Parque de Yellowstone, la vida entre hielo y fuego

Osos negros y gigantescos "grizzlies", los majestuosos bisontes, lobos, pumas, uapitís (grandes ciervos canadienses)... quién no ha soñado con poder contemplar de cerca a los grandes mamíferos del norte americano. Y si el encuentro ocurre en el espacio natural pionero en protección del mundo, el Parque de Yellowstone, es inevitable sucumbir también al encanto de su naturaleza primigenia. Ubicado entre los Estados de Wyoming, Idaho y Montana, y posado sobre el supervolcán más extenso del mundo, Yellowstone es una celebración de la vida y de la diversidad durante todo el año.

Mar Ramírez
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Foto: Juan Carlos Muñoz

La nieve desciende y hace aún más elegante el paisaje de las cumbres de las Montañas Rocosas, la cordillera que, como una espina dorsal, recorre el norte del continente americano y cuyo extremo noreste enmarca el Parque Nacional más famoso del mundo. El Invierno se escribe con mayúsculas en la inmensidad de Yellowstone. Un grueso manto nevado acolcha las extensas praderas de la elevada meseta volcánica -2.400 metros- que dibuja su geografía y donde parecen haberse dado cita todas las fuerzas naturales durante millones de años. El resultado: profundos lagos de montaña de un intenso tono azul, cataratas, ríos cristalinos, valles glaciares, cañones de paredes con infinitos tonos minerales y emanaciones subterráneas sulfurosas que recuerdan que el parque se halla sobre el supervolcán más extenso del mundo; sus manifestaciones en superficie lo convierten en uno de los parques más admirados desde que fuera protegido en el año 1872.

La primera gran impresión llega con una manada de bisontes americanos, con su aspecto prehistórico de tupido pelaje cubierto de nieve y hielo, desplazándose lentamente sobre la espesa capa de nieve en busca de alimento, mientras su aliento cálido asciende en forma de vapor. Es casi como contemplar el principio de los tiempos. Queda muy lejana la cifra de 60 millones de bisontes que habitaban estas tierras cuando llegaron los primeros colonos. Además de por sus pieles, los colonos diezmaron la población de bisontes hasta dejar apenas 800 ejemplares para así someter a las poblaciones indígenas por hambre. Tras haber regresado del borde de la extinción, su población actual es cercana a los cuatro mil ejemplares en el parque. Su presencia hace aún más irreal la visión de esta gigantesca caldera volcánica de la que hasta tiempos recientes no se ha sabido con exactitud sus descomunales dimensiones debido a las sucesivas erupciones y posterior erosión y sedimentación que sobre ella ha tenido lugar durante millones de años.

El Parque Nacional de Yellowstone se extiende en un área de 8.983 kilómetros cuadrados, comprendiendo lagos, cañones, ríos y cadenas montañosas. El Lago Yellowstone es el lago más grande de montaña de América del Norte y en la mitad meridional de éste se encuentra la Caldera Yellowstone, el supervolcán más grande del continente y considerado un volcán activo. Si despertase, la magnitud de su erupción sería devastadora. Llegaría el fin del mundo puesto que las temperaturas del planeta se elevarían en 10ºC. Aquí la tierra sigue ardiendo bajo los pies ya que el magma incandescente se halla apenas a cinco kilómetros de profundidad, cuando lo normal es que se encuentre a unos doce. Considerado el parque nacional más antiguo, Yellowstone es famoso, además de por su fauna, por sus fenómenos geotérmicos. Una parada obligatoria es el Old Faithful Geyser, el más admirado. Su columna de agua y vapor asciende a la altura de un edificio de 15 plantas cada hora.

Otra cita ineludible en cuanto a fuerzas geotérmicas son las fuentes calientes y las bellísimas formaciones de carbonato cálcico de Mammoth Hot Springs, una continua sucesión de estanques en cascada que reciben nombres tan sugestivos como Las terrazas de Minerva. Los majestuosos ciervos o uapití -denominación dada por los indios Shawnee- saben que este es uno de los mejores rincones del parque para afrontar las frías temperaturas invernales gracias al calor de los vapores que emanan los manantiales; así que su observación está garantizada a primera y última hora de la jornada en un entorno extraordinario de blanquecinas balsas escalonadas.

Yellowstone es una celebración de la vida y de la diversidad durante todo el año. La primavera convierte en un atronador ritmo el fluir de los cuatro ríos que surcan el parque y que entregan sus aguas tanto al Pacífico como al Atlántico, ya que está ubicado en la divisoria de aguas continental. Hay 290 cascadas que salvan los grandes obstáculos de nivel del paisaje, siendo las Lower Falls las más espectaculares, con sus 94 metros, y las Upper Falls, con una altura de un tercio de aquéllas, aunque tanto o más atronadoras en época de deshielo.

Entre los roquedos, a la búsqueda de las hierbas que florecen, es fácil distinguir al muflón o carnero de las Rocosas. Mientras, las inmensas praderas se pintan de colores vivos con la llegada de la floración y donde se pueden divisar manadas de uapitís, alces y otras especies de ciervos que acuden atraídos por estas plantas y el rico alimento que su celulosa les aporta. Aunque los árboles mayoritarios del parque son los pinos, también hay abedules y arces que tiñen el otoño de matices dorados. Entre ellos resulta más sencillo divisar a un oso negro trepando a algún tronco dada su sorprendente agilidad. No ocurre así con los osos grizzlies, cuyo pardo pelaje es más difícil de atisbar, ya que permanecen en lo más remoto del parque, ajenos a las miradas de los visitantes. Los osos son grandes corredores, por lo que conviene ir bien atentos al realizar recorridos senderistas. Ante un encuentro fortuito con uno de estos plantígrados hay que seguir las indicaciones de los guardas del parque sobre cómo reaccionar en tan azaroso momento de riesgo.

Al final de la jornada el caminante siente la satisfacción de tanta naturaleza en estado puro, y puede que la fortuna le sonría con la vista del paso sigiloso de una manada de lobos grises saliendo del bosque. Aunque llegaron a desaparecer del parque a comienzos del pasado siglo, la especie ha sido reintroducida con ejemplares canadienses. Su presencia ha demostrado que son el mejor regulador ecológico de las poblaciones de herbívoros como el uapití. Este cánido es el mejor ejemplo de que Yellowstone está vivo a través de un ciclo regenerador de fuego y hielo donde incluso se podría desencadenar el fin del mundo.