Matterhorn, el rey de los Alpes

Es la montaña más fotografiada de Europa y el icono de los Alpes suizos. Casi 4.500 metros rematados en una abrupta y aristada pirámide de cuatro caras que miran a los cuatro puntos cardinales, además de a Suiza y a Italia. La atracción que ejerce su imponente y solitaria silueta, unida a la épica que rodeó su primera ascensión –no exenta de tragedia–, le han convertido en lugar de peregrinación de miles de alpinistas y excursionistas de todo el mundo. En 2015 se cumplen 150 años de su primera conquista.

Luis Uribarri

La estación de tren de Zermatt deja al viajero al inicio de la ascendente calle principal, la Banhofstrasse, y lo primero que sorprende es el silencio y la limpieza. No hay colillas ni papelitos en el suelo; el fumador siempre encuentra cerca una papelera-cenicero para respetar el deseo de higiene de los suizos. Nada más bajar del tren, urge asomarse a la avenida para buscar la silueta del pico más famoso de los Alpes, de toda Europa, pero las nubes están agarradas al valle e impiden su visión. La decepción inicial se envuelve en alarma cuando en un grupo de recién llegados alguien sospecha que su maleta ha sido sustraída durante el descuido de otear la mole alpina... Pero eso en Zermatt no pasa. Simplemente el taxista, con diligencia suiza, la ha cogido para trasladarla al hotel en sucoche eléctrico, los únicos que pueden circular por esta ecológica localidad. Porque Zermatt, situado al suroeste de Suiza, es un lugar único en el mundo, el paradigma del aire puro, la armonía y la tranquilidad, el pueblo de cuento hecho realidad. Los únicos vehículos privados motorizados que pueden circular por las calles de la población no solo son eléctricos sino que están fabricados de forma artesanal (a precio de Ferrari, 80.000 francos suizos cada uno, unos 70.000 euros). Todas las casitas del pueblo y el valle deben respetar el estilo alpino, con un tercio al menos de su construcción en madera y con una altura limitada. El único bullicio que se percibe a lo largo del día proviene de las puntuales campanadas de la iglesia y de los cencerros de un desfile de cabras típicas pastoreadas por niños que recorren la calle principal, sobre las cinco de la tarde, para deleite de turistas (en Zermatt hay muchos, muchos japoneses).

El momento esperado por los recién llegados llega al caer la noche. Los smartphones avisan de que el cielo se ha despejado. Se abandonan raclettes y fondues de la cena para salir al exterior, cámara en mano, y contemplar el objetivo del viaje: el rey de los Alpes, solitario, imponente, sobrecogedor, por fin se deja ver. Y esa primera visión perdurará, siempre, en la memoria.

El Matterhorn (Monte Cervino para los italianos) es diferente al resto de picos y montañas del mundo. Con sus 4.478 metros, no es el pico más alto de los Alpes, ni siquiera de Suiza, pero su particular morfología, su ubicación solitaria, la picuda silueta frente al horizonte despejado, la atracción que ejerce y la multitud de leyendas que ha generado le han hecho merecedor de un tratamiento especial. El Monte Cervino fue la última de las principales cumbres de los Alpes en ser escalada, en parte por la dificultad técnica de su final, pero, sobre todo, por el respeto (y también, por qué no decirlo, miedo) que transmitía a los primeros montañeros que se acercaron a ella a mediados del siglo XIX, en plena fiebre por conquistar todas las cumbres alpinas. Los italianos lo intentaban por su vertiente, y consideraban un deber nacional ser los primeros en coronar la cumbre, que marca frontera con sus vecinos suizos. Los británicos, por su parte, buscaban el logro deportivo y una muesca más en la culata de los éxitos montañeros firmados por los representantes de la Gran Bretaña victoriana. Dos valientes miembros de ambas escuelas, el joven ilustrador británico Edward Whymper y el avezado montañero italianoJean Antoine Carrel, protagonizaron entonces una de las historias más emocionantes, arriesgadas y legendarias del alpinismo decimonónico.

El asalto final a la cumbre

El 14 de julio del año 1865, las dos expediciones de escaladores, británica e italiana, buscaban coronar este último reto de los Alpes. Tras hacer noche a más de tres mil metros, el joven Whymper y su equipo se prepararon para el asalto final. Sabían que el equipo de Carrel venía ese mismo día por el lado italiano; había que darse prisa. El gigante de 4.478 metros permanecía tranquilo (quizá demasiado), como espectador privilegiado del duelo deportivo, como árbitro que decantará la gloria del vencedor y su bandera. Nadie hasta entonces había podido con el tramo final. Whymper y Carrel mantenían desde la distancia una pugna dialéctica exquisita, como caballeros de su época, pero también encarnizada: solo un nombre se asocia para siempre a la conquista de una montaña.

La italianidad de la cumbre esgrimida por Carrel había avivado el entusiasmo de Whymper. El joven inglés decidió rematar el ascenso por la arista Hornli, y acertó: ayudado por el buen tiempo (y el excelente equipo que formaba su cordada), coronó la cima con más facilidad de la imaginada. Necesitaba saber si había sido el primero. Se asomó al precipicio y certificó su triunfo al contemplar que la cordada rival seguía en plena ascensión. Los gritos de triunfo de los ingleses (más el lanzamiento ventajista de algunas bolas de nieve) detuvieron a los italianos. Al verse derrotado, Carrel decidió dar media vuelta, la ascensión ya no tenía sentido, no ese día (lo lograría en un nuevo intento tres días después). Wyndham, como buen deportista decimonónico, escribiría más tarde que sintió como propia la desolación de su rival: "Lamenté que no estuviera con nosotros".

La coronación del Matterhorn se había consumado, y marcaba el final de la edad de oro del alpinismo en Europa... pero, ah, la montaña aún no había cobrado su peaje... Durante la bajada,cuatro de los siete miembros de la expedición de Whymper -un joven lord, un reverendo, un guía y un estudiante-perdieron la vida al caer 1.200 metros por la pared norte. Un simple resbalón propició la tragedia, que pudo ser completa de no haberse roto la cuerda que unía al grupo. Se rescataron tres de los cuatro cuerpos.

Al enterarse de la trágica muerte de sus súbditos, lareina Victoria de Inglaterra decidió prohibir las expediciones alpinas, logrando, como pasa siempre en estos casos, el efecto contrario. Y ahí empezó laleyenda del Matterhorn y las grandes cumbres alpinas que lo rodean (más de treinta por encima de cuatro mil metros). Excursionistas y escaladores de todo el mundo vinieron a desafiar al Cervino y a sus gigantes vecinos, incluido un joven Winston Churchill que escaló el Monte Rosa (4.634 metros) en 1894 y el presidente de Estados Unidos Franklin D. Roosevelt, que ascendió el Matterhorn en 1881. El Cervino es, en realidad, solo uno de los muchos cuatromiles de la cadena de montañas que rodea Zermatt, entre los que están el Weisshorn (4.505 m.), el Dom (4.545 m.), el Lyskamm (4.527 m.) y la segunda en altura de los Alpes, el Monte Rosa (4.634 m.). Toda esta cadena de montañas forma una impresionante corona de cimas alrededor de la pulcra población de Zermatt.

Maravilla de la naturaleza

Elegido finalista para formar parte de las Siete Maravillas Naturales del Mundo, hoy el Matterhorn es la cumbre más fotografiada de Europa y la imagen de numerosos productos y empresas que asocian su logo con este pico: los estudios de cine Paramount, los chocolates Toblerone, los lápices Caran D''ache y hasta una popular marca de preservativos que le ha colocado su protección. Es también el final de la denominada Haute Route, una ruta internacional de varios días de excursión que parte del pico más elevado de los Alpes, el Mont Blanc, en tierras francesas, y recorre 400 kilómetros por senderos. Un desafío para senderistas con buenos pulmones.

Conocer la historia de la conquista del Matterhorn ayuda a entender mejor el desarrollo de Zermatt, la localidad de referencia de este gran mito. Hasta la ascensión de Whymper y la repercusión de su gesta, heroica y trágica, Zermatt era un pueblo más de la región del Valais que subsistía a duras penas de la ganadería en unas condiciones más que hostiles. Los aldeanos vivían en casas de madera muy pegadas unas a otras -se conservan varias de los siglos XVI y XVII- y, a su vez, muy cercanas a la iglesia, por un doble motivo: protegerse de los espíritus malignos de la montaña y facilitar la limpieza de la nieve de las casas.

Esquí durante todo el año

Los ecos de la gesta de Whymper propiciaron la prosperidad de Zermatt, que se vio invadida por la llegada, primero, de alpinistas y montañeros procedentes de todo el mundo -principalmente británicos- dispuestos a retar a la cumbre, y después de turistas atraídos tanto por la gran belleza del lugar y su leyenda como por la práctica del esquí en invierno y del excursionismo en verano. Hoy Zermatt recibe dos millones de visitantes al año (un 60 por ciento en invierno y el 40 por ciento restante en verano). Con una población de apenas seis mil habitantes, en la noche de Fin de Año se juntan en el pueblo más de 35.000 personas. La región conocida como Matterhorn Glacier Paradise es la mayor estación de esquí de verano, y también la emplazada a mayor altura (el teleférico sube hasta 3.883 metros). Durante la temporada de esquí abre 63 remontes de montaña y 360 kilómetros de pistas. Los habitantes de Zermatt ya se preparan con esmero suizo para celebrar, durante el año 2015, el 150 aniversario de la ascensión de Edward Whymper, que otorgará un protagonismo especial a los británicos, considerados los principales promotores de este destino y de su actual prosperidad.

Hay pocas cosas que ver en el pueblo como tal, pero todas interesantes y cercanas a la iglesia, cuya torre se divisa con facilidad: las casitas tipo hórreo de la parte antigua -elevadas del suelo para evitar ratas y alimañas-, un pequeño museo que narra cómo era la vida de los granjeros alpinos en los tiempos duros, con recuerdos y retales de escaladores famosos (incluido el trozo de cuerda que se rompió en la trágica bajada tras la primera ascensión), y un memorial detrás de la iglesia con lápidas que recuerdan a muchos de quienes dejaron su vida en la montaña. El monumento más curioso es la fuente que rinde homenaje al otro rey de los Alpes, Ulrich Inderbinen (1900-2004), un guía local de montaña que escaló el Cervino nada menos que 370 veces sin sufrir percance alguno. La última ascensión la completó con 90 años. El secreto de su fortaleza y longevidad era, según él, beber el agua pura de la zona, de ahí la fuente como homenaje póstumo. Un sorbo de ella bajo la mirada del gran Ulrich proporciona un inconsciente impulso de vitalidad.

Color fuego al amanecer

No se puede abandonar Zermatt sin realizar la excursión al mirador de Gornergrat. El tren cremallera parte de una estación cercana a la principal y conviene ir a primera hora para subir solo con los madrugadores y educados turistas japoneses. Son doce kilómetros y cuarenta minutos de espectacular ascenso hasta una plataforma ubicada a 3.089 metros de altura (Zermatt está a 1.600 metros). El lado derecho de los vagones ofrece durante la subida las mejores vistas del Cervino, ahora sí cada vez más cercano e imponente mientras asoma intermitente entre bosques de pinos y abetos. Si se sube muy pronto, para ver amanecer, se puede contemplar uno de los espectáculos de montaña más inolvidables: la pirámide del Matterhorn convertida en fuego por los efectos de la primera luz solar.

Hay que llevar ropa de abrigo (también en verano) y disfrutar, ya en la plataforma, de una panorámica de 360 grados de infarto que, además del Cervino, incluye la contemplación de28 picos de más de cuatro mil metros (incluido el Monte Rosa o Pico Dufour, de 4.636 m., el más alto de Suiza) y de varios glaciares, entre ellos el glaciar del Gorner, el segundo más grande de los Alpes. Como sorpresa, aquí hay un hotel de tres estrellas (el más alto de los Alpes) y una cafetería. En verano se puede realizar la vuelta a Zermatt andando, en una excursión de tres horas de duración que se verá amenizada por la vista continua de simpáticas y atareadas marmotas liberadas de su sueño invernal.

En primavera y verano las rutas de senderismo constituyen el plato fuerte de Zermatt y alrededores, una excusa perfecta para disfrutar de la naturaleza y de paisajes bucólicos, además de buscar por sus campos la mítica flor Edelweiss. Los amantes de la geología deben subir hasta el jardín del glaciar Dossen, a un corto paseo tras bajar en la primera parada del telecabina del Furi que sale de Zermatt. Encontrarán un documentado testimonio de la última era glacial, con ejemplos de rocas erosionadas y perforadas que explican la división de los continentes hace más de cien millones de años. Para el regreso a pie, un vertiginoso puente colgante sobre el valle conecta con el sendero que lleva, en otro paseo de cuento, de vuelta a Zermatt.

Un paseo por la nieve con los perros San Bernardo

Los San Bernardo son perros fuertes, ágiles, nobles y... no han llevado jamás barriles de coñac atados al cuello en sus misiones de rescate. Es la primera lección que se ofrece a los visitantes de la Fundación Barry para el cuidado y protección de esta raza. Esta institución está situada junto alHospicio del Gran San Bernardo, en el paso de montaña del mismo nombre (2.473 metros), un hogar creado en la Edad Media por los canónigos de la orden de San Agustín. Los monjes criaron a los San Bernardo, primero, para el transporte de carga y luego también como perros de rescate tras los aludes. Barry (1900-1914) fue el más famoso: rescató a 40 personas atrapadas en la nieve. Lo del barril al cuello vino después, como broma de unos obreros. En la actualidad, el principal recinto de crianza de perros San Bernardo ya no está en el hospicio, pero una treintena de ejemplares se pueden admirar en el paso del Gran San Bernardo durante el verano, con paseos guiados para disfrute de grandes y pequeños. El paso atesora muchas historias y leyendas. Forma parte de la Ruta Francígena de peregrinación, contiene un mausoleo que recuerda el paso de Napoleón y sus tropas en 1800 (el hospicio alimentó a su ejército de 45.000 hombres) y alberga una morgue con cuerpos congelados no reclamados por sus familiares.