Rozando el cielo en el Roque de los Muchachos

El punto más alto de la isla de La Palma es, además de un mirador con vistas increíbles, uno de los mejores lugares del mundo para observar las estrellas

Noelia Ferreiro
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Foto: Flavio Vallenari/istock

Ni marcha discotequera ni hoteles mastodónticos. Quienes arriben a la pequeña isla de La Palma, la más verde del archipiélago canario, sólo encontrarán silencio. Porque los paisajes intensos de esta tierra que defiende, y con razón, el eslogan de “la isla bonita” no merecen menos que eso: un silencio sobrecogedor ante esa orografía dominada por una espina dorsal volcánica que tiene en la Caldera de Taburiente su máximo reclamo, y en su pico más alto, el Roque de los Muchachos, su más hermoso mirador.

Declarado Parque Nacional en 1954, la Caldera de Taburiente, siempre envuelta por las nubes, es un cráter impresionante (consta de diez kilómetros de diámetro) cuyo perímetro exterior se eleva a más de dos mil metros de altura directamente sobre el Atlántico. Las erupciones desde hace la friolera de dos millones de años, la continua erosión del agua y los deslizamientos múltiples hilvanan su historia geológica, la misma que es responsable del peculiar aspecto que luce hoy: el de una imponente depresión rodeada de pareces verticales y atravesada por multitud de riachuelos, saltos, cascadas… y hasta pequeñas lagunas rodeadas de una vegetación apabullante.

Existen dos maneras de explorar la Caldera de Taburiente. Una desde las alturas y otra desde las entrañas. Una desde la crestería de su perímetro exterior y otra desde dentro, donde hay diferentes rutas para realizar a pie. Esta opción, que en los meses cálidos incluso puede premiarse con chapuzones en las charcas y los arroyos frescos, requiere atravesar un cogollo de senderos entre densos bosques de pino canario y a través del barranco de Las Angustias, la única abertura.

Pero para apreciar este fenómeno en toda su magnitud hay que observarlo desde arriba, remontar la carretera que asciende hasta la crestería y colocarse en el perímetro exterior al borde del abismo. Aquí la meta es el Roque de los Muchachos, donde se halla un observatorio astrofísico conformado por unas cúpulas blancas. Es el más importante del hemisferio norte en uno de los rincones con mejor cielo del mundo para la observación astronómica.

Schroptschop/istock

Desde aquí, no es larga la caminata hasta los dos montículos de cresta volcánica que conforman el Roque de los Muchachos con una grata recompensa: estamos en el punto más elevado de la isla, a 2426 metros. A los pies se vierte una panorámica impresionante de esta gigantesca caldera de 1.500 metros de profundidad, cubierta de árboles y rocas de formas caprichosas. Además, es habitual que a partir de media mañana el fenómeno conocido como mar de nubes penetre dentro de la cavidad para dibujar una imagen onírica: una capa blanca y esponjosa por encima de la cual sobresalen afilados pináculos. Por si fuera poco, entre los rayos del sol, en ocasiones se distinguen también las islas de Tenerife, La Gomera y El Hierro. La sensación, ensemejante escenario, solo puede ser la de flotar en el vacío.

La Caldera de Taburiente, con el Roque de los Muchachos como colofón perfecto, es la joya más preciada de la isla de la Palma, pero en ningún modo la única. Con más tiempo y energía se pueden explorar también los bosques de laurisilva de Los Tilos, los Volcanes del Teneguía, las Salinas de Fuencaliente… y un sinfín de maravillas de esta isla declarada Reserva de la Biosfera, que antaño acogió uno de los puertos más estratégicos y que hoy es mundialmente famosa por sus plátanos y por Manolo Blahnik, el diseñador de los codiciados zapatos.