Nantes, aventura en el Loira

Hogar de Julio Verne, antiguo puerto negrero, importante enclave medieval... Nantes, una de las ciudades más vitales de Francia, mira al pasado para impulsarse hacia el futuro. Su nombramiento como Capital Verde de Europa 2013 no ha hecho nada más que confirmar su buena estrella.

Pablo Fernández

André Breton, uno de los principales impulsores del surrealismo, escribió que Nantes era, junto a París, el único lugar de Francia donde tenía la impresión de que en cualquier momento podía ocurrir algo que valiera la pena. Hay quien atribuye esa sensación a su condición de ciudad portuaria, habituada a novedades y exotismos. Otros lo achacan a su pasado levantisco. Sea cual sea la razón, algo cierto debe de haber cuando tres de los más ilustres hijos de la ciudad del Loira son tipos tan inclasificables como Julio Verne, Jacques Demy y Julien Gracq (conviene puntualizar que, aunque este último pasó buena parte de su vida en Nantes, nació en la cercana localidad de Saint-Florent-le-Vieil; al César lo que es del César).

Un rincón donde apreciar esa excitación a la que aludía Breton es el Passage Pommeraye. Ubicado en el barrio de Graslin, esta galería comercial conecta las calles Santeuil y De la Fosse. Inaugurada en 1843 para ahuyentar a las mujeres de vida disipada, esta delicia arquitectónica fusiona de forma satisfactoria elementos tan dispares como estructuras metálicas, columnas de piedra, vidrieras, escaleras de madera, medallones de hombres famosos, estatuas de niños... Por arte de birlibirloque, este eclecticismo se transforma en un paraje encantado al que la pátina del tiempo cubre con un velo aventurero. Hay quien afirma que Julio Verne se inspiró en este escenario para recrear el abigarrado camarote del capitán Nemo. No sería de extrañar, teniendo en cuenta que el autor de 20.000 leguas de viaje submarino y La vuelta al mundo en 80 días frecuentó este barrio durante su juventud. Además, a la vuelta de la esquina del Passage Pommeraye se encuentra la pastelería Georges Gautier, un local con casi dos siglos de historia donde el goloso Verne seguramente saciaba su ansia de dulces.

Conviene acostumbrarse a la estupefacción. En Nantes, la sorpresa aborda a los visitantes en plena calle. Y se trata de una sensación gratificante. Hasta hace poco más de una década, esta localidad del Valle del Loira era un tesoro semioculto... Pero nada dura eternamente. En 2012, 2,7 millones de turistas la visitaron. Una cifra que viene aumentando exponencialmente en los últimos años. Además, en 2013 la ciudad exhibe con orgullo su nombramiento como Capital Verde Europea. Una designación que no hace sino constatar otro de los rasgos de su personalidad: el compromiso con el medio ambiente. Así lo demuestran las mil hectáreas de zonas verdes (sobre una superficie total de 65,19 kilómetros cuadrados) y una activa política de sostenibilidad.

Una puerta a la sorpresa

Para entender a Nantes, conviene mirar el mapa. Ya desde tiempos de Julio César existe constancia de la importancia estratégica de este enclave situado en la confluencia del Loira con el Erdre y el Sèvre Nantaise. A pesar de encontrarse a 55 kilómetros del Atlántico, la profundidad del río convierte a Nantes en puerto de mar a todos los efectos. En los siglos XVII y XVIII, su bonanza económica se basó en el comerció internacional, cobrando especial relevancia los astilleros y la industria de telas provenientes de India. Al hablar del citado Passage Pommeraye, Gustave Flaubert enumeraba la cantidad de productos exóticos disponibles en sus tiendas: "Persianas de China, sandalias turcas o cestas del Nilo (...), bagatelas procedentes de allende los mares". No era oro todo lo que relucía... Buena parte del auge de Nantes se edificó sobre la ignominia. Durante los siglos XVIII y XIX la localidad se convirtió en el primer puerto negrero de Francia. Lejos de mirar hacia otro lado, Nantes prefiere aceptar su pasado. El Memorial de la Abolición de la Esclavitud (www.memorial.nantes.fr) ocupa el antiguo Quai de la Fosse, desde donde zarpaban los barcos negreros hacia África. Este monumento, diseñado por el polaco Krzysztof Wodiczko y el argentino Julián Bonder, tiene como objetivo, según los autores, "conservar vigente la memoria del pasado y mantenerse alerta en el futuro". A lo largo de dos mil placas de cristal que adornan el suelo de una explanada ajardinada se recuerda el nombre de 1.710 expediciones negreras, con el nombre de los barcos y la fecha de partida, así como los principales mercados de esclavos de la época.

Aquella opulencia pretérita resplandece en el barrio de Feydeau. En 1720, esta zona no era más que un islote desolado del Loira. Sin embargo, 23 negociantes y navieros se asociaron para parcelar y urbanizar el área. Las ricas familias de armadores construyeron suntuosos palacetes organizados según una estricta jerarquía: la planta baja estaba reservada para uso comercial y almacenaje, mientras que las plantas superiores se empleaban como residencias privadas. Los arquitectos de la época menospreciaron el hecho de que los edificios se asentaban sobre terrenos arenosos; sin embargo, el paso del tiempo ha impuesto su ley y las construcciones han acabado inclinándose ligeramente. A partir de 1926, varios brazos del Loira fueron colmados siguiendo una controvertida política, por lo que Feydeau perdió su estado natural de isla, pasando a formar parte de la ciudad. Pasear por la calle Kervégan es lo más similar a regresar a aquel periodo de esplendor. Levantando la vista por las fachadas de sus edificios, el paseante observará una de las señas de identidad de Nantes: los mascarones, figuras y rostros fantásticos, muchos de ellos procedentes de la mitología marina, que decoran la parte superior de las puertas y ventanas.

Los nuevos derroteros de la economía mundial durante el siglo XX obligaron a replantear el futuro de Nantes. Al igual que sucedió en Bilbao y otras localidades españolas, la crisis de los astilleros provocó un profundo debate. La Île de Nantes es el resultado de aquellas deliberaciones y un ejemplo de reconversión exitosa. Esta isla, de cinco kilómetros de longitud por uno de anchura, descansa en mitad del Loira, a modo de bisagra entre el norte y el sur de la ciudad.

Cambio de rumbo

A lo largo de un proceso que aún está en marcha, esta antigua zona industrial se ha transformado en un moderno barrio donde conviven zonas residenciales, ejemplos de la más innovadora arquitectura, centros de arte, universidades, locales de ocio y un paraje del que Verne se sentiría orgulloso: Las máquinas de la isla (www.lesmachines-nantes.fr). Este atípico proyecto turístico, inaugurado en 2007 pero en constante proceso de evolución, aúna el arte y la diversión. En tres naves de los antiguos talleres de una fundición, François Delarozière, Pierre Orefice y un equipo de artistas e ingenieros han creado un fantástico enclave que se alimenta "de los mundos imaginarios de Julio Verne, del universo mecánico de Leonardo da Vinci y de la historia industrial de Nantes". Su atracción más llamativa es un elefante de doce metros de altura y 50 toneladas de peso que transporta a 49 personas sobre su lomo durante un paseo de 30 minutos. A pesar de que esta magnífica bestia brama y suelta agua por la trompa, su imagen no es precisamente realista. Sobre una estructura metálica parcialmente visible, y en la que se aprecia a los maquinistas, se despliegan capas de madera a modo de piel. Los aficionados a la ciencia ficción apreciarán los guiños steampunk de estas ensoñadoras máquinas (este subgénero literario mezcla la ambientación victoriana con elementos tecnológicos futuristas).

El espíritu creativo e innovador de la Île de Nantes encaja a la perfección con el trabajo del artista francés Daniel Buren. El proyecto denominado Les Anneaux consiste en 18 grandes anillos que se despliegan junto al río y que remarcan, en la lejanía, la perspectiva arquitectónica del casco antiguo. Al caer el sol, los anillos se iluminan con fluorescentes rojos, verdes y azules, otorgando una nueva lectura al paisaje. Los bilbaínos están acostumbrados al trabajo de Buren, ya que también es el responsable de la obra Arcos rojos, que cubre parte del popular Puente de La Salve con paneles granates, leds y proyectores.

Los Anillos forma parte de una iniciativa llamada Estuaire, en la que artistas, arquitectos y diseñadores de todo el mundo intervienen en el paisaje a lo largo del río Loira, desde Nantes hasta su estuario, en Saint-Nazaire. El resultado es un viaje fantástico en el que la cotidianeidad y lo extraordinario se funden, inundando la realidad de misterio y sorpresa. Además, esta iniciativa constituye una excusa perfecta para descubrir los alrededores de la ciudad. Toda la información sobre las obras perennes que componen Estuaire está en la página www.estuaire.info.

Por un puñado de pastas

Durante buena parte del siglo XX, una importante fuente de ingresos de Nantes fue la fábrica de Lefèvre-Utile. En 1913, la legendaria fábrica de galletas LU, creada en 1846, llegó a contar con 1.200 empleados. A pesar de ello, durante los años 60 del siglo pasado, la empresa gala inició una política de alianzas que desembocó en el cierre de su fábrica en 1974. Le Lieu Unique (www.lelieuunique.com), que ocupa parte de esas instalaciones, fue inaugurado en 1999. Este centro artístico es uno de los principales motores creativos de la ciudad. Además de acoger exhibiciones de arte contemporáneo, recibe a jóvenes creadores para que desarrollen sus ideas. Un restaurante, una sala de conciertos e incluso un hamman convierten a Le Lieu en una visita imprescindible.

Parte del atractivo de Nantes radica en esta efectiva mezcla de futuro y pasado (aunque sin menospreciar los placeres del presente). En lo que a abolengo se refiere, la palma del patrimonio nantés se la lleva el castillo de los duques de Bretaña. El anecdotario local atribuye a Enrique IV una frase que ejemplifica la magnificencia de esta fortaleza ducal. El monarca, al contemplar sus matacanes y sus gruesos torreones redondos, exclamó: "¡Voto a bríos, que parecían poca cosa nuestros primos los duques de Bretaña!". No le va a la zaga, en cuento a prestancia, la catedral de Saint-Pierre-et-Saint-Paul. Este templo, construido entre 1434 y 1893 -¡459 años de obras!-, sufrió en 1972 un devastador incendio, tras lo que necesitó una exhaustiva restauración. Si a estos avatares añadimos el dato de que donde actualmente se erige la catedral se levantaron anteriormente otras cuatro, entenderemos la expresión "si las piedras hablaran".

Muchos encontrarán el recogimiento necesario para mantener la cordura en el interior de la catedral. Los menos piadosos también podrán experimentarlo en el Jardín de las Plantas. Situado en el barrio medieval de Bouffay, este vergel de siete hectáreas cuenta con diez mil especies, 800 metros cuadrados de invernaderos y más de 50.000 flores plantadas cada estación. Las magnolias y las camelias son su joya de la corona. El más ilustre ejemplar del parque es el Magnolio de Hectot, plantado en 1807. Si pasan por allí, no duden en saludarle.

Los aires mediterráneos del cercano pueblo de Trentemoult, el vino de Mouscadet, las tentaciones del mercado de Talensac, las vistas de la Torre Bretaña... la capacidad de seducción de una ciudad no se mide tanto por lo que se visita sino por lo que queda por descubrir. Y es que la principal virtud de Nantes quizás radique en ese algo indefinido del que hablaba Breton y que la convierte en un destino chispeante. Un rasgo que pervive en lo más profundo de su ADN.