Palacios y monasterios con lo mejor de Aragón

Un monasterio cisterciense, un palacio del siglo XVIII, una pensión centenaria... Los viajeros amantes de la cultura recibirán con alborozo la propuesta de la red aragonesa de Hospederías. Nueve hoteles de primera categoría ubicados en edificios de una especial relevancia histórica y artística.

Foto: Álvaro Arriba

A principios del siglo XIII, la presencia árabe en la Península Ibérica se replegó a Granada, Murcia y Valencia. Preocupado por la seguridad de las localidades que colindaban con el reino taifa de Valencia, Jaime I de Aragón decidió asegurar una serie de localidades de la actual provincia de Teruel. Además de la construcción de castillos, murallas, fortificaciones y torres defensivas, Jaime I solicitó la ayuda de la Orden del Temple para mantener el control de estas tierras de frontera. De este enlace de conveniencia nació el Maestrazgo, una comarca histórica que se extiende entre el norte de Castellón y el sur de Teruel y que recibe su nombre del término Maestre, la máxima autoridad en las órdenes militares.

En estos pagos, La Iglesuela del Cid se aferra a la Sierra de la Dehesa, a más de 1.200 metros de altitud. Esta localidad, la primera de Aragón al entrar desde Castellón, es un buen ejemplo del abundante testimonio medieval de la zona. Entre su patrimonio arquitectónico, declarado Conjunto Histórico en 1982, sobresale la torre de los Nublos, un torreón de un castillo medieval que fue empleado por los templarios. A pocos pasos se encuentra el palacio Matutano-Daudén, que fue construido en el siglo XVIII y hoy ha sido reconvertido en hospedería. Este es el principal objetivo de la red de Hospederías de Aragón (www.hospederiasdearagon.com): recuperar edificios históricos y rehabilitarlos como alojamientos hoteleros de máxima categoría. Son nueve hoteles distribuidos por toda la Comunidad Autónoma, que poseen el don de transportar a los viajeros a un tiempo pasado en el que el único GPS era el sol.

Al entrar en la Hospedería de La Iglesuela del Cid, una magnífica escalera imperial recibe al visitante. En los pisos superiores, los abigarrados salones recuerdan el aristocrático pasado del edificio (la calle Ondevilla, donde se encuentra la hospedería, acogió a los más nobles vecinos desde la Edad Media hasta el siglo XVIII). Ese abolengo impregna todas las estancias del hotel. Las horas muertas son las mejores para descubrir los numerosos secretos del palacio. En esos instantes, a media luz, el comedor, con sus techos altos, altísimos, las lámparas de araña y los espejos repletos de sombras, revela su verdadera esencia. Sabiduría y prestancia digna del veterano camarlengo.

Los actuales propietarios, que rehabilitaron el edificio en el año 2010, han sabido conjugar acertadamente las antigüedades -muchas de ellas de la propia familia- con algún que otro guiño al diseño contemporáneo. Además de las 36 acogedoras habitaciones, la hospedería cuenta también con una estancia muy especial. En memoria de un obispo que la utilizó tiempo atrás, la suite principal está engalanada con abundante imaginería y ornamentación. El abigarramiento llega al punto de que imágenes de santos decoran el cuarto de baño. Perfectamente visibles desde el retrete.

A principios del siglo XX, la población de Allepuz rondaba los mil habitantes. A causa de la emigración a la ciudad, este encantador pueblo de naturaleza rotunda tiene hoy tan solo 150 vecinos censados. Durante la época de esquí recupera algo de la actividad perdida, al encontrarse a tan solo 17 kilómetros de la estación de Valdelinares, la preferida por los valencianos debido a su cercanía. También sirve como uno de los puntos naturales de entrada a la comarca del Maestrazgo.

La hospedería de cuatro estrellas Palacio de Allepuz ocupa una posición estratégica sobre la Sierra de Alfambra. Desde el mirador de su cafetería se contempla la ondulante carretera que atraviesa el puerto de Sollavientos (1.507 metros de altitud). El hotel ocupa un palacio del siglo XV antiguamente propiedad de un conde italiano comerciante de lana, algo entendible teniendo en cuenta que la localidad fue un importante punto de tránsito del Camino de los Pilones, ruta que unía comercialmente la provincia de Teruel con el Mediterráneo. La majestuosidad del estilo renacentista aragonés contrasta con la acertada decoración contemporánea y la cálida iluminación. Entre las 22 habitaciones que ofrece, la suite abuhardillada con robustas vigas de madera quizás resulte la más llamativa. Un buen lugar para concluir las historias de amor que comiencen en los festejadores que se conservan en el palacio.

Las hospederías aragonesas no se ubican exclusivamente en pequeñas localidades de ámbito rural. A tan sólo 87 kilómetros de la ciudad de Zaragoza, en pleno centro de Calatayud, se encuentra el Mesón de la Dolores. Conscientes de que si no puedes derrotar al enemigo es mejor unirse a él, los propietarios de este hotel decidieron homenajear a la protagonista de la copla que ha martirizado a los bilbilitanos durante un siglo: "Si vas a Calatayud, pregunta por la Dolores, que es una chica muy guapa, amiga de hacer favores". En la planta baja del establecimiento incluso hay un pequeño museo en su honor. Uno de sus objetos más preciados es el popular, por viajado, baúl de la Piquer. En 1940, la tonadillera protagonizó La Dolores, un largometraje de Florián Rey inspirado en la ópera homónima de Tomás Bretón.

Más allá de la anécdota, el Mesón de la Dolores es un entrañable alojamiento que dispone de 34 habitaciones. Parte de su incuestionable encanto es su surrealista distribución interior, que resultaría ideal para representar una comedia de entradas y salidas escrita por Jardiel Poncela. Pisos a distintos niveles, rellanos, escaleras, salones de paso... y un patio interior al que dan un buen número de habitaciones, lo que provoca la impresión en el visitante de encontrarse en una verdadera corrala. El edificio, un palacete de finales del siglo XV, se utilizó como posada entre los siglos XVIII y XIX. A finales del XX se encontraba en ruinas, hasta que fue convertido en hospedería en el año 1999.

El británico Patrick Leigh Fermor, considerado uno de los mejores escritores de viajes del siglo XX, pasó una temporada en el monasterio cisterciense de La Grande Trappe, en Francia. En su obra titulada Un tiempo para callar, el autor resume el día a día de un monje de esta orden: "Se levanta a la una o las dos de la madrugada, dependiendo de la estación. Pasa siete horas diarias en la iglesia cantando en los oficios, arrodillado o de pie en silenciosa meditación, a menudo en la oscuridad. El resto del día lo destina a las labores del campo en sus formas más primitivas y agotadoras... La dieta consiste casi enteramente en raíces y tubérculos; la carne, los huevos y el pescado están vetados". Como Leigh Fermor apunta, los rigores de la vida trapense no acaban aquí.

La hospedería del Monasterio de Rueda, por su parte, ocupa un monasterio cisterciense del siglo XII. No obstante, frente a los tubérculos de antaño, los huéspedes contemporáneos pueden disfrutar de foie con jamón de Teruel en terrina con membrillo de Sástago. Y en sustitución de las austeras celdas, los visitantes del siglo XXI tienen a su disposición 35 elegantes habitaciones que están repletas de comodidades.

Situado a la entrada de la localidad de Escatrón, este espectacular recinto monástico se distribuye alrededor de un claustro, cuyos lados están ocupados por el hotel -que ocupa el antiguo palacio abacial-, una preciosa iglesia y un albergue para peregrinos actualmente en obras. Entre sus estancias destaca la elegante suite principal, antigua habitación del abad, que con sus 60 metros cuadrados de superficie supera en dimensiones a la mayoría de los pisos de las grandes ciudades.

Twitters, meetings, brainstormings, SMS... palabros que no hacen sino corroborar la precipitación de la vida contemporánea. Un ritmo que es poco propicio para el descanso y la reflexión. Sin llegar a los excesos del retiro cisterciense, la mente necesita ciertos periodos de relax para lograr un buen funcionamiento. Para lograr este objetivo, las Hospederías de Aragón y su iniciativa de recuperar el patrimonio artístico proponen una receta digna de elogio: viajar al pasado con las comodidades del presente. Da la impresión de que las sabias palabras de Epicuro han sido escuchadas: "El que se olvida de los bienes gozados en el pasado es ya viejo hoy".