Mercados del mundo

Los 20 más fascinantes. Templos del regateo o vientres de la ciudad. Tanto si despachan artesanía, comida o cachivaches de uso cotidiano, los mercados, rastrillos, lonjas, bazares, ferias o zocos desvelan las necesidades y los caprichos de un pueblo. Si se los sabe mirar, estos escenarios donde se le toma el pulso a la vida dirán tanto o más de un lugar que su monumento más señero. Este reportaje marca un recorrido por una veintena de ellos absolutamente fascinantes.

Elena del Amo
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Foto: Luis Davilla

Son los más estrambóticos, los londinenses. Con permiso del Big Ben y el té de las cinco, hay pocas cosas tan suyas como el gusto por reafirmar su individualidad luciendo modelitos inenarrables recopilados por los mercadillos. Los hay más trasgresores, más especializados y también menos turísticos, pero el inmenso Camden Market de Londres reúne un poco de todo. De hecho, se trata de una colección de mercados por la que encontrar lo mismo aderezos góticos que heavy metal, hacerse un tatuaje o comprar un vinilo vintage, agenciarse un sombrero de traca o comer especialidades de casi cualquier nacionalidad. Está a rebosar en fin de semana, al igual que el Marché aux Puces de París. Lo de mercado de las pulgas se lo pusieron al parecer los burgueses remilgados, convencidos de que alguno de esos bichitos andaría suelto entre los cachivaches que, a finales del XIX, traperos y chamarileros comenzaron a vender a las puertas de París para evitar los impuestos. Abierto de sábado a lunes, el de Saint-Ouen presume de ser el más grande del mundo para la antigüedades. Se desgaja en una quincena de mercados, a veces cubiertos y otras al aire libre. Una mañana por algunos del encanto del Vernaison, Biron o Paul Bert dejará ganas de más. El clásico Mercado de Flores de Ámsterdam, con sus puestos de tulipanes a orillas del canal Singel, viene llenando la ciudad de color desde su inauguración en 1862. Menos primorosa pero bastante más impactante resulta la visita a FloraHolland, la mayor subasta de flores del planeta. Desde esta insólita lonja se distribuye a medio mundo la barbaridad de flores y plantas que trasiegan los remolques entre sus naves. La tensión que se palpa en su sala de pujas es comparable a la de la Bolsa de Wall Street. Habrá que madrugar ya que abre de lunes a viernes a las 7, y cuanto antes se llegue más trasiego vegetal habrá.

UN POCO DE TODO. Arriba, Mercado de Flores de Ámsterdam, con sus puestos de tulipanes a orillas del canal Singel. Debajo, puesto del mercado La Vucciria de Palermo, en Sicilia. A la derecha, el inmenso Camden Market de Londres, que en realidad es una colección de mercados donde se vende de todo.Autor: Luis Davilla.

La geografía insiste en que Sicilia, y por ende su capital, queda en Europa. El ambiente del mercado La Vucciria de Palermo es, sin embargo, de lo más moruno. Enmarcados por las cúpulas barrocas y las fachadas decadentes del barrio, sus puestos despachan sardinas y peces espada recién sacados del mar, verduras de tamaños pantagruélicos, aceitunas de todos los colores o especias para condimentar la genial cocina de la isla. No hay que entender el dialecto local para intuir la sorna, tan mediterránea y tan de otra época, de los que vocean su mercancía a los cuatro vientos. Para rematar los mercados de Europa, el Gran Bazar de Estambul. Unas 5.000 tiendas -¡quién podría contarlas!- inundan de brillos y griterío las sesenta calles del bazar cubierto más grande del mundo, empezado a construir en el siglo XV por el sultán que conquistó la ciudad para el Imperio Otomano. Sus vendedores chapurrean todas las lenguas y rara vez se equivocan al dirigirse en la adecuada al comprador en potencia que pasa ante su puerta. Alfombras y kilims, joyas de oro y prendas de cuero, cerámicas y objetos de cobre, tesoros y baratijas. Todo cabe en este monumental templo al regateo que cierra los domingos.

Laberintos de África

ZOCOS Y BAZARES. Los zocos de Marrakech que rodean la Plaza de Jema el Fna esconden un laberinto de calles, a prueba de planos y mapas, donde se puede encontrar prácticamente de todo (derecha, tienda de babuchas). Otros mercados de África buscan al comprador y le seducen por el exotismo de su artesanía y el colorido de sus especias. Autor: Luis Davilla.

Ya en África, callejeando tras la soberana Plaza de Jema El Fna se aterriza en el fragante universo de los Zocos de Marrakech (Marruecos), con sus mil y una tiendas a menudo abiertas hasta la noche. Antaño se distribuían rigurosamente por gremios. Aquí los perfumistas, allí los latoneros, algo más allá los ebanistas, los sastres, los vendedores de babuchas, de alfombras, de cuero, de especias... Hoy casi todo está más mezclado. No hay mapa que se atreva con los zocos, pero tampoco hay placer comparable al de perderse en su laberinto. En Egipto, los martes, sábados y domingos en las cercanías de Asuán hombres de aspecto bíblico, con sus túnicas y sus turbantes, regatean en el Mercado de camellos de Daraw por hacerse con alguno de los miles de camellos que aguardan nuevo dueño en esta polvorienta aldea. También en Egipto, pero en El Cairo, está el Mercado de Khan el-Khalili. Los viernes por la mañana muchos cierran para orar en la mezquita y los domingos anda también de capa caída. El resto del tiempo, este barrio comercial estalla de actividad hasta el anochecer, y así viene ocurriendo desde el siglo XIV. Cualquier souvenir -desde papiros y pirámides de alabastro hasta los adorables escarabajos de la suerte- tiene aquí su lugar. Pero en este laberinto medieval del corazón de El Cairo también se encuentran magníficas alfombras, joyas, ricos tejidos, perfumes, lámparas de las mil y una noches... Por su parte, la capital de Zanzíbar, la despampanante isla del Índico, Stone Town o la Ciudad de Piedra, tiene mucho de portugués y omaní enredado en su esencia africana. A un costado de su cogollo histórico se levantó hace más de un siglo el edificio del Darajani Market, aunque los puestos al aire libre se derraman por todo su alrededor. Algunos seducen a los extranjeros con coloridos kangas y bolsas con las especias que dan fama a Zanzíbar. A Darajani, sin embargo, vienen sobre todo a comprar los locales. El hedor de la lonja de pescado o las piezas de carne que cuelgan de ganchos espantarán a los escrupulosos. Los demás quedan hipnotizados ante el hervidero de vida que confluye allí cada mañana. Lo que es imposible es aventurar cuántos vendedores se ganan la vida en el enorme y destartalado Maasai Market en Nairobi (Kenia), que cada día, salvo los lunes, va desplazándose por distintas zonas de la capital. A pesar del nombre, en él se venden artesanías de toda África, amén de utensilios de lo más cotidiano. Entre ellos regatean a muerte y uno, a pesar de ser un mzungu -es decir, un blanco-, debería entrar también al juego. Allá donde fueres...

Sabores de América

SABORES DE SIEMPRE. El colorido de los productos y la variedad de sabores están presentes en los mercados indígenas tan comunes en el centro y sur del continente americano. En la foto de la izquierda, abajo, tortillas de maíz en el mercado de Chichicastenango (Guatemala), que se celebra desde tiempos prehispánicos. Autor: Luis Davilla.

En América, los jueves y domingos el pueblo de Chichicastenango, en Guatemala (o Chichi, como dicen los locales) se prepara para el día de mercado. Temprano, su iglesia de Santo Tomás se torna en un hormigueo de indígenas que acuden a oír misa en quiché y pedir favores a los espíritus esparciendo pétalos y aguardiente por el suelo. Las vendedoras de flores para las ofrendas se agolpan por su escalinata, cercada por incontables puestos de fruta, artesanía, pollos vivos o tejidos tan coloridos como los huipiles que visten las campesinas mayas llegadas de las montañas. En este mercado, que viene celebrándose desde tiempos prehispánicos, también se come caldo de res y pulique, se hornean tortillas y mazorcas y se recurre a los chamanes para librarse de hechicerías u honrar a los muertos. A una treintena de kilómetros de Cuzco (Perú), a los pies de una de las ciudadelas incas del Valle Sagrado, el Mercado indio de Písac atrae a miles de visitantes, sobre todo los domingos. Es el día principal para su mercado de sabor indígena, si bien en cualquier otro momento, sin tanta afluencia de turistas, podrá igualmente adquirirse las prendas de baby alpaca y los coloridos tejidos que exhiben los puestos de su plaza colonial. El barrio con más sabor de Buenos Aires (Argentina) acoge la Feria de San Telmo, un rastrillo de antigüedades, artesanía y trastos viejos que reúne cada domingo a miles de propios y extraños. Entre cafés con solera y fachadas centenarias, desde su epicentro en la Plaza Dorrego se extiende por las cuadras de alrededor. Ambiente asegurado además por sus músicos, bailarines de tango y estatuas vivientes. Mercado hay todos los días en la Plaza de los Ponchos, de Otavalo (Ecuador), pero no como el mercado indígena de los sábados, cuando sus puestos se desbordan por el centro de esta ciudad andina a los pies del volcán Imbabura. Los muy madrugadores podrán admirar estampas de otra época en el mercado de animales. Luego la actividad se traslada al laberinto de color donde se venden camisas bordadas y collares de cuentas como los que lucen las otavaleñas, artesanía de madera, cerámica y cuero, hamacas, pócimas para el mal de ojo, pero, sobre todo, alfombras de alpaca, tapices de lana, bufandas, gorros y tejidos hechos a mano en los tonos más vivos. Y aunque hoy sea muy turístico, no hay escenario como el 20 de Noviembre de Oaxaca (México), viejo mercado cubierto para disfrutar de la deliciosa cocina oaxaqueña. Chapulines tostados con sal y limón, pan de yema, mole negro, tamales, tlayudas con queso o, en su humeante pasillo de las carnes, el famoso tasajo asado al carbón acompañado de verduras o cebollines, de guacamole, de salsa de chile o pico de gallo...

Mercados flotantes de Asia

ESPECTÁCULO TOTAL. En Asia los mercados flotantes atrapan la atención de los viajeros por la especial habilidad con que manejan el tráfico de balsas y barcas en extensas áreas fluviales. Es todo un espectáculo admirar por las localidades del Delta del Mekong (Vietnam, fotos de la derecha) cómo los campesinos acuden en sus canoas a vender su producción a las barcazas de los mayoristas. Autor: Luis Davilla.

Con sus cerca de 15.000 puestos, el Chatuchak Market de Bangkok (Tailandia), mercado del fin de semana, podría considerarse casi una ciudad. Debido a su tamaño, cada zona tiene su especialidad. Una para la ropa de ganga, otra para los souvenirs, otra de antigüedades y artesanía, otra para libros y amuletos, restaurantes donde recuperar fuerzas con el típico pad-thai antes de proseguir por los tenderetes de frutas, los de seda, los de mascotas... Cada cinco días, siguiendo el calendario lunar, el Mercado flotante del Lago Inle (Birmania) rota por las aldeas de este onírico lago famoso por sus huertos flotantes y la peculiarísima técnica de remar con un pie de sus pescadores. El de Ywama es el más célebre, mientras otros más auténticos aguardan entre la maraña de canales. Aquí todo se compra y se vende sin apearse de las balsas. Desde las frutas y verduras cosechadas en la semana hasta sedas, joyas de plata, artesanías de madera, bambú o laca. Las mujeres de las diversas etnias, que son clara mayoría, visten sus mejores galas. Y es que el mercado es también una ocasión para el encuentro. Como es todo un espectáculo admirar por las localidades del Delta del Mekong (Vietnam) cómo los campesinos acuden en sus canoas a vender su producción a las barcazas de los mayoristas. A diario y muy de mañana, el Mercado flotante de Cai Rang, a las afueras de Can Tho, es uno de los más concurridos. Entre el trajín de embarcaciones es fácil saber lo que oferta cada cual gracias al larguísimo palo colocado en la proa, del que cuelgan pescados, mariscos, verduras u hortalizas. La mercancía es la estrella total en el Mercado de pescado de Tsukiji (Japón): atunes de Barbate, anguilas que serpentean aún vivas dentro de los barreños, pescados y mariscos de todos los colores y tamaños. A diario, salvo los domingos, cerca de 3.000 toneladas se venden o subastan aquí. Imprescindible madrugar para no perderse lo mejor y, a la salida, probar en sus inmediaciones el sushi y el shashimi más barato de Tokio. Y en China, a media tarde la calle Temple Street de Hong Kong, del distrito de Kowloon, se cierra al tráfico para que los comerciantes instalen el enjambre de tenderetes en el que dar con lo más insospechado. Ropa, baratijas e imitaciones, pero también jade, antigüedades o productos electrónicos, entre restaurantes callejeros y adivinos que prestan allí mismo sus servicios.