Puebla: barroco entre volcanes

Situada a poco más de cien kilómetros al suroeste de Ciudad de México, Puebla es la urbe colonial más grande del país. Cuenta con una importante sede universitaria y es reconocida por su descomunal Centro Histórico plagado de casonas coloniales, templos barrocos, interesantes museos y una atractiva colección de hoteles y restaurantes. El trazado de sus calles rectilíneas esconde el secreto de un utópico sueño virreinal.

Jaime González de Castrejón
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Foto: Jaime González de Castrejón

Si bien a primera vista podría considerarse parecida a la mayoría de sus hermanas coloniales, la ciudad de Puebla esconde bajo sus cimientos el utópico experimento social con que se quisieron afrontar algunos de los dilemas de la Nueva España del XVI. El éxito de su imparable expansión por ultramar había planteado a la Corona Española una serie de conflictos a los que debía dar respuesta. Junto a los súbditos españoles que se empeñaban en demostrar que podían sobrevivir en el Nuevo Mundo con tanta naturalidad como en el Viejo, crecía la colonia de los nuevos súbditos indios a los que también se debía proteger, en aquellos tiempos en los que la esclavitud seguía siendo moneda corriente, y la lucha por el control y el aprovechamiento de los nuevos dominios se hallaba en pleno auge. Además, el valor y los ímpetus conquistadores gracias a los cuales se había logrado la anexión de los nuevos territorios requerían ahora una forzosa calma para dar paso a una paz colonizadora asentada en el orden y la justicia. Los misioneros franciscanos se alarmaban ante el desorden que empezaba a cundir entre los indios que iban cristianizando y los hacendados y encomenderos obstinados en explotarlos a su antojo.Los viejos valores se resquebrajaban y algunos empezaron a pensar que había que separar a unos de otros, tal vez creando una ciudad ejemplar, solo para españoles, que representara los principios estéticos y culturales del Viejo Mundo, en contraposición a los de las ciudades indígenas como Tlaxcala, la capital de los indios aliados de los conquistadores.

En semejante estado de cosas surgió de la nada la ciudad de Puebla, como una comunidad experimental de haciendas y granjerías que funcionasen al modo y manera de España, produciendo los cereales y frutos característicos de nuestra península. Varios historiadores consideran que la elección del sitio se debió a la iniciativa de uno de los primeros defensores de los derechos indígenas, que llegó formando parte de los doce apóstoles de México enviados al Nuevo Mundo: Fray Toribio de Benavente -original del pueblo zamorano de su nombre de franciscano-, también conocido por el apodo que el mismo se asignó, Motolinía (pobrecito), la primera palabra que aprendió del náhuatl de boca de aquellos indios a los que habían inspirado compasión por su delgadez y malas vestimentas. Pero, según la leyenda, fue Fray Julián Garcés -el dominico discípulo de Antonio de Nebrija y ex alumno de la Sorbona que se convirtió en el primer obispo cristiano de Tlaxcala- quien, en la víspera del día de San Miguel de 1530, soñó que los ángeles le mostraban el trazado de la nueva ciudad en aquel hermoso lugar que poseía todas las ventajas del mundo: tierra fértil, agua abundante y buen clima. Y que además constituía un estratégico asentamiento entre las ciudades de Tlaxcala y Cholula, situado precisamente a mitad de camino de la ruta que unía México con el puerto de Veracruz. Sea como fuere, Fray Motolinía dejó narrada la ceremonia formal de la fundación que tuvo lugar el 16 de abril de aquel año, con la celebración de una primera misa en una rústica capilla improvisada, seguida por el característico diseño cuadricular de las calles y solares. Las primeras cuarenta familias igualitarias de labradores y granjeros cristianos se establecieron en 1531, en casas de adobe levantadas por los indios asignados a cada colono, lo cual suponía una flagrante contradicción de las utópicas premisas iniciales. Los nuevos pobladores no solo seguían siendo dependientes de los tributos y la mano de obra indígena sino que se estaban convirtiendo en privilegiados novohispanos, exentos de impuestos -lo que distinguía a los hidalgos peninsulares- y favorecidos por crecientes mercedes reales como apoyo a aquel experimento que estaba a punto de conseguir justamente lo que se había propuesto cambiar. Las viejas costumbres predominaban, la diferenciación social volvía a imponerse, la oligarquía municipal de la que había creído poder escapar se imponía, y los territorios de los indios, que se habían querido respetar, volvían a ser anexionados a la flamante Puebla de los Ángeles, apodada así en clara mención al sueño del obispo dominico. Mucho más adelante se la denominará oficialmente Heroica Puebla de Zaragoza, por decreto de Benito Juárez -entonces presidente de México-, en honor al general Ignacio Zaragoza Seguín, que dirigió la batalla del 5 de mayo de 1862 en la que derrotó a las tropas de Napoleón III que pretendían afianzar la expansión imperialista francesa.

Patrimonio mundial

Es por todo ello por lo que en Puebla, la ciudad que rivalizó con México, encontraremos, junto al esplendoroso triunfo del barroco, numerosos superlativos. Como las torres catedralicias más altas del continente -casi 74 metros de severo estilo herreriano-; una capilla -del Rosario- considerada como la joya del barroco del siglo XVII mexicano; la única biblioteca antigua de América que conserva edificio, estanterías, mobiliario y acervo originales; y el mayor número de monumentos históricos de América, concretamente 2.619 repartidos en las 391 manzanas coloniales que ocupan los casi siete kilómetros cuadrados de suCentro Histórico, declarado Patrimonio Mundial de la Unesco en 1987. Cualquier paseo por el centro debería iniciarse o desembocar en su corazón espiritual y social, el Zócalo, compuesto por el amplio rectángulo reservado para la catedral y la frondosa arboleda que creció a su vera en otra manzana rectangular de igual tamaño, frente al Ayuntamiento. Posiblemente constituyan el adorno más característico de esta plaza los bellos serafines que bailan sobre la verja que protege el atrio catedralicio y la fuente de 1777 sobre la que el Arcángel San Miguel, el patrono de Puebla, levanta sonriente su espada sobre las aguas. Es el homenaje a los ángeles que, siempre según la leyenda, dibujaron con hilo de oro el trazado urbano de proporciones renacentistas. En Puebla la cuadrícula inicial se trazó tan milimétricamente que asombra. Un simple vistazo al plano del Centro Histórico basta para comprobarlo. Orientarse entre sus líneas resulta fácil gracias a la nomenclatura que, tomando como punto central la esquina noroeste del Zócalo, denomina a las calles según su orientación Norte, Sur, Oriente o Poniente, añadiéndoles delante un número que crece según se alejan de la Catedral. Los ejes principales que se cruzan en el punto medio se conocen como 5 de Mayo y 16 de Septiembre para las dos mitades del eje norte-sur, y Juan de Palafox y Reforma para las del vial este-oeste, nombres conmemorativos decisivos en todo México.

La grandiosidad con que se proyectó subyace en la enormidad de este centro monumental un tanto desperdigado y apabullante por su amplitud. Como en todo México, predomina una gran variedad de colores intensos, pero en Puebla el resultado cobra un tinte especial por el contraste de todas aquellas fachadas que incorporan el característico azulejo de la talavera poblana como decoración exterior. La baja altura de los edificios y la impecable rectitud imperante permiten la presencia en el horizonte urbano de los imponentes volcanes que rodean la ciudad. A pesar de su incalculable legado, no hay que buscar en Puebla la clásica estampa del adoquinado pulido por el tiempo y los balcones de forja colonizados por las buganvillas; lo que realmente diferencia a Puebla de otras ciudades coloniales, aparte del impacto casi dramático que cobra aquí el barroco, es su imperiosa vitalidad. Puebla, que ocupa el cuarto puesto de las zonas metropolitanas más pobladas de México -después del Valle de México, Guadalajara y Monterrey-, vive sumida en el ajetreo cotidiano de su millón y medio de habitantes, el bullicio de sus incontables hoteles, bares, restaurantes y comercios, el éxito de su Noche de los Museos, el sabor de una gastronomía que integra muchos de los platos más famosos de México, y en el júbilo de su mundo estudiantil. Porque esta ciudad, a la que también llaman Angelópolis, alberga entre sus calles a la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla -BUAP-, un centro independiente y descentralizado que hunde sus raíces en el proyecto humanista de los jesuitas de finales del XVI. Sus instalaciones incluyen tanto inmuebles de entre los más vanguardistas del país como edificios de enorme belleza histórica -el Real Colegio del Espíritu Santo o Colegio Carolino (4 Sur, 104), que conserva una capilla barroca visitable, o la Casa de las Bóvedas de fines del XVI que fue Academia de Bellas Artes (Juan de Palafox, 406)-, todos ellos dedicados al cultivo del saber y la investigación. Las maravillas de Puebla hay que buscarlas despacio y con paciencia porque se ocultan donde menos se espera.

El mole poblano

Comentario especial merece la gastronomía poblana, que mezcla la herencia española del siglo XVI con las técnicas prehispánicas. Abren boca los tentempiés que llaman antojitos -una variada colección de panecillos y pequeñas tortillas mexicanas acompañadas de buenas mezclas-. Entre los platos fuertes destacan el afamado Mole Poblano -un guiso con salsa muy especiada- que se ha convertido en platillo nacional por excelencia, y el característico Chile en Nogada tricolor -un gran chile verde relleno que se acompaña con una salsa blanca a base de nueces de Castilla, queso y leche- decorado con granos de granada, idea de unas monjas para homenajear a un huésped ilustre con un plato que llevase los colores de la bandera mexicana. Y para terminar, nada como los coloridos dulces que casaron el buen hacer conventual femenino con el gusto de los indígenas por los sabores intensos.

La ciudad más antigua de México

Se llama Cholula y se halla a tan solo 12 kilómetros de Puebla. Nació hace 2.500 años como una pequeña aldea y llegó a convertirse en una de las ciudades más importantes mesoamericanas, uno de los mayores centros religiosos y comerciales del periodo Clásico. Cuando llegaron los conquistadores españoles, la Gran Pirámide -obra colosal levantada en siete etapas constructivas- ya estaba abandonada y cubierta de maleza. En su cima levantaron los españoles el Santuario de Nuestra Señora de los Remedios, que pasó a convertirse en la iglesia con mayor basamento del mundo, un cuadrado de 450 metros de lado, conformando ambos monumentos un contundente símbolo del sincretismo que identifica a la cultura mestiza mexicana. Cuadriculada como todas las ciudades que pasaban a pertenecer a la Corona española, Cholula se fue llenando de conventos y templos cristianos -entre los que destaca la Capilla Real de San Gabriel por sus 49 cúpulas-, y casonas señoriales emplazadas en torno a una bella plaza de armas asoportalada, hoy colonizada por agradables cafés y restaurantes. La zona arqueológica nos invita a conocer su museo y pasear por los túneles excavados en el interior de la Gran Pirámide. Aunque muchos la visitan en un viaje de ida y vuelta desde Puebla, merece la pena conocerla más de cerca, para lo cual contamos con dos buenas opciones hoteleras: la Quinta Luna (www.laquintaluna.com), una bonita casona colonial con un delicioso jardín interior, y la Estrella de Belem (www.estrelladebelem.com.mx) que rehabilitó en 2006 una casona de adobe del XIX.

El éxito de la "Talavera"

Elaborada desde tiempos romanos, la cerámica de Talavera de la Reina (Toledo) había evolucionado hasta el punto de convertirse en elsiglo XVI en surtidora de todos los estamentos de la sociedad. El patrocinio que recibió por parte de la Casa Real motivó el envío de un grupo de ceramistas a la Nueva España, destinados a establecer una alfarería en Puebla de los Ángeles. El estilo y la técnica importados integraban ya por aquel entonces un cúmulo de influencias -moriscas, chinas, francesas, holandesas y flamencas- destinadas a evolucionar por su cuenta en base a los materiales autóctonos. Inspirada en los diseños que estaban de moda en España durante aquel siglo XVI, la loza vidriada de Puebla fue adquiriendo sello propio alcanzando una fama fulgurante en toda América del Sur, conocida como Talavera poblana y propiciando que por aquellas tierras el nombre "talavera" llegara a ser sinónimo de "cerámica". Los azulejos que se produjeron en sus numerosos talleres revistieron las cocinas, decoraron las fuentes públicas y terminaron por recubrir en su apogeo gran número de fachadas virreinales, formando originales diseños que en ocasiones se combinaban con ladrillos. Reina de los hogares, de los monasterios y de las farmacias de antaño, la renombrada Talavera poblana perdura hoy en los museos y sobrevive en los mercados de artesanía y en las fábricas actuales.