De Sevilla a Granada: la ruta literaria de Washington Irving

En la primavera del año 1829, el escritor norteamericano Washington Irving viajó de Sevilla a Granada por la campiña y la serranía andaluza, cuajada de bandoleros. En Granada tuvo el privilegio de alojarse en las estancias de la Alhambra

Irene González
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Foto: Zheka-Boss / ISTOCK
Revista VIAJAR

El escritor norteamericano Washington Irving fue uno de los primeros viajeros transoceánicos que buscaba en España todo aquello que anhelaba su imaginación rebosante de tópicos románticos. Sus orígenes familiares, en la remota isla de Shapinsay, en las Orcadas al norte de Escocia, influyeron en sus primeros trabajos: Salmagundi y Una historia de Nueva York. El escritor y aventurero acuñó el término Gotham City para referirse a Nueva York, y las palabras Gothamitas y Knickerbocker, con las que hoy se conoce a los neoyorquinos descendientes de los primeros colonos holandeses que se establecieron en la ciudad. Irving está ligado a la leyenda de Sleepy Hollow, a las reinvenciones de Santa Claus, al nombre del equipo de baloncesto de la NBA los Knicks de Nueva York y al primer equipo de béisbol de la Gran Manzana, los Knickerbockers. En 1849 Irving fue nombrado el primer presidente de la Biblioteca Astor, una institución precursora de la actual Biblioteca Pública de Nueva York. 

by Irene González

Tras la leyenda de Colón

Pocos saben que el avanzado y cosmopolita Washington Irving viajó a España, donde se desenvolvió a las mil maravillas en la corte de Isabel II para estudiar los documentos del descubrimiento de América y los avatares de Cristóbal Colón. Del misterioso navegante escribió una biografía con mucho éxito, porque fue la primera que se publicaba en el mundo y porque, además, se tradujo a varios idiomas. Durante su estudio Irving se prendó de España, y se enamoró de las memorias de la época nazarí, del costumbrismo, del color y de la luz de Andalucía. La campiña andaluza lo atrapó y quedó hechizado por Granada, ciudad de la que ha sido el más importante embajador mundial, y culpable, para muchos, de que la fortaleza nazarí sea el monumento más visitado de España. De su viaje de Sevilla a Granada en 1829 surge la denominada Ruta de Washington Irving, reconocida como Itinerario Cultural por el Consejo de Europa y que forma parte de las Rutas del Legado Andalusí. 

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Irving destapó unos caminos que después seguirían Merimée, Sand, Gautier, Hugo, Dumas y hasta el legendario Hemingway. Tras su leyenda y sus vivencias, viajamos por los senderos que el americano mostró en el XIX, por lo que bien pudo haber sido el impulsor del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, que hoy contiene casi 1.100 sitios distribuidos en 167 países. Y en el que España ostenta la distinción de ser el tercer país con más sitios catalogados, solo por detrás y a poca distancia de Italia y China. Entre Sevilla y Granada seguimos los pasos de Irving por bellas campiñas cuajadas de magníficas yeguadas que conservan, con gran pureza, la raza del caballo español y del árabe. 

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Mezquitas y castillos

La Ruta de Washington Irving se ciñe a un trayecto de unos 250 km de la autovía A-92 entre Sevilla y Granada. Discurre por tierras musulmanas, barrocas y populares, uno de los mayores núcleos de interés histórico y artístico del país. El itinerario revive el camino que en 1829 realizó Irving, embaucado por el exotismo y la abundancia de los vestigios árabes de Andalucía. Es un camino por pueblos y enriscadas villas que en la Edad Media eran eje comercial entre el reino nazarí de Granada y los dominios cristianos. Washington Irving partió de Sevilla hacia Granada y recorrió las localidades de Alcalá de Guadaíra, Arahal, Carmona, Marchena, Écija, Osuna, Estepa, Antequera, La Roda de Andalucía, Fuente de Piedra, Humilladero, Mollina, Archidona, Loja, Huétor Tájar, Moraleda de Zafayona, Alhama de Granada, Montefrío, Íllora, Fuente Vaqueros, Chauchina y Santa Fe. 

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Se podría decir que Irving fue el primer turista de Sevilla, ciudad a la que llegó en el primer barco de vapor de España que remontaba el Guadalquivir. Y en Sevilla vivió un año en una casona del callejón del Agua, en la vieja judería. De su estancia sevillana escribió Diary of Washington lrving of the Sunnyside Spain, donde plasma los sentimientos que le sugieren la magia de la catedral y los palacios levantados con el oro y la plata llegados del Nuevo Mundo. Entre los documentos del Archivo de Indias y los Archivos de la Catedral, se fue enamorando del patrimonio andalusí y del tipismo de la vida sevillana. Su hoy gran casco antiguo, que empezó a crearse en el XII, fue capital peninsular de los califas almohades, que rivalizaba en grandeza con Marrakech. En Sevilla, como hizo Irving a principios del XIX, hay que explorar los barrios de Santa Cruz, la Judería, Triana, la catedral, el Alcázar, las Atarazanas, las torres de la Plata y del Oro y la mezquita del Salvador. 

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De la rica Sevilla salió camino de Alcalá de Guadaíra, famosa por sus panes y por su gigantesca fortificación levantada por los árabes sobre la colina. Atravesando el corazón de su campiña se alcanza Arahal, que podría remontarse a la época romana por los restos de lápidas y sarcófagos hallados con el nombre de Callicula. Siguió hasta Carmona, que, elevada sobre una cresta, ofrece un excepcional retrato de la vega. En la plaza de San Fernando, epicentro de la vida local, están la antigua Audiencia, el convento de la Madre de Dios y algunas casas con balcones desde donde se presenciaban procesiones, ferias y escarmientos públicos. Sorprendente la Plaza de Arriba, el antiguo foro romano, y aún más la porticada del mercado de Abastos. Aquí Pedro I el Cruel mandó construir, sobre el viejo alcázar árabe, un fastuoso palacio en el que residieron los Reyes Católicos y que hoy es Parador de Turismo. Cuajada de palacios, casonas, iglesias, conventos y plazas, Carmona es un canto a la riqueza arquitectónica civil y religiosa. Su Necrópolis romana es referencia internacional en mausoleos colectivos. 

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Tierras de cortijos

Tras Carmona, Marchena es un tranquilo pueblo agrícola donde se alza el castillo de La Mota. Entre tierras de labor, montes y olivares, Irving llegó hasta Écija, cuyos campos reflejan todos los colores inimaginables. Almendros, olivos, colza, trigo, limoneros, algodón, remolacha y frutales pueblan el valle hasta donde alcanza la vista. Conjunto Histórico-Artístico, es la ciudad de las torres, donde en su línea del cielo destacan 11. La mejor vista de todas ellas se obtiene desde el barranco de la carretera a Cañada Rosal. Esencial el palacio de Benamejí, un monumento histórico artístico que hoy alberga el Museo Histórico. Entre sus valiosas piezas encontradas en las excavaciones de su céntrica Plaza de España destaca La Amazona, de las que solo existen otras tres de su estilo conservadas en Nueva York, Berlín y Roma. Imprescindible también el palacio de Peñaflor por sus magníficas pinturas en su fachada y sus 60 metros de balconada. Hacia el sur aparece la villa campiñesa de Osuna, que, recostada sobre una colina, posee uno de los conjuntos arquitectónicos más ricos del país. Conserva unas potentes canteras y unas importantes necrópolis romanas. También una sensacional universidad, gran riqueza en arte sacro y azulejería y una majestuosa colegiata. Aunque lo fascinante en Osuna es perderse por sus sugestivos rincones, cuajados de casas palacio, balconadas y tabernas al más puro estilo sevillano y andaluz. 

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Desde aquí, pasando por la aromática Estepa, productora de los mantecados y polvorones más preciados del planeta, se cruza el mar de olivares de La Roda de Andalucía para llegar a Fuente de Piedra y sus tranquilas calles. Su nombre proviene de su fuente con aguas de propiedades curativas, muy estimadas desde la antigüedad. Aquí se despliega la Laguna Salada, donde las bandadas de flamencos acompañados por miles de aves migratorias constituyen todo un espectáculo. La siguiente etapa llega hasta la agrícola Humilladero, donde la Laguna de la Ratosa, refugio de variadas especies de aves, es Reserva Natural. De aquí Washington Irving se dirigió a Mollina, donde se han encontrado restos arqueológicos que se remontan desde el Neolítico hasta finales de la Edad Media. Mollina, salpicado de viñedos y de caldo con D. O., se consolidó en el XVI, cuando sus vinos y aceites se hicieron célebres. Un lugar que fascinó a Irving fue Antequera, por sus monumentales dólmenes de las cuevas de Menga, Viera y el Romeral, colosales hitos funerarios. Además, la ciudad posee uno de los mayores conjuntos monumentales y un espacio geológico casi desconocido, el Paraje Natural el Torcal. 

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Desfiladeros y dólmenes

Atravesando el Peñón de los Enamorados, Irving cruzó Archidona para recalar en Loja, donde el río Genil forma el desfiladero de Los Infiernos, que es Monumento Natural. Loja guarda una imponente Alcazaba y unos fabulosos dólmenes. Washington Irving cruzó Huétor Tajar y probó sus deliciosos espárragos; Moraleda de Zafayona, con su importante necrópolis visigótica, y Alhama de Granada, con sus casas asomadas al barranco y sus baños árabes. En Montefrío recorrió la Peña de los Gitanos, que alberga un tesoro arqueológico con dólmenes y sepulcros romanos, visigodos y musulmanes. Después de atravesar enormes campos de trigo llegó a Íllora, con su potente fortaleza y lugar de residencia del mítico Gran Capitán. De ahí a la cuna de Federico García Lorca, Fuente Vaqueros, donde su casa natal es uno de los espacios más visitados del mundo. Chauchina, una de las muchas alquerías convertidas en plaza de armas, y Santa Fe y su casco urbano, conjunto-artístico, son las últimas etapas que Irving realizó antes de entrar en la ansiada Granada.

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La ciudad roja

La originalidad de Granada, a la que dedicó los famosos Cuentos de la Alhambra, cautivó el espíritu de Irving. Como también ha encandilado a políticos, reyes, escritores, artistas y deportistas. De Gaulle, Gorbachov, Helmut Kohl, el Dalai Lama, Chirac, Kofi Annan, Dilma Rousseff, Michelle Obama y David Cameron se olvidaron de sus agendas para caer rendidos ante tanta belleza. Granada, su Alhambra y Generalife y el Albaicín se incrustan en la memoria de sus visitantes. La Unesco también quedó bajo su hechizo y las declaró Patrimonio Mundial. Al-Ahmar, el fundador de la dinastía Nazarí, se instaló en el siglo XIII en la antigua alcazaba del Albaicín, desde donde observaba las ruinas de la colina de la Alhambra, y decidió reconstruirlas para instalar su corte. Fue así como se comenzó a levantar la Alhambra, que significa La Roja, por el color carmín de la arcilla con la que se construyó. Esta ciudad escarlata posee una historia tan apasionante como sorprendente. Entre laberintos de filigranas, fuentes, mármoles y patios, los sentidos vagan desbordados. La Alhambra fue ciudad palatina, Casa Real cristiana, Capitanía General del Reino de Granada y fortaleza militar hasta llegar a su declaración como Monumento Nacional en 1870. En su alcazaba, sus palacios Nazaríes, el palacio de Carlos V y el convento San Francisco el agua fluye a través de fuentes y acequias reflejando colores y derrochando frescura. 

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Los palacios nazaríes son un grupo de pequeños palacetes construidos de forma consecutiva por diferentes sultanes, hasta convertirse en el conjunto más impresionante de toda Europa. En esta fortaleza, una gran ciudad en miniatura, residió Irving, y de ella salieron los Cuentos de la Alhambra, su libro de leyendas. 

Joyas únicas en el mundo

En la Alhambra el americano vivió como un sultán y disfrutó de placeres orientales, como bañarse en las noches del verano en el estanque del Patio de los Arrayanes o permitirse el lujo de enjuagar la tinta de su pluma en la Fuente de los Leones mientras los granadinos le contaban relatos que se habían transmitido de padres a hijos. De aquellas noches y de aquellas leyendas nació su famoso libro. 

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Impresionante el Palacio de los Leones, con las salas de los Mocárabes, de los Abencerrajes, de los Reyes, de Dos Hermanas, y el Mirador de Lindaraja, un pequeño cuarto que era el lugar de esparcimiento de la favorita del sultán. Su exquisita decoración lo convierte en uno de los rincones más bellos de la Alhambra. Y su Patio de los Leones, con la fuente de 12 fieras de mármol y sus 124 columnas, es la joya de la Alhambra, la belleza en estado puro, una de las obras más hermosas del mundo. Otra joya es el pequeño Palacio de Comares, con el espléndido Patio de los Arrayanes, y la Sala de la Barca, en cuyos extremos estaban las alcobas del sultán. Pero si algo impresiona en Comares, es el Salón de Embajadores, donde el sultán, acompañado por sus visires, recibía en audiencia privada; fue diseñado para transmitir poder e invulnerabilidad a los embajadores cristianos. El estucado de todo el palacio es único en el mundo. Su techo contiene 8.000 piezas de cedro pintadas como los siete cielos del islam.