Maldivas: una isla, un hotel

Sol, mar, arena, islas-resort, sonrisas y servicio exclusivo al visitante son el santo y seña de las islas Maldivas. Este paraíso del Océano Índico, situado al suroeste de la India y de Sri Lanka, con casi 1.200 islas de postal (en 90 de ellas se cumple la máxima de "una isla, un hotel") y veintiséis atolones de coral, es perfecto para los apasionados del buceo y para las parejas que buscan una luna de miel sin zapatos y llena de lujos exclusivos.

Javier Carrión
 | 
Foto: ISTOCK

Las islas Maldivas son el refugio de más de dos mil especies de fauna marina, desde los peces de arrecife, mantarrayas y morenas hasta los tiburones de arrecife y el majestuoso tiburón ballena. Todos forman parte de un ecosistema cada vez más frágil y vulnerable, refugio de estrellas de Hollywood, futbolistas y magnates. En este racimo de atolones, exótico escenario de la fiesta nupcial de Fernando Alonso y la cantante Raquel del Rosario en 2007 o del inicio del romance entre Javier Bardem y Penélope Cruz ese mismo año, cuando fueron cazados por un fotógrafo francés en una islita privada y deshabitada, ya se aprecia una especial preocupación por el cambio climático que afecta a todo el planeta y, en concreto, a este paraíso del Índico. El ex presidente del país, Maumoon Abdul Gayoom, ya avisó en 2005 de que la altura media de estas islas paradisíacas era solo de 1,5 metros sobre el nivel del mar y que, por tanto, si el nivel del agua sobrepasaba los 59 centímetros por siglo, tal y como aseguraron los expertos de Naciones Unidas, el archipiélago podría estar hundido en 2050. Asimismo, un aumento de solo tres grados en la temperatura media del agua podría dar al traste con los corales. De ser así, supondría la desaparición paulatina de este archipiélago que el oceanógrafo Jacques Cousteau definió como "el grupo de islas más bello del mundo para el buceo".

 

 

 

 

Los turistas que se hospedan en Maldivas contribuyen con al menos un dólar diario para la protección del ecosistema. Los más pudientes -no hay que olvidar que este es un destino para millonarios- participan en un programa de apadrinamiento de estructuras de coral mientras disfrutan de las maravillosas playas de arena blanca y de los fondos marinos, ya sea flotando, buceando o simplemente nadando en las tranquilas lagunas turquesas que contrastan con el intenso azul marino del mar abierto, la asombrosa frontera del arrecife coralino. Los llamados canales o pasillos permiten atravesar esta barrera natural no solo a los deportistas aficionados a la inmersión sino también a los tiburones y mantarrayas que acuden a diario, a la misma hora, a las playas paradisíacas de los hoteles para recibir alimento de los turistas, principalmente de aquellos que prefieren disfrutar del sol, de los arenales blanquísimos repletos de cangrejos ermitaños y caracolas diminutas y de las villas sobre el mar. A cambio, los visitantes presumen de su foto alimentando a estas exóticas especies. Las amistosas mantarrayas o mantas gigantes, que pueden llegar a medir ocho metros de longitud y pesar más de mil kilos, comen unos 25 kilos de pececillos, plancton y calamares al día, pero también los trozos de pescado que se les facilitan en la misma orilla de las playas. Los turistas se sorprenden cuando las rayas mueven sus aletas pectorales. En lugar de nadar, parece que vuelan e incluso dan saltos fuera del agua como los delfines. Buscan ansiosamente el alimento, y como no tienen dientes en la boca resulta muy sencillo darles de comer sin jugarse el tipo.

A los visitantes, además de disfrutar del impresionante espectáculo de vida y de color del arrecife y sus alrededores, les esperan otro tipo de lujos que ofrecen determinados hoteles y restaurantes del archipiélago: cenas románticas tailandesas junto al mar o de temática hindú en un restaurante cerrado para una única pareja; veladas en un banco de arena virgen y deshabitado, con chef y camareros privados, desde 1.200 dólares por pareja; almuerzos a seis metros de profundidad bajo la superficie del Índico, con platos que no bajan de los cien dólares (comprar un kilo de carne cuesta de media unos 200 euros), o excursiones de casi un día completo en una isla deshabitada (hay casi mil a lo largo del archipiélago) para disfrutar de la máxima intimidad. Y, si no, simplemente regocijarse en una excursión más tranquila viendo bailar y realizar las piruetas más asombrosas a los delfines en estado salvaje. En el caso de querer abandonar las confortables villas, que maravillan por su piscina infinita y sus camas colgantes para tomar el sol, la mejor opción pasa por acudir a los spas y centros de bienestar de los resorts.

Maldivas se disfruta en primer lugar desde el cielo, antes de aterrizar, con la panorámica de los atolones en el océano intenso y de las villas flotantes que emergen sobre las aguas, unas vistas que enamoran a cualquiera. Al llegar al aeropuerto de la isla de Hulhule, uno de los pocos en el mundo con pista que empieza y termina en el mar, casi nadie repara en dedicar un tiempo a visitar Male, la capital maldiva, con sus calles estrechas y sin asfaltar, casi sin coches, que trasladan a la época colonial, cuando portugueses, holandeses y británicos peleaban por la hegemonía de Maldivas. Ese pasado se detecta en sus mercados, que exigen un ejercicio constante de regateo, o en el puerto, contemplando cómo se descarga el atún recién capturado en los dhonis, los antiguos barcos de pesca que ahora curiosamente son utilizados por algunos hoteles para efectuar excursiones en busca de las más bellas puestas de sol. Lo más normal en este pequeño aeropuerto de una única pista de asfalto, a solo dos metros sobre el nivel del mar, no es que te espere un taxi para el traslado sino aquí lo que se estila es un yate o una lancha rápida para cubrir el trayecto. En el caso de que la isla-hotel elegida se encuentre lejos de la capital la opción será el hidroavión como medio de transporte. Lo pilotan dos oficiales, con relucientes galones pero sin zapatos, pues pisan la cabina de mandos como si se tratara de la finísima arena de las playas, para trasladar a un grupo reducido de una docena de pasajeros que casi se confunden entre sus maletas en el interior de la nave. Durante todo el día parten constantemente estos hidroaviones, otra imagen clásica de Maldivas, que llevan flotadores en lugar del tren de aterrizaje convencional y alcanzan las islas más lejanas en un vuelo panorámico de apenas cuarenta minutos.

Quien pisa la capital percibe inmediatamente que cada vez son menos los que recuerdan a esos antiguos habitantes de Male que se dedicaban no solo a la pesca del atún barrilete o del gran atún de aleta amarilla sino también a la albañilería, la navegación, la construcción de barcos o simplemente a recolectar la savia de la palma para preparar el toddy, un licor muy popular en estas islas; por su parte, las mujeres que solían permanecer en sus casas al cuidado de los niños y de las tareas de la casa empiezan a buscar otros horizontes. Antes combinaban su trabajo del hogar con otras actividades como el secado del pescado para uso comercial, el tejido de alfombras y la fabricación de cuerda de fibra del coco, y ahora, como el resto de los maldivos, buscan otras profesiones en el sector privado, relacionadas casi siempre con la industria del turismo. Los hombres manejan la misma estrategia, solo que dedican también gran parte de su tiempo al fútbol, la gran pasión del país. De ahí que algunos consideren a Maldivas el Brasil del fútbol en Asia. Casi todo el mundo juega al fútbol en campos de arena dura o de césped artificial y no dudan en invitar al extranjero a unirse con ellos en partidos improvisados. Tanta es la afición por el fútbol, el deporte más visto y seguido en el archipiélago, que los ejecutivos de algunas islas-hotel, y la mayoría son pequeñas, se han visto obligados a instalar un campo de juego para que sus trabajadores puedan emular a Messi y Ronaldo con el balón. Una sabia decisión porque muchos de ellos se lesionaban en las playas cuando lo practicaban en sus ratos de ocio y tenían que ausentarse de su trabajo en los resorts durante algunos días.

Los maldivos de ahora y los del pasado coinciden en su apego al Islam. Desde que un magrebí de nombre Abu Al Barakat librara a los isleños del demonio tras leerles el Corán en el siglo XII, relegando así al budismo, el estudio de la religión es materia obligada en las escuelas. Hoy, los habitantes del archipiélago se comportan como gente muy tolerante con el extranjero -al fin y al cabo dejan las divisas en este país que tanto se aprecian-, aunque no les agraden demasiado algunas conductas, sobre todo en materia de vestimenta. En cualquier caso, los visitantes siempre encontrarán el servicio más exclusivo y amistoso en los lujosos hoteles de las islas para olvidarse del mundo por unos cuantos días. Son las Islas Maldivas. A más de ocho mil kilómetros de España en avión. En chanclas o descalzo, bajo un cielo despejado, con un sol a veces abrasador, pero disfrutando de un entorno y un hábitat marino como en muy pocos lugares del planeta.

// Outbrain