alcornoques en el que creció George. Con experiencia en hostelería y jugador de polo en su juventud, la equitación siempre ha estado presente en su vida. Hace cuatro años que decidió iniciar rutas ecuestres recorriendo los cordeles de la zona; vías rurales que permanecían abiertas y que él conocía desde niño. Poco a poco ha ido convenciendo a los propietarios de las fincas para que abran algunas nuevas.

Así, a medida que George expande la telaraña de caminos, cada tour se convierte en una exploración y cada parada, en un descubrimiento. Pocos recorridos y escenas se repiten. Ahora, por ejemplo: avanzamos por el cordel de Garganta Fría (los nombres, desde luego, son sugerentes), estamos en plena dehesa, una sabana mediterránea espolvoreada de alcornoques y quejigos y a la que las recientes lluvias le han arrancado un riachuelo. Junto a él pastan varias vacas bravas, que nos miran entre bobaliconas y amenazantes. Emprendemos un galope corto campo a través y varios potros nos acompañan un trecho desde el otro lado del cercado. El sol está alto e ilumina un oleaje sin fin de cerros y olivares. Sobre nosotros, una rapaz da vueltas en el cielo. Llevamos tres horas de cabalgata sin haber encontrado a otro ser humano.
Sierra Norte, escondite de bandoleros
Situado a apenas una hora en coche de Sevilla, el Parque Natural de Sierra Morena lo forman cerca de 200.000 hectáreas en las que viven sesenta mil personas repartidas entre una decena de pueblecitos blancos. Encajonada entre la Sierra de Huelva, Badajoz y los grandes pantanos del Este de Córdoba, esta comarca es una de las zonas más deshabitadas de Andalucía, también una de las más desconocidas. Aquí los valles son verdes y el clima, frío, y lejos de los campos industriales del interior de Sevilla, el paisaje revela dehesas abruptas interrumpidas a menudo por picos que llegan a superar los mil metros de altura.

La gente de la zona vive de las tareas agrícolas y la rueda del campo marca el paso de la vida. De la tala de castaños a la recogida de aceitunas y de ahí a la del corcho, esos son los sustentos de un lugar al que los ancianos se aferran y del que los jóvenes se van. Casi todos los pueblos están custodiados por un castillo, ya que Sierra Morena siempre ha sido un territorio de conquista y asentamiento. Desde los yacimientos neolíticos a las colonias romanas o a las alcazabas creadas por los almohades y los reconquistadores, las murallas de cada pueblo son testigos de ese ir y venir en el que siempre hubo hombres a caballo. Sin embargo, habría que esperar unos siglos más hasta la aparición del que probablemente sea el jinete más emblemático de la zona.
La sierra de Cazalla fue la guarida de Andrés López, el barquero de Cantillana, cuya vida inspiró la serie de televisión Curro Jiménez. No fue el único. Los bandoleros, uno de los fenómenos más románticos del turbulento siglo XIX español, se refugiaban frecuentemente en las cuevas y riscos de esta sierra. Desde aquí dirigían sus asaltos contra las ermitas o las diligencias de paso y se ocultaban de la Guardia Civil. Curro “residió” en las inmediaciones de Cazalla de la Sierra durante la mayor parte de su vida delictiva. Al sur de la Sierra Norte, cerca de la localidad de Villanueva del Río y Minas, sería al fin apresado y abatido cuando acababa de cumplir los 30 años.

Cazalla de la Sierra, un refugio blanco de reyes
Sin arcabuces ni gruesas patillas y con las alforjas llenas de botellas de agua y cámaras fotográficas en lugar de un suculento botín, las herraduras de la cabalgata resuenan en las calles blancas de Cazalla. Nadie parece extrañarse, es frecuente ver jinetes en los pueblos de la zona. Cazalla debe su nombre a Castallam o “ciudad fuerte”, así la llamaron romanos y árabes, siglos después se convertiría en un lugar de reposo para la realeza. Desde Pedro I el Cruel a Carlos III pasaron aquí parte de sus días para calmar sus nervios. No sorprende, aún hoy es un pueblo monumental y dotado de un encanto evidente, en sus estrechas callejuelas de suelo empedrado se suceden hileras de fachadas con balcones suntuosos que desembocan en la Plaza Mayor. Ahí espera la Iglesia de la Consolación, un inmenso templo mudéjar que guarda el Retablo Mayor, una joya tallada con fina orfebrería barroca.
La colección de edificios que merecen una visita no acaba aquí, los trancos de los caballos recorren el Ayuntamiento, el claustro del antiguo Convento de San Francisco; la iglesia de San Benito, también de estilo mudéjar y que hoy forma parte del hotel Palacio de San Benito y el Convento de San Agustín; después se llega a la Cartuja de Cazalla, situada a unos cinco kilómetros del pueblo, un espléndido monasterio que los cartujos fundaron en el siglo XV y a los que solo la desamortización de Mendizábal consiguió expulsar mucho tiempo después. De la calma que ellos cultivaron disfrutan hoy los huéspedes que deciden pernoctar en el sitio.

Pero antes de salir del centro, hay tiempo de avituallarse, en Cazalla y el resto de la comarca son frecuentes las bodegas de vinos y aguardiente de guindas, entre las que destacan las de Miura, sus tinajas guardan el secreto para regar como se merecen las chacinas ibéricas y las carnes de caza, principales especialidades culinarias de la zona.
Tras dejar Cazalla, la ruta prosigue a veces por vías pecuarias y cordeles; otras, se entra en una finca y se galopa campo a traviesa, en algún momento paramos para comer y la seducción del enclave y del atrezzo deja sentir su efecto.
De Alanís a San Nicolás
Bajo una encina se dispone una mesa repleta de exquisiteces de la sierra, los camareros escancian el vino y el aguardiente, una paletilla de jamón espera y enfrente vigilan la escena las ruinas de una casa de pastores y un cerro con un centenar de alcornoques. Parte del disfrute de la ruta es este: soltar la rienda a los planes, parar donde haya un lugar digno de ser contemplado y emprender el galope siempre con una idea de aventura y cierta improvisación elegante.

A veces se duerme en un cortijo y en otras ocasiones, las tiendas rajastaníes que trae el equipo de George se plantan en la plaza de toros de un pueblo o, como hoy, en la Plaza de Armas del Castillo de Alanís, otro de los pueblos de la zona. Alanís, llamada Al-Haniz (fértil tierra próspera) por los almohades que construyeron su castillo, es otro pueblo blanco encalado con encanto, merece la pena una visita a la iglesia de Nuestra Señora de las Nieves, decorada con azulejería mudéjar, y descubrir las espléndidas fachadas renacentistas de sus calles.
A unos kilómetros se encuentra San Nicolás y el nacimiento del Rivera del Huéznar, aquí brota de un manantial caudaloso la principal corriente de agua que atraviesa Sierra Morena. El paisaje cambia, los quercus desaparecen, sustituidos por fresnos y chopos que tejen un “bosque galería” umbrío y misterioso. Las cascadas se suceden, los caballos chapotean en el arroyo y, con suerte, a veces se descubre una nutria o un martín pescador. A apenas unos kilómetros se encuentra la pequeña localidad de San Nicolás del Puerto, que no llega a los mil habitantes y que ha aprovechado para desviar el caudal de la rivera bajo su puente medieval y construir una playa urbana que ofrece una magnífica oportunidad para el baño. Pero los enclaves fascinantes no se agotan, a apenas tres kilómetros se encuentra el antiguo yacimiento minero Cerro del Hierro, las sucesivas explotaciones desde la época de los romanos han pulido y moldeado sus rocas hasta dejar una amalgama de formas y colores, las agujas y corredores se encaraman unos sobre otros para formar un espectacular paisaje kárstico.

Constantina, un barrio árabe, pasteles y un nazi
A veces la ruta se alarga y los caballos llegan hasta la masa de agua del Pantano del Pintado, otras, hasta las inmediaciones de Constantina, el principal pueblo del parque natural y la capital de la comarca. Hundida entre lomas de olivos, Constantina brilla como una joya al abrir su caja: un enjambre de casitas blancas trepan hacia el castillo que corona el pueblo, se trata del barrio de la morería. En él aún es posible contemplar escenas de la Andalucía rural: vecinas charlando en las puertas de las casas, geranios que se estiran en busca del sol y niños tras un balón en las callejuelas. La torre de la Iglesia Parroquial de Santa María de la Encarnación, de cincuenta metros de altura, constituye la brújula de Constantina recordando como una réplica menguada al minarete de la Giralda, también es su diapasón, ya que su reloj de 1890 es el encargado de pregonar desde hace más de un siglo los tiempos del pueblo.

Constantina es el lugar más poblado de la comarca, amplias calles comerciales, abundancia de casas rurales y restaurantes. En el edificio de La Carlina se sitúa hoy el convento y la hospedería de las monjas jerónimas, que exportan sus dulces artesanales a todos los rincones del mundo. Una experiencia para salivar, solo por probar algunos de ellos ya merece la pena acercarse. El convento aún guarda algunos vestigios de lo que un día fue. En su torre blanca de estilo renacentista se refugió durante años Léon Degrelle, fundador y líder del Partido Rexista, aliado con el régimen nazi durante la ocupación alemana de Bélgica. Pocos conocieron su verdadera identidad en un pueblo que constituyó su refugio al acabar la Segunda Guerra Mundial para escapar de los juicios de Núremberg.
Pero poco preocupados por los desastres que provocamos los humanos avanzan a buen paso Taviro, Simpático, Bandera, Nubarrón o Tabaco, rumiando los cerca de 20 kilómetros que devoran cada jornada del tour. George cuenta que el mayor reto de su trabajo es evaluar cómo emparejar cada caballo con su nuevo jinete. “Cada caballo, como nosotros, tiene su psicología, los hay más tranquilos, más impetuosos o más nobles. Yo observo a cada cliente al llegar y trato de decidir qué pareja puede funcionar”, dice George justo cuando observamos a lo lejos el cortijo de la Taramona, final del trayecto por hoy.
Si nos fijamos en las sonrisas y los trancos alegres, parece que hoy entre animales todo ha funcionado a la perfección. Es momento de desensillar y lavar los caballos y de disfrutar de una cena a la luz de las velas. Se descorchan botellas, hay perros y pavos reales junto a las mesas, George se anima con la guitarra y los acordes se elevan en la noche, oscura y sin obstáculos. Llevan el sonido de la Andalucía que aún no se ha ido y que sigue cabalgando.
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