Moldavia, la tierra negra del buen vino

Dicen que Moldavia es el país más pobre de Europa, pero los clichés siempre tienen una relativa importancia. Todo depende. Su belleza, cultura y originalidad están fuera de cuestión. En la capital, Chisinau, cierta juventud tapona la plaza de la Ópera con sus cochazos, come sushi, combina ron cubano y menta, y baila hasta el amanecer vistiendo a la última. Sus padres son nuevos ricos, y la URSS, un pálido recuerdo.

Luis Pancorbo

Un cantante marginal y espléndido como Sixto Rodríguez, mexicano de la ciudad estadounidense de Detroit, podría haber tenido éxito en Moldavia como lo tuvo en Sudáfrica, no así en su tierra americana. La cuestión difícil de aplicar ahí sería la lengua, porque Rodríguez tiene un inglés acerado como su rock. Ahora es cuando en Moldavia empieza a entrar el inglés tras décadas en que el francés fue la segunda lengua después del rumano y el ruso. Pero supongamos que por uno de esos caprichos del destino hubiese llegado a Moldavia, y triunfado, un tema de Rodríguez como el que tiene sobre un despedido de su trabajo dos semanas antes de Navidad, "cuando la lluvia bebe champán". Los moldavos lo habrían entendido y sentido perfectamente en sus propias carnes.

La crisis araña en todo el mundo mientras en Moldavia forma parte del paisaje desde tiempo inmemorial. La escasa renta per capita hace que mucha gente tenga obligatoriamente que emigrar, pero no cabría olvidar la economía sumergida y el asunto de los pollos: uno come dos y otro ninguno, o sea, que tocan a uno. Moldavia siempre ha estado donde manda su geografía, en la extrema periferia de una Europa meridional, y con una historia tan desgarrada entre Este y Oeste que resulta casi un milagro que mantenga su independencia desde el año 1991.

Herencia latina y eslava

Sin embargo, en el fondo de su maremágnum de etnias, lenguas, ideologías y sentimientos, Moldavia conserva algo que es un tesoro para el visitante. Tiene la nobleza de la gente sencilla, de los viñedos que engordan bajo soles discretos, y un equilibrio extraño en las orillas de sus ríos disputadas como una fatalidad que no cesa. Unos son morenos y otros son rubios, latinos y eslavos, y sus mezclas; y hay rom, que son los gitanos, pero todo ello bajo una república ya independiente, que aspira a integrarse un día en la Unión Europea. Entretanto, Moldavia defiende como bandera el moldavo, es decir, la lengua rumana y escrita en caracteres latinos, no en letras cirílicas como las del ruso.

Durante su exilio en Moldavia, de 1820 a 1823, Alexander Pushkin se enamoró profundamente del país, no solo de la bella gitana Zamfira. El zarismo no toleraba de ningún modo la disidencia de Pushkin, un poeta que llevaba en las venas rebeldía y no solo romanticismo, y decidió que lo mejor sería confinarlo, alejarlo allá donde las verdes praderas de Moldavia lamen el Mar Negro, el fin del mundo, o al menos el fin de Rusia en aquellos tiempos.

Pero Moldavia no era ni es Siberia. Ahí está el tamaño y suculencia de sus melocotones y sandías, como las que se cultivan en la región de Stefan-Boda, y sobre todo los viñedos, que van jalonando campiñas y vaguadas de medio país con la alegría que siempre dan las uvas. Nada se diga una vez pisadas. Entre el río Dniéster y el Prut, Moldavia posee una tierra negra, tan buena que los nazis se llevaron trenes de ella para Alemania. Más recientemente los japoneses han pretendido también importar tierra negra de Moldavia, una en la que el maíz engorda como en pocos lugares. Eso causa que el plato nacional sea la mamaliga, la polenta dirían en Italia, un puré de maíz que admite un sinnúmero de acompañamientos. Así como no hay una paella igual a otra, cada madre moldava elabora su mamaliga de forma inolvidable.

Y para beber, no puede faltar el vino, que se divide en dos, antes de entrar en mayores disquisiciones enológicas: alb y negru, blanco y negro. En lo albo y lo tinto está inscrito el viejo latín, y eso y más ha perdurado en la lengua oficial, el moldavo, por no llamarlo rumano. Frente al Museo Nacional de Chisinau han puesto una réplica en bronce de la Loba Capitolina, la que amamanta a Rómulo y Remo, con la leyenda de Mihai Eminescu, que, más que un verso, es una proclamación: "De la Roma venim, din Dacia Traiana" ("De Roma venimos, de la Dacia de Trajano").

Los moldavos proceden de los válacos y otras tribus de población romanizada de los Cárpatos y los Balcanes, mezclados con eslavos, que emigraron a esta tierra en torno al siglo VI de nuestra era. Si hablamos de tiempos recientes, fue determinante su permanencia casi medio siglo bajo la URSS. Pero es la combinación de ambos factores, latino y eslavo, y de dos herencias culturales, con sus dos lenguas, la rumana y la rusa, lo que confiere ese aire peculiar que tiene Moldavia, un penúltimo borde o confín de Europa, antes de un abismo que oscilaba entre Asia y Asia Menor. Un viejo y fronterizo campo de Agramante, de águilas y bisontes, y donde sus príncipes afrontaron invasiones sin tregua. Pues la tierra negra de Moldavia fue ambicionada por pueblos esteparios, por los tártaros (los mongoles de la horda de oro), por los otomanos que veían en la conquista de ese país una piedra en la bota de su vieja enemiga Rusia. Y por polacos, lituanos, húngaros, alemanes; y rusos y rumanos, que siempre se sintieron ahí como en su casa.

La ciudad subterránea del vino

Hay no menos de diez mil monumentos arqueológicos en Moldavia, con lo que habría que poner de nuevo en cuarentena su pretendida pequeñez. Y lo mismo de obvia es la idea de que solo es visitable su superficie. Pocos países cuentan con semejante riqueza subterránea: cuevas, galerías, necrópolis, templos rupestres, celdas monásticas, sin olvidar las bodegas, que son de categoría. La bodega Milestii Mici, con sus 200 kilómetros de calles enterradas, bate todos los récords mundiales, aunque una visita a Cricova, situada a media hora de la capital, no defrauda en ningún sentido. Consiste básicamente en catar y de paso en contemplar vinos ilustres y en escuchar añejas historias.

Cricova, una antigua mina de caliza, viene a constituir una ciudad bajo tierra con 120 kilómetros de calles y a sesenta metros de profundidad sobre el nivel de la hierba. Eso produce una temperatura constante de doce grados centígrados, o la felicidad para los amantes del vino. Por eso guardan ahí la cassa nº 275, o sea, la colección privada de vinos del presidente ruso, Vladimir Putin. Y la cassa nº 291, que pertenece a la canciller alemana, Angela Merkel. Esos mandatarios guardan en este lugar sus vinos bien frescos para cuando tengan tiempo de ir a degustarlos sobre el propio terreno. Ahora bien, si sufren mucha añoranza, se los mandan por avión.

Cuando visito esta bodega, considerada un tesoro nacional -no todo han de ser estucos ni abadías-, coincido con unos norteamericanos de Kentucky. Son tan equilibrados y altruistas que, tras catar un tinto moldavo de uva rara negrea, dictaminan que su calidad se puede medir con la de un buen bourbon. Eso para uno de Kentucky es lo máximo que nunca le podrás arrancar. El astronauta ruso Yuri Gagarin se perdió, según una tenaz leyenda, un par de días en esta bodega, aunque no padeciendo la sed. En el año 1966 Yuri Gagarin dejó incluso un elogio por escrito de los vinos de Cricova, que si no le hacían pensar en la relatividad del espacio tiempo, desde luego daban un alegre olvido.

El número de botellas es de un millón, así que hay que afrontar la cata cuanto antes. Te llevan en un pequeño tren, tras aconsejarte que te pongas un jersey. Así vamos entre toneles, que es un viaje digno de Jonathan Swift, por la calle Sauvignon, muy elegante, sin que desmerezca la calle Merlot. La guía, bien abrigada, va informando de la calidad de unas pocas de su millón de botellas. Dice que hay unos operarios especializados en dar una pequeña vuelta a las botellas de cava (producido por el método champenois), para que no se pose la levadura. Al parecer esos hombres son capaces de torcer levemente el cuello a 35.000 botellas diarias.

Una capital amena y tranquila

En Moldavia, parte de la vieja Dacia, el vino, que no ha nacido ayer, tiene aún muchas ramificaciones. Y calidades. A principios del siglo XIX el zar Alejandro I apoyó la viticultura en la nueva provincia rusa de Besarabia, y fue el primer Romanov en alabar el tinto tipo bordeaux que se logró en la bodega Romanesti. Mientras, la reina Victoria prefería entre los caldos moldavos el vino de Purcari, una bodega que sigue apostando por la perfección. Y por los varietales autóctonos. La uva moldava feteasca ha sido bendecida recientemente por el cineasta Francis Ford Coppola e introducida en sus viñedos de Sonoma. El padre de El Padrino es un gran defensor del líquido de Baco y no menos degustador de sus matices, y no pierde comba. Pero en Cricova quieren llegar al súmmum coleccionando vinos rarísimos, probados acaso por algún mortal, por lo general un dirigente de alto copete. De la antigua y soviética Asia Central tienen un Alamedin de la Kirguicia de 1957 a base de muscat violet. O un Gulistan de Turkmenistán de 1958 de uva alb, que solo ver el polvo de su botella ya parece un poema.

Más repeluzno puede producir una fila de botellas, llenas de telarañas, que pertenecieron a la enoteca del mariscal Göring, el que fue robando vinos por toda Europa como si fuesen lienzos de Renoir o Vermeer. Su fabulosa bodega fue requisada por Josef Stalin y parte de ella acabó en Georgia, y otra parte se quedó en Crimea (hoy en Ucrania) y en Moldavia. Göring y sus arios y arias querían dominar el mundo soplando de paso un oporto de Offfley (Boa Vista) del año 1937. O un borgoña de 1938, que lleva el número 163 de la colección del mariscal nazi y que tampoco fue a comprarlo precisamente a una tienda.

Chisinau -Kishinev en tiempos rusos y soviéticos- es la sencilla, elegante y discreta capital de Moldavia. Sin ríos ni mares, ni otra potencia que la de los tilos y sus enramadas, la rodean los parques hasta hacer de ella una ciudad muy verde. La a menudo denostada arquitectura soviética también tenía sus ventajas delineando espaciosas avenidas, y un aire urbano no agobiante. Otra cosa son los barrios periféricos y congestionados. Con el buen tiempo las parejas se hacen las fotografías de boda en el parque junto a la catedral de la Resurrección de Cristo. Las novias van de riguroso blanco, y ellos todo lo elegantes posible. Algunas gentes juegan al ajedrez al aire libre que pone el Ayuntamiento, o van a beber un vaso de kvas, "levadura de pan", algo refrescante y barato que se hace con centeno. O se toman un helado y buscan una pizzería de lo más napolitano dentro de las franquicias imperantes. Siempre en el centro, se apostan en las aceras unas babushkas, viejas damas campesinas, intentando vender unos puñados de moras o frambuesas.

Pero el orgullo moldavo sube como la espuma al recordar a Stefan III (1457-1504), en moldavo Stefan cel Mare (Esteban El Grande), un monarca a quien se atribuye el no haber perdido batallas. Su estatua es la que domina el centro de Chisinau, toda vez que Lenin ha sido relegado al extrarradio. En 1472 derrotó a los 120.000 turcos de Mohamed II, el conquistador de Constantinopla. Cuando en 1476 vinieron más turcos, al menos 150.000, Stefan cel Mare se enfrentó a ellos con sus 40.000 soldados y aguantó la embestida. En la batalla consiguiente, la de Razboieni (o Valea Alba, Valle Blanco, por los huesos cristianos que quedaron a la intemperie), ya ganaron los turcos y se adueñaron de buena parte del país durante siglos.

La estatua de Stefan cel Mare también es buscada por los recién casados como fondo para una foto. Tal vez su espada victoriosa les traiga suerte. Uno prefiere ir a ver la estatua erigida en honor de Pushkin en 1885. En el granito gris del pedestal está grabado el verso de su Oda a Ovidio: "Aquí, retumbando en el desierto la lira del Norte, yo vagué...". Pushkin amaba a Ovidio, el poeta exiliado en Tomos, en el Mar Negro, que escribió en su libro Tristia cuánto deprecaba tener que pasar su cumpleaños lejos de Roma: "¿Por qué, oh cruel, tú volvías todos los años infelices de un exiliado? Si tuvieses algún pudor, no me seguirías más allá de mi patria...". Otros no quieren cumplir años pero por motivos estéticos, no patrióticos.

La casa museo de Alexander Pushkin

Otra visita inspiradora en Chisinau es la casa museo de Pushkin, situada en la calle Anton Pann. Hay grados en esa inspiración, porque hay quien llega a poner una rosa roja ante el retrato del escritor ruso. Más que casa se trata de un pequeño pabellón en un patio junto a la casona familiar de I.N. Naumov, un rico mercader de Chisinau que acogió al poeta. Alexandra, la directora del museo, me explica que los objetos que enseñan -cartas, manuscritos, dibujos y caricaturas de Pushkin-, son copias y que los originales se guardan en el museo que tiene el escritor en la ciudad de San Petersburgo. Lo que queda aquí original es básicamente la casita que habitó Pushkin, y algún árbol centenario en el jardín dando sombra a su estatua.

El general Ivan Inzov echaba un capote a Pushkin especialmente cuando éste se liaba a duelos, y cerraba un ojo ante alguna que otra maniobra política del indomable escritor. Pushkin estaba afiliado a la masonería, como otros militares disidentes rusos, y asistía en Chisinau a las sesiones de la logia Ovidio, tal vez la más influyente de Rusia después de la de San Petersburgo. Todo ello tuvo su importancia porque fue el fermento de los llamados decembristas, los militares que protagonizaron en 1825 una sublevación contra el zar en San Petersburgo. Los soviéticos reconocieron ese hecho como un antecedente de su propia revolución.

Pero Pushkin se vinculó aún más estrechamente con Moldavia a causa de los gitanos. Su poema Los zíngaros tuvo el efecto de hacer imaginar a la gente rusa por generaciones que la mayoría en Moldavia eran gitanos. Y ese cliché, que los moldavos atribuyen a Alexander Pushkin, perdura aunque sea en la vecina Rumanía, donde la etnia rom, que habla romaní, llega a constituir casi un cuarto de la población. Para Pushkin decir que Moldavia era zíngara no tenía segundas intenciones políticas o racistas. Su amor por los zíngaros, inducido por la bella Zamfira, fue limpio e indubitable. Le gustaba su baile, su errar por los caminos, su andar por los bosques sin otra protección que las estrellas.

Alexandra me recomienda visitar Dolna (que viene de la palabra dolina, valle), una aldea en un lugar ameno cerca de Nisporeni y rodeado por la Reserva Natural de Codru. Está a unos cincuenta kilómetros al norte de la capital y ahí, aparte de pastores de ocas, se ubica la finca de Rali, un boyardo, un rico terrateniente de origen griego que acogió al poeta ruso con los brazos abiertos. Rali tenía campos y colinas en propiedad y, sobre todo, hijas casaderas como Ekaterina y Mariola, pero que a Pushkin no le hacían tanta gracia como su Carmen particular, la que vivía en una tienda de campaña, y bailaba y cantaba con los suyos al amor de la hoguera. Durante casi un mes Pushkin trasnochó a menudo en Dolna buscando la compañía de Zamfira y viviendo con exaltación aquella vida que le parecía arrebatadoramente exótica, y eso que él tenía sangre etíope por parte de su bisabuelo materno, Abram Petrovich Gannibal. Pushkin no solo no lo ocultaba, sino que llegó a escribir una novela inacabada con el título El negro de Pedro El Grande.

Huellas trajana y ortodoxas

Los romanos dejaron su huella en la piel de Moldavia, no solo en el idioma. Eso se aprecia de Oeste a Este con los restos de las fortificaciones del llamado muro de Trajano, impresionante obra defensiva aunque no se deba por entero a ese emperador nacido en la hispánica Itálica y conquistador, en el 106 de nuestra era, de aquella última frontera europea que era la Dacia, la que englobaba tierras hoy de Rumanía y Moldavia y aún de Ucrania, entre otras naciones. Pero sería un error ir tan lejos en la historia y prescindir en Moldavia de sus monumentos religiosos, ortodoxos, aunque hayan sido objeto de tantas devastaciones. En la ciudad de Causeni se alza, y bien maciza, la iglesia tenida por la más antigua del país. Es de mediados del siglo XVI y lleva el nombre de Uspenski, es decir, de la Dormición de la Virgen. Infinidad de iconos y de templos ortodoxos se llaman Uspenski. La Virgen no muere, no se separan en ella alma y cuerpo sino que juntos suben a la gloria. Un tránsito que los ortodoxos no se cansan de reconocer como milagroso, toda vez que la Virgen se durmiera antes de su Asunción al cielo.

Causeni fue la vieja capital de los tártaros nogái, y lo que es un milagro de verdad es que conserve una iglesia cristiana con un estilo mazacote, inasequible al adorno, que de hecho se construyó como silo para almacenar granos. Eso fue hasta que los tártaros se dieron cuenta del engaño, destrozaron las pinturas de santos del interior y convirtieron el templo en un establo. La iglesia Uspenski está casi enterrada en la hondonada de un prado, a metro y medio bajo la superficie, y hay que bajar unos peldaños para acceder a ella. Eso se atribuye a que los tártaros nogái no querían edificios que fuesen más elevados que los suyos. Ahora está siendo restaurada, y sobre las tejas se ve una cruz de hierro y una media luna. Esto último no es por algo musulmán, sino un símbolo de la Virgen, cuya advocación oficial es aquí la de Adormirea Maicii Domnului, que en moldavo significa Dormición de la Madre de Dios.

Fortalezas dacias

Otro templo interesante se ubica en Orhei la Nueva, a 46 kilómetros de Chisinau. Se trata de la iglesia de Dmitriev (Demetrio), del siglo XVI, con unos muros de piedra de más de un metro de espesor. Eso contribuye a una temperatura interior casi inmune a bochornos y heladas. Hay un pozo en el jardín del que una sacristana saca cubos de agua con una manivela. Dice que es para regar las plantas, nada de milagros. El pozo está cubierto por una marquesina pintada con escenas bíblicas de estilo naïf, como lo son a veces las cosas de este país.

Orhei la Nueva ha erigido una estatua de cuatro metros de altura en su calle principal a Vasile Lupu (1634-1653), un príncipe balcánico, de origen tal vez albanés, que gobernó Moldavia para los polacos que estaban en lucha contra los turcos. De todos modos no va mucha gente a Orhei la Nueva, siendo sus peluquerías, floristerías y bancos iguales a los de medio país, sino a Orhei la Vieja, que es el sitio monumental por antonomasia del país. En la curva de ballesta del río Raut se abre un cañón y en una de sus horadadas paredes, como si fuesen celdillas de una colmena, aparecen templos, si no cuevas y grietas habitadas ya por los protomoldavos del Paleolítico, y los de la cultura Tripolian, y los de la Edad del Bronce, y los getas y bastarnos, los eslavos, y los descendientes de la horda de oro... Al pie de ese cañón esplendió Sher al-Djedid, la nueva y próspera ciudad de los turcos. Todo eso, más ruinas y fuertes y capillas, configuran el interés de Orheiul Vechi (su nombre en moldavo). La base de operaciones para la visita es un pueblo como Butuchev, que aspira a mantener cierto ritmo campesino. En un momento dado pasa una carreta llena de hierba que es tirada por un caballo blanco levantando una gran nube de polvo. Y para comer, hay que degustar la tradicional mamaliga, aunque aquí le añaden requesón casero.

Pero si lo que buscamos son fortalezas, y no solo las derruidas del tiempo dacio romano, habría que asomarse más al norte del país, e ir al valle del Dniéster, donde se alza Soroca. Ese es el nombre de un castillo medieval, arrogante en los siglos, que preserva sus murallas de veinte metros de altura y su forma redonda, cual seta acorazada. Representaba el último baluarte en Moldavia oriental ante la penetración de los tártaros, los turcos y los polacos. Y ciertamente, a veces contenía la furia invasora que tanto se cebó con esta tierra negra del buen vino.