Namibia. El padre de todos los desiertos

El mar de dunas del desierto del Namib es una de las imágenes más icónicas de Namibia, país del sudoeste de África que esconde un valioso patrimonio cultural y medioambiental. Los aventureros que visiten esta nación situada en el trópico de Capricornio descubrirán un importante legado colonial alemán, una rica variedad étnica, uno de los parques naturales más importantes del continente... y un magnífico "struddel".

Pablo Fernández

Poco antes del amancer, una polvareda provocada por 4x4, furgonetas y camiones atraviesa el desierto de Namib, el más antiguo del mundo con 80 millones de años de existencia. Los turistas dormitan en el interior del coche, mecidos por el bamboleo de la carretera sin asfaltar. El motor se para. El conductor espabila a los adormilados viajeros con palabras de ánimo: "C''mon guys". Lentamente empiezan a salir. El cielo clarea; queda poco para que salga el sol. El guía distribuye café soluble. Algunos tratan de sacudirse el sueño lavándose la cara. Los más despiertos, ya sin legañas, comienzan a darse cuenta del paisaje que les rodea. Están en el valle de Sossusvlei, el corazón del Parque Nacional de Namib-Naukfl utt. Frente a su ojos se extiende un mar de dunas que ocupa 32.000 kilómetros cuadrados. Algunas de estas dunas llegan a los 380 metros de altitud, muy por encima de las que hay en cualquier otro desierto del mundo.

Repentinamente, el guía empieza a meterles prisa. Apenas queda tiempo para que el sol haga acto de presencia. Como una procesión muda, los viajeros inician la ascensión por la Duna 45, llamada así por encontrarse a 45 kilómetros de distancia de Sesriem, el principal punto de entrada al parque. A medida que avanzan, los pies se hunden en la arena rojiza. Este color es una muestra de la antigüedad del Namib. La arena está compuesta por cristales de cuarzo que, con el paso del tiempo, comienzan a oxidarse y adquirir ese tono. A medida que llegan a la cúspide, hombres y mujeres provenientes de parajes tan remotos como EE UU, Japón, Alemania o España se sienten embargados por la misma sensación de éxtasis. Se sientan sobre el fi lo de la duna, expectantes, enfocando sus cámaras fotográfi cas hacia el Este, como creyentes a punto de contemplar un milagro. Rápidamente, el fulgor del sol se abre paso entre los montículos, inundando de luz todo el paisaje. Ya está ahí. El sol. Un nuevo día. Amanece en Namibia.

HASTA POCO DESPUÉS de conseguir la independencia de Sudáfrica en 1990, una de las principales calles de la capital de Namibia, Windhoek, llevaba por nombre Göring Strasse, en honor de Heinrich Göring, primer comisionado del Imperio Alemán en el país y padre del comandante supremo de la Luftwaffe nazi. Actualmente, Göring Strasse se llama Daniel Munamava Street, que rinde tributo a un histórico miembro del SWANU (South West Africa National Union), el partido político más antiguo de Namibia. Los miembros del SWANU, ahora minoría en el Parlamento, pertenecen a la etnia herero. Paradójicamente, Göring llegó hasta Namibia bajo la petición expresa del canciller Otto Von Bismarck de aplacar a los rebeldes hereros, que entorpecían las ansias colonialistas de Alemania. El 11 de agosto de 1904, el ejército alemán, bajo el mando del teniente general Lothar von Trotha, atacó al ejército herero, causando más de 60.000 muertes en sus fi las. Los supervivientes de la batalla de Waterberg, encabezados por su líder, Samuel Maherero, lograron refugio en Botswana, entonces protectorado inglés.

A pesar de la desaparición de Göring de los carteles indicativos de la ciudad, la presencia alemana aún es evidente en Namibia. Construida a fi nales del siglo XIX para albergar la sede de la administración alemana, Windhoek es una de las ciudades más tranquilas y ordenadas del continente africano. No es extraño apreciar en sus amplias y modernas avenidas luminosos de Tafel, Holsten y Windhoek, las tres cervezas locales, que apelan a la Reinheitsgebot para seducir a los compradores. Conocida como la Ley de Pureza de 1516, la Reinheitsgebot fue decretada por Guillermo IV de Baviera para asegurar la calidad de todas las cervezas germanas. La pureza ansiada se lograba con la imposición de solo tres ingredientes para su elaboración: agua, malta de cebada y lúpulo.

LEJOS DE LOS RASCACIELOS, en el interior de una cabaña de paja trenzada, una mujer himba se prepara para un baño de humo. Gruesas trenzas caen sobre sus hombros. Son del mismo color rojizo que su brillante piel. Cada día, después de ataviarse con collares, brazaletes y cinturones, las mujeres de la tribu impregnan su piel con un ungüento de polvo ocre, hierbas aromáticas y manteca de leche. Este unto, de un intenso olor agrio, les sirve de protector solar y mantiene su piel tersa y joven. Un pequeño recipiente guarda un manojo de hierbas secas que crepitan sobre las brasas. La mujer toma el recipiente y comienza a restregarse el humo por su cuerpo semidesnudo. La limpieza, tal y como la entendemos los occidentales, no tiene ningún sentido en la región de Kaokoland, donde el agua es más preciada que el oro.

Las tradiciones de los himba han permanecido intactas durante siglos. Uno de los motivos es que esta tribu seminómada, emparentada con los herero, ha elegido como hogar la inhóspita Kaokoland. Esta región semidesértica, con 40.000 kilómetros cuadrados de superfi cie, tiene una densidad de población de una persona cada dos kilómetros cuadrados. En los últimos años, los himba han visto peligrar su pervivencia con la independencia y la mejora económica del país. La llegada de turistas, los planes del Gobierno de construir una presa en el vital río Cunene y la emigración de jóvenes himba están consiguiendo lo que no lograron las duras condiciones del desierto.

Namibia es un país con una riquísima variedad étnica. No obstante, lo que en otras zonas del continente se ha convertido en motivo de confl icto, aquí se ha transformado en una convivencia relativamente tranquila. En este extenso y poco poblado país viven once grupos étnicos: himbas, basters, caprivis, coloureds, damaras, hereros, kavangos, namas, ovambos, bosquimanos, tswana y blancos. En la actualidad, el 50 por ciento de la población son ovambos, que, además, detentan el poder político gracias al SWAPO (South West Africa People''s Organization). La creación de un espíritu nacional ha sido una de las principales obsesiones de este partido nacido como movimiento guerrillero en contra del apartheid. Poco después de acceder al Gobierno, Hage Geingob, primer ministro tras la independencia, hizo patente este anhelo: "Desde hace demasiado tiempo hemos pensado en nosotros mismos como hereros, namas, afrikaners, alemanes, ovambos... Ha llegado la hora de empezar a pensar como namibios".

LA ARENA INUNDA las casas abandonadas de la ciudad fantasma de Kolmanskop. Este fantástico paraje, digno de un relato de realismo mágico o de fi cción apocalíptica, explica el porqué de la larga presencia alemana en estas tierras. En abril de 1908, Zacharias Lewala enseñó a su supervisor, August Stauch, una piedra brillante que encontró en las obras de la línea férrea Aus-Lüderitz. Consciente de que aquel mineral era un preciado brillante, Stauch se apresuró a solicitar una licencia de prospección. Nació así una pujante industria minera que permaneció en la región hasta 1956. En la actualidad, los turistas visitan sobrecogidos este increíble testimonio, ubicado en pleno desierto del Namib, de la ocupación alemana.

A pesar de tratarse de una de las ciudades más vivas de Namibia, Swakopmund mantiene muchos paralelismos con Kolmanskop. Esta recoleta urbe costera, plagada de construcciones coloniales de principios del siglo XX, mantuvo hasta 1915 la denominación de primer puerto de la nación. Desplazada comercialmente por la cercana Walvis Bay, Swakopmund se ha convertido en las últimas décadas en uno de los retiros turísticos preferidos por los namibios de ascendencia germana. La localidad cuenta con magnífi cas playas, un clima cálido todo el año y una ingente cantidad de actividades deportivas y de aventura. No menos importante a la hora de elegir esta villa como destino de vacaciones es el gran número de establecimientos que ofrecen productos alemanes. En ningún otro sitio de África puede encontrarse un mejor struddel.

LOS TURISTAS COMEN "BILTONG", tiras de carne curada, para pasar el rato. A escasos metros del coche, una solitaria cebra bebe en una charca. A través de los prismáticos, el guía descubre una presencia inquietante. Agazapada entre la hierba dorada, una leona observa la escena. Un suizo admite sin ningún reparo que le encantaría presenciar una sangrienta escena de caza. Sin embargo, la leona bosteza y se recuesta a la sombra.

El Parque Nacional de Etosha se asienta sobre un lago desecado miles de años atrás, pero cada temporada, entre octubre y abril, las lluvias revitalizan esta reserva de 23.000 kilómetros cuadrados. En ese instante, Ethosa se transforma en lugar de peregrinación de miles e incluso millones de animales. Hay quien dice que en alguna ocasión más de un millón de fl amencos han teñido de rosa la planicie.

Durante las horas de luz, parapetados en el interior de los vehículos, los visitantes esperan con paciencia para poder admirar alguno de los big five. Así se denominan a los cinco animales más preciados de África: león, elefante, búfalo, rinoceronte y leopardo. Sin embargo, este parque ofrece mucho más: 140 especies de mamíferos, 110 de reptiles y 340 de aves.

Poco antes del anochecer, una polvareda provocada por 4x4, furgonetas y camiones atraviesa los caminos de tierra en dirección a uno de los tres campamentos estables de Etosha. Hay prisa. Al caer la noche, los guardas cierran las puertas de los recintos para resguardarlos de animales salvajes. Entonces nadie puede entrar o salir. Los viajeros comentan la jornada alrededor de una hoguera bajo el cielo estrellado. Algún rugido esporádico les recuerda que se encuentran en una de las principales reservas naturales de África. Poco a poco se retiran a sus tiendas. Lejos de la gran ciudad, de atascos y reuniones, no hay problemas de insomnio. Concluye el día. Anochece en Namibia