Miami, entropía tropical

El cambio es lo que define a la ciudad de Miami, un foco de energía latina que se desborda en la pasarela callejera de Ocean Drive. Su último giro, tras llenar de diseño y alta gastronomía el Design District, es una mezcla de alta cultura y espectáculo popular en sus nuevos centros: New World Symphony y Arsht Center.

Rafael de Rojas

"Miami es la ciudad más segura de Latinoamérica". El lapsus de Juan, el jefe de sala del restaurante Azul, del Mandarin Oriental Miami, que saca a la ciudad del norte de América, es el mismo que puede cometer cualquier visitante. Quien entre desde el Norte tendrá la sensación de que ha pasado de golpe unas cuantas fronteras que le sitúan mucho más al Sur. Ya no está del todo en Estados Unidos, ni siquiera en Florida. Por lo demás, tiene razón: Miami es ahora un lugar seguro, nada que ver con lo que mostraban Scarface o Corrupción en Miami. Ese es uno de los cambios más recientes de una ciudad a la que puedes dejar de reconocer si te ausentas un par de años. A los que estuvieron aquí hace una década les sorprenderá que haya brotado un barrio de rascacielos en el Downtown y los que vinieron el año pasado se encontrarán con una inédita apuesta por la alta cultura: las aperturas de la academia New World Symphony, con un edificio firmado por Frank Gehry, y el centro de arte Adrienne Arsht Center.

Ese carácter de ciudad en transformación perpetua viene definiendo a Miami desde su fundación hace menos de siglo y medio, cuando varios cientos de colonos luchaban por ir tirando en un terreno pantanoso donde los mosquitos eran los auténticos amos. La ciudad de verdad (cuyo nacimiento se sitúa oficialmente en 1896, con la llegada del ferrocarril) surgió cuando se empezaron a suceder una serie de operaciones inmobiliarias sumamente creativas -por no decir locuelas- que fueron aglutinando una heterogénea comunidad. La primera inspiración fue la que llevó a los Peacock a construir un hotel en Coconut Grove en 1884. Fue el pistoletazo de salida para una costumbre que ha ido resucitando Miami cada tanto y que ha llegado a nuestros días: atraer a compradores millonarios para que se instalen en la ciudad.

La más significativa fue la operación inmobiliaria de George Merrick, que inventó el barrio de Coral Gables en los años 20. Creó una ciudad de chalets inspirados en la arquitectura española que surgieron contra toda lógica en medio de una selva apenas practicable desde el río que la cruzaba. Ahora es uno de los barrios más exclusivos, repleto de jardines y edificaciones curiosas y con su propio sistema de impuestos, casi una ciudad dentro de la ciudad. Entonces fue la primera piedra del Miami de los excesos, lo que viene a ser casi un pleonasmo. En 1926 nacería en sus límites el actual Hotel Biltmore, que, para dotar a los vecinos de Coral Gables de club social, incluyó la que entonces era la piscina más grande de América. Los propietarios del Biltmore también edificaron una torre que imitaba a la Giralda (es sólo una de las tres giraldas que tiene Miami, enamorada del pastiche hispano por aquella época) y abrieron un campo de golf en los propios terrenos del hotel, que enseguida se llenó de celebridades como el jugador de béisbol Babe Ruth o el gangster Al Capone, que tenía su suite en lo alto de la torre.

Después vendría la apertura de otra urbanización de lujo en una impracticable isla usada entonces como plantación de cocoteros y ahora conocida como South Beach. Tras el paso de un huracán, esos originales edificios de madera se cambiaron por otros provisionales (pensados para no perdurar) que seguían un nuevo estilo parisino, el art decó. Muchos años después, los cubanos protagonizarían inopinadamente otra de las transformaciones miamenses: la llegada de miles de exiliados que huían de la revolución cubana convirtió una comunidad judía (y pobre) de la ciudad en un barrio de La Habana, la visitable y visitada Little Habana, con su paseo de la fama con estrellas en el suelo y sus tiendecitas de aire cubano (desde cafeterías con comida de allí a tiendas de puros).
Las últimas transformaciones se han ejecutado en torno al Downtown y sus hoteles y condominios, al Design District y su comercio y hostelería de la más alta gama y a los nuevos centros culturales, gestionados a la envidiable manera estadounidense, donde la alta cultura y el espectáculo popular conviven de una manera nueva e imaginativa. Mientras que el Arsh Center programa a Debussy o Chopin junto a un musical de La Familia Addams, el New World Symphony presenta a dj''s acompañados de orquesta sinfónica (en algo que se parece remotamente a una rave) o retransmite sus conciertos por una pantalla gigante situada en un parque aledaño en el que los espectadores pueden hacer un picnic sobre la hierba.

Pensar a lo grande en los negocios (incluido el de la cultura) viene siendo en Miami sinónimo de pensar como un guionista de ciencia ficción. De los extravagantes. Así, Merrick creó en Coral Gables mini barrios normandos, parisinos, alemanes o chinos (los villages), el Hotel Biltmore dragó kilómetros de canales para llevar a sus huéspedes a la playa en góndola y compró un autogiro para trasladarlos al centro de la ciudad (un vuelo "tan seguro como viajar en una silla de piedra", según su publicidad) y los hoteles iniciales de South Beach instauraron un cuerpo de elefantes para llevar las maletas de los clientes. Luego los paquidermos se quedarían por la ciudad causando problemas, algo típico de Miami a juzgar por la floreciente comunidad de loros urbanitas fugados del extinto zoológico de aves Jungle Park. O por las problemáticas pitones que los vecinos han ido abandonando en la cercana zona pantanosa de los Everglades, donde, predadoras sin predador, han prosperado.

Aún con todas sus rarezas, los planes podrían salir bien en Miami si no fuera por un factor presente en toda su historia, lo que la escritora Joan Didion llamó "entropía tropical". Esta forma de caos se manifiesta en huracanes y fluctuaciones inmobiliarias (intensificadas por los volubles flujos del dinero miamense). A veces lo paralizan todo, como hicieron los huracanes que arruinaron a Collins (el inventor de South Beach) y Merrick (que acabó trabajando en la oficina postal) o como la crisis inmobiliaria que acaba de detener las ventas de condominios en el Downtown. Pero otras la refuerzan, como con la llegada de los cubanos o la creación de ese particular estilo art decó futurista y tropical que atrae a buena parte de los 12 millones de turistas anuales (la mitad estadounidenses) que, tarde o temprano, se asoman a Ocean Drive, el escaparate de South Beach que huele permanentemente a fiesta, sexo y Copertone.

Los habitantes de Miami llevan con orgullo pretendidamente indiferente el que frente a sus playas siempre abarrotadas (pero escondidas tras las dunas) sea muy fácil cruzarse con celebrities internacionales sin siquiera percibirlo. Ocean Drive es un paseo democrático en el que se mezclan todas las clases y edades, que escora un poco hacia la exhibición de cuerpos que se dirían perfectos, con mucho gay, incontables parejas y restaurantes de marisco y calidad popular. Uno de sus hitos es la casa de Versace, con la que el diseñador restauró la imagen de SoBe (el diminutivo de South Beach) y donde sería asesinado. Ahora la casa la ocupan un pequeño y refinado hotel, colorido y barroco (The Villa), y un restaurante, atendido por el hotelero más solicitado del momento: Barton G. A la espalda de Ocean Drive se encuentra Lincoln Road, la otra pasarela de la ciudad, con tiendas como las del 1111, en un nuevo edificio de aire industrial en acero y cemento firmado por Herzog de Meuron, mitad garaje, mitad espacio comercial.

Los centros comerciales son la otra meca española en Miami, con la que se completa la trilogía vacacional: playa, fiesta y compras. Hay once grandes espacios como The Falls, con su río interior que lleva de Macy''s a Bloomingdale''s a través de una corriente de tiendas; el Bayside Marketplace, junto al muelle y donde las marcas son nacionales y el ambiente relajado y marinero; y el más exclusivo Village of Merrick, con marcas como Carolina Herrera, Gucci, Hugo Boss o La Perla. Pero el lugar donde volverse loco es el outlet Dolphin, el que eligen las marcas estadounidenses para deshacerse del género sobrante a base de tirar los precios. El lugar más apropiado para una despedida loca de la ciudad de los excesos.

La Habana alternativa
La escritora Joan Didion, fascinada por Miami, consideraba que la ciudad era la zona del escenario cubano donde se hacen los apartes o las grandes soflamas declamatorias. En la Pequeña Habana se fueron instalando los cubanos de los diferentes exilios, no sólo los que llegaron tras la revolución de Castro, ni los polémicos marielitos, a los que Cuba dejó salir o expulsó de sus cárceles en 1980, sino también los anteriores emigrantes políticos o los posteriores económicos. En Miami, donde las cosas no siempre son lo que parecen, hay enterrados dos ex presidentes de Cuba mientras que el barrio cubano se va quedando sin cubanos, que emigran a zonas más caras. Siguen allí las tiendas de puros, los restaurantes de sabor habanero, un club de dominó y un monumento a los héroes de Cuba (incluidos los que lucharon contra España) donde se escenifica un sentimiento de "lucha" y patria perdida que parece capaz de sobrevivir a Fidel Castro.