Parques culturales de Aragón

Es una experiencia pionera. La fórmula es simple: hacer de la antinomia naturaleza y cultura una síntesis feliz. Ese mestizaje lleva una década funcionando en Aragón, cuyo gobierno apuesta fuerte por esos Parques Culturales para dar esperanzas –y recursos– a regiones que se vacían. Son cinco, por ahora, pero ya se piensa en aumentar la cifra.

Carlos Pascual
 | 
Foto: Lucas Abreu

El turismo cultural es un valor que cotiza al alza. En todos los mercados, pero sobre todo en Europa. Y por supuesto, en España: cada día se aventuran nuevas fórmulas e iniciativas que pongan en el sol y playa algunas nubes interesantes. En Aragón han inventado algo. Y lo han patentado vía boletín oficial de las Cortes. Éstas aprobaron, a finales del año 1997, una ley que creaba la figura legal de Parques Culturales, estableciendo para ellos un régimen de protección similar a los BIC (Bienes de Interés Cultural). Un Parque Cultural "es un espacio delimitado, con valores culturales y naturales relacionados en un inventario de recursos, que pretende el desarrollo de su territorio de forma integral e integrada, con órganos de gestión propios".

El viejo debate entre Naturaleza y Cultura. Tan viejo que ya el filósofo Pascal, en el siglo XVII, aseguraba que la cultura es como una segunda piel, una segunda naturaleza. Se trata, pues, de emulsionar la geografía con unos valores históricos, artísticos, antropológicos, globales en definitiva; eso sí, encofrando las buenas intenciones con unas actuaciones prácticas, medidas y limitaciones legales, difusión de excelencias y valores, e implicación de los vecinos afectados para que vean esos Parques como una auténtica fuente de renta y no como una traba a su progreso personal.
Así pues, en el verano del 98 los papeles oficiales daban luz verde a cinco parques: Albarracín, Río Martín, Río Vero, San Juan de la Peña y Maestrazgo. Sigue siendo una apuesta firme: el pasado mes de agosto, los periódicos locales daban cuenta de que el gobierno autonómico destinaba 400.000 euros a mejorar esos parques. Y casi al mismo tiempo se hablaba de añadir a los cinco existentes uno nuevo, el de Los Monegros (disipada al fin aquella horrenda pesadilla de un complejo de casinos émulo de Las Vegas).

No sólo es un invento propio y singular; es además un gesto pionero. Algo emparentado, por ejemplo, con la figura de Parques Arqueológicos (también cinco) que se sacó felizmente de la manga Castilla-La Mancha. Y algo que casa muy bien con la tendencia creciente en la Unión Europea a crear y propagar Itinerarios Culturales -de hecho, cuatro de estos parques aragoneses forman parte también del proyecto REPPARP y de la asociación CARP (Caminos del Arte Rupestre Prehistórico)-, itinerarios culturales que la Unión Europea equipara al Camino de Santiago.

La música suena bien. Lo que hace falta ahora es afinar la letra. Los beneficios saltan a la vista: agrupar de algún modo lo disperso y arduo de proteger, aunar esfuerzos (sinergia, palabra mágica), mezclar y fundir sensaciones (sumando al binomio arte naturaleza actividades lúdicas o deportivas, tentaciones gastronómicas, artesanía...), fomentar el turismo rural y con ello frenar la despoblación (tan alta en Aragón: una de las regiones con menor densidad del continente europeo)...También existen pegas, cómo no. Sólo el tiempo dirá; la praxis, la prueba del tres del día a día ayudará a la puesta a punto de estos Parques Culturales. Que son pocos, pero bien distintos.

Ante todo, en tamaño. Y esa parece ser una de las carencias mayores para lograr una correcta definición (en su sentido fotográfico); ya lo dice el saber popular: quien mucho abarca, poco aprieta. Justamente los parques más reducidos son los que se acoplan mejor a la figura legal. Por ejemplo, Albarracín. Sólo consta de cinco municipios, aunque el pueblo nuclear, Albarracín, es por sí sólo un reclamo consolidado. Pero gracias al estímulo del parque, el visitante podrá encajar aquel dédalo de casas y callejas vinosas (con su buena y variada dosis de arte) en un entorno que explica y realza las galas de la prima donna.

A sólo un paso de sus murallas comienzan los recorridos, muy bien señalizados, para descubrir en abrigos u oquedades rocosas, entre pinos rodenos, uno de los conjuntos más granados del arte rupestre levantino. Sólo hay que seguir flechas y leer cartelas. Pero hay más, y para recordarlo está el Parque Cultural: hay huellas fósiles, una ciudad celtíbera (Griegos), un Museo de la Trashumancia (Guadalaviar), rastro de romanos o de antiguos resineros; todo envuelto en un Rodeno de Albarracín que es Paisaje Protegido.

Cercano a Albarracín, y también reducido (pese a abarcar nueve municipios), se encuentra el Parque del Río Martín. Vertebrado por ese río, que remansa en sus márgenes cañones y barrancos, abrigos con arte rupestre, fósiles e icnitas, y joyas del mudéjar, todo ello arropado por bosquetes, huertos y viñedos. Con algunas poblaciones notables, como el conjunto histórico de Albalate del Arzobispo, Oliete, Obón (con restos ibéricos o medievales) y Ariño (donde hay un Centro de Interpretación del Arte Rupestre, además de icnitas). Y, por supuesto, un excitante laberinto de cañones agónicamente labrados por el agua en la Sierra de Arcos.

Guarda cierta semejanza con este parque el del Río Vero, más arriba, en el Somontano de Huesca. Vertebrado también por el río, integra dos zonas claramente diferenciadas: al norte, la Sierra de Guara (con categoría de Parque Natural), y al sur, el llamado Somontano. También este parque atesora refugios y pinturas rupestres. Pero además cuenta, entre sus ocho municipios, con dos pesos pesados: Barbastro, la capital del Somontano, y Alquézar, un conjunto paisajístico y monumental de los más sobresalientes de Aragón.

El reino de Aragón, sus primeros vagidos, dan significado singular al Parque de San Juan de la Peña, también en Huesca. La almendra o núcleo de ese parque es un Real Monasterio, que son dos: el Viejo y el Nuevo. El Viejo, cuyo claustro se guarece bajo un alero rocoso, añade a su estampa insólita el misterio del Santo Grial, ya que fue custodio del Santo Cáliz (dicen que traído a su tierra por San Lorenzo) antes de que éste fuera a parar a Valencia. Allí se encuentra el panteón de los primeros reyes aragoneses, y otro de nobles, además de la primitiva iglesia mozárabe y otras capillas vetustas. Carretera arriba, en un prado más saneado, se alzó en el siglo XVII el Monasterio Nuevo, que ahora aloja un establecimiento hotelero de lujo y dos centros de interpretación (uno sobre el propio monasterio y otro sobre la Corona de Aragón). Se incluyen en el Parque Cultural dijes tan preciosos del Camino de Santiago como Santa Cruz de la Serós o San Caprasio (dos templos románicos al inicio del Canal de Verdún), o la propia ciudad de Jaca, que es cosa aparte.

El parque más extenso (y por ello más desdibujado, aunque también más opulento) es el del Maestrazgo. Nada menos que 41 municipios (frente a los 59 de los otros parques). Y sólo se habla aquí del Maestrazgo turolense, sin tener en cuenta el otro Maestrazgo, el de Castellón, igual o más extenso y origen, precisamente, de la marca: las tierras sometidas a maestres de las órdenes militares que las habían conquistado. No sólo tiene el Maestrazgo, como comarca, un perfil desbordante, es que además se entrecruzan por su territorio varios itinerarios temáticos, como pueden ser la senda del Carlismo, de los templarios, rutas gastronómicas y micológicas, además de un cúmulo portentoso de arte rupestre y otro no menos agotador de pueblos declarados conjuntos históricos, repletos de arte. La Naturaleza todo lo envuelve, desde luego, pero la Cultura también da para mucho: larga vida a los Parques Culturales.