El lugar de la calle Atocha donde se imprimió el Quijote y se puede aprender cómo
La Sociedad Cervantina, en la antigua imprenta de Juan de la Cuesta, alberga una réplica de la prensa de la que en 1605 salieron los primeros 1.800 ejemplares del universal libro.

El pasado jueves, 16 de enero, se cumplieron 420 años de que de un edificio todavía en pie en lo que hoy es el número 87 de la calle de Atocha salieran los primeros 1.800 ejemplares del libro de un entonces más bien desconocido escritor. Solo había publicado un libro, veinte años antes, una novela pastoril titulada La Galatea de cuya primera edición aún quedaban ejemplares. Con esos antecedentes, 1.800 ejemplares parecían demasiados, una tirada habitual en el Siglo de Oro eran 1.000 copias. En realidad fueron pocos. Al cabo de tres meses aquel autor y su librero, Francisco de Robles, volvieron a la misma casa para encargar una segunda edición. Solo en ese año de 1605 el libro conoció seis ediciones en la península Ibérica, las dos de Madrid, dos en Valencia y otras dos en Lisboa. En diez años hubo ediciones de la traducción al inglés en Londres, al francés en París, al italiano en Milán, otras dos ediciones en Bruselas...
El libro en cuestión llevaba por título El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha. El autor era Miguel de Cervantes. Y el edificio en la actual calle de Atocha, la imprenta de Juan de la Cuesta, posiblemente la más importante de España en aquella época, en la que se imprimieron obras de Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina y, por supuesto, aquel primer Quijote. Una enorme placa lo recuerda en la fachada del inmueble, desde 1987 y tras algunas vicisitudes sede de la Sociedad Cervantina, una entidad dedicada a promover el estudio del Siglo de Oro. En su interior se conserva una réplica de aquella prensa de la que en 1605 salió el inmortal libro que, además, se puede visitar.
"El edificio es uno de los pocos del siglo XVI que siguen en pie en Madrid", cuenta Cristina Esteban, coordinadora de las visitas guiadas a la imprenta y manchega, de Cuenca. "De hecho, es el único vestigio real de la vida de Cervantes en la ciudad, el único del que verdaderamente se puede decir: 'Bajo este techo estuvo Miguel de Cervantes'. En algunos lugares hay una placa: 'Aquí vivió Miguel de Cervantes...'. Sí, allí, en ese solar. Aquí la fachada, la estructura son, con reformas, originales del siglo XVI". Una circunstancia excepcional debida en parte a que tras haber sido imprenta durante algo más de un siglo se transformó en colegio de huérfanos primero, el Colegio de los Niños Desamparados de Atocha, y más tarde en hospital de incurables, el Hospitalillo del Carmen, instalaciones contra las que en tiempos de motines o guerras nadie atentó.
Todos los oficios de la impresión
Una vez se atraviesa la puerta, en cuya verja se puede leer el nombre de la institución, Sociedad Cervantina, unas escaleras permiten descender al taller de operarios, donde se encuentra la prensa. Se trata, como se ha dicho, de una réplica, construida a finales del siglo pasado en el taller del carpintero madrileño Bernardo López. No se conserva ninguna imprenta manual a la manera de la de Gutenberg original en España, según Esteban, y tampoco muchas réplicas como esta. Existe otra, también del taller de Bernardo López, en la Imprenta Municipal.
La prensa ocupa el centro de la sala. Pero la visita permite conocer todos los oficios que eran necesarios para la impresión durante el Siglo de Oro. Desde el del corrector, que en el caso del Quijote fue Jerónimo de Salazar, y cuya labor consistía en transcribir a mano, palabra por palabra, los manuscritos corrigiendo gramatical y ortográficamente cada obra y haciéndolo, además, "con una letra bonita y legible", como explica la coordinadora de las visitas, "facilitar el trabajo de los operarios", hasta el de los cajistas, que utilizando tipos móviles de cada letra y un componedor elaboraban las planchas de cada página.
Todos esos instrumentos se pueden ver allí, como también la especie de mazas rellenas de trapos viejos y llamadas balas que utilizaban los batidores, los encargados de todo el proceso de entintado. "El papel se compraba en el Monasterio del Paular de Rascafría, que era la fábrica de papel más importante del Siglo de Oro", relata Esteban. "La tinta, en cambio, se elaboraba en cada imprenta y servía un poco como seña de identidad de cada una. Para elaborarla se cocía aceite de linaza y se mezclaba con hollín".
Finalmente, entraban en acción los prensistas o tiradores. El papel se colocaba en un panel móvil llamado tímpano que se plegaba sobre el cofre, donde estaban las planchas ya entintadas. Por medio de una manivela el cofre se desplazaba hasta quedar debajo de la pletina, momento en que se procedía al golpe de barra que permitía que esa pletina presionara y quedaran impresas las páginas. Eso por las dos caras para obtener un pliego de ocho páginas. "En el caso del Quijote, que son 664 páginas, es decir 83 pliegos, para obtener 1.800 ejemplares esta acción se tuvo que repetir más de 100.000 veces en muy poco tiempo", detalla Esteban. "Esta gente debió de estar aquí trabajando día y noche...". En aquella imprenta llegó a haber seis máquinas de prensar.
Una imprenta de mujeres
El éxito del Quijote catapultó a la imprenta de Juan de la Cuesta. Aunque tal vez fuera más propio decir la imprenta de María Rodríguez de Rivalde o de María Quiñones. La casa funcionó como imprenta desde 1586 cuando la abrió Pedro Madrigal, un personaje procedente de Salamanca con su mujer, María Rodríguez de Rivalde, su hijo pequeño y su sobrina, María de Quiñones. A la muerte de Madrigal, y dado que entonces las mujeres no podían participar en determinados actos jurídicos, quedó en manos de su hijo, que también murió. Juan de la Cuesta era desde 1602 el marido de María de Quiñones. Y acabó dando nombre a la imprenta. "En realidad, él no es el propietario", sostiene la responsable de organizar las visitas a la imprenta. "Es algo así como el regente de la imprenta, la persona que tiene la potestad legal de firmar la documentación que no podían firmar las Marías".
De hecho, en 1607, dos años después de la publicación de la primera parte del Quijote, se marchó a América dejando aquí a su mujer embarazada y habiendo firmado, eso sí un documento notarial dando poderes tanto a María Rodríguez de Rivalde como a María de Quiñones y a un trabajador de la imprenta, que siguió operando bajo el nombre de Juan de la Cuesta, no obstante, hasta 1627. Ocho años antes de esa fecha, en 1615, y también bajo su nombre, aunque llevaba mucho tiempo alejado, se imprimió la segunda parte del Quijote. Aunque una placa indica que para entonces la imprenta de Juan de la Cuesta se había trasladado a la cercana calle de san Isidro, desde la Sociedad Cervantina se mantiene que no hay ninguna constancia de tal mudanza de la imprenta sino, al contrario, de su permanencia allí, que la segunda parte se imprimió también en el edificio de Atocha y que la única indicación que hay en ese sentido es que en el censo de Madrid de 1615 se ubica la imprenta allí, probablemente, especulan, por un error del funcionario encargado de elaborarlo.
Las visitas guiadas a la imprenta, con un precio de seis euros y un horario que se puede consultar en su página web (las próximas están programadas para el martes 21 y el sábado 25 de enero) son quizá la actividad más conocida de la Sociedad Cervantina. Pero la institución funciona como un espacio cultural en el que cada vez se organicen más acciones en torno al Siglo de Oro. En su sede se han organizado presentaciones de libros, exposiciones, talleres o incluso ha servido para los ensayos de una película como Teresa, sobre la figura de Teresa de Jesús, dirigida por Paula Ortiz y protagonizada por Blanca Portillo. Además, alberga una pequeña sala de teatro que va cogiendo vuelo. Este fin de semana y el próximo se representa en ella Marcela, un montaje a partir del personaje de la pastora protofeminista del capítulo XIV del Quijote con dramaturgia de María Folguera, dirección de Leticia Dolera y protagonizado por Celia Freijeiro, a la sazón vicepresidenta de la Sociedad Cervantina. Las entradas están agotadas.
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