Lo mejor de Viena en el año Mahler

En 2011 se conmemora el centenario de la muerte de Gustav Mahler, coetáneo de Klimt en la Viena modernista. Esta histórica Edad de Oro da pie a conocer la actual Viena del lujo, con el Hotel Sacher y su Spa de chocolate o la bodega más cara del mundo en el Palais Coburg. Justo cuando se distingue a la capital como la ciudad con la mejor calidad de vida del mundo.

Pedro Javier Díaz-Cano
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Foto: Eduardo Grund

En la posiblemente más bella ciudad imperial de la historia, la cultura no es un lujo. Ni tan siquiera lo es el arte de vivir, si apreciamos sus encantadores cafés o el gusto por los vinos jóvenes de sus genuinas tabernas heuriger, algunas de ellas situadas justo al lado de los viñedos metropolitanos o en idílicos paisajes junto al Danubio. Incluso ir a la ópera y asistir a una velada en la prestigiosa Staatsoper está al alcance de todos los bolsillos pues se pueden comprar plazas de pie una hora antes de la representación por sólo tres euros. En Viena el lujo de la cultura no es tal, al igual que ocurre con la gran tradición del urbanismo popular, que ya tuviera en el modernista arquitecto Otto Wagner su gran precursor. Y es que la corriente artística del Jugendstil en los albores del siglo XX supuso el crisol de la modernidad que renovó no sólo la arquitectura, la pintura, el diseño y las artes decorativas sino también la mentalidad burguesa imperante trocándola en más idealista y social.

LA "SECESIÓN" DE KLIMT Y MAHLER
"A cada época su arte, al arte su libertad". El lema a modo de divisa en letras doradas que puede leerse en la fachada del emblemático Palacio de la Secesión en la céntrica Friedrichstrasse de Viena, construido por el arquitecto Joseph Maria Olbrich, fue toda una declaración de principios de este movimiento artístico de protesta de fines del siglo XIX liderado por el pintor Gustav Klimt (1862-1918), que desembocó en el modernismo de la Viena de 1900. La suntuosa cúpula que remata el edificio, compuesta por un denso trenzado de hojas doradas de laurel, fue criticada por sus detractores calificándola de "repollo dorado".

Conviene adentrarse en este también llamado Pabellón de la Secesión, que pretendía ser la antítesis de los edificios académicos y grandilocuentes del Ring (Anillo) imperial para admirar en el sótano los dos fragmentos que se conservan del maravilloso frescoEl friso de Beethoven, una obra maestra de Klimt realizada con ocasión de la Exposición dedicada a él en 1902. Este friso representaba la transposición pictórica del último movimiento de la Novena Sinfonía, la coral Oda a la alegría, cuyo preludio es el himno oficial de la Unión Europea desde 1972.

Precisamente es en la Viena modernista de 1900 cuando emerge la figura de otro célebre compositor, Gustav Mahler (1860-1911), del que este próximo año 2011 se conmemora el centenario de su muerte. En 1897, el mismo año de la fundación de la Secesión, el músico de origen bohemio fue nombrado director de la Ópera Imperial de Viena, transformándola en uno de los teatros más importantes de Europa. Su virtuosismo como director de orquesta se hizo tan relevante que hasta los propios dibujantes de la época le homenajearon en caricaturas batuta en ristre.

Paradójicamente, el universal compositor de la Quinta Sinfonía, cuyo célebre adagieto forma parte de la banda sonora de la película Muerte en Venecia de Luchino Visconti, se vio empujado hacia la carrera de director por la indiferente acogida que tuvieron sus composiciones al representar un puente a la música moderna antes de que Schönberg inventara el dodecafonismo. Lo cierto es que bajo su égida de diez años (en 1907 aceptó la dirección artística del Metropolitan de Nueva York) se montaron 124 óperas, reformando profundamente el repertorio. De todo ello se da cuenta en la excelente exposición del nuevo Museo de la Staatsoper, incluida su relación con los secesionistas a través de su estrecha colaboración con el artista Alfred Roller, que en 1903 se convirtió en escenógrafo de la Ópera imperial.

"EL BESO" EN EL BELVEDERE
El bien surtido mercado de Naschmarkt, donde además de frutas, verduras y quesos se pueden encontrar todo tipo de productos exóticos orientales y también alimentos biológicos para vegetarianos, resulta el mejor punto de partida para descubrir la ruta modernista de la Viena de 1900, en la que coincidieron dos genios llamados Gustav: Mahler y Klimt.

A espaldas del mercado, la avenida Linke Wienzeile posee algunos de los edificios Jugendstil ("estilo de juventud", literalmente traducido del alemán), como la Majolikahaus (casa de las Mayólicas) en el número 38, realizada con baldosas de mayólica y quizá la más famosa obra del arquitecto Otto Wagner por su colorista ornamentación floral; o el llamado de los Medallones en el número 40, también de Otto Wagner, uno de los ejemplos más hermosos de arquitectura social (se trataba de viviendas de alquiler), con una decoración muy artística de estucos dorados.

Una visita ineludible es la de los museos del Belvedere, imprescindible si se está interesado en los pintores de la Secesión, pues el Belvedere Alto alberga la galería de pintura austriaca de los siglos XIX y XX y contiene la mayor colección de Gustav Klimt, así como importantes obras de Egon Schiele y Oskar Kokoschka, que iniciarían la corriente expresionista. Desde el gran ventanal de su sala de mármol se aprecia el que posiblemente sea el panorama más bello de Viena, de donde proviene su nombre italiano, Belvedere (Bella vista). Desde este balcón fue donde en 1955 se proclamó la República de Austria, que puso fin a la ocupación por parte de los aliados. En la sala que acoge a los Secesionistas, con Gustav Klimt a la cabeza, tras contemplar en primer término Judith (1901), sobresale El beso (1907-1908), obra cumbre del período de oro, en la que una pareja de amantes se besan fundidos en una aureola dorada. En la capilla del príncipe Eugenio que puede verse desde un balcón en el extremo de este ala se celebran bodas muy del gusto de las parejas japonesas, como buen presagio de su matrimonio.

Después de visitar el Belvedere, lo más sensato es darse un respiro en un restaurante con ambiente art decó como es el Zum Schwarzen Kameel (El Camello Negro). Pocas cosas han cambiado en este bistró desde principios del siglo XX: ni la decoración, ni la cocina, ni el bigotón decimonónico del maître y sumiller. Así que también es el marco propicio para degustar el auténtico escalope vienés (wienerschnitzel) o el típico gulasch húngaro.

LA MEJOR CIUDAD PARA VIVIR
Los vieneses saben disfrutar del arte de vivir, empezando por la gastronomía. El arte y la música son también dos de los 39 criterios que la han convertido en la ciudad con mejor calidad de vida del mundo, según la evaluación que realiza la empresa de asesoría internacional Mercer cada año. Entre los 39 factores se comparan las ofertas de ocio, en las que se incluyen restaurantes, teatros, auditorios y, por supuesto, museos. En este último apartado Viena es casi imbatible, con su MuseumsQuartier como buque insignia, un Barrio de los Museos en el que recomendamos la visita del Leopold Museum por su colección de obras de Egon Schiele. Otros criterios que han aupado a Viena al primer puesto del ranking como la ciudad del mundo donde mejor se vive son las oportunidades para practicar deportes, el acceso a bienes de consumo y alimentos o el grado de contaminación, que en su caso se traduce en una gran conciencia ecológica.

Prueba de ello, como no podía ser de otra manera, es también el lujo de su oferta en todos los aspectos turísticos: hoteles, restaurantes, tiendas... Si empezamos por el alojamiento, el mítico Hotel Sacher posiblemente sea el más exclusivo por sus suntuosas suites con nombre de ópera. La Don Giovanni se abre al balcón principal de la fachada y en ella se han hospedado el director de orquesta Von Karajan y el bailarín Nureyev. Justo a espaldas está la Staatsoper, esta venerable institución fue creada en 1876 por el hijo del inventor de la Original Sacher-Torte (desde 1832), la tarta más famosa y copiada del mundo, que puede probarse en el Café del propio Hotel Sacher (4,90 euros la porción) y comprarse en la tienda aledaña (28,50 euros el tamaño pequeño).

LUJO ENOGASTRONÓMICO
A la hora de elegir un restaurante de alta cocina de vanguardia, sin duda la recomendación es el Steirereck im Stadtpark, de la familia Reitbauer, que pertenece al selecto grupo de Relais Chateaux y cuenta con dos estrellas Michelin. En los fogones ejerce el chef Heinz Reitbauer, creando platos como la Zanahoria Beta dulce con mermelada de manzana en crudo, albahaca y aceite de cacahuete, las Ostras Gillardeau con mantequilla, pasta y guisantes tiernos, el Esturión con ensalada verde con aguacate y limón de la mano de Buda o el Carpaccio de buey de Estiria. Aquí lo suyo es dejarse agasajar con el menú degustación y elegir el número de platos que se quiere saborear -unos seis o siete- con el respectivo maridaje de vinos. El menú de seis platos cuesta 108 euros (más 64 euros si se opta por el maridaje, para un total de 172 euros por comensal), mientras que el de siete platos asciende a 118 euros (más 69 euros con maridaje, lo que suma un total de 187 euros).

Pero si los platos creativos del chef Heinz Reitbauer son ya de por sí sugerentes a la par que sorprendentes, impresiona también el servicio de mesa, cual compañía de ballet en pos de la mejor coreografía, que incluye unos impresionantes carros de panes, quesos (120 quesos de todo el mundo) y hasta hierbas para infusiones que un especialista corta, mezcla y prepara sobre la marcha como si fuera una exhibición magistral.

El summum de lo exclusivo en el apartado enogastronómico se halla en la bodega del majestuoso Palais Coburg, que atesora 25 millones de euros en vinos. La colección cuenta con más de 5.000 referencias y 60.000 botellas que abarcan cuatro siglos. La única capital nacional que posee viñedos en su término municipal es también una de las mecas mundiales del vino gracias a la colección amasada en este edificio de mediados del siglo XIX. En esa época fue palacio del príncipe Ferdinand de Sajonia-Coburgo. Se han aprovechado las cualidades naturales de temperatura de sus sótanos para crear en ellos nada menos que seis bodegas diferentes: Francia, Viejo Mundo, Nuevo Mundo, Rarezas especiales, Yquem y Champagne.

Reconvertido en hotel de cinco estrellas, el restaurante del Palais Coburg puede presumir de tener la mejor bodega del mundo, en la que no faltan caldos míticos como los Mouton Rotschild, los Château d''Yquem o los españoles Pingus y Vega Sicilia, todos con una misma seña de identidad: el alto precio que hay que pagar por ellos. Hasta 160.000 euros cuesta un Petrus de Burdeos de la cosecha de 1961, la botella más cara de la colección.

Un viaje a Viena se completa en el Prater, el gran bosque a las puertas de la ciudad (entre el canal y el río Danubio), que alberga el parque de atracciones con su famosa noria gigante. Una vez aquí, hay que cumplir el ritual de subir en una de sus históricas cabinas de madera, que se conservan tal cual aparecían en la secuencia de El tercer hombre (1949) -la mítica película de Carol Reed de inolvidable melodía, interpretada magistralmente a la cítara por Anton Karas-, donde tenía lugar el encuentro entre los dos protagonistas masculinos (los personajes interpretados por Joseph Cotten y Orson Welles). Incluso aquí uno puede darse el lujo de alquilar una de estas cabinas (una hora cuesta 200 euros), la última moda vienesa, bien para desayunar o para una cena romántica con vela incluida. Sin duda, una experiencia inolvidable contemplando las espectaculares vistas de la ciudad a 65 metros de altura. Una más para añadir a todos los placeres con que nos puede deleitar la metrópolis que bien merecidamente se ha ganado a pulso el apelativo de Viena La Suprema.

Centenario de la muerte de Gustav Mahler
Estos son los eventos y conciertos previstos en Viena para conmemorar el centenario de la muerte de Mahler en el primer semestre del año:
• Recorrido por la ciudad Gustav y Alma Mahler: Obra, entorno y vida privada, de abril a junio. www.wienfuehrung.com

En el Wiener Konzerthaus (Auditorio de Viena) se concentran los siguientes conciertos:
• 10 de marzo: Cinco canciones basadas en poesías de Friedrich Rückert (1901-1902).
•17 de marzo: Interpretación del adagio de la sinfonía número 10 (1910).
• 21 de marzo: Canciones de un camarada errante. Adaptación a cargo de Arnold Schönberg (1884-1885/1920).
• 25 de marzo: Sinfonía número 5 (1901-1902).
•5 de abril: Selección de canciones.
• 14 de mayo: Sinfonía número 4 en Sol Mayor para gran orquesta y soprano (1899-1901).
•21 de mayo: Sinfonía número 2 en Do menor para soprano, contralto, coro y orquesta.Sinfonía de resurrección (1888-1894).
• 27 de mayo: Interpretación de la Sinfonía número 7 en Mi menor (1904-1905).
• 20 y 21 de junio: Sinfonía número 3 en Re menor para contralto, coro infantil, coro femenino y orquesta (1893-1896).

Para más información: www.konzerthaus.at