Una ruta aventurera por el occidente de Cantabria: recorriendo el Camino Lebaniego

El Año Jubilar 2025 es una excusa perfecta para hacer el Camino Lebaniego, el ancestral recorrido entre San Vicente de la Barquera y el monasterio de Santo Toribio de Liébana. Una ruta que, además, cumple 10 años como Patrimonio de la Humanidad.

Un precioso paseo por el Camino Lebaniego, en Cantabria.
Un precioso paseo por el Camino Lebaniego, en Cantabria. / ALFREDO MERINO/MARGA ESTEBARANZ

No hay que saber demasiado de las montañas españolas para identificar a la rotunda cumbre que asoma en un horizonte aún vestido con amplios manchones de nieve. La inconfundible silueta del Naranjo de Bulnes marca el rumbo de la primera parte de esta singular travesía, que lleva desde la orilla del Cantábrico a las cumbres de los Picos de Europa.

Desde La Acebosa, aldea enclavada en las alturas que se elevan sobre San Vicente de la Barquera, se extiende un bucólico escenario de prados salpicados de bosques que cubren los valles y colinas que se prolongan hasta el quebrado horizonte de aquellas montañas hacia las que dirigimos los pasos.

San Vicente de la Barquera y su ría con la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles y el casco antiguo.

San Vicente de la Barquera y su ría con la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles y el casco antiguo.

/ ALFREDO MERINO/MARGA ESTEBARANZ

Tras la ascensión desde la ría de la villa marinera, el panorama se ensancha, al tiempo que el final de la cuesta da respiro al peregrino. Son los primeros pasos del Camino Lebaniego, ancestral ruta religiosa devenida en exquisito recorrido del turismo activo y de naturaleza, especialmente este año que, en el marco del Jubileo de Roma, el monasterio de Santo Toribio de Liébana ha sido elegido sede del Jubileo Universal Turismo 2025.

Hermano menor del Camino de Santiago, su origen es idéntico: el peregrinaje a un epicentro de la cristiandad, en este caso, hasta el escondido monasterio de Santo Toribio de Liébana, para venerar el Lignum crucis, el mayor trozo de la cruz donde murió Jesucristo, que aquí se custodia y que es el origen de la peregrinación lebaniega.

Ermita de San Miguel y los Picos de Europa.

Ermita de San Miguel y los Picos de Europa.

/ ALFREDO MERINO

La tradición asegura que el obispo astorgano trajo el santo leño en una peregrinación que hizo a Jerusalén en el 440. Con la llegada de los musulmanes, en el siglo VIII, los cristianos decidieron poner a salvo de la invasión las reliquias del santo y del madero, trasladándolas hasta la entonces absolutamente remota comarca de la Liébana, al ser “sitio seguro por la aspereza de sus montañas”.

Se eligió el monasterio situado en la Liébana, cuya fundación la tradición remonta a los tiempos de Alfonso I de Asturias. Tal vez robado, el cuerpo de Santo Toribio no ha sido encontrado. Sí se conserva el trozo de la Santa Cruz, que la tradición asegura es el mayor que ha llegado a nuestros días, por delante del que se guarda en San Pedro del Vaticano. También llamado Vera Cruz, está dispuesta en un relicario de plata dorada en forma de cruz. Los expertos señalan que formó parte del brazo izquierdo y es visible el agujero del clavo que atravesó la mano de Jesucristo.

Allende y el pico del Cueto Agero. Desfiladero del Deba.

Allende y el pico del Cueto Agero. Desfiladero del Deba.

/ ALFREDO MERINO/MARGA ESTEBARANZ

La venerada talla de Santo Toribio

En el interior del cenobio se conserva igualmente la talla de Santo Toribio. Durante siglos, antes que por el madero santo, los peregrinos venían al monasterio por el aura del obispo astorgano, personificada en la exquisita imagen de madera policromada. Estatua yacente documentada en el siglo XIV, conserva los colores originales, aunque se observa falta de volumen en algunos pliegues de la vestidura talar. La razón es la costumbre de los peregrinos de coger pequeñas astillas como reliquias.

A pesar de los siglos transcurridos desde la llegada del Lignum crucis, la Liébana no ha perdido su secular aislamiento en los confines occidentales de Cantabria, a los pies de los últimos pliegues de Picos de Europa. El camino peregrino que la alcanza lo demuestra. Cansino en algunos tramos y esforzado en otros, la ruta lebaniega tiene los ingredientes que no deben faltar en una peregrinación.

Monasterio de Santo Toribio de Liébana, Cantabria.

Monasterio de Santo Toribio de Liébana, Cantabria.

/ ALFREDO MERINO

Comienza la ruta en San Vicente de la Barquera. Su primera referencia da la bienvenida a los caminantes en la punta del puente de la Maza. La silueta metálica de un peregrino que luce concha de Santiago y cruz lebaniega señala que el inicio del Camino Lebaniego coincide con el de Santiago del Norte, que recorre la cornisa cantábrica.

Al otro lado del puente tendido sobre la ría de San Vicente se alcanza la localidad. En su centro se alza la Puebla Vieja, la parte medieval construida sobre el peñón que defiende la villa. La rematan el castillo, la iglesia de Santa María de los Ángeles y la casa del inquisidor Corro, sede del Ayuntamiento.

Feria de Potes, Liébana, Cantabria

Feria de Potes, Liébana, Cantabria

/ ALFREDO MERINO/MARGA ESTEBARANZ

En la trasera del templo fortificado, una flecha metálica en el suelo señala el kilómetro cero del Camino Lebaniego. A los pies del mirador de su punta discurre la ría barquereña. Más allá, la vista del occidente cántabro impulsa a emprender la ruta. Sobrepasada La Acebosa, la carretera por la que discurre el camino pasa sobre la autovía del Cantábrico. Más adelante cruza Hortigal y Estrada, localidad que luce un conjunto defensivo coronado por una torre gótica.

Al contrario que el Camino de Santiago, que de principio a fin discurre separado del tránsito rodado, el lebaniego lo hace en parte de su recorrido por carreteras que, excepto en contados tramos, carecen de arcén. Por fortuna, son vías de escaso tráfico. A partir de la localidad de Hortigal, el camino presenta dos variantes. La primera es la original, que continúa por la carretera; la segunda fue señalizada en 2006 por el Gobierno de Cantabria y se prolonga hasta el pueblo de Cades. Por los parajes que atraviesa resulta más recomendable la original.

Valle de Liébana desde la ermita de San Miguel, en el Monasterio de Santo Toribio.

Valle de Liébana desde la ermita de San Miguel, en el Monasterio de Santo Toribio.

/ ALFREDO MERINO

En una encrucijada, sobrepasada Serdio, las flechas rojas y amarillas que nos han acompañado hasta aquí se separan. Las primeras señalan que el lebaniego toma el estrecho camino de la izquierda, las segundas marcan el Camino del Norte a la otra mano.

Entre prados y cultivos el camino desciende hasta Muñorrodero, en el fondo de la depresión abierta por el Nansa. La localidad es uno de los puntos de recalaje más importantes de esta parte de la ruta. En esta localidad se empalma con la Senda Fluvial del Nansa.

Inicio del Camino Lebaniego en San Vicente de la Barquera.

Inicio del Camino Lebaniego en San Vicente de la Barquera.

/ ALFREDO MERINO/MARGA ESTEBARANZ

Este sendero de pescadores es uno de los tramos más hermosos del Camino Lebaniego. Con 13 kilómetros de longitud, tiene dos partes. La primera alcanza la sugerente cascada del río Nansa, desde donde se sigue hasta Cades. Un agradable albergue instalado en las antiguas escuelas públicas recibe a los peregrinos. En la localidad también hay bar y en su desperdigado conjunto destaca la ferrería del siglo XVIII, que acoge un centro de interpretación del oficio. Un breve tramo de arcén habilitado para caminantes da paso a la cansina tirada por carretera que lleva a Lafuente. Es la parte más remota del camino. Más de 10 kilómetros por el valle del Lamasón, que llevan al caserío de Sobrelapeña, cuyo nombre señala la posición en lo alto de un cerro de su iglesia consagrada a Santa María.

Ruta de las Agüeras

El vallejo del arroyo de Lafuente lleva a este pueblo, que conserva una bonita ermita románica junto la carretera. Aquí mismo empieza la larga y exigente subida que lleva a las tres casas del barrio de Burió, desde donde una empinadísima pista hormigonada lleva al collado de la Hoz.

Sigue un descenso hasta Cicera, localidad que cuenta con un apañado albergue y un bar de singulares horarios. Es uno de los puntos habituales para finalizar etapa y aprovisionarse. Desde Cicera el camino se emboca en la enfoscada riega de Cicera. Señalizado como Ruta de las Agüeras, discurre por el interior de espesos bosques y salva un importante desnivel, que alcanza la braña de Berés, colgada sobre el desfiladero de la Hermida.

Soportales de Potes, Liébana.

Soportales de Potes, Liébana.

/ ALFREDO MERINO/MARGA ESTEBARANZ

Un largo descenso pistero concluye en Lebeña, donde se sitúa la iglesia de Santa María. Joya prerrománica, en su interior se venera la Virgen de la Buena Leche. Robada en 1993, la policía la localizó tres años después en Alicante. A los pies de la talla se conserva una losa grabada con símbolos astrales y geométricos, indicio, según los expertos, de que la iglesia se erigió en el lugar donde se situaba un santuario precristiano.

Para alcanzar Cabañes queda una postrera subida, ya bajo las afiladas cumbres de los Picos de Europa. Lo más recomendable para llegar a su albergue es remontar el barranco del río Rubejo desde Allende.

La última etapa es la más confortable del camino. Desde Cabañes y tras cruzar el mágico castañar de El Habario, se desciende a Pendes. Algo después, en Tama, se localiza el Centro de Interpretación del Parque Nacional de los Picos de Europa.

Senda fluvial del Nansa, Cantabria.

Senda fluvial del Nansa, Cantabria.

/ ALFREDO MERINO/MARGA ESTEBARANZ

Por un camino que cruza los prados lejos de la carretera se alcanza la monumental Potes, que recibe a los peregrinos con su bullicio característico. La capital de la comarca de la Liébana está igualmente considerada capital de Picos de Europa. Enclavada en la unión de los ríos Deva y Quiviesa, su nombre alude a los puentes tendidos para cruzarlos.

Tres son los que le han dado el sobrenombre de Villa de los Puentes: el de la Cárcel, el nuevo y el de San Cayetano, referencia gráfica inexcusable este último de la localidad. Sobre ellos y a su alrededor, un tejido urbano desbordante de tipismo y monumentalidad.

Puente de San Cayetano, Liébana.

Puente de San Cayetano, Liébana.

/ ALFREDO MERINO/MARGA ESTEBARANZ

La Torre del Infantado y las casonas de los Orejones de Lama, Osorio y Calseco son vestigios del turbulento medievo. Pasado todo aquello, las dos primeras se han convertido en espacios expositivos. La de los Orejón de Lama acoge en su interior el inquietante Museo de la Brujería. El casco antiguo conserva interesantes ejemplos de arquitectura tradicional de la comarca, en especial, la parte alta del pueblo.

Los soportales son la imagen recurrente de la localidad potentina. Establecimientos históricos, como ferreterías, tiendas de alimentación y almacenes de ropa, son vecinos de otros locales que ofrecen un amplio muestrario de los más modernos artículos para la práctica del montañismo, la escalada y la bicicleta de montaña.

Cartel indicador con la cruz lebaniega y la concha compostelana en el primer tramo, que coincide con el Camino de Santiago del Norte.

Cartel indicador con la cruz lebaniega y la concha compostelana en el primer tramo, que coincide con el Camino de Santiago del Norte.

/ ALFREDO MERINO/MARGA ESTEBARANZ

Otros, en fin, ofrecen la amplia e irresistible panoplia de los productos gastronómicos locales. Al frente de todos, la enorme variedad de los quesucos madurados en las majadas y cuevas de Picos de Europa. La gastronomía, sin duda, uno de los atractivos de la zona. Degustar unos culines de sidra inevitable bien escanciada, y sentarse a degustar exquisiteces tan rotundas como el cocido lebaniego, es igual de obligado.

Pero antes de todo ello, resta concluir nuestro camino. Es corta la tirada postrera, pero no por ello pierde la exigencia característica de la ruta peregrina. Desde la capital de la Liébana solo quedan tres kilómetros hasta el monasterio de Santo Toribio, pero tienen su miga.

Por el paseo que transita la carretera de Fuente Dé, se alcanza el desvío al cenobio. Es fuerte la cuesta, por lo que no está de más evitar su recorrido en las horas centrales del día. Ya en la explanada junto al templo, el cruce de la Puerta del Perdón marca el final del Camino Lebaniego. También el momento en que la paz se instala en el cuerpo y el espíritu.

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