Los escenarios mágicos de Santiago de Compostela

En plena celebración del Año Xacobeo, Santiago de Compostela brinda a sus visitantes un patrimonio monumental conformado por plazas, iglesias o conventos que abarcan desde el románico más ortodoxo hasta el neoclásico geométrico, sin olvidar los atrevimientos del barroco. Y por encima de tan magno despliegue artístico, la Catedral, su Pórtico de la Gloria y la Puerta del Perdón, meta de los peregrinos que recorren el Camino de Santiago.

Alfonso S. Palomares
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Foto: Xurxo Lobato

En la Plaza del Obradoiro se celebra la más espectacular misa solemne del arte de la piedra. Asombra la fachada de la catedral con su barroco ágil y suntuoso. Parece como si la piedra escalara sobre sí misma, en un alarde de movimientos plásticos, hacia las alturas de las torres. Enfrente, le pone un contrapunto neoclásico el Palacio de Rajoy (Raxoi), con sus curvas tímidas y la exactitud geométrica de las líneas según el proyecto de Lemaur inspirado en la Academia de París. El antiguo Hospital Real de peregrinos, hoy lujoso Hostal de los Reyes Católicos, cierra la parte norte de la plaza. En la portada plateresca de la fachada se mezclan estatuas y llamativos adornos, aparte de los clásicos santos y apóstoles. El lado sur lo cierra con elegante sencillez el colegio de San Jerónimo (Xerome), con una minuciosa portada románico-gótica.

Pórtico de la Gloria y la Catedral. Las tres arcadas del Pórtico de la Gloria son el escenario de un milagro escultórico donde se mueven cien figuras a las que el maestro Mateo dio vida inmortal. Un bosque humano lleno de simbolismos que van desde Adán y Eva en el Paraíso hasta los condenados y los justos del Juicio Final, y en medio, Cristo resucitado. Los gestos de los rostros son explícitos, pero de entre todos resaltaré uno, el del profeta Daniel, que tiene una sonrisa enigmática y maliciosa; se le ve feliz mirando a los pechos de la reina de Saba, situada en el arco central junto a San Juan Bautista. Sobresale por derecho propio la imagen del apóstol Santiago sentado en la columna del parteluz en una actitud tranquila y acogedora de dueño de la casa. El maestro Mateo también quiso legarnos su imagen, y ahí está, en la parte posterior del parteluz, arrodillado en posición devota, resignado durante siglos a que estudiantes y peregrinos le golpearan hasta tres veces la frente con la frente buscando que les traspasara algo de su enorme talento. No hay pruebas de que este milagro se haya producido nunca.

El interior de la catedral es un espléndido collage de obras de arte, altares, capillas, arcadas, esculturas y siempre arcos perfectos enmarcando las naves y el crucero donde en ceremonias de gran solemnidad, principalmente en los años santos como éste, se puede ver volar en el cruce de naves el botafumeiro, un enorme incensario plateado de 1,60 metros de altura y 62 kilos de peso, soltando el oloroso humo del incienso, movido a través de unas poleas por seis u ocho tiraboleiros vestidos con unas llamativas túnicas rojas. Es un espectáculo único, no existe otro parecido en el universo. La girola rodea la capilla del altar mayor y desde una puerta lateral se entra a la cripta con la figura y la hornacina que guarda los restos del Apóstol.

Las Plazas. La gran plaza es la del Obradoiro, pero en Santiago hay otras plazas singulares de amplia o recogida belleza. La Quintana es una plaza para vivir y estar. Desde ella se entra en la catedral por la puerta santa, que se abre sólo los años jacobeos. Es una plaza austera y teatral, ya que en ella se ofrecen todo tipo de representaciones y espectáculos, música y teatro, además de manifestaciones políticas. La Quintana se divide en dos, la de muertos y la de vivos, unidas por una escalinata donde se sientan a descansar las gentes más variadas, un cromatismo humano que da vida a la natural belleza del entorno. En la de vivos sobresale la Casa de la Parra, obra de Domingo de Andrade, pope del barroco gallego, que luce alrededor de las puertas de su peculiar fachada ristras de frutas. La otra Quintana fue construida sobre un antiguo cementerio, de ahí su apellido. A su lado se levanta la torre del Reloj, morada de la célebre campana Berenguela, cuyo sonido profundo forma parte de las señas de identidad compostelana. En las noches de oscuridad y lluvia suena con los tonos del otro mundo. Otro de los límites de la plaza lo conforma el muro en piedra limpia del convento de San Pelayo de Antealtares (San Paio de Antealtares), un convento de monjas de clausura con una merecida fama de exquisitas reposteras.

Bajando por la escalinata desde la puerta sur de la catedral se llega a la plaza de las Platerías, en cuyo centro está la fuente de los Caballos, donde es costumbre, como en la romana Fontana de Trevi, tirar una moneda pidiendo un deseo. Aquí tenían sus talleres, bajo los soportales, los orfebres que moldeaban la plata y otros metales preciosos. Ahora hay negocios de joyería. Siguiendo hacia el sur termina la plaza con la fachada barroca de la Casa del Cabildo, obra de Clemente Fernández Sarela, a quien también se debe la Casa del Deán (rúa do Vilar, 1), en la que sobresalen los balcones con balaustrada en forja.

La plaza que da entrada a la catedral por la parte norte es la de la Azabachería, en donde artesanos especialistas pulían las piedras negras de azabache para hacer camafeos, anillos, pulseras o collares. Aparte de rosarios, conchas y cruces. El pórtico actual es neoclásico (siglo XVIII). Al otro lado de la calle, enfrente de la Azabachería, se levanta la imponente fachada del monasterio de San Martín Pinario. Del primitivo monasterio que se levantó poco después de descubrirse la tumba del Apóstol no queda nada. El actual se construyó en los siglos XVI y XVII y es el reflejo de la riqueza y la pujanza que alcanzó en esos siglos el cenobio benedictino. Está considerada como una de las obras más notables del renacentismo gallego, aunque en el interior ya se presienten las florituras del barroco.

En el casco histórico de Santiago se ensortijan plazas, iglesias, conventos y palacios de estilos que van desde el románico pensativo y ortodoxo hasta el neoclásico geométrico, cruzándose con los ensortijados atrevimientos del barroco. Y hablando de plazas, haga un hueco para acudir a la de Abastos, uno de los espacios más visitados de la ciudad, no por la belleza de su arquitectura, que es de un ecléctico funcional del año 1941, sino por el bullicio vital y expresivo en torno a los más frescos y ricos productos que llegan desde el mar y las tierras de las cercanías de Santiago de Compostela.

Las Rúas. Para sentir el calor humano y conocer el alma esencial de Santiago hay que callejear por sus viejas rúas. La más bulliciosa es la rúa do Franco, la calle de los vinos, que en medio y al final se desdobla en la rúa da Raiña. Al parecer debe su nombre a que ahí se hospedaron los canteros franceses que llegaron para colaborar en la construcción de la catedral. Comienza en la puerta Faxeira, hoy acogedora plazoleta con terrazas en los días cálidos y sin lluvia, y termina en la plaza del Obradoiro. Es una calle peatonal, más bien estrecha, sin aceras. Ahí nadie es forastero, conviven en alegre tumulto de conversaciones los santiagueses con peregrinos y turistas. A un lado y a otro se alternan tabernas, bares, casas de comidas y restaurantes. Lo más llamativo son los escaparates, donde se pueden ver acuarios con langostas, bogavantes, nécoras y centollos moviéndose de un lado a otro. A su lado luce el brillo de merluzas, rodaballos, lubinas, congrios y truchas como si acabaran de salir del mar o de los ríos, ofreciendo una frescura sin desmayos. Los musculados pulpos siempre parecen recién cocidos. Si existe la tentación de la gula, está en esos escaparates. Por toda la ciudad existe una gran oferta gastronómica, que también incluye atrevidas vanguardias de nueva cocina.

La Universidad. Hace 15 años que la universidad compostelana celebró su quinto centenario. El primero que puso en marcha estudios de gramática con sentido universitario, según los modelos de París o Salamanca, fue el burgués Lope Gómez de Marzoa, notario y regidor de la villa, pero el que le dio el impulso irreversible 60 años después de los comienzos fue el arzobispo Alonso III de Fonseca. Era un acreditado humanista y levantó el colegio sobre un terreno familiar y le llamó colegio de Santiago Alfeo, aunque pasó a la historia como Fonseca. Al Fonseca se le unió el espacio colegial de San Jerónimo. El palacete con fachada plateresca lo proyectó Juan de Álava. En ese recinto se estudió gramática, filosofía, se reflexionó sobre teología, y fue facultad de Medicina y Farmacia. En 1982 acogió la primera sede del Parlamento Autonómico de Galicia. Hoy lo ocupa la Biblioteca General de la Universidad y sirve de marco a exposiciones. El vecino colegio de San Jerónimo lo ocupa el Rectorado de la Universidad. De la nostalgia de la universidad santiaguesa nació una de las canciones de tuna más conocidas. Recuerden lo de "triste y sola, sola se queda Fonseca, triste y llorosa, queda la universidad". De la vida estudiantil de finales del XIX nos ha quedado un testimonio vivo en la novela de Alejandro Pérez Lugín La Casa de la Troya. La pensión de estudiantes La Troya estaba situada en el nº 5 de la calle del mismo nombre. Hoy es el museo de los recuerdos que nos contó Pérez Lugín.

Ligada a la historia de la universidad estuvo y sigue estando la plaza de Mazarelos, en donde se encuentra el arco del mismo nombre, el único que se conserva de la muralla que rodeaba Santiago. El arco formaba parte de la puerta por donde entraba el vino que llegaba de la zona del Ribeiro. En medio de la plaza se levanta una estatua en homenaje al político santiagués Montero Ríos.

Parques, jardines y paseos. Hay dos patrimonios ciudadanos:la Compostela monumental, en donde reina la piedra, y la Compostela verde, en donde reina una enorme variedad de árboles y flores con colores que multiplican los del arco iris. La lluvia tiene una ventaja: todo lo hace florecer. Incluso florecen las paredes. La ciudad tiene 36 parques y 130 zonas de paseo -lo digo para que sepan que pueden seguir paseando entre arboledas o naturaleza si sienten la nostalgia de sus marchas por el Camino-.

El parque más simbólico es el de La Alameda. Sus 85.000 metros cuadrados se dividen en tres zonas, ya que a la Alameda, y formando parte de ella, se suman la carballeira (robledal) de Santa Susana y la Herradura. A lo largo de siglo y medio, la animada feria de ganado estuvo en la carballeira de Santa Susana. Bajo los árboles centenarios, que protegían del sol y de la lluvia, se compraban y vendían terneros, bueyes y vacas. La feria se mantuvo hasta 1971. Cuando la trasladaron a Salgueiriños leí en una antigua crónica que había protestas de ciertos ganaderos porque el pulpo y el vino habían perdido sabor. A la entrada del paseo central podemos ver la estatua en recuerdo de Las Marías, dos misteriosas y extravagantes hermanas que colorearon la monotonía de Compostela en la segunda mitad del siglo pasado con raros atuendos y estridentes pinturas faciales. En el parque se levantan dos iglesias, la de Santa Susana y la del Pilar, una estatua en honor de Méndez Núñez y 80 especies de árboles, arbustos y plantas de temporada. Entre los árboles con nombre propio figura el abeto Perona, plantado por Eva Duarte, entonces esposa de Perón. El paseo de la Herradura tiene, posiblemente, la mejor vista de las torres de la catedral.

San Domingos de Bonaval. Si quiere encontrar una zona en la que se articule un complejo histórico, un parque moderno y un brillante ejemplo de la arquitectura contemporánea, tiene que subir al barrio de San Pedro y visitar San Domingos de Bonaval. Se trata de un antiguo convento dominico del siglo XIII, pero reconstruido en el siglo XVII en estilo barroco, aunque la iglesia conserva ciertas resonancias góticas. En la capilla de la izquierda está el Panteón de Gallegos Ilustres, donde descansan Rosalía, Castelao, Alfredo Brañas, Francisco Asorey, Ramón Cabanillas y Domingo Fontán. En las estancias conventuales está instalado el Museo del Pueblo Gallego (Museo do Pobo Galego), un importante conjunto de piezas en las que se puede conocer y seguir la cultura gallega tradicional. Se pueden ver las distintas artes y utensilios de pesca, así como aperos de ganadería y labranza, colecciones de instrumentos musicales, de trajes típicos regionales... Todos los reflejos de la vida y la cultura gallega a través de los siglos. De ahí puede salir a pasear al parque construido sobre la huerta y el cementerio del convento. Lo diseñó el arquitecto portugués Álvaro Siza en colaboración con la paisajista Isabel Aguirre. Aparte del cuidado césped y la arboleda, el lugar ofrece una vista espectacular sobre el casco viejo de la ciudad. Al lado, armonizando con el conjunto, se levanta un ejemplo de la arquitectura contemporánea de Compostela: el Centro Galego de Arte Contemporáneo, obra, al igual que la de los jardines, del citado Álvaro Siza. Lo más llamativo del edificio, además de la esquemática geometría de la fachada, son sus amplios y luminosos espacios. El objetivo del centro es la exhibición, el disfrute y el conocimiento de las corrientes de creación artística contemporáneas. Cumple esos objetivos y puede servir de apuesta y estímulo a las imaginaciones de los creadores.

Si tiene curiosidad, puede seguir coleccionando parques: carballeira de San Lourenzo, Vista Alegre, Música en Compostela -sí, la música también tiene un parque-, El Gijón, Bouza Brey, Pablo Iglesias, Belvís, Ponte Matilde, San Caetano... La densidad histórica de Santiago ha acumulado tanto arte en piedras y plazas que le maravillarán en sus paseos por la ciudad. Al lado de esa secular acumulación, en las últimas décadas se han llevado a cabo importantes obras civiles con atrevidas y bien resueltas proposiciones de la arquitectura contemporánea, que enriquecen por su novedad los monumentos del pasado. En la polémica Ciudad de la Cultura de Peter Eisemman hay notables logros de atrevida visualidad que culmina en las torres de Hejduk. Entre las nuevas propuestas podemos citar: el Auditorio Galicia en el complejo del Parque da Música, proyectado por Julio Laso; el Palacio de Congresos y Exposiciones, la Facultad de Filoloxía o la pasarela de la avenida Juan XXIII, a los que hay que añadir remodelaciones contemporáneas injertadas en edificios históricos. Santiago de Compostela, sin perder el pasado, se mueve hacia el futuro.