Los rincones más salvajes de Altea y la Costa Blanca

A Altea y su comarca, la Marina Baja, le sobran alicientes para una escapada: buen clima, el Mediterráneo, un interior montañoso, la exquisita gastronomía alicantina y un casco histórico de postal. Pero también alberga rincones salvajes, aún por descubrir, que han escapado de la fiebre del ladrillo y una inquietud cultural en alza como sede que es de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Miguel Hernández.

Marta Copeiro del Villar

La forma más impactante de descubrir el municipio de Altea es desde su vertiente norte, atravesando por la N-332 el impresionante paso de los túneles del Mascarat. Se abandona así la comarca de la Marina Alta y se entra en los dominios de la Marina Baixa. Es un recorrido que también realiza, más o menos de forma paralela a la carretera, el tren de vía estrecha o trenet, nombre por el que se conoce a la línea que une Denia con Alicante serpenteando la costa y sus localidades, aunque más que un medio de transporte es un pintoresco modo de hacer turismo, por sus tiempos lentos y los hermosos paisajes que recorre. Tras pasar los túneles del Mascarat se empieza a ver una amplia bahía con un mar irresistible, que rompe contra las montañas que atravesamos, dejando al descubierto pequeñas calas. Este rincón del litoral se caracteriza por un relieve montañoso que da lugar a una línea de costa abrupta y salpicada de playas de rocas con unos fondos que uno asocia más con la idea que se tiene de las Pitiusas que de la Comunidad Valenciana. Y sin embargo, aquí estamos.

A pesar del boom del ladrillo, que en esta zona ha hecho mucho daño paisajístico, la parte más hermosa y salvaje de la costa alteana sigue siendo la que queda a los pies del Mascarat. Se puede descender hacia el mar saliendo de la N-332 a la altura de una iglesia ortodoxa que no pasa desapercibida. Es una de las más destacadas en su género de España. Está dedicada al arcángel San Miguel y llama la atención por sus cúpulas recubiertas de pan de oro, que deslumbran a cuantos atraviesan la carretera. Es oro de Moscú. Todo en ella es ruso (maderas, vidrieras, mosaicos y frescos), salvo las campanas, que proceden de Valladolid. Es cuanto menos chocante encontrarse de pronto por la carretera una obra de artesanía inspirada en las iglesias del norte de Rusia del siglo XVII. Te frotas los ojos y ahí sigue. Ha sido financiada por un magnate ruso y responde a las necesidades religiosas de los miles de ortodoxos instalados por estos lares. La iglesia está a medio camino entre la lujosa urbanización de Altea Hills y Marina Greenwich, el puerto deportivo al que nos dirigimos en busca de una salida al mar. Como indica su nombre, por aquí cruza el meridiano de Greenwich. Y no son pocos los ingleses que se fotografían ante el cartel de este puerto, que permanece semioculto si uno no presta la debida atención. Y merece la pena.

Parque natural

Desde esta marina es posible llevarse el recuerdo de una preciosa puesta de sol. Ante ella se abre la bahía de Altea, enmarcada por el Morro de Toix al norte y la Sierra Helada al sur, con su característico faro. Pero antes de llegar a esta sierra, despunta en una colina frente al mar la peculiar fisonomía del pueblo de Altea, presidido por una cúpula azul y rodeada de casas blancas. La bahía es un espacio marítimo protegido bajo la denominación de Parque Natural de Serra Gelada. Y como es de esperar en un lugar así, la mejor experiencia se vive en el mar. En un velero yendo en busca de delfines, que los hay. O en un kayak para acercarse hasta las islas de Altea, rodeadas de fértiles suelos marinos rocosos combinados con praderas de posidonia. Un paraíso para los peces y un lujo para los amantes del buceo. Otra opción que proporciona una sensación aún más de Robinson Crusoe es embarcarse en una ruta guiada en kayak hacia las calitas y la pared de roca caliza del Morro de Toix, dueña de restos de alguna pesquera -antiguas construcciones a modo de puestos de guardia realizados en plena vertical para pescar desde las alturas-, ríos subterráneos de agua dulce y un mar de un azul tan puro que impone.

Arroces y pescado de la bahía

Y por si estos elementos no fueran atractivo suficiente, durante los meses de verano las rutas en kayak se hacen también a la luz de la luna llena. Después, cuando uno acaba la actividad acuática, queda más que justificado sucumbir a las exquisiteces culinarias de la zona. En la misma Marina Greenwich hay varias opciones. Destaca un restaurante que abrió sus puertas hace dos veranos y que está cosechando excelentes críticas. Se llama Saltea y está especializado en arroces y pescado de la bahía, en un ambiente que rompe con la clásica concepción de restaurante tradicional. Saltea es un lugar de diseño donde, además de comer o cenar, te tomas una copa al atardecer o desayunas a la vera del mar en busca de sosiego antes de iniciar la jornada por tierras alteanas.

No muy lejos del puerto, proseguimos rumbo a Altea y descubrimos otro rincón semiapartado donde hacer un alto en el camino. Se trata del Jardín de los Sentidos, una curiosa tetería situada en medio de un romántico jardín. Ya estamos muy cerca de Altea la Vella y La Olla de Altea. La primera pedanía representa el origen de Altea, con una arquitectura blanca que destaca contra la Sierra de Bernia que le cubre las espaldas. La segunda crece literalmente junto al mar, y es lugar de chiringuitos y restaurantes especializados en paellas y pescados.

Ya en el paseo marítimo de Altea, en su inicio hay que descubrir Paladar, donde sus responsables, Ángel y Eva, preparan tapas gourmet y cocinan bajo demanda -pidiéndolo con 24 horas de antelación- lo que cada cliente desee: cocidos, arroces, pescados de la bahía... Tienen también bodega y venta de productos delicatessen.

Centro histórico

Llega el momento de subir al casco histórico de Altea, que se caracteriza por la blancura de su arquitectura y por la cúpula que corona la iglesia de la Virgen del Consuelo. Es un templo austero que concentra toda la atención en la cúpula recubierta de tejas vidriadas azules, el símbolo de Altea y el centro en torno al cual se dispone el casco antiguo. De su plaza salen callejuelas empedradas que suben y bajan por la colina dejando ver talleres y puestos callejeros de artistas, negocios de souvenirs, locales donde tomar algo, restaurantes y tres miradores que no envidian nada a la Costa Azul francesa. El primero se encuentra frente a la iglesia, otro se halla bajando por la calle del Portal Viejo y un tercero, más íntimo, al descender por la calle de Santa Bárbara.

En pleno centro de la localidad llama la atención un bar con carácter e historia, La Mascarada, donde además de encontrar buena atmósfera se entra en un pequeño museo que rinde homenaje al héroe adoptivo, el capitán Kurt Schmidt. El lugar reúne los objetos más dispares procedentes de sus grandes viajes por el mundo -en especial, máscaras-. Quienes prefieran el folclore local, es tradición arraigada que Altea se transforme a finales de septiembre en escenario de batallas y desfiles de moros y cristianos. Unas fiestas típicas de esta provincia que, en el caso alteano, se solapan con las patronales en honor al Cristo del Sagrario y San Blas. Imposible aburrirse.

Una excursión para descubrir las riquezas de un entorno fascinante

Hacia el interior del municipio se descubre otro tipo de paisajes y sobre todo, otros tempos más pausados. Hay muchas excursiones posibles. Los amantes de la montaña, por ejemplo, pueden subir a la Sierra de Bernia, coronándola y pasando por el famoso agujero o "forat" a la vecina comarca de la Marina Alta y viendo también los restos de un fuerte del siglo XVI. Las vistas que ofrece la cima desde sus 1.129 metros son inmejorables y en las proximidades hay restaurantes de cocina local a precios anticrisis. Otra opción es seguir el río de Altea, el Algar, con dirección a las cascadas de las Fuentes del Algar y seguir después por el valle de Guadalest hasta el Castell de Guadalest, una aldea serrana de origen árabe rodeada por las murallas del Castillo de San José. Si preferimos seguir a la vera del mar, el paseo marítimo de Altea enlaza con el de El Albir, ya en el término municipal de Alfaz del Pi. Es un paseo que, además de playa (de rocas), chiringuitos y bares, proporciona una panorámica preciosa. En realidad es la opuesta a la que se obtiene desde Marina Greenwich, pero va más allá del Morro de Toix y deja al descubierto el Peñón de Ifach, en Calpe. Al finalizar el paseo tenemos muy cerca el faro de El Albir, que ofrece otra ruta sencilla y hermosa, ya en plena loma de la Sierra Helada.