Maasai Mara, el jardín de la Naturaleza

El espacio protegido denominado Maasai Mara es la reserva más popular de África oriental. Creada en el año 1961, en este parque se produce el espectacular fenómeno de "la gran migración" y alberga a una de las tribus más legendarias del continente, los orgullosos maasai. La denominación Mara procede del nombre del importante río que cruza este territorio de norte a sur, en su imparable curso hacia el inmenso lago Victoria.

Jorge Alesanco
 | 
Foto: John Warburton

África es el continente indómito que ha enamorado al hombre blanco desde los tiempos de Livingstone. El continente que ha envenenado a incontables hombres y mujeres, aventureros y exploradores, los cuales llamaron a ese veneno "mal de África". Dicen los antropólogos que el ser humano nació en esta tierra antes de extenderse por el resto del planeta. Quizá por eso nuestro más ancestral instinto goza en esta región haciéndonos sentir como si siempre hubiéramos estado aquí, aunque estemos tan lejos de nuestros hogares. Pero quién puede saberlo. Es el llamado "mal de África".

Aún recuerdo cuando era niño cómo ponía en las paredes de mi cuarto, en Madrid, fotografías de elefantes de la enciclopedia Fauna, de nuestro admirado Félix Rodríguez de la Fuente. Mi joven corazón no podía imaginarse que mucho más tarde iba a tener la suerte de vivir en uno de esos lugares donde viven los elefantes. Dice la viuda de Félix, Marcelle Parmentier, que siempre que él quería despejarse de su trabajo viajaba a África, concretamente a Kenia, y en especial a Maasai Mara. Félix sabía que era uno de los sitios más perfectos para despejarse y contemplar en pocos días, y casi sin esfuerzo, la explosión de la vida africana. También lo sabía Jonathan Scott, naturalista, explorador, cineasta y documentalista, quien expresó su sentimiento hacia estas tierras en su obra Reino de leones: "Si solo tuviera un día en África, lo pasaría aquí, en el Maasai Mara".

El Mara sigue siendo intemporal y aún es el lugar donde el concepto de safari, que en nuestra imaginación venimos buscando desde Europa, se hace realidad. La historia del blanco en el Maasai Mara comenzó con los clásicos safaris de caza entre los años 30 y 60. Fue la época en la que la reserva abría las puertas al cazador blanco, desmitificando su fiereza y demostrando una hospitalidad extraordinaria. Fueron los tiempos de Karen Blixen, de Ernest Heming-way, plasmados en libros como Las verdes colinas de África o Las nieves del Kilimanjaro, o en películas como Mogambo y Hatari. Años más tarde, ya en el año 1977, el director de la vida salvaje, Richard Leakey, vetó la caza en Kenia, no por el cazador blanco en sí -al fin y al cabo era amante y admirador de los animales que cazaba- sino por el cazador furtivo, unido al destructivo tráfico de pieles y marfil que estaba acabando con los elefantes, rinocerontes, leopardos, guepardos y otras especies. Desde entonces, Maasai Mara se convirtió en el paraíso de los safaris fotográficos.

Hoy en día, también el verdadero cazador se olvida de la emoción de la caza cuando viene al Maasai Mara, ya que la cercanía que nos dan aquí los animales salvajes -que han aprendido que el hombre en su Land Rover no es peligroso, sino otro animal más que comparte su vida diaria- hace que sintamos otras emociones no menos intensas, como son la contemplación cercana de elefantes, búfalos y leones de melena negra, leopardos y rinocerontes, todos ellos trofeos vivos que permiten acercarnos para sentir tanto su peligrosidad como el privilegio de pasar un tiempo en la intimidad de sus vidas.

Los aristócratas de la sabana. Todas las épocas resultan buenas para visitar el Mara, ya que los ricos nutrientes de la hierba permiten que los herbívoros vivan aquí todo el año, y con ellos los predadores, leones y hienas, leopardos y guepardos, que sobreviven sin ninguna dificultad compartiendo con el hombre maasai este paraíso. Después de recorrer la mayoría de las zonas salvajes más representativas de África oriental, lo que más me hizo enamorarme del Mara fue poder contemplar la armonía entre el hombre y los animales salvajes. Cualquier madre se echaría las manos a la cabeza al ver a su hijo carear un rebaño de terneros a pocos metros de una manada de leones, o al verle pasar junto a una acacia donde el leopardo le mira impasible mientras cruza por debajo con su rebaño de cabras. En esta tierra, el hombre maasai camina por las llanuras entre búfalos y elefantes, las vacas comparten pastos con ñus, cebras, impalas y gacelas, y el respeto reina de una forma extraordinaria y chocante no solo a nuestros ojos sino a los ojos de todas las demás tribus de Kenia, ya desancladas de sus antiguas costumbres.

Confieso que el Mara me dio lo que venía buscando, el equilibrio perdido entre el hombre y la naturaleza, visiones comparables a la vida que existió en nuestro planeta hace 50.000 años, la armonía que el hombre no fue capaz de mantener en otros lugares, donde hizo la guerra al animal en beneficio de su propia supervivencia. Sin embargo, los aristócratas de la sabana, los maasai, saben cómo moverse en estos territorios tan cómodos y seguros para ellos como podría ser para nosotros pasear por una dehesa de Extremadura. Esa es la magia del maasai, esa es la admiración que me pierde cuando los miro actuar en su ambiente, ese es el privilegio que siento al convivir con ellos todos los días. Personas extraordinariamente puras, hospitalarias y agradecidas, hacen que mi vida aquí se pueda comparar más a un cuento que a la vida real.

Un pueblo feliz y sensible. Los maasai aman y cuidan sus costumbres, sus ceremonias, sus danzas y sus cantos. Están muy orgullosos de pertenecer a su tribu. Aunque su forma de vida pueda parecer primitiva, es sin embargo en los valores básicos muy desarrollada y en absoluto decadente. Tienen una educación extrema en sus grandes y pequeñas reuniones, sentados a la sombra de las acacias o alrededor de sus fuegos en sus manyattas; uno a uno se levantan para expresar su opinión sobre el asunto a tratar. Estas reuniones pueden ser muy largas, pero jamás se interrumpen, ni levantan el tono de voz, ni pierden la paciencia, ni utilizan gestos violentos o agresivos, dejando que cada cual se exprese hasta que las palabras de los hombres y mujeres más relevantes dan por acabado el acto.

Son también extremadamente sensibles y cuidadosos con sus animales; nunca pegan a los perros, ni tampoco a su ganado, al que mueven o carean con silbidos y con gestos suaves utilizando sus varas. Son cariñosos y comprensivos con los niños, a los que saludan con un gesto clásico y bello en el que los adultos ponen su mano derecha sobre sus cabecitas, mientras los niños se inclinan para recibirlo. Son amantes de su vida, la tribu armoniosa y feliz. La tribu mágica del Mara.

Los últimos reyes. Pero existen otros reyes en el Mara, otros poderosos caballeros que solapan sus territorios con los maasai. Seres de increíble fuerza física, dotados de la valentía de los mejores guerreros, nacidos con el privilegiado y duro destino de vivir una existencia de aventuras y gloria para, finalmente, acabar sus días en el destierro. Es la vida de los últimos reyes de África, la vida de los últimos machos de león. Nacidos en el seno de una poderosa familia, protegidos y alimentados, crecerán felices e inocentes en un paraíso como el Maasai Mara, donde nunca falta la comida, ni el amor familiar. Hasta que ya en su juventud son expulsados de su feudo natal por los machos dominantes de su misma familia, temerosos de que su propio linaje llegue a convertirse en una competencia para su reino y su harén de hembras. Es entonces cuando comienza su gran aventura, cuando se ven obligados a vagar por las inmensas llanuras sin rumbo alguno, a cazar por sí mismos durante años y evitar ser detectados por los soberanos de otros feudos, que no dudarán en luchar a muerte con cualquiera de estos insolentes jovenzuelos. Son los tiempos de libertad total para los príncipes, los tiempos para descubrir la amistad y la fuerza con su hermano de sangre y, a veces, quizás con algún otro príncipe solitario que encuentren en su camino, y así crear, si cabe, una coalición todavía más fuerte para, en un día lejano, enfrentarse a los grandes reyes y conquistar su propio feudo. Tras duras batallas que pueden durar meses en las que prefieren elegir la oscuridad de la noche para luchar, van minando la moral de los viejos reyes hasta que consiguen destronarlos y coronarse como dueños absolutos de su nuevo territorio. Su aspecto se tornará impresionante, sus melenas se oscurecerán y vivirán sus años de plenitud, rugirán por las noches para demostrar su poder, ayudarán a sus hembras en la caza de grandes presas como búfalos y jirafas, protegiendo a sus vástagos y a sus madres de las hienas, sus encarnizados enemigos, y disfrutarán manteniendo con orgullo su privilegiada y no sencilla posición.

Pero el tiempo pasa para todos y también para el rey de África. Pronto llegará una coalición de jóvenes príncipes que un día no retrocederán, y nuestro viejo león, cansado y abatido, vivirá sus últimos momentos recordando aquellos luminosos días de juventud, aquellos grandiosos e inolvidables días en los que fue el rey. Existe un antiguo dicho africano que dice que "hasta que no se ha visto un león de melena negra, no se ha visto África". Si queremos ver leones, no hay ninguna duda de que Maasai Mara es el mejor lugar del continente. Qué decir también de los grandes felinos moteados del Maasai Mara, el leopardo y el guepardo, que son la noche y el día, la fuerza bruta y la velocidad pura.

El felino de la luz. El leopardo, el fantasma nocturno y solitario, corredor lento, utiliza la más perfecta emboscada hasta ponerse a menos de cinco metros de su presa y, en una explosión de fuerza y músculo, alcanzarla. Es el matador más efectivo del mundo de los grandes felinos y proporcionalmente el más fuerte, capaz de mover y subir a la atalaya de su acacia hasta a una joven jirafa, con un peso tres veces superior.

También el babuino, primate que no tiene la visión adaptada para la noche, es fácil víctima del leopardo, que aprovecha la oscuridad para rugir bajo los árboles donde descansa la familia de babuinos provocando el pánico y la confusión. Entonces sube como una estrella fugaz al árbol y baja con uno de ellos entre las fauces, sin que los grandes machos de babuino puedan enfrentarse a él tal y como lo harían a la luz del día.

Pero todos los días vuelve a salir el sol en las sabanas del Maasai Mara, y los mares de hierba son el territorio del guepardo, el felino de la luz y el máximo exponente de los animales cazadores. Pocas visiones existen comparables a las de un guepardo en plena acción de caza. Justo cuando parece que se mueve tan rápido como las leyes de la evolución pudieran permitir, acelera aún más hasta darnos la sensación de estar rompiendo el umbral fisiológico de cualquier organismo vivo.

El mamífero más rápido de la creación es, sin embargo, un felino educado, noble, que come sin mancharse las manos, que nunca utiliza la violencia en las relaciones con los suyos. Todo en su vida es pura elegancia, pura belleza de cristal. No es difícil en el Mara ver al elegante felino de la luz en acción. Una vez localizados en la llanura, contemplaremos fácilmente si aún no han cazado; entonces solo tendremos que ser pacientes y disfrutar de su compañía hasta que decidan el momento de llevarnos con ellos y ofrecernos el mayor espectáculo de caza del reino animal.

La Gran Migración. Pero el edén de África, el Maasai Mara, con sus mares de hierba, sus románticos bosques de acacias, su ecosistema perfecto, todavía nos tiene preparada una grata sorpresa. Una soleada mañana de junio, un ejército de animales comienza a llegar del lindante y seco Serengueti, en Tanzania. Las cebras encabezan los primeros grupos, como si fueran las que con su decisiva valentía convencieran a sus sempiternos compañeros, los ñus y gacelas, a encarar la dura prueba de cruzar las peligrosas aguas del río Mara, infestadas de hambrientos cocodrilos que llevan seis meses esperando este momento.

La tierra prometida se encuentra al otro lado, dicen las cebras, y así, día a día, cientos de animales que a lo largo de los siguientes meses se convierten en cientos de miles hasta llegar a más de dos millones, cruzarán el río Mara durante los meses de junio a octubre para asentarse y disfrutar de los ricos pastos que el Maasai Mara es capaz de ofrecer y, sorprendentemente, sostener durante casi medio año a la mayor población de ungulados de todo el planeta. Y tras ellos, los leones nómadas; al otro lado, los clanes residentes de hienas y leones; y en medio, las aguas bravas y los temibles cocodrilos. No existe en la historia natural un lugar que ofrezca todos los días, durante meses, tantos espectáculos de cacerías a plena luz del día, tanta acción y tanto drama como el río Mara en estas zonas de cruce.

Muchos días he vuelto al campamento profundamente impresionado con las durísimas escenas que he visto allí, intentando consolarme al pensar en los miles de ñus, cebras y gacelas que tras el caos han alcanzado la tierra prometida y ahora vuelven a reunirse en sus grupos familiares. Las madres encuentran a sus hijos perdidos y una larga temporada de armonía y de plenitud espera a la inmensa mayoría en Maasai Mara, que ahora hace honor a su nombre maasai más que nunca: "La tierra moteada", la auténtica madre tierra.