Paisajes con figura en la Costa Daurada

Cuatro postales radiantes, animadas por la presencia de artistas universales como Gaudí, Miró, Picasso o Casals. La recién creada "Ruta de los genios" enlaza parajes que van de las playas de El Vendrell a los riscos de Mont-roig y los escarpes de Horta (en Terres de l''Ebre), pasando por la eclosión modernista de Reus.

Carlos Pascual
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Foto: Lucas Abreu

La armonía de sonidos parece flotar en un paisaje mediterráneo dúplice: cual balanza de una diosa griega, el mar y la montaña equilibran el dorado escenario donde faunos y criaturas soñadas atrapan, en la flauta de Pan o en unas cuerdas de tripa, la música de las esferas, rodeados de lechugas y aves de corral, con el mar fulgiendo como oro líquido sobre la geometría de albarradas y tejados.

Esa es la ribera mítica. Ahí se incrusta el casco viejo de El Vendrell y su calle de Santa Ana; en el nº 4 nació Pau Casals un 29 de diciembre de 1876. Su padre era organista en el templo parroquial, y Pau tuvo ocasión, con nueve añitos, de hacer sus pinitos en misas y funerales. Cuando Pau contaba ya 34 años y cierto prestigio, se hizo construir un chalé de dos pisos en el barrio marino de San Salvador, a tres kilómetros del centro; una orilla donde huele aún a sal y algas, y el revoque de adoquines y farolas no impide adivinar su antigua condición de arenosa almohada para la agonía de las olas. Ese chalé, que Casals fue ampliando con el tiempo, lo ocupó hasta el momento de su exilio, en el año 1939. Luego Pau voló muy alto, posó con su violonchelo en las mejores salas de concierto del mundo, en las Naciones Unidas (donde llevó a cabo el estreno de su Himno de la Paz), acompañó a los más grandes, compuso su propia música. Pero nunca olvidó sus raíces: "Afortunadamente, durante mis viajes por tantos países extranjeros nunca me ha abandonado el niño de El Vendrell". Tuvo otras casas, la más emotiva, tal vez, la que se muestra en la plaza de San José, en el Viejo San Juan, en Puerto Rico, que se convirtió en su tierra de asilo.

El chalé de la playa de San Salvador conserva la atmósfera familiar del autor. En 1981, el arquitecto Jordi Bonet construyó enfrente el Auditori Pau Casals, con vidrieras del pintor Vila Grau cerrando el escenario, y un busto del músico obra de Josep Maria Subirachs. Es allí donde se celebra, en agosto, el Festival Internacional de Música Pau Casals. En la casa natal de la calle de Santa Ana se guardan instrumentos musicales, recuerdos y documentos familiares; allí se organizan visitas guiadas que acaban con un concierto en el órgano barroco de la parroquia. Al lado mismo de esta casa permanece Cal Ximet, comprada en 1778 por un payés que, además de botero y viñador, resultó ser bisabuelo del poeta y dramaturgo Àngel Guimerá; otro lieu de mémoire donde los versos del autor de Terra Baixa o Mer i cel añaden el timbre de la palabra al vasto acorde musical.

La personal estética de Gaudí. La mística de los volúmenes puede gestarse, teresianamente, en la panza de las cacerolas. El abuelo y el padre de Gaudí eran caldereros, y la forma en que una plancha de cobre adquiría forma y volumen pudo excitar y alentar la vocación del pequeño Antoni. Éste nació en Reus en 1852, y allí vivió hasta los 16 años. Luego se fue a Barcelona, donde daría forma a una estética personalísima que le hizo despegarse de los estilos en boga y le confiere una actualidad y universalidad inagotables. A Gaudí le gustaba afirmar que "la originalidad consiste en volver al origen". Paradójicamente, pese a sus vínculos familiares (también la madre provenía de una masía cercana a Reus), Gaudí no dejó obra alguna en su propio pueblo. Pero sí lo hicieron algunos de sus discípulos o seguidores más ilustres, como los Doménech, padre e hijo: Lluís Doménech i Montaner levantó los dos edificios más nobles de Reus, la Casa Navás y el Instituto Pere Matas, aparte de las Casas Rull (1900) y Gasull (1911), que encarnan la rápida secuencia del modernismo europeísta al noucentisme catalán. El hijo, Pere Doménech i Roura, junto con el arquitecto municipal Pere Caselles y otros muñidores como Joan Rubió, Pau Monguió o Josep Lubieras dejaron en la ciudad de Reus un centenar largo de edificios que conforman una singular Ruta modernista (bien señalizada a pie de calle), y sitúan a Reus en uno de los puestos de honor dentro de la Red de Ciudades Modernistas de Europa.

Aparte de eso, está el (relativamente) reciente Gaudí Centre, situado en plena Plaça del Mercadal (que, como en Alemania la Marktplatz, hay que traducir como Plaza Mayor, mejor que plaza del mercado). Se empieza la visita por el final, o sea por la planta tercera del edificio: allí un espectáculo audiovisual entona y da pistas. Luego, en las plantas segunda y primera se podrá seguir el itinerario vital y las claves humanas y artísticas del genio. La visita acaba a nivel de calle, como una invitación a salir y prolongar la experiencia recorriendo precisamente la citada ruta modernista.

Pintar como un hortelano. Mont-roig es un pueblo pequeño de payeses, en un cerro de arenisca rojiza (Monte-rojo), donde el padre de Joan Miró compró una masía. En 1911, el chico, que ya andaba por los 18, se instaló en esa casa para curar unas fiebres tifoideas y se puso a pintar, para no aburrirse. Cultivó el detallismo algo naïf y casi puntillista que caracteriza su primera etapa (La Masía, Pueblo e iglesia de Mont-roig) y que le llevaría, tras flirtear con cierto cubismo fauve y un surrealismo à la page, a encontrar su estilo personal, formado por signos abstractos y colores primordiales, tamizados por un halo de poesía. Miró acudió a Mont-roig a lo largo de toda su vida, sobre todo en verano, pasando temporadas; una forma de enfatizar sus raíces es la célebre frase que gustaba repetir: "Yo pinto como un hortelano". Volvió por última vez en 1976, cuando contaba 83 años (fallecería siete después), y sus antiguos convecinos le rindieron entonces un homenaje emotivo, incluyendo la subida a la Ermita de la Roca, cuyo color roig envinagrat le obsesionaba.

El Centro Miró se abrió en 2004 en la antigua parroquia del pueblo. La trayectoria vital y artística de Miró se refleja en fotos, documentos, reproducciones de sus obras y algunos objetos. Algo muy especial que puede verse: los cabezudos y ninots que Miró diseñó para las fiestas del pueblo, perdidos durante la guerra del 36, pero que han sido rehechos a partir de sus bocetos. El templo, ahora secularizado, transmite una atmósfera especial, a tono con el universo mágico y telúrico del artista, y permite entender algo que Miró repetía en la distancia: "Mont-roig me ha dado una fuerza de árbol".

La invención del cubismo. Unos años antes que Miró, también un Picasso casi adolescente había ido a reponerse a un pueblo cercano a Mont-roig, Horta de Sant Joan, en Terres de l''Ebre. Pablo Picasso, con 16 primaveras, convalecía de una escarlatina, y aceptó la invitación de su amigo y compañero de la Escuela de Bellas Artes de Barcelona, Manuel Pallarés, para pasar unos días en el pueblo de éste. Unos días que se alargaron a nueve meses, gracias a la generosa hospitalidad de la familia. Los dos estudiantes salían a pintar al campo y se aislaban del mundo en abrigos y cuevas de Els Ports (que arrancan por aquel término). Esa amistad duraría toda la vida, para ambos. Picasso volvió a Horta diez años después, en 1909, esta vez acompañado de su primera musa y amante, Fernande Olivier. En aquella segunda estancia, Picasso pintó sus primeros cuadros cubistas (La alberca, La fábrica de Horta). Guardó toda su vida una navaja de aquel entonces, como un secreto talismán, y le gustaba afirmar: "Todo lo que sé, lo aprendí en Horta".

En 1992 se abrió en Horta el Centro Picasso, aprovechando un antiguo hospital, que también había sido cuartel y que un incendio había dejado sin uso. En sus tres plantas se documenta la relación del pintor malagueño con Horta, y se muestran reproducciones de obras pintadas en el pueblo, o que hacen referencia a él -los originales, como es obvio, se encuentran dispersos por el ancho mundo, embajadores silentes-. También aquí pueden verse cabezudos que, al igual que Miró, diseñó para acompañar a los gigantes de las fiestas locales. El mérito del Centro no reside, claro está, en el valor material de lo expuesto sino en la invitación a salir y mirar, a adiestrar la mirada para ver más allá de la piel de las cosas, admirar formas y armonías en un paisaje donde solo parece haber unas tapias desconchadas, unos tejados yerbosos o unos árboles mudos, al pie de unas montañas.