Montenegro, la otra Europa

Es, sin duda, otra Europa. Ofrece abundancia de sitios atractivos, tiene el euro como moneda oficial –aunque está fuera de la UE– y mezcla veraneantes en bañador con iglesias ortodoxas y popes barbudos. Sí, a pesar de su superficie reducida (apenas superior a la región de Murcia) y de su población (inferior a la de la ciudad de Zaragoza), Montenegro es un destino peculiar.

Thierry Maliniak
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Foto: Alan Copson

La mayor parte de los viajeros lo visita en julio y agosto ingresando desde la ciudad croata de Dubrovnik, que dista unos 50 kilómetros de la frontera montenegrina. ¿Y por qué no elegir otra aproximación? Descubrir Montenegro fuera de la temporada alta -cuando los precios bajan a la mitad en la costa- y llegar en tren desde Belgrado. Se empieza así por su capital, Podgorica (lejos están ya los tiempos en que se llamaba Titogrado) tras atravesar la región mejor preservada del país: el norte y sus montañas. Son diez horas de trayecto en un convoy que apenas pasa de los 40 kilómetros por hora de promedio (al poco de salir de la capital serbia nos adelanta... ¡un tranvía!). Pero es una buena manera de penetrar en las entrañas del país, y de conversar con los lugareños que llenan el compartimento y sacan el salchichón. Tras dos horas de planicie al sur de Belgrado, el paisaje se vuelve majestuoso: el tren serpentea entre montañas con cumbres nevadas. Solo se ven pueblos aislados donde se vislumbran minaretes o casuchas de madera. El convoy traga sin cesar los túneles para franquear esta orografía atormentada.

Ya es de noche cuando se llega a Podgorica. Muchas veces ignorada por los turistas que se precipitan hacia la costa, a la más pequeña de las capitales de las repúblicas que conformaron la antigua Yugoslavia no le falta interés. A primera vista, es una mezcla heteróclita de complejos residenciales grisáceos de la época comunista, de edificios acristalados de bancos y multinacionales de lo más moderno, de casas rurales con sus huertos, todo amenizado por multitud de parques. La visita puede empezar por la calle peatonal Hervegovacka, centro de la animación tanto diurna como nocturna y lugar de encuentro de la juventud, donde las sedes de embajadas coexisten con pubs y bares. Cerca, el imponente Puente del Milenio, que recuerda los de la Expo 92 de Sevilla, franquea el río Moraça, que parte la ciudad. Del otro lado se llega a la Catedral de la Resurrección, que pretende ser el símbolo de la pujanza de la religión ortodoxa pero que compite con la Almudena de Madrid en cuanto a construcción interminable: casi veinte años de obras y aún sin acabar. También merece la visita el Museo Municipal, cuya parte más apasionante es una colección de fotografías, algunas del siglo XIX, que nos recuerda el pasado turbulento de una urbe ubicada en el punto de encuentro entre los mundos balcánico y otomano.

Pero es al sur de Hervegovacka donde se esconde la parte más atractiva de Podgorica: la vieja ciudad turca, o lo que queda de ella. Se agrupa en torno al monumento más emblemático de la capital: la antigua torre otomana, construida en el siglo XVII, con su reloj que recordaba a los fieles la hora de las oraciones. Desde allí, hay que perderse por el cercano y apacible dédalo de callejuelas bordeadas de viejas casas de piedra, donde la colada parece eternamente colgada y los hombres parten leña. El visitante tiene la sensación de haber vuelto de repente a ese pasado otomano que recuerdan dos mezquitas todavía en uso. Es un reducto peculiar en una ciudad, y un país, que se modernizan rápidamente.

Un monasterio sagrado

Montenegro, la última de las antiguas repúblicas yugoslavas en separarse pacíficamente de Serbia (en referéndum en 2006), quiere quemar hoy las etapas del acercamiento a la Europa del Oeste... y a sus inversiones, especialmente en el sector turístico. Sea por ejemplo sustituyendo a marchas forzadas en las inscripciones públicas el alfabeto cirílico por el latino o adoptando unilateralmente el marco alemán primero, y el euro después, como moneda nacional.

Tras Podgorica, rumbo hacia el norte para visitar el lugar más sagrado del país: el monasterio de Ostrogh. Construido en el siglo XVII por un obispo de Herzegovina muy venerado por los ortodoxos serbios, San Basilio, recibe al año un millón de peregrinos. El sitio es pasmoso, digno de un templo tibetano: la fachada blanca de Ostrogh parece literalmente empotrada en la pared vertical de una montaña rocosa. Como si se hubiera pintado de blanco una parte del cerro. ¡No sorprende si lo llaman "el milagro de San Basilio"! Pero lo más seductor no es la majestuosidad del sitio sino la sencillez de las dos cuevas originales. Están recubiertas de frescos pintados en la roca. En una de ellas, un viejo monje de larga barba blanca lee textos religiosos y el ambiente tiene algo de deliciosamente místico.

Tras la fuerza de la construcción humana, viene la de la naturaleza: unos pocos kilómetros hacia el norte, el viajero llega a un impresionante cañón: el del río Piva, que serpentea entre dos paredes rocosas. De túnel en túnel -hay unos 50-, la carretera, que prosigue hasta la frontera bosnia, serpentea paralela al curso sinuoso del río. Unos grandes racimos de estalactitas atestiguan del frío casi permanente de la zona. El río se ensancha progresivamente para dar lugar a un embalse alargado que lleva a una enorme presa. Su construcción, en 1975, obligó a mover piedra a piedra -al estilo de Abu Simbel- el monasterio de Piva. Su fachada anodina no deja adivinar un rico interior cubierto de frescos perfectamente conservados, y con un espectacular iconostasio.

Un fiordo único

Tras la espiritualidad, cambiamos de ambiente. Una bajada espectacular con vistas deslumbrantes lleva hacia la costa, a Kotor, cuya región ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Los folletos turísticos califican su bahía de "único fiordo del sur de Europa", aunque no sea de origen glaciar. Penetrar en el recinto amurallado de la ciudad vieja es impactante: uno se encuentra de repente rodeado, cercado por palacios y residencias señoriales de estilo veneciano (la República de Venecia la controló durante casi cuatro siglos). Si además es mediodía y la llegada coincide con un concierto de campanas, la magia es completa. Para recorrer el casco viejo, mejor olvidarse de mapas y guías, y dejarse llevar por el azar a través de las estrechas y empedradas callejuelas de esta Venecia sin canales (la circulación rodada dentro del recinto no solo está prohibida: resulta imposible). Un paseo aún más agradable fuera de la temporada alta, cuando hay escasísimos turistas y poca música atronadora de los bares.

Palacios y residencias aristocráticas rivalizan entre sí, las iglesias ortodoxas, como la de San Nicolás que destaca por su iconostasio, coexisten con las católicas, como la espectacular catedral San Trifón, que es, según los ciudadanos locales, la más antigua iglesia en funcionamiento de los Balcanes: aunque varias veces rehecha posteriormente -hoy tiene estilo gótico-, fue construida por primera vez en el siglo IX. Su interior sencillo contrasta con el barroquismo recargado de la iglesia Santa Clara. En cuanto a la de San Lucas, es un paradigma de tolerancia: durante un siglo y medio coexistieron en su seno ¡un altar ortodoxo y otro católico!

Fortalezas y palacios

El emplazamiento de Kotor también es seductor: la proximidad entre montaña y bahía hace que los ojos puedan abarcar en una misma vista naranjos y cumbres nevadas. Pero como mejor se puede apreciar este sitio excepcional es trepando hacia la fortaleza. Una escalera que zigzaguea entre cipreses y laureles permite, en una atlética subida de entre 30 y 45 minutos, llegar a la meta. Sigue una línea de fortificaciones que trepa hacia la cumbre del acantilado, casi vertical, que domina Kotor. Si la fortaleza en sí puede parecer decepcionante tras el esfuerzo, las vistas lo justifican sobradamente: los uniformes techos rojos de la ciudad vieja, que reviste una forma triangular contemplada desde lo alto, presentan una magnífica armonía que solo rompen las cúpulas y los campanarios de las iglesias.

Vale la pena seguir el tortuoso recorrido de la carretera que bordea la bahía de Kotor, que llega a los 87 kilómetros cuadrados y se subdivide en infinitos recovecos y ramificaciones. El camino serpentea entre grandes paredes rocosas y un agua de un azul profundo. Pronto se llega a Perast, hoy un adormecido pueblo, pero en la época veneciana un sitio clave para la defensa del fondo de la bahía frente a los turcos. De este pasado estratégico da testimonio una gran densidad de monumentos: un mapa frente a la plaza principal enumera 17 palacios y 16 iglesias concentrados en un espacio diminuto. Los balcones imponentes, con sus estatuas de leones, son testigos del pasado aristocrático de Perast en época veneciana. El pueblo se eleva sobre la bahía como si sus calles fueran una sucesión de bancales. Frente a él se vislumbran dos islas diminutas, cada una con su iglesia, ortodoxa una y católica la otra, como únicas construcciónes.

Entre curva y curva, se llega después a Herceg Novi, cerca de la entrada de la bahía. Un emplazamiento que explica tal vez su pasado tormentoso: pasó por manos austrohúngaras, bosnias, francesas, rusas, italianas, alemanas, serbias y montenegrinas. La casi vertical ciudad vieja rueda literalmente hacia abajo entre dos fortalezas: la de Kanli-Kula, arriba, construida por los turcos en el siglo XVI para servir de prisión, y abajo, al lado de las aguas de la bahía, la de Fortemare, fundada en el siglo XIV por un rey bosnio para defender la entrada de la bahía. Una escalera recorre la pendiente empinada entre casas de estilo aristocrático. A mitad del recorrido, nada mejor para descansar que una encantadora plaza llena de terracitas frente la iglesia ortodoxa San Miguel Arcángel. Más arriba de Kanli-Kula, en un cerro que domina Herceg Novi, se esconde entre la vegetación una tercera fortaleza, cuyo nombre, Spanjola, recuerda que los españoles también pasaron por allí: empezaron en 1538 su construcción, que acabaron los turcos.

Calas solitarias y bosques

Para los que buscan unos espacios todavía vírgenes en esta zona densamente poblada, se puede terminar la visita por la península de Lústika, enclavada al sur de la bahía: calas solitarias, grandes bosques bien preservados, vistas magníficas al mar de un lado y a la bahía del otro. Ahora bien, los amantes de la naturaleza tienen que darse prisa, ya que están previstos en la zona ambiciosos proyectos de desarrollo, golf incluido.

De Kotor se sigue la costa adriática hacia el sur. Olvidemos de manera resuelta Budva, un lugar emblemático del turismo de sol y playa, pero que un desarrollo desenfrenado está desfigurando, para llegar a Sveti Stefan, el sitio más insólito del litoral montenegrino... y el más fotogénico. Y es que Sveti Stefan es, sobre todo, una vista: la que se tiene desde las faldas del pueblo sobre una minúscula isla, de apenas 12.000 metros cuadrados, enlazada con el continente por un estrecho istmo artificial y que reviste un aspecto idílico: una aglomeración de casitas todas cortadas por el mismo patrón, de piedra y techos rojos, que configura un conjunto de una excepcional armonía. El viajero no se cansa de recorrer las calles en pendiente del pueblo para observar la isla bajo todos los ángulos. Pero este paraje idílico esconde la historia de un abuso: el régimen de Tito no dudó, en los años 50, en expulsar manu militari a los pescadores de la isla para instalar allí un hotel de gran lujo, que fue durante mucho tiempo un refugio predilecto de las estrellas de Hollywood y de los políticos. Tras diversas peripecias, fue cedido por un periodo de 30 años a una cadena de Singapur, Aman Resorts, que lo reabrió en 2009. El acceso al sitio está, en principio, reservado a los clientes del establecimiento, pero verlo desde lo alto es más impresionante que caminar por sus calles.

Siguiendo hacia el sur de la costa, se llega a la última de las estaciones de playas: Ulcinj. Aunque no está lejos de Sveti Stefan, da la sensación de haber cambiado de mundo: aquí, el 70 por ciento de la población es de origen albanés (la frontera está a pocos kilómetros y las inscripciones son bilingües) y la cultura es distinta. Los minaretes son más numerosos que las iglesias ortodoxas, y no es raro ver, entrando en una mezquita, a alguna mujer llevando el velo. Los héroes, aquí, son albaneses: la madre Teresa de Calcuta tiene su estatua, los kosovares su placa conmemorativa y el bulevar Mariscal Tito se ha transformado en bulevar Skanderbeg, el prócer de la independencia del país de las águilas.

La vieja capital

Ulcinj es tierra de contrastes. Detrás de tiendas de moda italiana se esconden aún viejas casuchas de madera con sus naranjos, y las ancianas musulmanas con su vestimenta recatada se cruzan con unas jóvenes con pantalón ceñido y cigarrillo en la mano. Y detrás de un minarete, el viajero se sorprende al descubrir el night club Vanilla o el Café Latino. Pero lo más atractivo es el pequeño pero magnífico casco viejo, cercado por murallas que descienden abruptamente hacia el mar. Casas de piedra, callejuelas empinadas y empedradas... Al recorrerlo, uno tiene la sensación de haber saltado siglos atrás en el tiempo, cuando Cervantes, según la leyenda, estaba aquí cautivo.

Para finalizar este viaje que empezó en la capital actual, terminemos en la anterior: a unos 30 kilómetros de Podgorica, Cetinje es la ciudad más bonita del interior. Aunque solo fue capital durante una etapa de ocho años, coincidiendo con la proclamación del reino de Montenegro a principios del siglo XX, esta hoy adormecida urbe ha conservado de este corto pasado de gloria un ambiente aristocrático que impregna sus múltiples casas patricias. Mantiene cuidadosamente preservadas sus viejas embajadas (la más espectacular, la francesa, con su fachada cubierta de cerámica) y sus antiguos palacios. También merece la pena su monasterio, tres veces reconstruido tras haber sido arrasado por los turcos -incluye una cueva totalmente pintada con bellos frescos-.

Nada sorprendente resulta que esta especie de Escorial montenegrino, que sueña todavía con los fastos de su pasado, sea hoy el paraíso de los museos: cuenta con no menos de cinco, alguno inesperado, como el dedicado a la historia de la moneda en Montenegro. El museo del rey Nicolás, con sus apartamentos de época, permite reconstituir la historia nacional, mientras otro está dedicado a Petar II Petrovic Njegos, el más ilustre de los políticos del país. También poeta (el más famoso de la historia de la lengua serbia) y filósofo, tras criarse en un entorno de campesinos analfabetos sucedió a su tío en el trono, donde puso fin a la época de los reyes de taifas para estructurar Montenegro, en el siglo XIX, como un país moderno. Un país que hay que descubrir sin tardar antes de que se ponga demasiado de moda.

Cervantes en los Balcanes

Los historiadores cervantinos se equivocaron: el ilustre escritor no estuvo preso durante cinco años en Argel (o no solo en Argel) sino... en Ulcinj. Por lo menos es lo que aseguran sus habitantes, que así lo aprendieron, además, en la escuela. Y como prueba añaden que el nombre del personaje de Dulcinea viene de Dolcinio, que es como se llamaba su ciudad en el siglo XVI: el autor de Don Quijote, precisan, lo inventó en homenaje a una mujer de allí, de la que se enamoró durante su cautiverio. Es cierto que Ulcinj fue durante mucho tiempo nido de piratas y centro de comercio de esclavos. La bonita plaza principal del casco viejo se llama todavía hoy Plaza de los Esclavos, y algunos incluso prefieren llamarla Plaza Cervantes. Por su parte, el guardián del museo colindante al sitio no duda en señalar el sitio exacto donde, asegura, estuvo recluido el autor de Don Quijote. Mientras, en la ciudad moderna uno puede almorzar en el restaurante Dulcinea. ¿Leyenda? Probablemente, aunque se ofuscarán muchos habitantes de Ulcinj al oír esta palabra. Y es que la sombra de Cervantes añade un atractivo turístico suplementario a una ciudad que, ya de por sí, no carece de ellos.