Río de Janeiro, la ciudad más feliz del mundo

El carnaval es, junto a la música y el fútbol, una de las grandes religiones de Río de Janeiro, una ciudad que vive para la samba, la alegría y la fiesta durante una celebración en la que 450 "blocos" toman la urbe carioca para participar en 640 desfiles callejeros.

Mariano López
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Foto: Álvaro Arriba y A. Campbell

Está decidido: la meta del maratón que pondrá punto final a los Juegos Olímpicos de 2016 estará en el sambódromo. No podía ser de otra manera. El sambódromo, como se conoce al espacio creado por Óscar Niemeyer para acoger los desfiles de las escuelas de samba durante el carnaval, es uno de los principales símbolos de Río, no por sus instalaciones sino por su espectáculo. Basta repetir su nombre para atraer a la imaginación días de samba, alegría, fiesta, belleza y sensualidad. En cada uno de estos atributos se reconoce Río. A los pies del gran Cristo del Corcovado late una ciudad asentada en un espacio difícil, poco apropiado para una gran urbe, limitada por el océano, varias montañas y una laguna, una ciudad con más capacidad de creación que de conservación, pero que ha logrado obtener reconocimiento universal por la alegría y la belleza que acompañan a la mayoría de sus manifestaciones, en especial el fútbol y la música, dos pilares del corazón del planeta. Río es alegría, repite cada año Jorge Castanheira, presidente de la Liga Independiente de las Escuelas locales de Samba. Río irradia felicidad: la revista Forbes, especializada en rankings de fortunas, considera a Río "la ciudad más feliz del mundo". Río es pura vitalidad, cuyo impulso no reside en los museos, la arquitectura, ni siquiera en las playas, los estadios de fútbol o el Pan de Azúcar. Está en sus ciudadanos, los cariocas. Con más precisión: en su arte para entender la vida. Creo que fue Chico Buarque quien lo apuntó: para empezar hay que saber que Río de Janeiro no es un lugar sino una manera de vivir.

El carnaval contribuye, como pocos factores, a la generación de la felicidad en Río. Cada año, el carnaval necesita la participación de cientos de miles de personas que trabajan, con pasión, en preparar y ejecutar el que está considerado como el mayor espectáculo del mundo. En el sambódromo compiten 24 escuelas de samba -12 en la categoría principal y 12 en la de acceso-. Cada escuela está formada por 30.000 socios y desfila con 4.000. Así que sólo las grandes escuelas movilizan más de medio millón de personas. Pero el carnaval no sólo vive en el sambódromo. De sábado a martes, recorre todos los barrios, las playas y las principales calles de la ciudad. Se encargan de animarlo los blocos, carromatos con músicos que promueven y dirigen los desfiles populares. Este año se espera que salgan a recorrer las calles más de 450 blocos; su música moverá 640 desfiles callejeros. Se calcula que participarán no menos de dos millones y medio de seguidores. En cualquier otro lugar del mundo sería una locura; en Río es una tradición.

Durante el carnaval, es difícil encontrar una habitación libre. La planta hotelera de Río alcanza el 95 por ciento de ocupación. La ciudad recibió el pasado año algo más de 730.000 turistas, pero está empeñada en doblar el número de visitantes y triplicar los ingresos de divisas de aquí al año 2016.

Los turistas necesitan una dosis extra de energía para adecuarse al ritmo de la ciudad durante el carnaval y cumplir, además, con las obligaciones de todo buen viajero. La mañana, para las visitas. Subir al Pan de Azúcar y Corcovado, a los pies del Cristo Redentor; el museo histórico, la arquitectura vanguardista de los 60, la calle de San Clemente, la Plaza XV, el monasterio de San Bento y el barrio de Santa Teresa. Parecen muchas propuestas para una sola mañana, pero hay que contar con la poca disposición del organismo para visitar museos después de una noche de caipirinha y samba, menos aún después de la segunda.

Mejor, la playa. Río cuenta con dos de las playas más famosas del mundo: Ipanema y Copacabana. Cuentan que fue el emperador Pedro II de Brasil el primer carioca que disfrutó de la playa. El emperador había oído que en ocasiones las ballenas se acercaban a la orilla y ordenó crear un camino desde palacio, a través del bosque, hasta llegar al mar. Así fue como el emperador Pedro II, apodado "El Magnánimo", paseó por la arena de Copacabana a mediados del siglo XIX.

Unas décadas después, la playa fue tomada por los emperadores del cine. Los más famosos actores y actrices de Hollywood empaparon de glamour Copacabana. Eran los tiempos del swing, las big band, Carmen Miranda y Walt Disney, que residió durante meses en el Hotel Copacabana. A mediados de los 50 nació otra música, la bossa nova, en otra playa: Ipanema. Vinicius de Moraes y Tom Jobim compusieron La chica de Ipanema en el bar Veloso, hoy rebautizado como "Garota de Ipanema" en la calle, también rebautizada, "Vinicius de Moraes", a diez pasos de Ipanema. En Ipanema hay que tomar agua de coco, bien helada, y escuchar la música, siempre hay música. En Río nacieron Vinicius, Chico Buarque, Jorge Ben, Ivan Lins, Marisa Monte y Milton Nascimento, entre otros. Al atardecer, si es posible, merece la pena ver el ocaso desde el Arpoador, el trozo de playa donde Antonio Carlos Jobim quería que su corazón descansara, para siempre.

Durante el carnaval no se descansa. Después de comer, fútbol. Se juega la Taça Guanabara, la copa que lleva el nombre de la bahía en torno a la que se asienta Río. En Río hay cuatro grandes equipos: Flamengo, Vasco de Gama, Fluminense y Botafogo. El templo máximo se conoce como Maracaná, porque se encuentra en el barrio de Maracaná, que tomó su nombre del río que lo cruza, bautizado, a su vez, con el nombre de un pájaro local. Maracaná es el nombre de un ave. El estadio se llama, en realidad, Periodista Mario Filho, pero da igual: todo el mundo lo llama "Maracaná". A la entrada del estadio se levanta una estatua de Hilderaldo Bellini, capitán de la selección de Brasil que por primera vez ganó un Mundial, en 1958. De camino hacia la tribuna están grabadas las huellas de los pies de casi todos los dioses brasileños del fútbol, como Pelé o Rivelino y, en especial, los que son de Río: Ronaldo, Romario, Zico, Jairzinho y Carlos Alberto. A la entrada de la tribuna de honor está la estatua de Zico: eternamente suspendido en el aire, dispuesto a golpear al balón.

Junto con la música y el carnaval, el fútbol es una de las grandes religiones de Río. No se juega igual dentro que fuera de Río. Ni se disfruta igual de los partidos. De principio a fin, los espectadores no paran de desplegar banderas, aporrear tambores, cantar, gritar, bailar. Es la hinchada carioca, la torcida, el aliento de 80.000 personas que piden algo más, un toque de arte, a cada jugador. Algunos jugadores -dicen que también el balón- pueden llegar a sentir saudade de los campos de fútbol de Río. Como sucedió con Roberto Dinamita, actual presidente del Vasco de Gama. Roberto Dinamita fue jugador del Barcelona hace 30 años, junto a Alan Simonsen. Se decía de él que era el nuevo Pelé. No se adaptó. Echaba de menos Río. Después de cinco meses en el Barça, volvió a Río, a jugar con el Vasco de Gama. En su primer partido, el Vasco se impuso al Corinthians con cinco goles de Roberto Dinamita. Los mismos tantos que había marcado en el Barcelona en cinco meses.

Después del partido, una cerveza y a seguir el desfile de un bloco callejero. La cerveza es la bebida más popular del carnaval. En cuatro días se llegan a vender ocho millones de latas de cerveza. Tanto líquido suele traer inmediatas consecuencias. Los empleados municipales instalaron, el pasado año, 4.000 banheiros químicos, pero aún así se quedaron cortos. La policía detuvo a 126 hombres y a cinco mujeres por aliviarse en la vía pública. Los blocos más famosos arrastran decenas de miles de personas. O Cordao da Bola Preta, que ha cumplido 91 años, desfila por el centro de la ciudad y se calcula que lleva un millón y medio de personas, durante las dos o tres horas que suele durar el desfile. El Cordao do Boitatá termina su desfile en la Praça XV, el viejo ombligo de Río, y allí instala a sus 50 músicos que ofrecen, gratis, un concierto al aire libre. En Ipanema desfilan varios blocos. Uno de ellos, especializado en música de afro reggae, lleva 17 músicos; y el otro, con samba tradicional, toda una orquesta.

Cada noche hay bailes de carnaval en los bares, clubs, hoteles y salas de conciertos de Río. Las tres plantas de Río Scenarium, en el centro, atraen a cariocas, sobre todo mujeres, que quieren revivir las canciones de carnaval, su samba, la música que les hace más felices. En el Hotel Copacabana es una tradición el Baile de Gala del Copa, que celebró su primera edición en 1923. Con todo, el mayor espectáculo del carnaval está en el sambódromo. La noche del sábado y del domingo, desde las 21 horas hasta las 6 de la mañana, se celebra el desfile de las doce escuelas de samba que forman el grupo especial, la primera división de las escuelas de samba.

El desfile es un concurso. La escuela que pierde desciende a segunda división, al grupo de acceso, cuyo ganador promociona al grupo especial. Las reglas están claras. Se puntúan diez aspectos del desfile: la historia (denominada enredo), la coreografía del frente, la música, la danza del maestre sala y la porta estandarte, la armonía, las fantasías, la espectacularidad de los carros, el sonido de la batería de percusionistas (más de 200 percusionistas en cada escuela) y el aspecto general y el movimiento de los 4.000 sambistas por escuela que recorren los 700 metros de la Avenida del Marqués de Sapucaí, desde la Plaza de la Concentración hasta la Plaza de la Apoteosis. El tiempo mínimo de desfile es de 65 minutos; el máximo, de 82. No se permite publicidad, salvo en los instrumentos musicales de los percusionistas y en los uniformes de los trabajadores que empujan los carros. Está prohibido desfilar totalmente desnudo. También se prohíbe que desfilen animales. Cada error tiene su penalización con puntos. Una suma notable de puntos negativos asegura el descenso. Las imágenes del desfile del grupo especial se retransmiten por televisión a 137 países; las del grupo de acceso, a ninguno.

La escuela ganadora de la pasada edición, Unidos da Tijuca, dedicó su enredo a los misterios de la historia, la literatura y la imaginación: la Atlántida, Troya, el triángulo de las Bermudas, los héroes enmascarados. El creador del enredo es un maestro del carnaval, Paulo Barros. Su posición es la más elevada en la pirámide creativa del desfile. Como un director de cine, concibe la historia y el lenguaje y organiza el trabajo de un ejército de profesionales. La escuela de Salgueiro, campeona de la edición de 2009, llevó el pasado carnaval a 55 acróbatas, varios del Cirque du Soleil. Una de las carrozas de Unidos de Tijuca era un jardín, con plantas reales.

El corazón late con apasionada fuerza en la línea de salida del desfile. Hay sastres de urgencia que pasean entre las filas remediando túnicas que ya se cayeron o sombreros que después de ganar la frente seguían avanzando hacia la barbilla. También médicos, enfermería, bomberos, policía, periodistas, cámaras y el rugido de la primera tribuna de público, la más barata, la más popular, situada frente a la Plaza de la Congregación, de donde arranca el desfile.

El público, más de 88.000 espectadores, se sitúa a uno y otro lado de la avenida Marqués de Sapucaí en tribunas y camarotes. Los camarotes suelen contar con dos plantas: una terraza, junto al desfile, y un salón superior con aire acondicionado, bebidas, comidas especiales y los invitados del patrocinador.

El pasado año, el camarote principal, el del gobierno del Estado, reunió a la entonces ministra Dilma Roussef, actual presidenta, con Madonna. En el camarote patrocinado por la principal marca de cerveza del país, Brahma, se encontraron los futbolistas Ronaldo, Robinho y Vagner Love, el actor Gerard Butler y la cantante Nicole Scherzinger, del grupo Pussycat Dolls, compañera del piloto Lewis Hamilton. La segunda marca de cerveza, Devassa, eligió como principal reclamo de su camarote a Paris Hilton.

La mayor parte del público se sabe de memoria las letras de los temas de samba con los que desfilan las escuelas. Por si acaso, decenas de voluntarios reparten las letras por las tribunas antes de cada desfile. La fama de los grandes sambistas se crea en el carnaval. El pasado año, la escuela de Vila Isabel contó con música de uno de los grandes, Martinho. Otro grande, Arlindo Cruz, participó en la composición de Académicos do Grande Río. Una de las letras más coreadas fue la que acompañó el desfile de Uniâo da Ilha, dedicado a Don Quijote de La Mancha. El estribillo decía: "Quién es el que no tiene una loca ilusión... y un Quijote en su corazón".

Las baterías de percusionistas de cada una de las escuelas están formadas por unos 200 instrumentistas. Se puede sentir en la piel la descarga de todos los tambores que forman la batería, animada por las cuícas, las zambombas brasileñas, y dirigida por los silbatos. Un instante especial es el momento en que de repente la música se para, se hace un silencio que cesa, de inmediato, con una descarga mayor de la batería. Esa detención súbita de la batería se llama paradinha, el mismo nombre que recibe la suerte del delantero que se detiene antes de lanzar un penalti.

Desfilar es un orgullo. Cada escuela mueve en la avenida 4.000 sambistas. Pero el foco de las cámaras está, por lo común, en 12 participantes por escuela: las mulatas de cuerpo excepcional que desfilan delante de las alas de sambistas o de los carros, con elevados tacones y vestidos mínimos, brillantes, que sostienen espectaculares tocados de plumas.

La "musa" más fotografiada el pasado año, Renata Santos, portada de Río, samba e carnaval, tiene 28 años. Está casada, estudia arte dramático, es hincha del Vasco de Gama, su signo astrológico es Cáncer, pesa 66 kilos, mide 84, 60, 90 y tiene una sonrisa inagotable, perfecta. Las musas salen en los medios de comunicación, ponen cara a los comerciales, protagonizan sesiones de fotos, calendarios y apariciones pagadas en los canales de televisión. Algunos medios sostienen que muchas pagan dinero para desfilar. Se barajan cifras en torno a los 180.000 reales, unos 81.000 euros. Las musas son las protagonistas de la cara más sensual de esta fiesta, el triunfo de don Carnal sobre doña Cuaresma. Una victoria que se celebra con pasión, y con la colaboración preventiva del gobierno, que repartirá, este año, 53 millones de preservativos durante el carnaval.

El momento final, la apoteosis, corona el desfile y un año entero de trabajo. Concluye la mayor ópera viva que se representa en el mundo. El miércoles cae el telón, pero no hay tristeza, no puede haberla: al día siguiente, jueves, comienza la nueva temporada. La liga de las escuelas de samba no tiene vacaciones. Los sambistas vuelven al trabajo, los turistas no pierden un minuto en volver a reservar habitaciones, todos piensan en la edición siguiente. La vida, decía Vinicius de Moraes, es el arte del reencuentro. En su caso se refería al arte de reencontrarse con Ipanema, la bossa, la samba, Maracaná. Al arte de la vida, en Río de Janeiro.