Morelos, pasión por México

Cuernavaca, la capital de Morelos, se conoce como "la ciudad de la eterna primavera" por su buen clima y su fascinante entorno. Además, este Estado, cuna de Emiliano Zapata, ofrece pueblos mágicos, sitios arqueológicos impactantes, una gastronomía de altura y, sobre todo, la amabilidad de su gente.

Mayka Navarro
 | 
Foto: Alfons Rodríguez

Al diablo se le ahuyenta en Morelos con cruces de la flor de pericón, un protector artesanal para librarse del chamuco que se cuelga en las puertas de las casas en septiembre, cuando los campos se pintan del amarillo de la hierba de San Juan. A una hora por carretera del Distrito Federal, Morelos es la tierra de una eterna primavera que acunó a Emiliano Zapata y a su revolución. Un Estado sumergido en una atmósfera mágica que atrapa por sus contrastes, su misticismo y un culto a la tradición presente en cada bocado de sus más de doscientos típicos platillos. Porque Morelos es como el primer bocado que se da a un chapulín. Cruje en la boca y el regusto a sal y limón crece al chuparse los dedos manchados del pimentón rojo que cubría el saltamontes antes de ser degustado. Este pequeño Estado mexicano entra por los ojos, conquista el estómago, alimenta el espíritu y limpia el alma.

Conviene, para no empacharse, empezar por el principio. México es uno de los países que cuenta con una de las riquezas arqueológicas más importantes del mundo. Y la ciudad fortaleza de Xochicalco, entre los municipios de Temixco y Miacatlán, está entre la decena de restos más visitados del país. Asentada sobre una suave colina, a unos 85 kilómetros de la capital, Cuernavaca, esta ciudad prehispánica acogió en sus años de máximo esplendor, entre el 750 y el 900, a una gran variedad de artistas que convirtieron el asentamiento en una especie de universidad de la época en la que se formaron los principales líderes del momento.

Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1999, su nombre en lengua nativa, el náhuatl, significa "el lugar de la casa de las flores". El paso del tiempo ha mantenido su apariencia de acogedor jardín. Sobre un espeso manto verde de fresca hierba se levantan unos restos arqueológicos que, para sorpresa del visitante, limpian cepillo en mano y piedra a piedra vecinos del entorno. Allí vivieron sus antepasados, y se les paga por mantener cuidado el asentamiento y por repasar el encaje de las ruinas, como las que levantan la bella pirámide de Quetzalcóatl, una de las mejores del asentamiento, por los estilizados y sugerentes relieves que homenajean a la serpiente emplumada que dibuja una de sus paredes.

La hacienda de Cortés

Tierra fértil, con clima templado y benigno, echaron raíces primero las civilizaciones precolombinas y los conquistadores después. Por todo el Estado se levantan fincas coloniales que en su día se dedicaron a la explotación de la caña de azúcar y ganado, y que, tras una cuidada readaptación, se han sumado en muchos casos a la oferta turística de Morelos. Algunas de estas haciendas fueron fundadas por el mismísimo Hernán Cortés, como la Hacienda de San Antonio Atlacomulco o la de San José de Vista Hermosa, en Puente de Ixtla. En esta última los fetichistas pueden dormir en la cama con dosel dorado en la que descansaba el conquistador. La habitación 208 cuesta 200 euros la noche. Hay lista de espera para cobijarse entre los tules que cubren el lecho.

México tiene una ruta de 86 pueblos mágicos que destacan por haber sabido conservar sus riquezas. Tepoztlán es uno de ellos. Sus calles empedradas y sus aceras elevadas y estrechas conducen a dos de los puntos imprescindibles de la población. El primero es majestuoso y omnipresente. Una montaña mágica que acostumbra a estar coronada por una niebla densa y enigmática que invita a la aventura de descubrir. Hay que llegar temprano, caminar hasta las faldas del Tepozteco y empezar la ascensión por un estrecho sendero, casi en vertical, que se adentra entre una espesa jungla que apenas deja pasar los rayos del sol.

Cuentan que la montaña está hechizada y cargada de energía positiva. En el primer tramo de la subida hay puestos de comida y bebida, pero conviene no caer en la tentación de las quesadillas porque la caminata es dura. El esfuerzo tiene su recompensa. En la cima, los xochimilcas levantaron una pirámide dedicada a Ometochtli-Tepoxtéctl, la deidad del pulque, la fecundidad, el viento y la cosecha. Un último esfuerzo sirve para subir los escasos escalones de la pirámide y, sencillamente, tumbarse en su superficie, cerrar los ojos y respirar para siempre. Desde allí arriba se tocan las nubes con la punta de la nariz. Los incrédulos se reconcilian con los poderes de la naturaleza.

Las vistas del valle son maravillosas, y esas piedras viejas y duras te acunan con la misma sabiduría de una madre que sabe calmar cuando abraza. Con las pilas cargadas, el descenso resulta veloz y la dirección una sola. Las mujeres del mercado popular ya han empezado a cocinar y basta dejarse guiar por el olor a comida.

Explosión de color

El mercado es una explosión de aromas y colores. Hay que sentarse al calor de las planchas y esperar que se cocinen las tortillas amasadas a mano. En esas mesas largas de madera, forradas con hules de mil colores, comparten itacates, quesadillas de flor de calabaza, sopes, huaraches, enchiladas, mole verde, mole rojo, cecina con nopales y zumos recién exprimidos de mandarina los indígenas que llegan de sus aldeas a vender semillas con los transexuales del Distrito Federal que, tras una noche de fiesta, vienen a curarse la cruda (la resaca) con una buena sopa. Si existe un sitio en la mesa, seguro que se sienta alguno de los mariachis que desayuna fuerte antes de arrancarse a cantar. Hay que intentar probarlo todo y no temer reventar. En unas urnas calientes de cristal los carniceros conservan los chicharrones de cerdo. Crujientes y con el punto exacto de aceite y sal.

No muy lejos del mercado, en el barrio de La Santísima, Alejandro Gómez sigue fabricando el pulque como sus antepasados. La receta es un secreto que se hereda de padres a hijos. El pulque era la bebida sagrada de los dioses y tiene cualidades mágicas. A la planta del maguey se le canta, se le mima, se le reza y se le echan los caracoles antes de rascarlo y sacarle durante varios días el preciado jugo que guarda en su corazón.

En Tlayacapan, el otro pueblo mágico de Morelos, vive en una casa humilde de la Colonia 3 de Mayo Elía Santamaría con sus cuatro hijos, un nieto y, desde el mes de mayo, el Niño Dios. Esta biznieta de un antiguo coronel zapatista representa ese México devoto y católico que no renuncia a las tradiciones de sus ancestros y que es capaz de esperar 28 años para acoger en su casa, durante doce meses, una figura del Niño Jesús. Hasta 2073, el Niño Dios ya tiene hogar pedido. La devoción por la figura obliga a la familia que la acoge a habilitar una parte de la vivienda para el altar. La casa tiene que estar abierta las 24 horas del día y recibir a todo aquel que venga a rezarle o traerle regalos. A sus 51 años, Elía está feliz por tener la estatuilla en casa. Es un orgullo para su familia.

Secándose las manos con el trapo de la cocina que le cuelga del mandil que lleva anudado a la cintura, Elía se sienta en una de las sillas que se encuentran junto al altar y relata emocionada cómo a su hijo mayor le diagnosticaron al nacer síndrome de Down y muy poca vida. La mujer le pidió al Niño Dios un año de amor en su casa si su hijo sobrevivía. Y en ello anda, mimando a la figura como a su sexto hijo. Cocinando para los que le visitan y sacando brillo a la urna que protege la figura.

Elía no ha tenido la dicha de escucharlo, pero algunos vecinos le han oído llorar. Pero no en su casa. Aquí, asegura, solo le escuchan reír. Se siente muy feliz, añade convencida la mujer. El Niño Dios, Chusito para los de esta casa, ha hecho buenas migas con su nieto y juntos se escapan a jugar a los coches. Ella no lo ha visto, reconoce. Pero su nieto se lo cuenta y ella le cree.

La eterna primavera

En México, Dios rimó con revolución. Y Emiliano Zapata fue testigo de ello. Cuernavaca, la capital de Morelos, la bien llamada "ciudad de la eterna primavera", conserva las huellas de su pasado luchador y reivindicativo. El militar insurgente y patriota José María Morelos y Pancho Villa tienen sus estatuas. En la plaza del Gobernador, Emiliano Zapata cabalga inmortalizado a lomos de su caballo de bronce, erguido a dos patas, y a pocos pasos del antiguo hotel Moctezuma, donde asentó su cuartel general y en cuya escalinata exterior se dejó retratar en una de las fotos más emblemáticas del mito. El recinto es hoy un modesto centro comercial con cafés y restaurantes cuyos comensales no interrumpen la tranquilidad de su almuerzo ante el trajín de visitantes en busca de la escalinata de obra vista que inmortalizó al revolucionario.

Cuernavaca, con menos de 400.000 almas, es una ciudad acogedora que hasta hace muy poco acogió en grandes mansiones a las familias poderosas del Distrito Federal que marchaban de la capital del país en busca de calma. Tras unos últimos años convulsos, afectada, como buena parte de México, por la guerra entre los narcotraficantes y el Gobierno, la ciudad ha recuperado la calma y se puede volver a pasear con tranquilidad por sus calles.

La huella colonial es un espectáculo. A las puertas de la catedral, un grupo de monjas vende los restos de la pasta con la que se hacen las hostias de misa. La iglesia del Carmen, la del Tercer Orden y la del Calvario cuelgan el cartel de lleno los domingos por la mañana, demostrando la buena salud de la Iglesia en países como México.

El Jardín Borda permite un paseo relajante entre rotondas de fuentes y lagos en los que las parejas de la ciudad se declaran su amor mientras reman en barca. Esa fue la residencia de verano del emperador Maximiliano de Habsburgo y su mujer, Carlota.

Y no se puede abandonar Cuernavaca sin visitar el Palacio Cortés, hoy museo, y que fuera vivienda de Hernán Cortes y su esposa, Juana Zúñiga. El muralista Diego Rivera tardó 22 años en completar en 1930 un impresionante mural que decora una de sus paredes. Merece la pena perderse en la historia de ese convulso y apasionado México que con tanta belleza reprodujo en sus días el que fuera marido de otro de los tesoros de México, Frida Kahlo.

El mayor jardín del mundo

Un joven y millonario empresario mexicano del sector farmacéutico, amante de las flores, decidió un día tener el jardín más grande del mundo. Tenerlo y compartirlo. En las inmediaciones del lago de Tequesquitengo, en el municipio de Jojutla, al sur del Estado de Morelos, compró unos terrenos y, tras años de plantación y construcción, inauguró a principios de año Jardines de México, una obra faraónica, el proyecto turístico más importante del país en los últimos años. El recinto, con una extensión de 51 hectáreas, está dividido en nueve jardines temáticos, con zonas especialmente diseñadas para discapacitados como los ciegos, que podrán hacer un recorrido sensitivo de olores. Restaurantes, cafeterías, centros de convenciones y exposiciones y un auditorio al aire libre para grandes conciertos completan la gran oferta de un empresario que ha conseguido mantener hasta ahora su anonimato y que se define, a través de su servicio de prensa, como un enamorado de las flores que solo pretende promover el amor y el respeto por la naturaleza.

Volver al vientre materno

En náhuatl, Temazcalli significa "casa de baño". Y en muchos pueblos de Morelos se puede participar en baños de vapor prehispánico en los que el chamán que dirige la ceremonia utiliza hierbas para desintoxicar el cuerpo y la mente. Es un ritual de purificación que fue utilizado por las culturas azteca, maya, olmeca y zapoteca, entre otras. La ceremonia se realiza en un recinto casi mágico, un horno de barro construido artesanalmente que alcanza altas temperaturas y que tiene la forma del útero materno. Es como si se penetrara en la matriz de la tierra. El chamán, con sus cánticos y sus oraciones, limpia el cuerpo de toxinas y de las emociones que rompen el equilibrio. Uno de los mejores sitios para celebrar esta ceremonia es el Hostal de la Luz, en Amatlán, donde la purificación la dirigen chamanes del pueblo con una tradición y ritos heredados de varias generaciones.