Mil leyendas y las barras con más arte de Sevilla

El norte del casco antiguo de Sevilla está normalmente ajeno al devenir de los viajeros, absortos en la búsqueda de las imágenes más célebres de la ciudad. Una pena porque al barrio de La Macarena no le faltan méritos: tiene un soberbio patrimonio artístico, tabernas míticas y un ambiente genuino.

Nuria Cortés

Hubo un tiempo en que la Virgen de la Macarena no podía entrar bajo ningún concepto en el antiguo Hospital de las Cinco Llagas, hoy sede del Parlamento andaluz y situado casi enfrente de la Basílica. Corría el siglo XVI, la Hermandad era pobre y no se podían permitir tener una imagen de la Virgen. La suerte llegó de la mano de un curioso trueque con el hospital, que le dio la talla en régimen de cesión a cambio de un reloj, estableciéndose que se podría ejercer el derecho a recuperarla en el momento en que la imagen pisara de nuevo los terrenos del recinto. Leyenda o no, esta historia abre el recorrido por el barrio de La Macarena -que no distrito-, empezando por el arco homónimo, una de las dos únicas antiguas puertas que quedan en pie en la ciudad -la otra es el Postigo del Aceite, en El Arenal- y la propia Basílica?, (c/Bécquer, 1). Se puede visitar para ver tanto la famosa talla como su museo, donde se exhiben mantos, coronas y joyas, entre otros objetos.

Con más de una decena de templos y conventos dispersos por la zona, el paseo pronto adquiere connotaciones místicas, sobre todo a los pocos minutos de enfilar la calle San Luis?, donde el espíritu de la Contrarreforma aparece en el antiguo templo jesuítico San Luis de los Franceses, cuya fachada barroca adelanta la exaltación de los retablos y la maestría de la cúpula del interior. La siguiente parada, la pequeña plaza de San Marcos?, muestra esta vez factura mudéjar en el templo homónimo, cuya torre recuerda a La Giralda, siendo, como ella, un antiguo minarete. Otro de los ejemplos del sobresaliente patrimonio del barrio es el cercano convento de Santa Paula? (Santa Paula, 11), uno de los más bellos cenobios de clausura sevillanos. Abierto a las visitas, no hay que perderse el artesonado de la nave de la iglesia ni el pequeño museo. Como tampoco las afamadas mermeladas que hacen las monjas.

Un corto paseo conduce a la plaza Padre Jerónimo de Córdoba, donde se encuentra el Quitapesares?, una de las barras con más arte de la ciudad, ya que lo regenta el célebre cantaor de saetas El Peregil. Muy cerca, otro clásico: El Rinconcillo? (Gerona, 40), la taberna más antigua de Sevilla, fundada en el siglo XVII y en manos de la misma familia desde hace casi 150 años. No hay que irse sin probar su cazuelita de garbanzos con espinacas ni su deliciosa pavía de bacalao.

Cortadillos, bollitos de Santa Inés, mantecados y tortas atraen a los golosos al convento de Santa Inés?, situado en el nº 5 de la calle Doña María Coronel. Fue ésta quien lo fundó tras el intento de ultraje que sufrió por parte del rey Don Pedro y del que se libró vertiéndose aceite caliente sobre su rostro. En la iglesia del recinto -que puede visitarse- se encuentra su cadáver momificado, que se expone cada 2 de diciembre. También se puede ver el órgano que Bécquer hizo famoso en la leyenda Maese Pérez el organista. Quien prefiera una parada menos mística y con más arte, en el nº 6 de Palacios Malaver está la Bodega Hermanos Núñez?, que es casi un museo del toreo -tiene incluso la partida de nacimiento de Juan Belmonte-, donde hay que acompañar la cerveza con un montadito de pringá. O se puede seguir camino por la calle Feria??, cuyo nombre le viene del mercadillo de antigüedades y objetos de segunda mano que en este rincón sevillano se celebra los jueves y que resulta ser el más antiguo de la ciudad. O acercarse a la Alameda de Hércules?, emblemática plaza recién remodelada que reúne numerosos restaurantes y bares, entre los que se encuentra El Aljibe (nº 76), con una cocina creativa elaborada en función de los productos de temporada.