Ruta a Mandalay

En barco por el corazón de la antigua Birmania "Road to Mandalay" denominaron los británicos al río que atraviesa el país más fascinante del sureste asiático. "Road to Mandalay" es el nombre del crucero con el que lo hemos recorrido.

Mariano López
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Foto: Tino Soriano

Un misterio, un fascinante misterio. Myanmar es el último país del sureste asiático que aún permanece oculto para los ojos de los occidentales. Décadas de aislamiento, generadas por una férrea dictadura, crearon las barreras, tejieron el velo. Ahora, el país ha abierto sus puertas. Las reformas democráticas que han conducido a la liberación de la Premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi, han conseguido despertar una oleada de interés internacional por el país y por el proceso. El crecimiento del turismo en Myanmar, espectacular, refleja ese interés. En dos años, 2012 y 2013, se ha pasado de ochocientos mil turistas a dos millones, y este año el número de visitantes en los ocho primeros meses ha crecido por encima del 46 por ciento, según datos del diario Myanmar Times. Los visados turísticos, imposibles en los años 60, restringidos a 24 horas en los 70 y a una semana en los 80, permiten ahora estancias de 28 días, un tiempo aún limitado para profundizar en las maravillas de un territorio bello, extenso y diverso, poblado por siete grandes grupos étnicos, entre los que destacan los birmanos, cruzado por varios ríos y dominado por paisajes físicos y humanos que no han cambiado desde los tiempos de Marco Polo. Cuanto significaba, para los occidentales, el lejano oriente está aquí, en este país: campos de arroz donde sobrevuelan las garzas, palafitos de bambú y techos de paja, caminos surcados por carretas tiradas por un par de bueyes, pagodas doradas, monjes de túnica granate, hombres que visten falda y mujeres que pintan su cara con thanaka. Es el momento de viajar a Myanmar, el país de la gente más amable del mundo. En este reportaje recorremos su corazón a bordo de un crucero de lujo: Road to Mandalay, de Belmond.

Mandalay. Su nombre tiene un sonido que espolea la imaginación. Rudyard Kipling y su precioso poema Mandalay son, en parte, responsables de la magia de esa palabra. George Orwell leyó los versos de Kipling -"Come go back to Mandalay, where the old flotilla lay (...), on the road to Mandalay, where the flyin'' fishes play (...)"- y viajó con los soldados hasta la orilla del río llamado entonces Irawaddy. "Esto sí que era Oriente -escribió-: aromas de aceite de coco y sándalo, canela y cúrcuma flotaban sobre el agua en aquel aire cálido y húmedo". Mandalay. Nunca hubo motivos para la existencia de esta ciudad. Nunca tuvo trascendencia estratégica ni comercial. Pero en algún momento los astrólogos consideraron que este lugar era el centro del universo y así nació, treinta años antes de que escribiera su poema Kipling, la ciudad de Mandalay, donde se levantó la corte del último rey birmano. Somerset Maughan pasó por la ciudad en la década de 1920 y sostuvo que los hombres sabios deberían mantenerse alejados de esta ciudad porque jamás estarían a la altura de las expectativas creadas por sus musicales sílabas. La Junta birmana, el generalato de la dictadura, las respetó. En 1989, el gobierno militar rebautizó calles, pueblos, ciudades y lugares de todo el país, "para deshacerse -escribe Emma Larkin-de las viejas etiquetas coloniales". Birmania pasó a ser la Unión de Myanmar, Pagan se convirtió en Bagan, Rangún en Yangon, y el río Irawaddy en Ayeyarwady. Pero Mandalay conservó su nombre, y su nombre ha conservado la magia.

Embarcamos en Mandalay. Son días de monzón pero luce un sol radiante que prende las cúpulas doradas de las pagodas. El barco que nos espera junto al muelle se llama Road to Mandalay, la ruta, el camino a Mandalay. Durante el período colonial, el río llamado entonces Irawaddy era la única vía comercial para atravesar el país desde las faldas del Himalaya hasta el Mar de Andamán. Los británicos llamaron al río Road to Mandalay, como recoge Kipling, y el barco ha heredado este nombre en homenaje al poema y al viejo valor del río como ruta única por el corazón de Birmania. Decorado, en sus galerías interiores, con ilustraciones y grabados de principios del siglo XIX, mapas antiguos y alzados de pagodas, el barco luce, en su cubierta principal, una ilustración que reproduce el airoso poema de Kipling: "on the road to Mandalay, where the flyin''-fishes play"...

El barco es un soberbio navío de más de cien metros de eslora, treinta de manga y cuatro cubiertas, la última de ellas despejada y rematada por dos toldos de protección que guardan del sol los espacios que sirven de mirador y dejan libre el área de la piscina. Fue construido en Colonia, Alemania, en 1964, y se inició como crucero fluvial en el Rhin. Después de ser adquirido por la compañía Orient Express, ahora denominada Belmond, fue trasladado en contenedores del Rhin al Ayeyarwady, y tras unas semanas de navegación por cuenta ajena, olvidó los castillos de Luis II y descubrió las pagodas del rey Thibaw. Cuenta con restaurante, dos bares, salón de té, piano, boutique, centro médico y biblioteca. Aloja 43 cabinas, con capacidad para un máximo de 82 pasajeros. Responde a una idea clásica de los viajes, como en la época del Grand Tour. Lleva en paralelo un barco de apoyo, más ligero, para facilitar el desembarco en los pequeños puertos fluviales. Cada vez que se desembarca saltan a tierra, en primera línea, el director de expediciones, el encargado del restaurante, el chef, el pianista, el profesor de yoga, un guía principal, los guías que acompañan a los grupos en que se dividen los pasajeros, el equipo que prepara en tierra en cada escala un pequeño pic nic, y entre seis y diez personas más como personal de apoyo.Es difícil, si no imposible, viajar con más atenciones. A bordo, las cabinas son amplias, la comida excelente y la tripulación, de una amabilidad exquisita. El lugar idóneo para dar varias veces la vuelta al mundo.

El neozelandés Steve Locke es el responsable de todo cuanto ocurre a bordo del Road to Mandalay. Trabajó durante 16 años en el tren Orient Express, como director de viaje, y entiende que, al igual que el tren, el crucero ofrece ante todo un viaje en el tiempo: "Es un crucero romántico, clásico, de una época en la que lo importante eran los detalles y la calidad. Cuando no importaba desplazar una nevera por la selva con tal de que el gin tonic estuviera en su punto".

Delfines y mercados

El barco zarpa y deja atrás a otro barco de la misma compañía, el Orcaella, bautizado con el nombre latino de la especie de delfines que habita, con riesgo de extinción, los fondos del Ayeyarwady. Se estima que quedan entre 60 y 70 ejemplares de orcaella brevirostris, un cetáceo lento de nariz roma, parecido a la beluga, que come crustáceos y camarones lejos del mar. Le pregunto a Steve si podremos verlo: "Será difícil, pero tendremos una oportunidad. En un par de días vamos a pasar por una zona donde han creado una reserva para el delfín". Anclamos frente a un pequeño pueblo, Kyan Hnyat, donde nos encontramos con el primer mercado. El río propicia los mercados, que han cambiado poco desde los tiempos de Orwell. Su descripción sigue siendo apropiada. "En el mercado había pomelos como lunas verdes colgados de cuerdas -escribe en Los días de Birmania-, bananas rojas, cestos de gambas del color del heliotropo y el tamaño de langostas, pescado seco y quebradizo atado como legajos, chiles carmesí, patos abiertos y curados como jamones, cocos verdes, larvas de escarabajo gigantes, trozos de cañas de azúcar, sandalias, ‘longyis'' de seda a cuadros, afrodisíacos con forma de pastilla de jabón". Cada calle del mercado, cada rincón, puede ofrecer una sorpresa, una fruta fresca y sugerente, una herramienta útil, productos extraños o maravillosos. Como los que encontró Orwell y describió, en una narración que continúa: "Tinajas de loza de un metro de alto, pasteles chinos hechos con ajo y azúcar, puros verdes y blancos, berenjenas moradas, collares de semillas, pollos piando en jaulas de mimbre, budas de latón, hojas de betel en forma de corazón, botellas de sales, postizos de pelo falso, cazuelas de arcilla roja, herraduras para bueyes, marionetas de papel maché y tiras de piel de caimán con propiedades mágicas".

En el mercado, no hay problemas con las fotografías. En cada puesto, los vendedores devuelven, amplificada, nuestra sonrisa. Birmania es el país de la amabilidad. Sir James G. Scott, un funcionario británico que sirvió durante 35 años en la Birmania colonial, escribió una obra magna, titulada Vida y nociones de los birmanos, donde se afirma, sin que haya habido oposición, que los birmanos son los más calmados y contentos de los mortales. No necesitan el dinero, carecen de ambición. Los ingleses se reían de los hombres birmanos porque llevaban falda. Los birmanos rezaban para que los británicos tuvieran más suerte en la siguiente vida y les deseaban lo mejor: que nacieran en Birmania y fueran budistas.

La inmensa mayoría de la población birmana es budista. La vida cotidiana está marcada por las acciones de mérito: ladonación a los monjes, la oración en la pagoda, la participación en las festividades. Pero hay algo que diferencia el budismo de los birmanos del que se practica en otras regiones del sureste asiático. La diferencia se advierte en las imágenes de Buda, que representan al Iluminado sonriente. No hay, como en el Tíbet o Nepal, cuadros tenebrosos con guerreros guardianes, budas de mirada adusta ni monjes autoritarios. No. En Birmania los budas sonríen, como si reflejaran los goces del camino hacia la felicidad.

El barco avanza, la navegación continúa. Sentado en la cubierta superior podría pasar el día entero contemplando el río, las pequeñas casas de bambú y paja que se levantan en las riberas, los niños que saludan el paso del barco, las embarcaciones que arrastran, enlazadas, decenas de troncos de bambú, y las pagodas amarillas que salpican las colinas como puntos de luz. El escritor Norman Lewis visitó Birmania en los años 50 y se impresionó por la constante sucesión de las pagodas: "Por eso a este país se le conocía -escribe- como ‘Savarna Bhumi'' (la tierra dorada ) o ‘Sona Paranta'' (el país dorado), por la luz de sus pagodas".

Espíritus y supersticiones

Las pagodas son el centro de la vida espiritual birmana, a cada paso hay una. En ocasiones, las pagodas acogen altares para los nats, los espíritus de la naturaleza. También alojan los símbolos protectores del día de la semana en que uno ha nacido (el dragón, los domingos; el tigre, los lunes; el león, los martes...) y a veces un rincón para el astrólogo. En los tiempos de la Junta birmana, se podía decir que el birmano erael único gobierno del mundo oficialmente supersticioso. El general Ne Win introdujo los billetes de 5, 15, 45 y 90 kyats (la moneda local) porque los astrólogos le recomendaron billetes múltiplos de cinco. En 2005, el gobierno decidió cambiar de capital. Centenares de funcionarios recibieron de madrugada la orden de mover su casa de Yangon, la antigua Rangún, a Naypyidaw, la nueva capital, situada a más de 300 kilómetros de distancia. El Times dijo que los astrólogos temían catástrofes o invasiones extranjeras en Yangon, y ante ese pronóstico el gobierno decidió el traslado inmediato de la capital.

Llegamos a Katha, la ciudad donde vivió George Orwell; destacado a este extremo del mundo cuando apenas tenía 20 años, respondía a su verdadero nombre, Eric Blair, y pertenecía, con el rango de oficial, a la Policía Imperial británica. Katha es el lugar descrito en Los días de Birmania. Inicialmente la ciudad figuraba con ese nombre en el libro, pero Orwell tuvo que sustituirlo, obligado por la censura, por el de Kyauktada. Recorrimos las calles de Katha en un trishaw, una bicicleta con tres asientos, hasta llegar a la estación de ferrocarril. Un tren de vetusta armadura enlaza Katha con la vecina Naba, por una vía secundaria de bellos paisajes que tuvo su sentido cuando el tren servía para trasladar cargamentos de teca. La teca es una de las grandes riquezas de Birmania. O lo era, porque es posible que se hayan rebasado los límites de su explotación. Para alcanzar los árboles de teca en la espesura de los bosques birmanos a veces se requiere la ayuda de elefantes adiestrados. Se calcula que hay tres mil elefantes ocupados en las tareas agrícolas y unos mil elefantes, aún salvajes, escondidos en la jungla precisamente en esta región. Después de Katha, el barco cruza la segunda garganta del río, el segundo de los cinco estrechamientos que sufre en su cauce el Ayeyarwady. La niebla envuelve alguno de los picos que encajonan el río. Después de una docena de kilómetros, el río vuelve a expandirse. Se cruzan, de nuevo, las bandadas de garzas. Sigo leyendo a Orwell: "Fluía el Irawaddy inmenso y ocre, brillando como diamantes en los tramos que golpeaba el sol".

Bhamo está a solo 65 kilómetros de la frontera china. Es la capital comercial del norte. Siempre lo fue. En tiempos de Marco Polo, era un lugar clave en la ruta de las caravanas que viajaban desde China hasta Birmania en busca deltesoro verde, el jade. Los chinos aprecian el jade desde hace más de cuatro mil años. Bhamo, también, fue un mercado importante para los rubíes. Ludovico de Varthema, el primer europeo no musulmán que entró en La Meca, fue el primer occidental que descubrió, en el siglo XVI, las piedras preciosas de Birmania: rubíes, esmeraldas, topacios, lapislázuli, gemas hasta entonces desconocidas. En los mercados de Bhamo puedes encontrar rubíes y una infinidad de cosas seguramente más útiles, desde un panel solar chino hasta un paquete con todo lo que necesita el niño birmano para ingresar en el monasterio: la túnica, una pastilla de jabón, pasta y cepillo de dientes y una caja vacía. Habrá pocos mercados en el mundo comparables.

Cuando el barco abandona Bhamo, comienza su navegación a favor de la corriente. Se para, primero, en Sampenago, la antigua capital de los shan, para que los viajeros conozcan el centro Thein Pa Taung, elegido por los que son capaces de meditar cuando comen o caminan, budistas que suspenden sus gestos gracias a la meditación. De regreso al muelle de Katha, el tren de la teca lleva hasta la estación de Naba. Un centenar de personas aguarda la salida del tren. Destacanlos kachin, con sus prendas negras de las que cuelgan cordones de monedas, y las mujeres shan, vecinas de las mujeres de cuello de jirafa, las padaung. Nada más cruzar la tercera garganta, la siguiente es un puerto desde el que se alcanza una granja de elefantes. De regreso, cerca del puente, junto a la biblioteca, hay una conferencia sobre Aung San Suu Kyi. El conferenciante, Kenneth, narra la vida de la Premio Nobel de la Paz. Hace pocos años hubiera ido a la cárcel por esta charla. Ahora se extiende con la glosa de Aung San Suu Kyi, símbolo de la nueva etapa, imagen de un cambio absoluto.

El último tramo

El barco enfila el último tramo de la navegación, que llevará a Mandalay y a Bagan. Tendremos tiempo para explorar Mandalay, sus suntuosas estupas, las tres antiguas capitales que la rodean, la réplica del palacio del rey Thibaw y su puente de teca, el más largo del mundo. Luego, Bagan, laciudad del león, la llanura seca de las incontables estupas. Marco Polo la conoció y calculó que había 13.000 templos junto al río. Es un lugar increíble, un precioso tesoro de la Humanidad. Pero Bagan es otra historia, como diría Kipling. El barco navega ahora hacia Mandalay, donde todavía se oye la voz del autor de El hombre que pudo reinar. Emma Larkin, en Historias secretas de Birmania cuenta que Aung San Suu Kyi es una ávida lectora de Kipling, cuya obra admira. Aung San y su marido, el inglés Michael Aris, fallecido en 1999, dieron al hijo de ambos el nombre de Kim, el valiente héroe de una de las más famosas obras de Kipling. El barco navega lentamente, río abajo. Allá, a lo lejos, se ven brillar docenas de estupas amarillas. Pronto estaremos en el centro del mundo, la ciudad que tiene el nombre más bello de la Tierra. Pronto llegaremos a Mandalay.