Pueblos negros de Guadalajara

La televisión (y el cine) asombraron a muchos con ese puñado de pueblos perdidos en un confín remoto, adonde no llegaban ni siquiera las noticias. Ya no ocurre así. Es más, se ha creado la marca "an" para estos pueblos de arquitectura negra, que pronto estarán arropados por un nuevo Parque Natural y que optan a ser Patrimonio de la Humanidad. El fin del mundo está ahora más cerca.

Carlos Pascual
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Foto: Lucas Abreu

Cuando una marca de coches todoterreno rodó, hace unos años, un spot publicitario (dos, en realidad), las imágenes mostraban una montaña remota, inalcanzable. Un cabrero preguntaba por la salud de Franco y otras noticias con años de retraso. El cabrero se llamaba Jesús Velasco y murió en la primavera de 2010. El pueblo perdido era Majaelrayo, uno de los pueblos negros cobijados a los pies del Pico Ocejón, en la sierra norte de Guadalajara. Una especie de Olimpo doméstico, discreto coloso de 2.084 metros de altitud visible desde prácticamente todos los núcleos que forman la Mancomunidad del Ocejón. Ese tótem otorga carácter y unidad al territorio, y junto al vecino Pico del Lobo (algunos metros más elevado) pastorea una visión salvaje que intriga o inquieta a muchos de los pasajeros de aviones que se aproximan al aeropuerto internacional de Madrid-Barajas.

A una legua escasa de la localidad de Majaelrayo, otro pueblo alcanzó un protagonismo mayor. Campillo de Ranas aparecía como escenario en un documental largo que se ha proyectado en más de treinta festivales de cine de veinte países, incluyendo ciudades como Londres, Nueva York, Buenos Aires o Turín. Debido a ello, Campillo de Ranas mereció un reportaje en las páginas de viajes del periódico The New York Times, en septiembre del año 2009, y al pueblo llegaron reporteros también de importantes cabeceras internacionales como Time, The Independent o Libération.

El documental, titulado Campillo, sí quiero, producido y dirigido por el periodista Andrés Rubio, mostraba con una buena dosis de lirismo lo que estaba ocurriendo en ese pueblo apartado: cuando fue aprobada por el Parlamento español, en junio de 2005, la ley de matrimonios entre personas del mismo sexo, y empezaron a aflorar reticencias, el alcalde de Campillo de Ranas, Francisco Maroto, hizo gustoso de las bodas gay un evento rutinario en su despacho oficial de la villa. El alcalde sigue, y las bodas civiles, también. La media actual es de unas dos bodas por semana; una de cada cinco parejas es gay.

La reacción de los vecinos (unos 60, doscientos y algo contando los barrios del concejo) ha sido ejemplar. Ahora tienen más turismo, casas rurales, tiendas de artesanía y hasta escuela (desde hace tres años). También las autoridades de arriba se han percatado del asunto. Y han puesto en marcha un plan de competitividad turística (que sustituye al anterior plan de dinamización), dentro del Plan Español de Turismo Horizonte 2020. Para ello han creado la marca an (pueblos de la arquitectura negra Guadalajara), proyecto al que acaban de destinar casi tres millones de euros.

La llamada arquitectura negra es una singularidad de estos pueblos del Ocejón, dentro del conjunto de la comunidad manchega. Las casas, corrales, puentes... están hechos de sillarejo de pizarra extraída del Pico, incluidos los tejados, que usan lajas en vez de teja árabe. Arquitectura singular y elegante, no fúnebre; la pizarra, gracias a vetas metálicas, líquenes o el abrazo del tiempo, ofrece una exquisita variedad de tonos, que van del cobrizo más brillante al verduzco más apacible. Mucho se perdió, pero lo que queda está ahora protegido, igual que las nuevas construcciones. Sólo que ya no hay mulas para acarrear pizarra del Ocejón; la piedra hay que traerla desde León. Alguien habló de inscribir esta arquitectura negra como candidata a Patrimonio de la Unesco (tentativa que aún se airea, pese a su palmaria demasía).

El paquete oficial de an agrupa a cinco pueblos, más quince barrios o pedanías y dos despoblados. Pero basta con tener un par de ojos para darse cuenta de que razones políticas han colado de matute en el lote pueblos, que de negro tienen más bien poco. Eso sí, a todos les une un mismo paisaje heroico y agreste, que recuerda a los más duros perfiles de Escocia o del norte de Gales. Aquí, como allí, el brezo cubre las pizarras, mientras la jara pone la nota mediterránea. Cruzan la endiablada carretera perdices como gallinas, águilas rasantes y algún ciervo o jabalí de imprudencia asesina. Pronto estos parajes formarán parte del Parque Natural de Sierra Norte, el mayor de la provincia de Guadalajara, más extenso que Alto Tajo.

La puerta de los pueblos negros es Tamajón, que de negro no tiene ni una piedra. Antes de llegar, viniendo del mundo exterior (o sea, de Guadalajara city) pueden verse, en Retiendas, las ruinas del monasterio cisterciense de Bonaval; lo hizo fundar el rey Alfonso VIII en el año 1164, para repoblar las tierras recién conquistadas. También Tamajón es antiguo; Alfonso X El Sabio le concedió un mercado semanal (que recrean en el mes de mayo, en una fiesta medieval) y dicen que Felipe II pensó en estos pagos para alzar el monasterio que al fin fue a parar a El Escorial.

Tamajón es hoy un pueblo sosegado, con buena iglesia -donde hay que destacar sus interesantes bóvedas de crucería, su torre y la capilla de los Montúfar- y mejor ermita (góticas), un palacio de los Mendoza, que fue mandado construir por don Diego de Mendoza en el siglo XVI y que actualmente sirve de Ayuntamiento, alguna que otra portada noble y un Parque Camilo J. Cela que da pena (el Premio Nobel tenía casa en Fontanar, a la venida desde Guadalajara).

De Tamajón parte la y que abraza las faldas oriental y occidental del Ocejón. Bordeando la oriental se llega (¡en más de una hora!) a Valverde de los Arroyos. Antes se deja en un pliegue a Almiruete, que fue negro en tiempos, y tiene un Museo de Botargas y Mascaritas (las que salen en carnaval; también Valverde y Majaelrayo sacan algo parecido en sus fiestas respectivas). Valverde es el pueblo más bonito. Y el más negro, el que mejor conserva sus casas, tejados y chimeneas tradicionales. Está en un cul-de-sac prodigioso, por cuyas paredes se despeñan, cerca del caserío, dos chorreras con más de 80 metros de caída. Hay locales con encanto y un Museo Etnográfico cerrado a cal y canto.

En la cara occidental de la y (hay que volver por donde se vino) están Campillo de Ranas y sus seis barrios, que son como pueblos aparte, muy bien conservada su herencia negra (sobre todo en Campillejo y El Espinar). Campillo se ha mostrado muy dinámico, y no sólo por el tema de las bodas; éstas han originado prósperos negocios, pero también empresas de aventura, restauración y un algo de artesanía. Se ha tomado conciencia y se recupera lo que aún queda (la impostura estética llegó al grado de chapar con placas de pizarra las paredes de sillarejo).

A un paso está Majaelrayo, puerta de acceso al Ocejón (dos horitas de ascenso), intendencia de ciclistas y auténtico fin de trayecto, que no fin del mundo, como daba a entender el anuncio del cabrero. Más al norte, en efecto, la nada o poco más, con un camino asfaltado que se retuerce en los límites de cuatro provincias: Madrid, Segovia, Soria y Guadalajara. Hacia el oeste, todavía peor: otra cinta asfaltada conduce a El Cardoso de la Sierra y sus cinco pedanías, incluidos en el lote de los pueblos negros. Pero son núcleos adheridos claramente con pegamento político; en realidad, se asoman a la falda sur de Somosierra (separados todavía de la A-1 por el temible puerto de La Hiruela) y poco tienen en común con los auténticos pueblos negros, aparte de la Diputación provincial. Y el estar, también ellos, en uno de esos remansos geográficos en que parece que el mundo se termina.

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