Oaxaca, el pueblo de las nubes

Al sur de la República de México, a unos cuatrocientos kilómetros de la capital del país, se extiende, en el centro de un valle boscoso al amparo de montañas y sierras, la cuadriculada Oaxaca de Juárez –capital del Estado homónimo–, la antigua Antequera que los colonizadores hispanos levantaron con sólida cantera verde, bien agarrada a la tierra sísmica de los legendarios zapotecos y mixtecos, las gentes de las nubes.

Jaime González de Castejón
 | 
Foto: Jaime González de Castejón

Lo primero que llama la atención de Oaxaca es eso precisamente, la sonoridad de su intrigante nombre. ¿De dónde le viene? Según explican algunos expertos, provendría de la palabra nahuatl Huaxyacac, que podría traducirse como "sobre la nariz o en la punta de los guajes -o huajes-", es decir, en el lugar más alto del bosque de guajes, una leguminosa arbórea de semillas comestibles que abunda en el valle, y de ahí, de guajes, vendría Guajaca, pronunciación equivalente de la actual Oaxaca, que ha recuperado, como México, la grafía española antigua. Guillermo Marín Ruiz, promotor cultural de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), escribe: "A los mexicanos, al escuchar el nombre de Oaxaca nos vibra el corazón y nos exalta el alma". A su entender, el Estado de Oaxaca es el que conserva el legado más genuino y puro de la antigua civilización madre común a todos los pueblos mexicanos y de parte de Centroamérica, la herencia antigua que menos se ha diluido en el acervo cultural de los cinco siglos de posterior enriquecimiento colonial. Por ello, afirma Marín que con tan solo escuchar el nombre de Oaxaca, "de lo más profundo de nuestro ‘banco genético de información cultural'' despierta nuestra olvidada raíz indígena y se despabila nuestro adormecido espíritu". Este vivo legado puede comprobarse en un sinfín de sincretismos oaxaqueños, manifestados en la música, el baile, el vestido tradicional, las fiestas y las costumbres, y desde luego en la gastronomía. Y, sin embargo, para el recién llegado a la ciudad de Oaxaca lo primero que salta a la vista es la belleza de la noble arquitectura hispana levantada entre los siglos XVI a XVIII.

Nombres cambiantes

Lo primero que hubo fue un sencillo asentamiento militar y comercial zapoteco, más tarde disputado por los mixtecos y conquistado finalmente en 1486 por los contingentes del mexica Ahuízotl. Luego la conquista hispana lo aprovechó como un nuevo eslabón en la cadena de su incansable búsqueda del mítico oro, fundándola y refundándola entre 1521 y 1532 como villa con distintos nombres: Segura de la Frontera -reflejando el afianzamiento de los planes de Cortés-, Antequera la Nueva -repitiendo, como era corriente, un topónimo peninsular- y Villa de Antequera de Oaxaca -añadiendo ya el apellido de sus orígenes-, hasta conseguir el título máximo de ciudad otorgado por Carlos V de España como Ciudad de Antequera desde el 25 de abril de 1532, fecha en que se firmó la Cédula Real. Ya en el siglo XIX, tras la muerte en 1872 de Benito Juárez -el zapoteco que llegó a presidente de México alcanzando el sobrenombre de Benemérito de las Américas-, la capital del Estado de Oaxaca recibió el nombre oficial de Oaxaca de Juárez.

Las piedras zapotecas

Las raíces más añejas de Oaxaca se localizan en Monte Albán, la Montaña Sagrada, rectángulo perfecto de mecánica celeste, bien delineado por las poderosas ruinas que atestiguan los millones de toneladas de piedra que fueron movidos para crearla, bajo influencias del norte azteca y del sur maya. Situado a unos cuatro kilómetros al oeste de Oaxaca, el sitio arqueológico incluye cerros esculpidos en terrazas y vastas planicies sobre las que descansan los enigmas de sus edificaciones ceremoniales en forma piramidal. Estratégica meseta militar, elevada a cuatrocientos metros de altitud sobre la fértil planicie, Monte Albán dominaba el valle de Oaxaca quinientos años antes de Cristo, cuando la jerarquía zapoteca, con sus complejos ritos y sus inquietantes juegos de pelota, disfrutaba del máximo esplendor. Pocas ciudades pueden presumir, como Oaxaca, de contar con un patrimonio dual tan complementario, el prehispánico de Monte Albán y el virreinal del casco histórico, ambos formando conjunto en la lista de la Unesco desde 1987.

Iglesias y conventos

Mientras Hernán Cortés, padre simbólico del mestizaje que define a los mexicanos, se convertía en el poderoso primer Marqués de los Valles de Oaxaca, la nueva Antequera se iba desarrollando bajo la influencia de las órdenes religiosas españolas que dominaban el panorama colonial. Al dictado de la arquitectura barroca iban surgiendo templos en cuyos interiores los antiguos dioses nativos congeniaban a su modo con las imágenes cristianas. Los retablos recargados, las esculturas policromadas, el oro y la plata que nos dejaron, contrastan con la sobria solidez de sus fachadas. La robusta Catedral de Oaxaca reemplazó desde 1733 -fecha en la que por fin fue concluida- al anterior Templo de San Juan de Dios, donde se dijo la primera misa cuando no era aún más que una capilla. Fueron innumerables las iglesias, hospitales y monasterios que configuraron Oaxaca, sobresaliendo entre todos ellos el Convento de Santo Domingo, uno de los mayores y más amplios del barroco mesoamericano.

En centro de la cuadrícula

Como tantas urbes virreinales, Antequera de Oaxaca fue trazada a cordel, en base a una cuadrícula de calles perpendiculares con manzanas de cien por cien varas, ordenadas regularmente en torno a las dos cuadras centrales, liberadas como punto de encuentro social, religioso y político, con la soberbia mole catedralicia ocupando la mitad norte, y las Casas Consistoriales al sur. Hoy llamada Plaza de la Constitución, la que todos conocen como Zócalo sigue ejerciendo sin competencia su poderosa imantación, animada por los vendedores de globos, las bandas de música callejeras, los mariachis, las marimbas y las acogedoras terrazas de sus soportales -que aquí llaman portales-, desde donde la vista se relaja ante los gigantescos laureles centenarios que aportan el toque diferencial.

Los barrios

Iban creciendo alrededor de la plaza central, repartidos, como era habitual en aquellos tiempos, por grupos sociales y gremios. La jerarquía más alta se extendió alrededor del Zócalo, donde se ubicaron los palacios y las buenas casonas de cantera verde, especialmente en el eje principal norte-sur que une la Catedral y Santo Domingo -que hoy llaman Corredor Turístico Macedonio Alcalá-, dejando lo que entonces eran los alrededores y hoy son barrios tradicionales dividido según oficios -la mayoría de ellos ejercidos por indígenas- y cada uno con un templo con nombre de santo católico y apellido zapoteco-mixteco-mexica. Los tejedores se instalaron en Santo Tomás de Xochimilco; los curtidores, en San Matías Jalatlaco; los hortelanos, en Trinidad de las Huertas; los carniceros, los panaderos, los alfareros y el resto de oficios, en Sayula, San Juan Chapultepec y San Martín Mexicapan o Ex Marquesado.

La cantera colonias

Al ser planificados a un tiempo, los edificios del casco histórico mantienen armoniosas concordancias en diseño y empleo de materiales, además de la característica uniformidad chaparreta, robusta y compacta con la que se agarran al suelo, en una de las zonas con mayor actividad sísmica del país. Cuanto más cerca del centro, más abunda la piedra de misteriosas tonalidades, la responsable de que Oaxaca fuera antaño conocida como Antequera la Verde, y cuanto más nos alejamos, más se van tiñendo las fachadas de vivos colores. El rojo geranio, el rojo sangre, el rojo coral, el azul celeste, el añil, el turquesa, los verdes esmeralda, los ocres y los amarillos, los rosas y las infinitas combinaciones de todos ellos que surgen cuando se rebordean ventanas y se subrayan zócalos. Lo que hace tan singular a Oaxaca es precisamente el arte con que ha sabido concertar la nobleza de su piedra verde con el adoquinado tradicional y el característico estallido cromático del espíritu mexicano, bajo un cielo en el que destacan, siempre presentes, las sierras vigías.

Los caminos a Oaxaca

Muchas de las plazas y jardines que hoy embellecen el centro urbano de la ciudad de Oaxaca se abrieron a mediados del siglo pasado, desfigurando ligeramente el casco histórico, pero restaurando a su vez muchos de sus edificios. En el siglo XVII la ciudad había duplicado su extensión, fortaleciéndose como centro comercial, religioso y administrativo en las rutas entre Guatemala y Perú, construyendo, ya en los últimos tiempos del colonialismo, las obras hidráulicas del acueducto de San Felipe del Agua y su sistema de fuentes. Pero no fue hasta la llegada del ferrocarril cuando se acortó por fin la distancia de casi dos semanas en diligencia que la separaban de la capital mexicana. Hoy, la Supercarretera de Cuota (autopista de peaje) Ciudad de México-Puebla- Oaxaca ha convertido a la vieja Antequera en una ciudad cada vez más apreciada y valorada por los viajeros y el turismo, pero que, sin embargo, se mantiene absolutamente auténtica, porque, como dicen por aquí, a pesar de su extensión, el mayor encanto de Oaxaca reside en que "sigue siendo un pueblote".

Gratas sorpresas al sur de Oaxaca

Las artesanías más antiguas han quedado resguardadas en las poblaciones que nos invitan a adentrarnos por autovías y buenas carreteras hacia el sur y el suroeste del Estado. Muy cercano, el Valle Grande incluye dos buenas opciones. La Ruta Monte Albán-Zaachila, que enlaza estos dos impresionantes enclaves arqueológicos con las poblaciones de San Antonio Arrazola, donde los artesanos esculpen una zoología fantástica en madera de copal, y Cuilapán de Guerrero, famoso por su convento dominico inconcluso. Y la Ruta Ocotlán, que esconde el secreto de la cerámica negra de San Bartolo Coyotepec -que antes del descubrimiento de Doña Rosa era gris, opaca y sin brillo-, el buen hacer de los artesanos Jacobo y María Ángeles de San Martín de Tilcajete -dedicados a la labra de la madera de copal-, la tradición milenaria de los telares de cintura de Santo Tomás de Jalieza -donde el mercado se celebra los viernes-, y la casa de Rodolfo Morales, el pintor de iglesias de Ocotlán de Morelos. Por otro lado, hacia el oriente, la Ruta Mitla recorre el Valle de Tlacolula, que empieza con la impactante sorpresa de Santa María del Tule: un ejemplar de sabina gigantesco, el ahuehuete, árbol viejo del agua, del atrio de su iglesia, de más de dos mil años de edad, unas doscientas toneladas de peso calculadas, más de cuarenta metros de altura, un diámetro cuyo abrazo requeriría una treintena de personas y montones de figuras imaginarias esculpidas por la Naturaleza en los nudos de su vetusta corteza. Más adelante, entre las zonas arqueológicas de Dainzú y Lambityeco, la villa de Teotitlán del Valle mantiene su renombrada producción de telas y alfombras de lana teñida de forma natural, cuyos diseños reproducen grecas y grifos zapotecos y dibujos de pintores contemporáneos. Antes de llegar a Mitla, el complejo lugar de los muertos, iniciado por los zapotecos y concluido por los mixtecos, que presenta adornos geométricos únicos en el país -evitan figuras humanas, de plantas, animales o seres mitológicos-, hay que probar el mezcal de Tlacolula o el de Matatlán, y más allá de la mítica Mitla, acercarse hasta Hierve el Agua -a 70 km ya de Oaxaca-, donde los zapotecas crearon un sistema de riego artificial único y que hoy ofrece un balneario natural de manantiales efervescentes.

Monumentos vivientes

Son muchos los árboles centenarios que aportan a la arquitectura histórica de Oaxaca el mejor de sus adornos, empezando por los augustos laureles que ensalzan el lado norte del Zócalo, frente a la Catedral, y se repiten en la Alameda del León, en la calzada Porfirio Díaz y en el Jardín Sócrates, frente al atrio de la Basílica de Nuestra Señora de la Soledad. El más grande y majestuoso de los laureles del Centro Histórico se yergue en el patio del antiguo Seminario de Santa Cruz de la calle García Vigil. En la misma calle, en la casa contigua al acueducto conocido como "los arquitos" podemos admirar emblemáticos pochotes y ceibas, y un ficus especial en la calle de Constitución. A media cuadra del Jardín Carvajal, en la calle de Macedonio Alcalá hay un aguacate de más de doscientos años, y en la iglesia de San Matías del barrio de Jalatlaco, dos especies nativas del valle de Oaxaca en extinción, los llamados coquitos, que, dicen, fueron sembrados por los jesuitas de Santa Catalina. Dos ejemplares milenarios se yerguen en la Estación de Ferrocarril Mexicano del Sur, un gran higo del valle, de doscientos años de edad, junto a los andenes, y el gran ahuehuete de la Calzada Madero, que fue plantado, según la leyenda, por el ejército de Moctezuma cuando invadió Oaxaca a mediados del siglo XV. Hay tres higos del valle gigantescos en la Calzada de la República -antiguo lecho del río Jalatlaco-, en la calle de Libres y en el Llano de Guadalupe, donde también hay un par de laureles decimonónicos y un fresno plantado a principios del XIX y colonizado por la enredadera gigantesca copa de oro.