Luanda, lujo austral

La capital de Angola combina una ubicación privilegiada frente al Atlántico con el coste de vida más alto del planeta. Ciudad de fuertes contrastes, encarna las expectativas de desarrollo de África.

Rafael Estefanía
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Foto: Rafael Estefanía

Son las 6 y media de la tarde y, acompañado por los últimos rayos del sol del día, el avión inicia su descenso hacia la capital de Angola, Luanda. El horizonte se oculta rápidamente entre la calima y la noche, mientras que en tierra, una enorme extensión de casitas iluminadas con solitarias luces destellan como mecheros prendidos al aire en un concierto. Nada hace presagiar que estamos llegando a una metrópolis de casi seis millones de habitantes y proclamada, por tercer año consecutivo, como la ciudad más cara del planeta (según el índice Mercer). Una etiqueta equívoca que apenas refleja la realidad de esta urbe de brutales contrastes. Aquí, en el aeropuerto Quatro de Fevereiro, a diferencia de otros aeropuertos africanos, se respira un aire de calma. No hay docenas de carteles con nombres de viajeros escritos, ni porteadores arrebatándote las maletas, ni taxistas pujando desde sus vehículos para llevarte. Una sensación de paz, sin duda motivada por la ausencia de turistas que viajan a Angola. En este próspero país de inmensos recursos naturales, el turismo no es una prioridad y la inmensa mayoría de extranjeros que llegan hasta aquí son profesionales empleados en la boyante industria petrolífera (Angola es el segundo productor de petróleo de África) y, más recientemente, una legión de profesionales del sector servicios, llegados de Portugal, para atender las necesidades de esta nueva clase acomodada.

Ciudad "work in progress"

Ninguna imagen resume mejor la actual Luanda que la de una cola de coches de alta gama atrapados en un atasco. Carreteras plagadas de baches y eternamente congestionadas por donde circulan a paso de tortuga vehículos capaces de alcanzar los 250 km por hora. La capital de Angola es aún hoy rehén de una guerra civil que duró más de tres décadas y que asoló el país, dejando un legado de infraestructuras destruidas y una economía deshecha. Sin industria ni agricultura y sin apenas producción propia, Angola, trece años después del final de la guerra, sigue importando prácticamente todo lo que consume. La burocracia, la corrupción y la creación de una clase alta en la industria petrolífera con salarios superiores a 7.000 dólares al mes explican que en una ciudad en la que la mitad de su población vive con menos de 4 dólares al día, un kilo de tomates cueste 16 dólares y un cubo de fregar, 50 dólares. Impulsada por la bonanza económica, Luanda se ha embarcado en un proceso frenético de modernización que busca reparar las heridas del pasado y situar a Angola en el lugar que su presente reclama. Hoy, las banderas que ondean en la capital son las enormes grúas, que trabajan sin descanso en cada rincón de la ciudad. Luanda parece una inmensa obra, una ciudad work in progress, sumida en cientos de proyectos urbanísticos y de renovación que incluyen un nuevo aeropuerto, una red de ferrocarril, la recuperación del casco histórico, la modernización de las infraestructuras de agua y electricidad y, cómo no, la construcción de una red de carreteras de circunvalación que acabe con el tráfico infernal que estrangula la ciudad. En algunas partes de la urbe, los resultados de esta renovación son ya una realidad, como en el paseo marítimo de la Marginal, una bellísima herradura tropical flanqueada por palmeras y césped perfecto en donde los luandeses desconectan de la vorágine para relajarse en un paseo al atardecer o quemar calorías haciendo jogging en sus momentos de ocio. El impresionante skyline de la ciudad que se divisa desde aquí le sirve a la diseñadora de moda angoleña Nadir Tati de glamuroso fondo para una de sus sesiones fotográficas. Nadir regresó a Luanda hace cinco años tras una exitosa carrera en Europa y Estados Unidos. Hoy, entre sus clientas se cuentan la esposa del presidente de Angola y sus creaciones se venden por 10.000 dólares. "Hoy por hoy no existe en el mundo un mejor lugar en el mundo para trabajar -asegura-. Hemos pasado de ser un país estancado a otro donde cualquier proyecto es posible". Uno de estos nuevos proyectos es el recién inaugurado Sky Gallery, un centro comercial de lujo de 50 millones de dólares en donde la propia marca de Tati comparte espacio con Prada, Gucci y Armani. No es extraño que en esta urbe regida por los negocios, el centro neurálgico no sea una plaza ni una catedral (los vestigios de su pasado colonial son escasos y están en proceso de restauración) sino un hotel de lujo, el Epic Sana, en pleno corazón de la ciudad. Políticos, empresarios y celebrities reunidos en este edificio son el símbolo de la nueva Luanda emergente. En sus lujosos salones es difícil evitar un malestar en el estómago al ver cómo una ciudad entregada sin rubor al lujo y al despilfarro convive, sin problemas morales, con la realidad de un 60 por ciento de su población viviendo por debajo del umbral de la pobreza y con uno de los mayores índices de mortalidad infantil y menor esperanza de vida en el mundo. Fuera de los confines del hotel, los zungeiras, vendedores callejeros presentes en cada esquina que pasean por las calles con cubos en la cabeza cargados de alimentos básicos o esperan en los márgenes de las carreteras ofreciendo a los conductores artículos tan variopintos como jabón, perchas, generadores y hasta tazas de inodoro, representan la otra economía de mercado de Luanda. Es gracias a ellos y a los mercados locales al aire libre como los luandeses de a pie consiguen sobrevivir en esta ciudad de dos economías en polos opuestos.

A por el mar

Uno de los grandes atractivos de Luanda es su situación privilegiada en la costa sudoeste de África, a orillas del Océano Atlántico. Pocas capitales en África cuentan con un paraíso a la vuelta de la esquina. En Luanda su nombre es Mussulo, una isla de interminables playas de arena fina, aguas verdes y frondosa vegetación de palmeras. En el embarcadero, los candongueiros compiten por llevar a los clientes en sus barcas a la isla en un corto trayecto de 15 minutos. Su proximidad lo convierte en destino ideal de fin de semana para luandeses acomodados y extranjeros que llegan aquí buscando huir del caos de la ciudad. Pero no solo vienen ellos. Los modestos chiringuitos y asadores de pescado a lo largo de la playa que conviven con los resorts de lujo y las casonas de verano (el mismo presidente de Angola tiene una residencia a pie de playa) confirman que esta es una isla a la que todos están invitados. Mientras un grupo de jóvenes se zambullen de forma acrobática desde un desvencijado muelle de madera, un delicioso aroma de sepia y langostinos al grill llega desde un pequeño chiringuito en donde varias familias de luandeses disfrutan de su domingo. No lejos de ellos se ubican excelentes marisquerías con una clientela diferente y, por supuesto, otros precios. La misma playa, el mismo mar, idéntico pescado y una diferencia: 200 dólares por cabeza.

Gastronomía y noche

El otro pulmón marítimo de Luanda es la Ilha do Cabo, conocida popularmente como Ilha de Luanda. Esta alargada y estrecha península formada por la sedimentación de arena está flanqueada por algunas de las playas más atractivas de Luanda. En ella se encuentran también los mejores restaurantes y los clubes de playa que definen la noche de la ciudad. Establecimientos como el Café del Mar o el restaurante Coconut, con playas privadas y terrazas para degustar un delicioso curry de langosta o un arroz tamboril (con rape y langostinos). En la nueva cocina desarrollada en Luanda por chefs internacionales, la fusión de productos africanos, la influencia asiática y las recetas tradicionales de Portugal han convertido a la gastronomía de la capital en una de las más innovadoras de África. Más allá de sus fogones, la otra carta de presentación de Luanda es la noche y sus frenéticos ritmos del kuduro y la kizomba, géneros musicales suburbiales, salidos de las favelas y que hoy se bailan en los clubes más modernos de Luanda. Uno de ellos, el club Chill Out, alberga cada mes las fiestas más espectaculares y atrevidas de la temporada. Noches épicas, en las que miles de personas se entregan a sus fiestas temáticas hasta altas horas del amanecer.

Se hace de día en la ciudad más cara del planeta y tan pronto se apaga la música de los clubes, otro sonido, el de los motores de miles de vehículos atrapados en el atasco diario, envuelve la ciudad. Las excavadoras y las grúas comienzan sus largas jornadas en su carrera hacia el progreso. En cinco o seis años, cuando finalicen todos los proyectos, Luanda será una ciudad verdaderamente nueva. El que lo sea solo para una élite o para todos sus habitantes, definirá si se convierte también en una ciudad verdaderamente grande.

El costa de la vida (en la ciudad más cara del planeta)

•Alquiler apartamento: 4.400 € al mes.

•Habitación de hotel: 350 €.

•Comida para dos: 175 €.

•Un kilo de tomates: 14 €.

•Un café: 4,50 €.

•Un cubo de fregar: 45 €.