Nepal, regreso al Valle de Katmandú

En abril de 2015 un terremoto devastó la tierra en el país del Himalaya. Un año después, Nepal muestra un aspecto radiante y sus habitantes gritan al mundo para que los turistas regresen a sus maravillosas ciudades, caminos y montañas.

Alfredo Merino
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Foto: Alfredo Merino

A pesar del terremoto, el bullicio no ha abandonado las calles de Thamel. El distrito turístico de la caótica Katmandú ha conocido tiempos mejores, pero incluso en estas horas bajas conserva su estrepitosa vitalidad. Porteadores acarreando sobre las espaldas -el principal medio de transporte del país- fardos con las más variadas y voluminosas mercancías; sherpas ofreciendo a la puerta de sus negocios los últimos artículos de trekking y alpinismo; mujeres hindúes que acuden a los puestos árabes para comprar llamativos collares para el Batra Banda de sus hijos, la ceremonia del paso al mundo adulto... Todos mezclados con ruidosas motos y los rickshaw que intentan capturar algún pasajero.

Los pocos turistas que llegan a Nepal se vienen a este barrio directos, como si se sintieran extraños ante los templos y estupas ahora casi vacíos. Desde aquí bajan al cercano centro en un paseo que pasa por la caótica Indra Chowk y la alucinante Asan Tole, donde, ahora sí, se impregnan de los ruidos, imágenes, olores y humos que definen el carácter de la capital nepalí.



Ya en Durbar Square, al comprobar que apenas se han venido abajo media docena de templos, se dan cuenta de que la ciudad mantiene una vitalidad como nunca y de que en Nepal la vida continúa como siempre. En realidad fueron dos seísmos los que el 25 de abril y el 12 de mayo de 2015 golpearon el país del Himalaya. Su intensidad, 7.8 grados en la escala de Ritcher, fue de las más fuertes que se recuerdan en esta parte de Asia. Las noticias del desastre ocuparon las portadas de todos los medios de comunicación del mundo: más de 9.000 muertos, 570.000 familias sin hogar y otras 270.000 que sufrieron daños de consideración en los suyos. Unicef estimó que 2,8 millones de personas resultaron afectadas y las imágenes que llegaron del Himalaya solo mostraban eso: destrucción y caos.

Ha pasado un año y todavía miles de nepalíes viven en campamentos de refugiados, algunos en el interior de la capital, quedan solares llenos de cascotes, casas derrumbadas y muchos edificios están apuntalados, pero el país ha recuperado su tradicional sonrisa y, salvo en lugares concretos, nada recuerda el tremendo cataclismo. Algunas zonas en el Himalaya sí que resultaron muy afectadas, con pueblos desaparecidos bajo avalanchas de tierra, pero en el Valle de Katmandú, donde se concentra la mayor parte de la población y es paso obligado para quien visita Nepal, los daños no han sido tan importantes como se cree en occidente.

Desde el pasado verano los aeropuertos funcionan con normalidad y no se detecta el menor asomo del supuesto desorden. Al fin y al cabo, cada cierto tiempo un temblor de tierra sacude esta parte de Asia y pone Nepal patas arriba. Es lo que ocurrió en 2011, cuando murieron más de cien personas. O en 1934, año en que otro devastador terremoto arruinó muchos templos y edificios históricos de Durbar Square. Todos se reconstruyeron con diligencia, hasta el punto de que tiempo después la Unesco los declaró Patrimonio de la Humanidad.

Templos afectados y renacidos

Las desgracias nunca vienen solas, así que a continuación de las naturales llegaron las políticas. Al poco tiempo de producirse el terremoto, el verano pasado India sometió a Nepal a un feroz embargo, como apoyo a las pretensiones separatistas de la zona sur prohindú. Las avalanchas de tierra, consecuencia del seísmo, habían clausurado la frontera de Nyalan, único paso entre Nepal y China y que todavía permanece cerrado. El pequeño país quedó aislado. Los productos solo podían llegar por aire y las restricciones fueron muy severas, en especial el suministro de gasolina. Conseguir un bidón de combustible era misión imposible y solo el transporte público lo tuvo relativamente garantizado. El 15 de noviembre de 2015 la apertura del precario puerto fronterizo de Kerung con China empezó a normalizar las cosas. Por fin, a finales del pasado febrero India levantó el embargo. Las colas en los surtidores todavía se prolongaron varios días, aunque, normalizado el suministro, ya no hay problemas para abastecerse de combustible, imprescindible para la normalización del país.

Durbar Square, la plaza del Palacio, fue de lo más afectado en Katmandú por el terremoto. Varios de sus templos principales se vinieron abajo y otros se mantienen en pie apuntalados, pero la vida se ha sobrepuesto al desastre. El lugar es el principal punto de encuentro de la urbe y los restos de los edificios se disimulan tras filas de vendedores y rickshaws. Los carteles dan pistas de lo que fueron los templos desaparecidos. También de los trabajos para su renacimiento.

La mayoría de edificios del norte de la plaza se mantienen en razonable buen estado. Como los templos de Krisna, Visnú y Jagannath. Todo lo contrario que en el lado sur, donde edificios míticos como el templo de Trailoka Mohan, consagrado a Visnú, se vinieron abajo. Estaba frente al palacio Gaddhi Baithak, cuyo estilo british contrasta con el del resto de edificios de esta plaza y que muestra afectada una de sus esquinas. Maju Dega, el famoso templo de los hippies, es otra de las pérdidas notables. Solo se mantienen en pie sus nueve escalones rojizos, que fueron meca y lugar de reunión de los mochileros que alcanzaron Nepal desde finales de los 60. Quienes le dieron su sobrenombre se esfumaron hace tiempo; solo permanecen unos pocos, reciclados en impostados sadhus, santones que deambulan por los alrededores y por la cercana Freak street en busca de unas monedas.

Muy cerca se alzaba el templo de Kasthamandap, uno de los más antiguos de la ciudad. Conocido como Maru Sattal, la tradición asegura que este edificio se construyó con la madera de una única shorea, venerado árbol de las selvas asiáticas. Junto a sus ruinas brilla el templete dorado de Ashok Binayak. Es irresistible comprobar la sincera devoción que le tienen los locales, formando colas para pintarse la tikka en la frente, ofrendar billetes, flores y frutas a la imagen de Ganesh de su interior y tocar con brío las campanillas en la trasera del templo. También llegan algunos occidentales que marchan al Himalaya. Hacen ofrendas para que la suerte les sea favorable. Enfrente se conserva una de las curiosidades más singulares del espacio: la musaraña dorada -algunos la confunden con un cerdo- que, según la mitología hindú, cabalgó Ganesh y es símbolo de los placeres materiales. Repleta igualmente de ofrendas, su hocico brilla de tantas manos y frentes como lo han acariciado.

La niña diosa

El Kumari Bahal, la casa de la niña diosa, no ha sufrido demasiado. Algunas grietas en sus venerables vigas y poco más. Tras los leones pintados, acaso con el mismo estilo pop con el que algunos shadus de hoy se decoran el rostro, vive la kumari devi, una de las siete niñas vírgenes, que eso significa su nombre, del Valle de Katmandú. Se trata de niñas de entre 4 y 7 años escogidas en la casta de los plateros shakya, en base a 32 virtudes que las convierten en eso, en diosas vivientes. Muchas son físicas, como el color de los ojos y la forma de los dientes, pero otras dependen del horóscopo y el carácter que tenga. En la selección se encierra a las pequeñas aspirantes en una habitación donde son asustadas por máscaras y ruidos aterradores. La que muestre mayor entereza es la elegida. Permanece en la residencia con su familia, de donde solo sale en seis ceremonias anuales. Así hasta su primera menstruación, momento en que es sustituida por otra kumari.

Al contrario que la de Katmandú, la Durbar Square de la vecina Patán resistió los estertores que hace un año tuvo la tierra. Cierto que algunos templos están apuntalados, pero todos se mantienen milagrosamente en pie. La otrora orgullosa villa histórica hoy está unida a la capital. Solo el sagrado río Bagmati las separa. Su casco histórico alberga esta maravilla, que debe considerarse uno de los espacios monumentales más sobresalientes de Asia. Una veintena larga de templos, estupas, columnas y otras construcciones se esparcen por su irregular superficie, que tienen la vista más espectacular desde la terraza situada frente al templo de Krisna, en su esquina sur.

Cerca está el Templo Dorado, singular edificio organizado en torno a un bahal, patio típico del lugar. Más que su abigarrado conjunto de estatuas, enrejados, puertas, altares y chaytas, llama la atención su babachya, el niño sacerdote. Menor de doce años, es elegido entre otros jovencitos para ser el sacerdote principal de este monasterio durante treinta días, periodo en el que le acompañan ocho miembros de su familia. Tras ello, el chaval regresa a su vida anterior y es sustituido por otro babachya.

Cualquier recorrido por el Valle de Katmandú que se precie no debe olvidar lugares como Swayambhunath, el celebrado Templo de los Monos, monumento más famoso del país y una de las siete maravillas Patrimonio de la Humanidad de Nepal. A su conjunto abigarrado de estupas, chaityas y shikharas puede accederse por unas feroces escaleras cuyos 365 agrestes peldaños recuerdan una ascensión del Himalaya. Pashupatinath y Boudhanath son otros dos enclaves ineludibles. Ambos también se incluyen en la lista de la Unesco. A orillas del contaminado Bagmati, Pashupatinath es el epicentro del hinduismo nepalí. Sus ghats, repisas crematorias, no descansan y concentran a una multitud que acude a ver las ceremonias funerarias como si se tratase de un espectáculo para todos los públicos. Frente a los templos, la otra orilla del río está ocupada por un conjunto de pequeños santuarios consagrados a Siva. Entre ellos deambulan los sadhus. Pocos hay auténticos, la mayoría son hippies trasnochados que echaron raíces en Katmandú pasada la fiebre que los trajo aquí hace ya cuatro décadas. Incapaces de esconder lo que les queda de su pelo claro y los ojos azules detrás de la densa pintura con la que cubren sus caras, se malhumoran con frecuencia ante los turistas poco espléndidos con la propina que les dan por dejarse fotografiar.

Mantras y oraciones

La estupa de Boudhanath no tiene parangón. Es la mayor de Asia. El terremoto le arrebató la harmika y el pináculo que remataban la gigantesca campana. Meca absoluta del budismo, desde el día siguiente a la catástrofe cientos de fieles se entregaron a su reconstrucción. Una enorme tienda de campaña y el cercano Guru Lhakhang Gompa acogen muchedumbres que no dejan de entonar mantras, mientras que diligentes monjes se afanan en la recogida de óbolos para culminar los trabajos. Alrededor de la blanca construcción, la fe mueve a centenares de devotos. Giran los khor, molinillos de oración, dan vueltas a las decenas de mani dunghhor que ocupan las paredes de la estupa, frotan la frente con la de los leones que flanquean la capilla de Ajima y portan rosarios y sangkang, incensiarios, en sus manos. Multitud inagotable, inmersa en la balsámica khora de dar vueltas a la estupa, siempre en el sentido de las agujas del reloj, siempre con el eterno Om madmi padme hum en la boca.

La Ciudad de los Devotos

Contrapunto del bullicio capitalino, la cercana Bhaktapur es otra visita necesaria. A pesar de que apenas está a 15 kilómetros de Katmandú, recorrer la Ciudad de los Devotos, significado sánscrito de su nombre, es un viaje en el tiempo. Los estrictos límites para la circulación de vehículos y el que haya que pagar una entrada por acceder al casco histórico (15 dólares, parte de los cuales se dedica a la conservación de los edificios históricos) mantienen una calma y unos modos de vida medievales. Barberos afeitando a los parroquianos bajo los soportales, una vaca indiferente, mujeres que barren la calle, dos viejos jugando al Bag Chal a la sombra de una shikhara centenaria, monjes diligentes que cruzan Durbar Square, el carnicero que transporta la cabeza de un búfalo recién decapitado... Solo un puñado de chavales que en la calle echan una pachanguita con camisetas del Barça y el Manchester rompen el hechizo.

El terremoto no pudo con Bhaktapur. La plaza Taumadhi Tole, una de las más hermosas de la localidad, no sufrió daños. Todos sus edificios y templos permanecen admirablemente en pie. En especial Nyatapola, la increíble pagoda de nueve plantas que es la más alta de Nepal. A su lado, los templos de Bhairabnath y Til Mahadev Narayan lucen las arrugas y grietas del tiempo, ninguna otra. Escalar por la pina escalera de aquella, flanqueada por leones, elefantes, grifos y diosas de curvas voluptuosas es asomarse a un Nepal que ha vuelto a ponerse en pie. Quien no quiera enfrentarse a su ardua escalada, puede subir en la misma plaza a la terraza del café Nyatapola y aderezar la comida típica del lugar con un panorama no menos recomendable.

Bhaktapur recibe a numerosos nepalíes llegados de todo el país. Vienen a conocer de primera mano su historia y es visita obligada para estudiantes, siendo frecuentes los grupos escolares rigurosamente uniformados que manejan un excelente inglés. En la ciudad abundan los artesanos. El barrio de los alfareros concentra a los que se dedican al barro. Lo hacen con tanto primor que mantienen llena con sus cacharros hasta el último rincón de la plaza que lleva su nombre. Los ebanistas conforman el segundo gremio más importante de la ciudad. Son los herederos de los exquisitos menestrales que tallaron ventanas y celosías tan fantásticas como las que adornan los edificios de la plaza de Tachupal Pole y extravagancias como la ventana del Pavo real.

Adornos eróticos

Por seguir con las tallas, en Bhaktapur destaca un nutrido grupo que adornan con profusión gran parte de columnas, basamentos y vigas de templos y edificios. Se trata de tallas de marcado carácter erótico que muestran a parejas, tríos y personajes solitarios en más que explícitas posiciones. Abundan por toda la ciudad, aunque llaman la atención las del templo de Pashupatinah, en Durbar Square, y, sobre todo, las del apartado templo consagrado a Siva Parvati, donde elefantes, camellos, vacas y otros animales hacen el amor salvaje sin privaciones. El terremoto tampoco pudo evitarlo.

Ha pasado un año desde el desastre y el pequeño país del Himalaya grita al mundo que sigue aquí, esperando a los miles de turistas que tradicionalmente han visitado su territorio. Sin ellos, dicen, no pueden salir adelante. A su reconocida tranquilidad, uno de los destinos más seguros del Tercer Mundo para el turismo, se unen los precios, más contenidos que nunca. Los trabajos de reconstrucción y adecentamiento emprendidos tras el cataclismo han hecho que el país esté más limpio y luzca más radiante que nunca. No hay excusas, vayamos a Nepal, es la mejor manera de ayudar a sus gentes. Merecen seguir adelante.

El país del "trekking"

Hablar de Nepal es pensar en trekking. No en vano el país atesora algunas de las más espectaculares e imprescindibles caminatas del mundo. Entre otras cosas porque aquí se reúnen ocho de las catorce montañas más altas de la Tierra. Entre ellas, el monarca absoluto, el Everest. Aunque subirlas es asunto de alpinistas, pueden visitarse sus proximidades. Alcanzar el campamento base del Sagarmatha, nombre del techo del mundo para los nepalíes, por ejemplo, es una exigente actividad que emplea entre siete y doce días y tiene en el excitante vuelo a Lukla el inicio de un viaje que recorre el país de los sherpas, con paradas en la capital, Namche Bazar, y el monasterio de Tyanboché, uno de los más sagrados del Himalaya.

El circuito de los Annapurnas es otra de las más insignes excursiones. Puede llevar entre una y tres semanas, según cómo se haga. Tras partir de la vacacional Pokhara, recorre lugares tan admirables como la garganta Kali Gandaki, la más profunda de la Tierra.

En caso de emprender uno de estos dos grandes trekking hay que tener varias cosas en cuenta. La primera es disponer de buena forma física, pues son actividades con marchas diarias de más de cinco horas, salvando importantes desniveles. Un equipo personal adecuado para alturas que superan los cinco mil metros es igualmente imprescindible. La aclimatación juega un papel decisivo en estas excursiones, siendo necesarias estancias y descansos en puntos claves para lograr que el organismo se adapte a cotas tan bestiales. A partir de 2.500 metros, el reducido porcentaje de oxígeno del aire hace que el organismo manifieste menor oxigenación cerebral y acumulación de líquidos en capilares. La adaptación a estas condiciones debe ser gradual, aunque a veces no se consigue. En estos casos el remedio es tan simple como perder altura con la mayor celeridad. En caso de permanecer en las cotas altas, el mal puede agravarse hasta ocasionar la muerte.

Para los viajeros con pretensiones más humildes que el alto Himalaya, Nagarkot es el destino. A un par de horas de Katmandú por carretera, este paraje se distingue por ofrecer la más accesible vista de la gran cordillera asiática. Siempre que el día sea claro. El establecimiento Club Himalaya (clubhimalaya.com.np) regala el horizonte de la alta cordillera desde las terrazas de sus habitaciones. Alrededor del lugar, excursiones como la que recorre los bosques entre Telkot y el apartado templo de Changu Narayan pueden recorrerse en media jornada.

La terapia del cuenco cantarín

También llamados cuencos tibetanos y cuencos del Himalaya, estos recipientes metálicos se asocian a terapias milenarias orientales y son inspiradoras fuentes de meditación. Su capacidad de producir armónicos sonidos cuando se golpean o frotan sus bordes con un macillo de madera les convierte en un peculiar instrumento. Utilizados por la religión animista tibetana bon, así como por rituales tántricos, su empleo se extiende por toda Asia, de Japón a la India y de China a Bután. Estos recipientes se fabrican a partir de la aleación de siete metales: bronce, cobre, hierro, estaño, cinc, plata y oro, teniendo cada uno de ellos su correspondencia astral: oro, el Sol; plata, la Luna; hierro, Marte; cobre, Venus; estaño, Júpiter; cinc, Mercurio, y bronce, Saturno.

Su uso se remonta a la antigüedad y algunos cuencos tibetanos datan del siglo VIII. Patán es el lugar con más tradición en su fábrica. Están hechos con la mezcla de sus metales en diferentes proporciones, algo que influye en sus propiedades sonoras y vibratorias. Los más cotizados son los que se fabrican en Luna llena, cuando se producen unas condiciones que amalgaman los metales de manera especial. En este caso, cada unidad supera un precio de 150 dólares.

La terapia consiste en acercar o aplicar uno o varios cuencos sobre las partes del cuerpo afectadas por alguna dolencia. En otras ocasiones se coloca uno en la cabeza a modo de casco, al tiempo que el paciente se relaja. La gama de sonidos que produce el golpeo con el mazo provoca una vibración en el organismo; sus ondas sonoras modifican la actividad cerebral, reduciendo el estrés, al tiempo que regulan el sistema endocrino, alivian males como el dolor de cabeza, inducen a la relajación muscular y mental y aumentan la capacidad de meditación, lo que favorece la armonía y el bienestar personal.