Los sueños ocultos de Salamanca

Salamanca dispone de unas 8.000 plazas hoteleras, el mayor número de toda Castilla y León. Sin embargo, la briosa vida callejera y la monumentalidad de la ciudad han situado sus numerosos alojamientos en un inmerecido segundo plano. Un sino en el que Lucifer ha tenido mucho que ver...

Pablo Fernández
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Foto: Álvaro Arriba

Todo es doble, todo tiene dos polos; los extremos se tocan; todas las verdades son medias verdades, todas las paradojas pueden reconciliarse. El principio de la polaridad es uno de axiomas fundamentales del Kybalión, texto esencial de la filosofía hermética. En el mundo de las metáforas, Salamanca representa la luz. No sólo por su Universidad, que ilumina conciencias desde 1218 -es la más longeva de España y la cuarta del mundo-. También resplandece por el dorado reflejo de la piedra de Villamayor, con la que se han levantado sus edificios más emblemáticos. Atraídos por el fulgor de las calles salmantinas, muchos visitantes ningunean la importante oferta hotelera salmantina. Resistir el influjo de la Catedral Nueva o la Plaza Mayor es difícil, pero como el principio de polaridad advierte, "los opuestos son iguales en naturaleza". Si la cara externa de la ciudad del Tormes es majestuosa, su interior no se queda atrás.

La Cuesta de Carvajal es una calle empedrada paralela a la popular San Pablo. Donde antiguamente se erigía la desaparecida iglesia de San Cebrián, hoy se encuentran los restos de la Cueva de Salamanca. Durante la Edad Media, este enclave fue lugar de encuentro de estudiantes de nigromancia, hermetismo y otras ciencias ocultas. En Gargorís y Habidis, obra en la que Fernándo Sánchez Dragó visita los lugares mágicos de España, se hace mención a ella de la siguiente manera: "Hubo otra cueva hercúlea, también gimnasio de ocultismos, en la noble y complutense Salamanca. La mencionan los demonógrafos Martín del Río y Francisco Torreblanca, especificando éste que allí ejercía de pontífice caldeo el sacristán Clemente Potosí y asegurando que con sus propios ojos había contemplado la cripta profundísima donde palam (es decir: en público) se dispensaba el hórrido magisterio. Ambas autoridades desmienten la creencia popular de que en la cantina dictaba lecciones de predicción el mismísimo Lucifer".

Hasta hace unos años, esta cátedra de espantos permanecía abandonada. Sin embargo, el Ayuntamiento la ha recuperado como destino turístico. Aunque apenas queda olor a azufre, si el visitante agudiza el oído puede que sienta a su espalda el aliento del diablo.

A diez metros de la Cueva de Salamanca se encuentra un hotel no menos oculto e igualmente mágico. El Grand Hotel Don Gregorio es un recoleto cinco estrellas que dispone exclusivamente de 17 habitaciones. El nombre del alojamiento rinde homenaje al patriarca de una familia de empresarios salmantinos que en 1921 compró este palacio del siglo XVIII al Obispado.

El cariño de los propietarios se aprecia en cada detalle. No en vano, la mayoría de los elementos decorativos del hotel tienen una emotiva historia vinculada a la familia. También conviene tener en cuenta que la rehabilitación llevada a cabo en 2009 contó con la escrutadora mirada de Patrimonio Nacional. Si el bolsillo lo permite, merece la pena reservar una estancia con vistas al Convento de los Dominicos. Además, conviene tener en cuenta que las habitaciones tienen jacuzzi doble y una de ellas, además, sauna privada.

Aunque el hotel no tiene servicio de restaurante, a escasos metros se localiza el restaurante de Víctor Gutiérrez, único con una estrella Michelin en Salamanca. El reconocido chef y el Grand Hotel Don Gregorio mantienen una estrecha colaboración.

Cruzando la Cuesta de Carvajal, junto a la citada cueva, se halla la Torre del Marqués de Villena, desde donde puede contemplarse una magnífica panorámica del centro histórico. Salamanca es una ciudad manejable para el paseante. Resulta tranquilizador perderse por sus calles con la seguridad de que, allá por donde pase, el despistado paseante encontrará algo de interés.

Muy cerca está el Huerto de Calixto y Melibea, paraje donde se citaban furtivamente los personajes creados por Fernando de Rojas en La Celestina (1499). La historia de estos desdichados amantes también hace referencia a las artes mágicas. Para lograr el enamoramiento de Melibea, la licenciosa anciana utilizó un conjuro al dios Plutón. Otro lugar cercano de interés es la Casa Lis, un atípico museo que alberga una de las mejores colecciones de España de art nouveau y art decó.

En el siglo XVI había un dicho que decía: "Salamanca, una iglesia, una taberna; una iglesia, una taberna...". Desde entonces, el número de tabernas se ha multiplicado y la Iglesia, aunque no ha aumentado su presencia, sí mantiene su influencia. En este contexto, el AC Palacio de San Esteban resulta una exquisita curiosidad. Abierto en 2007, las instalaciones de este hotel de cinco estrellas forman parte del Convento de San Esteban. Pocos alojamientos pueden presumir de disponer de habitaciones con vistas a un claustro románico en uso por la orden de los Dominicos. Hay quien dice que algún cliente ha encontrado su vocación mientras desayunaba en el Patio de los Olivos con el sonido del tañir de las campanas. Sin embargo, entre tanto olor de santidad, los aromas del restaurante El Monje, ubicado en las antiguas cocinas del convento, suponen una sabrosa invitación al pecado. Los reconocidos ibéricos de bellota de la región y el chuletón de ternera Morucha son sus estrellas.

Si hablamos de lugares de culto, la Catedral se lleva la palma. No obstante, para hablar con corrección, habría que referirse a las catedrales. Mientras se construyó la Catedral Nueva, entre 1513 y 1733, se mantuvo el culto en la antigua. Una vez finalizadas las obras, se desestimó la idea de derruirla y, desde entonces, conviven pared con pared. Frente a la Catedral, y junto al Archivo Diocesano, abrió en 2007 el NH Puerta de la Catedral. La ubicación de este moderno y funcional hotel no puede ser mejor. De sus 37 habitaciones, cinco tienen terraza con vistas a la cúpula de la Catedral. Al abandonar el NH, el huésped tiene a sus pies la rúa Mayor, centro neurálgico del casco histórico. En esta calle cerrada al tráfico se encuentran las catedrales, el Colegio de Anaya, los edificios históricos de la Universidad, la Casa de las Conchas... así como innumerables restaurantes y tiendas pensadas para el turista.

La Mayor desemboca en la Plaza del Corrillo, que es la antesala de la majestuosa Plaza Mayor. En su libro de viajes Iberia, Manuel de Lope se refiere a ella como "un salón urbano". Construida entre 1729 y 1755, la de Salamanca está considerada como el mejor ejemplo de Plaza Mayor, aportación patria a la historia del urbanismo. Lugar de cita para locales y visitantes, sus soportales dan cobijo a exquisitos bares de tapas donde disfrutar del hornazo, las patatas revolconas o bocados más contemporáneos, y un par de pastelerías de postín. Los amantes de la literatura deben subrayar en sus guías el Café Novelty. Una de sus mesas está eternamente ocupada por la escultura del maestro Gonzalo Torrente Ballester, un cliente habitual de este establecimiento durante su estancia en la ciudad salmantina.

A 50 metros de la Plaza Mayor está el joven Room Mate Vega. Aunque este tres estrellas cuenta con todas las comodidades, su ubicación no invita al recogimiento. El jolgorio de la calle tienta al huésped a lanzarse a la búsqueda de alguno de los bares de copas que frecuentan los universitarios. Vienen a la mente aquellas palabras de Víctor Hugo que, ya en el siglo XIX, captaban a la perfección la esencia de la urbe: "Salamanca reposa sonriente sobre sus tres colinas. Duerme al son de las mandolinas. Y se despierta sobresaltada por el griterío de sus estudiantes".

Son muchos los visitantes que, nada más llegar al hotel, abandonan las maletas y se lanzan a recorrer las calles salmantinas. No obstante, aquellos que quieran disfrutar de una estancia reposada tienen muchas opciones de alojamiento. Seguramente, su visión de la urbe adquiera otros matices. El escritor y dibujante argentino Roberto Fontanarrosa dio en el clavo al hablar de la necesidad de profundizar más allá de las primeras impresiones: "El hombre sabio es pobre en apariencia, pues su tesoro está en Suiza".