Las sendas de las brujas en Navarra

Hace ahora 400 años tuvo lugar una terrible caza de brujas que conmovió a Europa. Y un Auto de Fe que marcó a sangre y fuego a la montaña navarra. En Zurragamurdi, "el pueblo de las brujas", han abierto un museo por el que han pasado ya 65.000 visitantes. Muchos recorren, además, los caminos de la nueva "Ruta de la Brujería".

Carlos Pascual
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Foto: Patxi Uriz

Tenía el color de la ceniza el atardecer de aquel domingo 7 de noviembre de 1610. Más de 30.000 curiosos abarrotaban las calles de Logroño. Se iba a celebrar un Auto de Fe en el que habría carne asada en la hoguera. La puesta en escena era solemne, espeluznante. Los reos llegaron a la plaza en procesión, llevando sambenitos pintados con signos que indicaban qué tormentos les aguardaban. Quemaron a once personas, todas del mismo pueblo, Zugarramurdi; seis ardieron vivas, otras cinco habían muerto en prisión por las torturas y se abrasaron sus restos. Al día siguiente, lunes, se juzgó a los 42 reos restantes, que abjuraron de sus actos; se les aplicó un castigo o penitencia, según cada caso. Todo terminó cantando un Te Deum en acción de gracias.

La caza de brujas había empezado un año antes, cuando María Ximildegui y otros vecinos con notable fantasía y lengua suelta admitieron públicamente en la iglesia de Zugarramurdi pertenecer a una secta diabólica. El cura del pueblo arregló sin más el asunto. Pero algo llegó a los oídos del abad del monasterio de Urdax, situado a una legua escasa, un fraile trepador que había solicitado un empleo como agente inquisitorial; así que, para ir haciendo méritos, denunció la cosa a la Santa Inquisición. Dos inquisidores sobrados de celo, y otro mucho más escéptico, llevaron a cabo la jauría que acabó en el Auto de Logroño.

Al contrario, la conmoción resultó tremenda, y una histeria colectiva desató miedos y numerosas denuncias. El inquisidor más templado, Alonso de Salazar, recorrió la zona con un Edicto de gracia y de silencio para reconciliar a los brujos, llegando a recoger 5.000 inculpaciones; de ellas, 1.384 pertenecían a niños, que afirmaban haber sido raptados por vecinos mientras dormían y llevados a conciliámbulos brujeriles. En el año 1614 el inquisidor general decretó la suspensión de todos los procesos pendientes, poniendo fin de este modo a la pesadilla.

Todo esto se cuenta y evoca con dramatismo en el Museo de la Brujería, que ha sido recientemente abierto en un antiguo hospicio de Zugarramurdi, en la cabecera del valle de Baztán. No es un museo al uso sino un lugar para el recuerdo y la reflexión. Un magnífico audiovisual relata a ritmo de thriller los hechos acontecidos, pero sobre todo incide en que la persecución del diferente, del que rebasa los límites establecidos, es moneda corriente, por desgracia, en todo tiempo y geografía. La cacería de Zugarramurdi tuvo lugar veinte años antes de que Galileo tuviera que negar la evidencia para no ir también a la hoguera.

El museo, además, facilita ciertas claves para entender la brujería, al encajarla en un contexto mágico más amplio -eso buscaron estudiosos de la zona, como el cura J. M. Barandiarán o Julio Caro Baroja (que era de la vecina Vera de Bidasoa)-. Los que la fantasía popular veía como sorginen (brujos) que podían transformarse en gatos y tratar con el diablo tal vez no fueran sino yerbateros y curanderos, dueños de saberes que ahora llamaríamos "alternativos". No hace falta recordar que, si bien las aldeas se vacían de curanderos, en las ciudades en cambio proliferan herbolarios, tiendas de santería y remedios mágicos, videntes y echadores de cartas.

A menos de 200 metros del museo se encuentra la sorginen leizea (cueva de las brujas). Una cavidad cárstica de unas dimensiones catedralicias, labrada a lo largo de millones de años por lo que ahora es un regato, el infernuko erreka. Junto a las cuevas (la grande y una pequeña) se encuentra el prado Berroscoberro, donde tenían lugar los aquelarres -por cierto, tal vez sea ésta la única palabra que el euskera ha vertido al acervo universal (de aker, macho cabrío, y larre, prado). Resulta muy creíble que allí se celebraran fiestas campestres alegres y paganas, un poco a lo Bruegel. El lugar sigue siendo magnífico, placentero.

la Ruta de la Brujería establece cuatro itinerarios "oficiales". El más denso es el segundo, el que comprende a los citados pueblos de Zugarramurdi y Urdax (o Urdazubi). En este último se halla el monasterio de San Salvador, que dio origen (y trabajo) a los pueblos de alrededor. Por allí pasa un ramal secundario del Camino de Santiago, y una parte del antiguo monasterio (abandonado tras la Desamortización) aloja ahora un albergue de peregrinos (andan metidos en obras con la iglesia, les ha pillado el toro jacobeo). Urdax es un precioso pueblo de cuatro casas, con buenos alojamientos, un molino que aún funciona y unas cuevas emparentadas con las de Zugarramurdi (y otras de Sara, en Francia), aunque más espectaculares. El anillo de este itinerario se cierra con otros pueblos como Echalar, Vera, Lesaka, Doneztebe, Oronoz, Arraioz, Elizondo...; todos son municipios de hermosa arquitectura y todos tienen algo (ermita, prado, casas...) relacionado con episodios de brujas.

. El número uno recorre los valles de Roncal y Salazar, donde hubo casos sonados, y donde aún se clava en la puerta, para espantar a las brujas, el eguzkilore (sol-flor), un cardo con forma de sol. El itinerario cuarto se interna por las tierras de Estella y llega hasta Bargota, de donde era oriundo el célebre brujo Johanes; a cuenta de este clérigo hechicero se celebran durante la temporada estival diversos eventos.

El tercer itinerario resulta muy especial. Está marcado por sucesos como la quema de Mari Juana de Anocíbar, que aconteció 35 años antes de la barbacoa de Logroño; la acusaron de diversas prácticas satánicas en la llamada cueva de Belcebú, en Alli, donde se reunían al parecer las brujas de los valles de Larraun y Araitz. En este último se encuentra Uztegi, el pueblo donde el cineasta Pedro Olea rodó Akelarre (1984) destacando el aspecto lúdico y pagano (mal visto por la autoridad, o sea, la Iglesia y el señor feudal) de las reuniones campesinas. Y está sobre todo el monte Aralar, la montaña mágica de la mitología local, que está llena de bosques misteriosos y megalitos, y coronada por el santuario románico de San Miguel, con la leyenda del caballero de Goñi que venció al herensugue o dragón vasco con ayuda del Arcángel; pero esa es ya otra historia...

Lo mejor de estas rutas brujeriles es que sirven de excusa perfecta para adentrarse en los valles y rincones más bellos y encantados de la montaña navarra e incitan además a reflexionar, a leer con el pasado los signos del presente, a constatar que la caza de brujas, de algún modo, quizá todavía sigue abierta...