Macao, aires de fado en Las Vegas de Oriente

En Macao, la meca mundial del juego, el dinero corre a raudales 24 horas al día y 365 días al año por los tapetes de sus casinos. Las cifras y la grandiosidad de las construcciones ponen el estómago del revés en esta interpretación de Las Vegas al estilo chino. Pero esta antigua colonia portuguesa, que mira de frente a Hong Kong y al río de las Perlas, tiene también una cara mucho más sosegada, la que se muestra en su casco histórico repleto de cafés, jardines, iglesias y monumentos protegidos por la Unesco y que saben a puro Portugal.

Alicia Arranz
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Foto: Cristina Candel

Es probable que los productores de la saga Resacón en Las Vegas y su secuela, Resacón en Tailandia, ya estén barajando la posibilidad, pero, si no, sería interesante que contasen con que la próxima entrega podría desarrollarse perfectamente en los escenarios que brinda Macao, una ciudad que daría mucho juego (nunca mejor dicho) para otra historia alocada de un grupo de amigos cuyas ganas de divertirse les llevan a vivir experiencias al borde de todos los límites. Esta sería, sin embargo, una versión diferente porque Macao es un lugar más surrealista que Las Vegas y Bangkok. Para atisbar hasta qué punto, baste con mencionar que han pasado ya cinco años desde que se erigiese como la capital mundial del juego. Nada menos que 38.000 millones de dólares se movieron aquí en 2012, lo que representa algo más de siete veces el total de su prima hermana americana.

No contentos con eso, la industria de los casinos batió un nuevo récord el año pasado alcanzando unas ganancias de 3.920 millones de dólares libres ya de impuestos, es decir, casi un 32 por ciento más que en el ejercicio anterior. Por eso, y no exento de razón, el magnate Sheldon Adelson, a la sazón dueño y señor de los descomunales casinos y resorts The Venetian y Sands en ambas ciudades y promotor del fallido proyecto de Eurovegas en Madrid, no se cansa de decir que ya va siendo hora de que a Macao se le deje de llamar Las Vegas de Asia y que, en su lugar, a Las Vegas se le empiece a conocer como la Macao de América. Tiempo al tiempo.

El sello de China

Es sabido que a los chinos les encantan las apuestas y los juegos de azar, y siendo este el único lugar en China en el que el juego es legal desde hace más de 150 años, resulta de pura lógica que a medida que el gigante asiático se enriquece, más dinero todavía se mueva en los 33 casinos de diversos tamaños que operan desde que el gobierno acabase en 2002 con los cuarenta años de monopolio del casino Lisboa que manejaba Stanley Ho, un hombre hecho a sí mismo que se ganó el apodo de El señor del juego.

Este negocio es un monstruo de veras insaciable, alimentado por estas grandes corporaciones a las que no les tiembla el pulso a la hora de firmar contratos de inversiones multimillonarias. Así, decenas de grúas por todas partes demuestran que siempre están en marcha megalómanas ampliaciones y remodelaciones en una espiral de competencia que parece no tener fin. Mientras tanto, el ambiente en las salas de juego se antoja tan raro que dan ganas de frotarse los ojos una y otra vez.

Los chinos se andan con pocas bromas y en esta ciudad se viene a jugar, así que la escena no tiene nada que ver con el ambiente festivo y descontrolado de Las Vegas. Ni rastro de rubias explosivas ni de pandillas de amigos celebrando singulares despedidas de soltero. El silencio impera en estos soberbios salones, salvo que se desaten algunas risas y felicitaciones cuando alguien gana y exceptuando también, claro está, las zonas de máquinas recreativas, cuya musiquita y tintineo de monedas cayendo resultan iguales en todos los casinos del mundo.

Por lo demás, semblantes serios de extrema concentración se ven envueltos en el humo que desborda los ceniceros frente a los impolutos crupieres que reparten cartas y fichas para jugar al baccarat, el juego que más triunfa por estos lares. Vestidos con ropa de mercadillo y por lo general desaliñados hasta más no poder, el conjunto hace que los pocos occidentales que andan por allí destaquen como farolillos rojos.

Más leña al fuego

La superficie de Macao era hasta hace no tanto de apenas 16 kilómetros cuadrados, que se repartían entre una península y dos islas. Siendo como es el rincón del planeta más densamente poblado, con algo más de 20.000 personas por kilómetro cuadrado, la cuestión de conseguir más territorio para construir más casinos y hoteles en los que satisfacer las ansias de juego y consumo de los más de 30 millones de almas que la visitan cada año era un gran quebradero de cabeza. Por fin, la solución que se vislumbró fue la de doblar el espacio disponible añadiendo una porción de tierra robada al mar, que une las dos islas de Coloane y Taipa mediante una franja drenada que se llama Cotai Strip, un nombre que resulta de la fusión de los otros dos. Así pues, es aquí donde se alzan los gigantescos complejos The Venetian Resort, City of Dreams, Sands Cotai y Galaxy Macau Resort, todos ellos provistos de miles y miles de habitaciones en hoteles de lujo de las cadenas más prestigiosas, piscinas con cascadas y serpentinas de toboganes, campos de golf, restaurantes de todo tipo -algunos con estrellas Michelin-, centenares de tiendas de las marcas más deseadas, espectaculares teatros y espacios para eventos en los que actúan estrellas de la talla de Rihanna y Justin Bieber y, por supuesto, infinitas salas de juego.

Con cuarenta plantas que suman 980.000 metros cuadrados en total, de los cuales 110.000 son espacios para eventos y 51.000 de casino, con 800 mesas de juego y 3.400 máquinas, The Venetian, el sexto edificio más grande del mundo, reproduce con bastante similitud, todo hay que decirlo, la Piazza San Marcos, con su Campanile, y, por dentro, las fachadas y un canal provisto de góndolas que pasean a los turistas. A su alrededor se disponen más de 350 tiendas y 80 bares y restaurantes, además del Venetian Arena, un teatro y centro de convenciones con 15.000 butacas.

Las dos caras de una moneda

En pasar de un lado a otro de Macao y en dejar atrás las luces de neón y el bullicio interminable se tarda apenas 15 minutos en coche, pero más que cruzar un puente la impresión que se tiene es la de haber traspasado una frontera tanto en el espacio como en el tiempo. Mientras que en la parte moderna todo son construcciones inverosímiles en las que priman los acabados dorados y las moquetas, en la zona colonial, la única que se ha mantenido al margen de todo este delirio, se camina por calles y callejas pisando los adoquines que pusieron los portugueses en el siglo XVI. El gobierno jugó bien sus cartas antes de que la locura terminara de desatarse y se encargó de organizarlo todo para que el casco histórico quedase a salvo de la fiebre especuladora, recurriendo a la Unesco para lograr su protección. Así, en 2005 la parte vieja se añadió a la lista de sus lugares preservados, lo cual es de agradecer puesto que en pocos sitios se puede ver un ejemplo semejante de integración y coexistencia de las culturas oriental y occidental.

La atmósfera que se respira aquí entre restos de fortalezas, mansiones coloniales, iglesias barrocas como las de San Lorenzo, Santo Domingo y San Agustín, coquetos jardines y carteles de azulejos que anuncian los nombres de las calles en chino y en portugués todavía, puesto que ambos idiomas son los oficiales, llega a ser en cierta manera un tanto irreal, así que de vez en cuando hay que recordar que, igual que llegaron a Goa, en la costa oriental de la India, los portugueses arribaron a este puerto en 1566 para quedarse durante casi 450 años, tiempo más que suficiente para configurar un enclave único que funcionó como una encrucijada comercial y cultural importantísima durante siglos.

Con la expiración del milenio, Macao, al igual que Hong Kong, recuperó parte de su independencia, aunque ambas viven ahora en una especie de limbo antes de que pasen a ser parte de China como cualquier otra de sus provincias. Mientras tanto, Macao sigue siendo un puerto franco, con lo que también es una meca para el shopping donde se pueden adquirir mercancías de marcas internacionales pagando al menos un 30 por ciento menos que en otros sitios.