Níger, tercer gran río de África

El Níger nace en Guinea Conakry y atraviesa Mali, Níger, Benín y Nigeria antes de desembocar en el golfo de Guinea después de más de 4.000 kilómetros de recorrido. Es el tercer gran río de África, tras el Nilo y el Congo, y la principal vía de comunicación de todos los países por los que atraviesa. Pocos aventureros se han atrevido a remontarlo en busca de sus orígenes. Este es el relato de una expedición excepcional hacia las fuentes del Níger.

Juan Antonio Muñoz

Huma, el dios del viento, ha querido estar presente en la salida de nuestra expedición. Una formidable tormenta abre el cielo y desata todos los elementos sobre la tierra. Es la peor época para viajar, la temporada de lluvias, pero la mejor para contemplar la vida en África, cuando la lluvia revitaliza una tierra apagada por los meses de sol y de sequía. Después de recorrer centenares de kilómetros por Marruecos y Mauritania, llegamos a Senegal. Las dunas y las caravanas de camellos han dado paso a las verdes sabanas en las que destacan la ropa roja de los pastores y los colores claros de las escasas cabezas de ganado que buscan comida por la zona. En torno a los pozos se concentra la vida.

Nuestro objetivo es llegar a Tambakounda, llave del camino hacia Guinea Conakry. Luego Mali y, finalmente, los montes Loma, entre Guinea Conakry y Sierra Leona. Pretendemos alcanzar el lugar donde nace el río Níger, el tercero de África tras el Nilo y el Congo, el río que baña Tombuctú. Hace poco más de 200 años, el nacimiento del Níger era aún un enigma. Luego, durante más de un siglo fue una meta imposible para muchos aventureros que iban tras la estela del primer europeo que intentó remontar el río hasta su fuente, el escocés Mungo Park. Ahora las dificultades no son pequeñas. La lluvia, la inmensa lluvia, destaca entre ellas.

Tambakounda es un nudo de comunicaciones. Ha crecido gracias al paso del ferrocarril que une Dakar, en Senegal, con la capital de Mali, Bamako. Antes era un pequeño asentamiento mandinga, uno de los grupos étnicos predominantes en Senegal, junto a los peules, los wolof, los diola y los toucouleur. En Tambakounda cargamos provisiones y buscamos información sobre las pistas. Todas empapadas, todas en un pésimo estado para avanzar con los coches.

Entre Tambakounda y la frontera con Guinea Conakry están las regiones más ajenas al turismo de Senegal. Atravesamos, primero, el Parque Nacional Niokolo Koba. Años atrás resultaba frecuente encontrar en su interior grandes felinos. Ahora no se ve ninguno. Familias de monos, mandriles y una gran cantidad de facóqueros acompañan nuestro viaje.

En Kedougou nos preparamos para entrar en las montañas al sur de la sierra de Futa Djalon, territorio de los bassari y los bedik. Hace muchos años que los senderos por los que transitamos no han visto pasar ninguna clase de vehículos. Avanzamos a una media de un kilómetro por hora. Son unos caminos imposibles. Una mujer que lleva un bebé sobre su espalda se aproxima con una cierta cautela. Nos indica, por señas, una dirección, que entendemos que se trata del camino hacia su aldea. Aceptamos su consejo. Kilómetros después, horas después, aparecen más mujeres, más niños.

Algunas mujeres llevan la nariz atravesada por una espina de puercoespín, otras enseñan una espléndida colección de aros y pendientes que cuelgan de sus orejas. Ningún niño se acerca. Los pequeños nos miran desde lejos, con curiosidad y miedo. Varias mujeres, entre ellas nuestra primera amiga, nos llevan hasta la choza del jefe del poblado, ante quien depositamos pequeños regalos: jabón, cerillas y nuez de cola. El jefe los acepta amablemente y agradece la entrega con evidentes signos de simpatía. Otros hombres sonríen, las mujeres también. Sólo los niños nos siguen considerando sospechosos cuando dejamos el poblado.

Días después, decidimos detenernos en otra pequeña aldea. En esta ocasión, por indicación de un hombre, Mohamed, un antiguo militar destinado en Conakry que habla un perfecto francés. Mohamed nos habla de las costumbres de los coniagui y de los bassari. Las mujeres coniagui no se casan, dice, hasta que no han tenido un niño, después de que han demostrado plenamente su fertilidad. Cuando tienen el niño, indican ante el consejo de ancianos del poblado quién creen que ha sido el padre, que pasa a convertirse en su marido. También indican quiénes han sido los otros amantes, que deberán donar un pollo al nuevo matrimonio.

Más días, más kilómetros, más lluvias y más caminos que nos agotan. En Labé nos aprovisionamos de combustible y pan. En Pita nos desviamos de la ruta para admirar las cascadas de Kinkon. El acceso está vigilado por un control militar, encargado también de proteger la central hidroeléctrica que el gobierno chino ha construido dos kilómetros al sur de las cascadas. Llegamos a un acuerdo con los militares y alcanzamos esta maravilla de la naturaleza. Impresionantes. El agua de dos ríos se precipita por una caída de 80 metros de altura. Es, sin duda, un lugar único, que nunca jamás habíamos visto citado en ninguna recopilación de los lugares más espectaculares del planeta. Y merecería estar entre los primeros.

Días y noches en los que continúa la lluvia. Truenos y relámpagos que iluminan las colinas. El ser humano aquí resulta insignificante, nada; una gota de la lluvia infinita que no cesa. Llegamos al gran río, al padre Níger. Montamos el campamento donde nos aseguran que está el comandante, quien es el único que puede autorizarnos a continuar. Tenemos mucha suerte y conseguimos localizarle. Más suerte aún: nos entrega una carta, un salvoconducto, que debemos entregar al capitán Alpha, en Kobikoro. Viajamos con la vista ahora puesta siempre en el río. Kobikoro es una pequeña aldea. No resulta muy difícil encontrar al capitán. Nos reúne en la Casa de la Palabra, la choza de asambleas, junto a los ancianos del pueblo. Lee la carta y explica a los ancianos que somos invitados. Nos permitirán el paso y, además, nos acompañarán para darnos seguridad hasta alcanzar nuestro principal objetivo: las fuentes del río Níger. Si somos capaces, porque en el último año sólo un camión militar ha podido cruzar los difíciles caminos de acceso. Otros vehículos que lo intentaron quedaron atrapados en el fango. Pero los coches aguantan. Los militares que nos acompañan parecen divertidos con nuestra suerte. No esperaban que llegáramos hasta el campamento militar más próximo al nacimiento del río, donde abandonamos los vehículos. Cargamos con mochilas, agua y cuerdas y proseguimos. Hay que andar y vadear decenas de arroyos. El agua de los riachuelos se suma a la lluvia y a la humedad del ambiente, disparada. Empapados, ascendemos por la montaña, jadeando.

Tras dos horas de una continua ascensión logramos alcanzar una mínima aldea. El capitán que comanda el pequeño grupo de militares que nos guía explica al jefe del poblado que queremos llegar hasta el lugar donde nace el río. El jefe mueve la cabeza. El capitán traduce: las fuentes del Níger son y han sido un lugar sagrado para su pueblo. Sólo podemos continuar si se añaden a nuestra expedición representantes de la aldea, que vigilarán nuestro comportamiento. Se suman a los militares. Me parece que somos una multitud, pero no importa. Estamos cerca, muy cerca.

Avanzamos con cierta dificultad entre la vegetación. Abrimos el camino sin saber exactamente hacia donde vamos. Cruzamos riachuelos y más riachuelos, trepamos rodeados de lianas, subimos y bajamos colinas, cada vez más cansados. Confiamos en la orientación de la gente del poblado. Nos detenemos para descansar y en cada parada les miramos para que nos confirmen con un gesto que el esfuerzo merece la pena, que no vamos en la dirección equivocada. Asienten. Falta poco, muy poco.

Y, por fin, llegamos. Estamos ante una mínima poza de agua. Un arroyo más que hubiéramos cruzado con un par de saltos si no nos hubieran indicado que ése era el lugar. Miramos el sistema GPS. Las coordenadas del lugar donde nos encontramos coinciden con las de nuestros mapas. Con total exactitud. Estamos en el lugar que alcanzó Chevalier en el año 1909, en el punto preciso del mito: las fuentes del río Níger. Nos abrazamos. Intentamos descansar para vivir un momento tan especial con algo más de energía. Pero no es posible. Los militares nos urgen a continuar, a volver atrás. No quieren problemas ni sorpresas desagradables. El riesgo estriba en que nos localicen los rebeldes de Sierra Leona. Su campamento principal se encuentra a menos de cuatro kilómetros.

Regresamos. Nos despedimos de los locales y de los militares. Unos y otros nos miran con curiosidad, preguntándose, quizá, por nuestra reacción después de haber alcanzado un objetivo por el que tanto habíamos peleado. Un lugar tan insignificante y para ellos tan habitual. Una fuente, apenas nada; para nosotros, un mito.

Siguiendo el río, alcanzamos la carretera que lleva hasta Kankan, en la frontera de Mali con Costa de Marfil. Un pequeño desvío nos permite ver las cascadas Tinkisso, un grandioso espectáculo de una naturaleza aún virgen. Poco después, la carretera nos depararía un encuentro realmente extraordinario: una mina de oro al aire libre en la que trabajan más de tres mil personas. Al lado de la carretera, camino ya de Kankan, vemos a un hombre con una pequeña báscula que parece comprar algo a unas niñas. Es oro. Se suma al grupo un joven con un pico. Trabaja en la mina. Nos indica que podemos seguirle, pero no tomar fotografías. Son sólo unos kilómetros. Lo que vemos resulta sobrecogedor.

Una montaña de tierra al aire libre y un hormiguero humano. Cientos de personas se introducen en pequeños pozos, de no más de un metro de diámetro y quizá más de 80 metros de profundidad, con una linterna, un pequeño pico y un cubo. Afuera, la otra mitad del equipo: otro trabajador que se encarga de tirar del cubo con una cuerda y vaciar la tierra. Cuando se forma un montón considerable de tierra, aparecen otros con cribas y cedazos para buscar minúsculas pepitas de oro. Todos parecen seres de ultratumba.

El blanco y el ocre de la tierra han cambiado el color de su piel. De cada agujero emerge de cuando en cuando el que bajó con el pico, el cubo y la linterna. Cada pozo pertenece a una familia. Algunos días, nos dicen, hay más de seis mil personas trabajando otros tantos pozos en la mina de oro más terrible del mundo. Volvemos a las pistas y al camino principal, junto al río. En Konsakoro tomamos la pista hacia Macenta. El paisaje es grandioso. Selva de montaña. Verde absoluto. Nos encontramos cerca ya de la frontera con Liberia y de nuevo tenemos que solicitar el correspondiente permiso de los militares.

En Macenta salimos hacia el río Dani para cruzar el puente de lianas más largo del oeste de África. Mide 70 metros de longitud. Bernard, el jefe del puente, nos ayuda a cruzarlo. Cazadores, campesinos, mujeres con cántaros y objetos en la cabeza cruzan el puente. Bernard nos cuenta que el puente necesita dinero. Cada año hay que repararlo con lianas que traen desde Macenta. Si no hay dinero, el puente se hundirá en algún momento.

Cruzamos el río en barcazas. La lluvia siempre presente. El río Níger nos acompaña durante toda la larga ruta hasta llegar a Bamako, la capital de Mali. Las selvas desaparecen según avanzamos hacia el norte. En Djenné, la tierra es ocre, las casas son ocres, el cielo es ocre. Las mujeres visten en esta zona vestidos que parecen saris de la India, bellos, elegantes y llenos de colorido. Son peules y hablan fula, la vieja lengua del antiguo imperio de Ghana.

El resto del viaje suma algunos miles de kilómetros, pero ya no veremos más el Níger, al que oímos avanzar camino del golfo de Guinea, de su último delta, en Nigeria. Lleva mucha agua. Muchos sueños, también; entre otros, los nuestros, que llevábamos años preparando el encuentro con el lugar donde nace. Una pequeña fuente, un soplo de agua del que arranca una de las mayores arterias de África, conectada con su corazón. Y con el nuestro.